CAPÍTULO 9 LA CASA DE LOS PERROS
L a mochila permaneció en el suelo del cobertizo hasta que terminaron las fotografías. Nadie la abrió. Nadie la movió. Vera quería que cada centímetro alrededor quedara documentado antes de convertir un hallazgo en una historia.
El saco de pienso estaba desplazado unos centímetros. Había una franja más limpia en la balda y marcas recientes en el polvo. Podían pertenecer a Nicas. Podían pertenecer a cualquiera que hubiera entrado.
La puerta del cobertizo tenía una cerradura simple. Nicas admitió que a veces la dejaba abierta durante el día.
—¿Quién entra aquí?
—Yo.
—¿Solo tú?
—Los perros no.
Darío miró a Vera. Ella esperó.
—¿Julia?
Nicas pensó.
—Trae pienso algunas veces. Lo deja fuera.
—¿Mateo?
La expresión cambió.
—No.
—¿Adrián Montalvo?
—Ha venido.
—¿Cuándo?
—Después de la niña.
Vera sintió el impulso de preguntar demasiado deprisa.
—¿Después de que desapareciera Lucía?
Nicas asintió.
—¿Para qué?
—Dijo que no saliera. Que la gente estaba mala de cabeza.
Aquello podía ser una advertencia compasiva o algo más. Lo anotó sin elegir.
La mochila fue abierta en condiciones controladas. Dentro había dos cuadernos escolares, un estuche, una botella vacía, un paquete de pañuelos y un libro de lectura. Faltaba el teléfono de Lucía. También faltaban las llaves que Julia decía que llevaba siempre.
No había sangre visible.
En un bolsillo lateral encontraron barro seco y agujas de pino. Las muestras fueron separadas para comparación.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Vera.
El técnico negó.
—No te lo puedo decir mirando.
—¿Huellas?
—Ya veremos. No prometas nada.
Vera agradeció la respuesta. En aquel caso, las certezas prematuras se multiplicaban más deprisa que las pruebas.
Llevaron a Nicas a la cocina, lejos del cobertizo. La profesional de apoyo se sentó a su lado.
—Dices que la mochila no estaba donde la hemos encontrado —empezó Vera.
—No.
—¿La habías tocado antes?
—Sí.
Darío dejó de escribir un instante.
—Cuéntame dónde.
Nicas dibujó con el dedo sobre la mesa. Un camino, una curva, un abrevadero y una roca plana.
—La piedra que parece silla.
Vera conocía el lugar. Estaba cerca de una pista secundaria de Santa Brígida.
—¿La recogiste?
—Estaba mojada.
—¿Sabías que era de Lucía?
—Tenía nombre.
—¿La llevaste a casa?
Nicas negó.
—La dejé.
—¿Por qué?
—Venían voces. Dijisteis no tocar cosas.
La orden de no alterar posibles rastros se había repetido durante la búsqueda. Nicas podía estar utilizando una instrucción posterior para explicar una conducta anterior. También podía decir la verdad de forma desordenada.
—¿Volviste a verla?
—De noche.
—¿Seguía en la piedra?
—No.
—¿Y cuándo la viste otra vez?
Nicas señaló hacia el cobertizo.
—Ahora.
Vera no lo corrigió. Pidió que describiera el lugar exacto.
Una pareja fue enviada a la roca antes de que cayera la noche.
Encontraron una zona protegida de la lluvia con tierra más clara y dos fibras rojas.
No había forma inmediata de demostrar que la mochila hubiera estado allí.
Las fibras fueron recogidas por si podían compararse con el hilo de la campanilla.
El resultado posterior sería negativo: mismo color general, material distinto.
A Vera le gustó que no coincidieran. Una investigación real debía soportar datos que no construyeran una figura perfecta.
Mientras registraban la casa, apareció otra caja. Nicas la llamaba «escuela». Contenía lápices, gomas, reglas, cromos y pequeños objetos infantiles recogidos durante años. Ninguno pertenecía de manera evidente a Lucía.
En el fondo había una horquilla de plástico azul.
Nicas la vio y se puso rígido.
—Esa no.
—¿Qué pasa con esa? —preguntó Vera.
—La niña vieja.
—¿Qué niña?
Nicas no contestó.
Darío salió y regresó con una copia del expediente de Marina. En una fotografía familiar, la adolescente llevaba dos horquillas azules iguales.
Vera sintió cómo la habitación se estrechaba.
—Nicas, ¿esto era de Marina Espejo?
—La encontré.
—¿Dónde?
—Monte.
—¿Cuándo?
—Después.
—¿Después de qué?
—De que todos buscaban.
La horquilla había sido mencionada en una declaración antigua, pero figuraba como no localizada. Según el expediente, varios voluntarios dijeron que Nicas presumía de haber encontrado algo de Marina. Nunca se recuperó.
Ahora estaba delante de ellos.
Darío habló en el pasillo.
—Una cosa de Marina. La mochila de Lucía. Las dos en su casa.
—Sí.
—Vera…
—Sí, Darío. Sé cómo se ve.
—¿Y qué falta?
—Saber cómo llegaron.
El análisis preliminar de la mochila ofreció una sorpresa. Había huellas de Nicas en una de las asas, coherentes con su admisión de haberla tocado. También huellas de Lucía y varios rastros parciales sin valor identificativo. Nada demostraba quién la había colocado detrás del pienso.
La tierra del bolsillo lateral contenía partículas calizas y restos vegetales compatibles con amplias zonas del monte. No señalaba una ubicación concreta.
Vera volvió al cobertizo al anochecer. Se agachó frente al hueco.
—¿Qué buscas? —preguntó Darío.
—La forma de meterla.
El saco pesaba más de veinte kilos. Para esconder la mochila detrás había que moverlo. Nicas podía hacerlo. Cualquier adulto también.
—Si quieres incriminar a alguien —dijo Darío—, ¿por qué esconderla tanto?
—Para que parezca que intentó esconderla.
—Eso es circular.
—Exacto. Por eso no sirve todavía.
Darío apoyó una mano en el marco.
—Estás buscando una razón para que no sea él.
Vera se levantó.
—Estoy buscando una razón que sobreviva a un juez. No es lo mismo.
Afuera se oyó un golpe contra la verja. Mateo estaba al otro lado del cordón, contenido por dos agentes. Había corrido el rumor de que habían encontrado la mochila.
—¡Lo sabía! —gritó—. ¡Lo sabía!
Vera salió.
—¿Cómo?
Mateo se calló.
—Te he preguntado cómo lo sabías.
—Me lo dijeron.
—¿Quién?
—Una llamada.
Julia, detrás de él, lo miró por primera vez con miedo.
—¿Qué llamada?
Mateo se pasó una mano por la cara.
—Esta mañana. Número oculto.
—¿Qué te dijeron exactamente?
—«Mira donde guarda las cosas el tonto. Allí está lo de tu hija».
Vera sintió un frío distinto al de la noche.
—¿Por qué no lo contaste?
—Pensé que era alguien del pueblo.
—¿Y por eso viniste a pegarle?
Mateo bajó los ojos.
La llamada transformaba el hallazgo. No exculpaba a Nicas. Pero alguien había dirigido al padre hacia su casa antes de que la mochila apareciera oficialmente.
Vera ordenó intervenir los registros del teléfono de Mateo y preservar la llamada.
Cuando regresó al cobertizo, miró la mochila dentro de su bolsa de evidencia.
Ya no parecía solo una prueba.
Parecía una instrucción.