CAPÍTULO 11 EL ARCHIVO MUERTO
E l expediente de Marina Espejo ocupaba una carpeta gris y dos sobres de fotografías.
Había pasado diecisiete años en un armario del puesto antes de ser digitalizado de forma incompleta.
Vera pidió el original. Tardaron una mañana en localizarlo en el archivo provincial y otra en autorizar el traslado.
Cuando por fin lo tuvo delante, lo primero que hizo fue contar las páginas.
Faltaban tres respecto al índice mecanografiado.
Dos correspondían a anexos fotográficos.
La tercera figuraba como diligencia de ampliación, sin descripción.
El papel conservaba marcas de grapas en lugares donde ya no había nada.
Vera fotografió la carpeta cerrada antes de abrirla.
No quería añadir al pasado otro desorden.
La sala de trabajo olía a café recalentado y a cartón húmedo. Afuera, la lluvia había convertido el patio del cuartel en una superficie oscura, llena de pequeños reflejos. Darío apartó una silla con el pie y dejó sobre la mesa una bandeja de sobres transparentes.
—He preparado una relación de lo que consta en el inventario y de lo que tenemos delante —dijo—. Sin interpretar nada.
—Bien. Que la ausencia no empiece a parecer una prueba solo porque la estamos mirando.
Vera pidió que nadie intentara completar los huecos con recuerdos. Una hoja ausente podía haber sido arrancada, extraviada durante una mudanza o incorporada a otra pieza. Hasta conocer la cadena documental, la ausencia era un hecho; la manipulación, solo una posibilidad.
Darío comparó el índice con la numeración manuscrita. En el margen aparecía una corrección a lápiz que cambiaba el orden de dos anexos. La grafía no coincidía con la del instructor. El trazo era ligero, casi administrativo: alguien había cambiado un número y había seguido trabajando.
—¿Crees que importa? —preguntó Darío.
—Creo que existe. Todavía no sé si importa.
Fotografiaron la corrección, las grapas, el reverso de la cubierta y cada hoja antes de separarla.
Darío localizó los inventarios de traslado.
El expediente había cambiado de depósito dos veces en diecisiete años, una durante una reorganización judicial y otra cuando se digitalizaron los fondos antiguos.
En ambos traslados se registraban cajas y legajos, no siempre documentos individuales.
—Tenemos dos oportunidades para que algo se haya perdido sin que nadie lo robara —dijo él.
—Y ninguna para afirmar que eso fue lo que pasó. Hay que averiguar qué se trasladó, qué se recibió y quién firmó.
Marina tenía catorce años. Había desaparecido un viernes de noviembre al regresar de casa de una amiga.
Su cuerpo apareció dos días después en el barranco de la Umbría, a seis kilómetros del lugar donde habían encontrado a Lucía.
La causa de muerte se describía con prudencia y el informe descartaba un accidente.
Había sido un homicidio reconocido, pero nunca esclarecido.
Vera leyó primero el informe final y luego volvió al principio.
No quería que la conclusión antigua decidiera qué significaban las declaraciones.
El pastor había visto luces en la parte alta del camino, aunque no pudo precisar la hora.
Una vecina oyó un motor después de medianoche y, años más tarde, reconoció que aquella noche había tomado medicación para dormir.
Otro testigo dijo haber visto a una persona junto al puente, pero su primera declaración hablaba de una silueta y la segunda, tomada después de que el pueblo señalara a Nicas, la describía como un hombre corpulento.
No eran mentiras necesariamente. El recuerdo se adapta a las preguntas, a los rumores y al tiempo. Pero las diferencias importaban.
En la relación de objetos aparecían una zapatilla, una goma de pelo, dos botones y una pulsera de cuentas.
Ninguna campanilla. Sin embargo, en la fotografía número cinco, ampliada sobre la mesa, había una sombra metálica junto a una piedra.
Vera acercó la lupa. El contorno podía corresponder a una campanilla pequeña, pero también a una pieza de herraje o a un reflejo irregular.
—Si no estuviera el objeto de Lucía, ¿le daríamos importancia a esto? —preguntó Darío.
—La fotografía merece revisarse porque forma parte de la escena antigua. No porque ya tengamos una teoría. Y aunque fuera una campana, no demostraría que sea la misma.
Anotó la observación en una hoja de trabajo, separada del inventario original: «Elemento de apariencia metálica, identificación no posible con la resolución disponible».
Después pidió una copia de mayor calidad y cualquier negativo conservado.
No escribió «campanilla» en el apartado de conclusiones.
Darío regresó con dos cafés y una nueva referencia.
—He encontrado el nombre de Nicas. Lo interrogaron al día siguiente del hallazgo.
Vera dejó la lupa.
—¿Por qué?
—Un vecino dijo que lo había visto merodear por el barranco la semana anterior. La diligencia recoge preguntas sobre sus desplazamientos, sus perros y una posible discusión con Marina. Él negó haberla visto. Al final hay una anotación: «Pendiente comprobar ingreso».
—¿Ingreso de qué?
—No está en el expediente.
Darío dejó el café a un lado. Vera buscó la página original y comprobó que la anotación estaba escrita con tinta distinta. No podía determinarse cuándo se había añadido. Tampoco había firma ni sello que permitieran atribuirla. Era una pista de trabajo, no una respuesta.
—Puede referirse a un ingreso hospitalario, a una entrada en otro registro o a cualquier otra cosa —dijo Vera—. Vamos a averiguarlo antes de decidir qué significa.
El hospital comarcal donde Nicas había recibido atención de joven ya no existía como tal. Sus archivos se habían repartido entre dos centros y un depósito. Vera presentó la solicitud por la vía correspondiente y llamó a una administrativa que recordaba el traslado.
—Si es de hace diecisiete años, puede estar en papel —le advirtió la mujer—. Y si está en papel, rece.
—No rezo bien.
—Entonces tenga paciencia.
La conversación le dejó una dirección y un número de referencia.
Vera lo anotó en el registro de diligencias y pidió que la respuesta quedara documentada.
Si la anotación se refería a una hospitalización, necesitarían autenticar los documentos, comprobar fechas y contrastarlos con la ventana temporal del homicidio.
Un papel con el nombre de Nicas no bastaría por sí solo.
Mientras esperaban, Vera siguió leyendo.
En una declaración de Samuel encontró una frase subrayada por el instructor: «EL TERRENO PRESENTABA HUELLAS PREVIAS DE PASO».
No se especificaba cuáles, dónde estaban ni si habían sido fotografiadas.
En otra página se mencionaba un vehículo de mantenimiento del monte, pero la matrícula estaba incompleta.
Las dos hojas arrancadas del cuaderno de Samuel empezaron a pesarle en la cabeza. No porque demostraran una relación, sino porque su padre había sido una de las primeras personas en llegar al barranco y porque, desde el inicio, parecía saber qué preguntas no quería responder.
A las seis de la tarde, Vera fue a verlo. Samuel estaba en la cocina, pelando una manzana con un cuchillo demasiado grande. Sobre la mesa había una taza vacía y un periódico doblado por la página local. No parecía sorprendido al verla; parecía haber estado esperando una visita que deseaba retrasar.
—Marina Espejo —dijo Vera.
La hoja de piel se rompió en la mano de Samuel.
—Ya has llegado ahí.
—¿Cuándo llegaste tú al barranco?
—Por la mañana.
—¿Antes de las siete y cuarenta?
Samuel dejó el cuchillo sobre la tabla. La manzana rodó hasta el borde y él la sujetó sin mirarla.
—Puede.
—¿Antes que la Guardia Civil?
—No lo sé.
Vera no elevó la voz. Había aprendido que, con su padre, la presión solo conseguía que cada respuesta se volviera más corta.
—En tu declaración consta que llegaste con el primer grupo de búsqueda. La agenda del instructor dice que llegaste antes. Hay una anotación de combustible que sitúa tu todoterreno fuera del recorrido que declaraste. No te estoy preguntando qué recuerdas de la niña. Te pregunto por la hora.
Samuel miró la ventana. El cristal vibró con una ráfaga de viento.
—Las horas se mezclan después de tantos años.
—Los documentos no deberían mezclarse tanto.
—Los documentos los hacen personas.
—Y las personas pueden equivocarse. Por eso estoy comprobándolo.
Vera sacó una copia de la fotografía cinco y la dejó sobre la mesa. Samuel no necesitó acercarse.
—¿Qué es esto?
—Una piedra —respondió él.
—Mírame. ¿Qué hay junto a la piedra?
Samuel miró la imagen por fin. Su expresión no cambió, pero los dedos se le cerraron alrededor de la servilleta que tenía al lado.
—No se ve bien.
—Tú sí lo viste bien aquel día.
—Hay cosas que no son tuyas solo porque lleves uniforme.
—Una niña muerta sí es asunto mío.
—Ahora. Entonces tenías otra vida y yo tenía veintidós años. No sabía lo que sé hoy.
—¿Pusiste tú la campanilla?
Samuel se levantó tan deprisa que la silla rozó el suelo. Durante un instante Vera creyó que iba a negarlo. En cambio, él apoyó las dos manos en el respaldo y dijo:
—No preguntes todavía eso.
—¿Por qué?
—Porque no sabes qué pregunta viene después.
—Dímela tú.
Samuel apretó la mandíbula. Parecía cansado, pero no era el cansancio de la edad. Era el de alguien que llevaba demasiado tiempo preparando una explicación y acababa de comprender que ninguna versión iba a protegerlo de las siguientes preguntas.
—A quién estaba protegiendo.
La habitación pareció encogerse.
—¿Protegías al asesino?
—No.
La respuesta fue inmediata. No sonó a absolución; sonó a límite.
—¿A Nicas?
—No.
—Entonces ¿a quién?
Samuel recogió la fotografía y se la devolvió. No la rompió ni intentó quedársela.
—Primero averigua dónde estaba Nicas aquella noche. Después vuelve.
Vera guardó la copia. No insistió. La conversación había producido una contradicción verificable y una afirmación que todavía no podía comprobar. Eso era suficiente para continuar, no para concluir.