Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 8 EL PUEBLO SEÑALA
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CAPÍTULO 8 EL PUEBLO SEÑALA

L a noticia llegó al pueblo antes que el desayuno. A las nueve había dos furgonetas de televisión en la plaza y una pintada negra sobre la puerta de Nicas: ASESINO.

Vera lo encontró con un cubo de agua y una esponja. La pintura le caía por las muñecas.

—Déjalo —dijo—. Primero lo fotografiamos.

—No quiero que esté.

—Lo sé.

—Los perros lo ven.

Vera miró a Moro, sentado detrás de la verja.

—Los perros no saben leer.

Nicas la observó con una seriedad que hizo que la frase pareciera una disculpa.

—La gente sí.

Darío tomó fotografías, midió las letras y recogió una muestra de pintura. Dos vecinas contemplaban la escena desde la esquina. Cuando Vera las miró, una bajó la cabeza y la otra entró en una casa que no era la suya.

El pueblo ya había empezado a decidir.

En La Parada, el rumor tenía una estructura completa. Nicas seguía a Lucía desde hacía semanas. Nicas guardaba ropa de niñas. Nicas conocía túneles bajo el monte. Ninguna afirmación tenía un origen identificable. Todas terminaban igual: lo sabe todo el mundo.

Mateo salió del bar sin chaqueta. Cruzó la calle y empujó a Nicas contra la puerta.

—¿Dónde la llevaste?

Nicas levantó los brazos para cubrirse.

Vera se interpuso.

—Mateo. Atrás.

—¡Tiene cosas de ella!

—Atrás.

—¡Buscad la mochila! ¡Buscadla en su casa!

Vera dejó de empujarlo.

—¿Qué mochila?

Mateo respiraba por la boca.

—La de Lucía.

—Ya sé de quién. ¿Por qué dices que está en casa de Nicas?

—Yo no he dicho eso.

—Acabas de decirlo mientras lo señalabas.

La calle quedó extrañamente silenciosa.

Mateo miró hacia el bar.

—Lo ha dicho alguien dentro.

—¿Quién?

—No sé. Todo el mundo habla.

Vera pidió a Darío que identificara a quienes habían estado en el bar desde primera hora. Mateo protestó, pero Julia apareció antes de que volviera a acercarse a Nicas.

—Ven conmigo —le dijo.

—Ese hijo de puta sabe algo.

—Ven conmigo.

Julia no levantó la voz. Mateo obedeció.

Vera se quedó con una palabra: mochila.

La de Lucía no había aparecido. Su ausencia no se había hecho pública. Julia lo sabía, Mateo podía saberlo por ella y esa era la explicación más sencilla. Pero una explicación sencilla no era una comprobación.

Anotó la frase, la hora y las personas presentes.

Amalia Vega esperaba junto al coche de Vera. Era más baja de lo que parecía en televisión y llevaba una libreta de papel.

—Sargento Salvatierra.

—No hago declaraciones.

—No he pedido ninguna.

—Entonces apártese del coche.

Amalia obedeció medio paso.

—Hace diecisiete años se investigó a Nicas Barrera por Marina Espejo.

—Eso está en hemeroteca.

—También que nunca fue detenido.

—Sigue sin ser una pregunta.

—La pregunta es por qué el pueblo ha decidido que esta vez sí es él antes de que ustedes lo hayan decidido.

Vera abrió la puerta.

—Pregúnteselo al pueblo.

—Ya lo he hecho. Dicen que guarda objetos que encuentra.

Vera cerró la puerta sin entrar.

—Eso no es lo mismo que guardar objetos de víctimas.

—¿Incluidos objetos de Marina?

La pregunta llegó demasiado limpia.

—¿Quién le ha dicho eso?

Amalia no sonrió.

—Una persona que estuvo en la búsqueda.

—Nombre.

—No.

—Entonces no utilice conmigo la palabra fuente como si convirtiera un rumor en prueba.

—No he publicado lo de los objetos.

—Manténgalo así.

Amalia guardó la libreta.

—¿Cree que Nicas es inocente?

—Creo que todavía no sé quién mató a Lucía.

—Eso no va a gustar en televisión.

—No trabajo para televisión.

La periodista se apartó.

A media mañana, Vera reunió a los agentes.

Quería separar hechos de contagio social.

La bicicleta había aparecido en la carretera.

El cuerpo, en la acequia. Existía una campanilla no pública.

Mateo había mencionado una mochila desaparecida.

Nicas conocía el monte y había participado en búsquedas anteriores. Nada más.

—Si alguien me trae «todo el mundo sabe», lo devuelve y pide un nombre —dijo—. Si alguien dice que Nicas seguía a Lucía, quiero fecha, lugar y quién lo vio. No quiero adjetivos.

Darío asintió.

—¿Y su casa?

—Solicitamos entrada y registro por la mochila y por los datos objetivos que podamos justificar. No porque hayan pintado una puerta.

La autorización llegó horas después con alcance limitado a la vivienda, cobertizo y dependencias vinculadas a objetos de Lucía o evidencias relacionadas con su muerte.

Antes de salir, Julia pidió hablar con Vera.

Tenía la cara agotada y las manos metidas en los bolsillos.

—Mateo no sabía lo de la mochila por mí.

Vera tardó un segundo.

—¿Estás segura?

—No hablamos de sus cosas. Desde que… —tragó saliva—. Desde que la encontrasteis, casi no hablamos.

—¿Pudo oírlo cuando declaraste?

—No estaba dentro.

—¿Alguien de la familia?

—Mi hermana sabía que faltaba. Nadie más que yo recuerde.

La frase no convertía a Mateo en sospechoso. Abría una pregunta.

Vera la anotó.

En La Parada, Darío reconstruyó el origen inmediato del rumor.

Tres personas habían oído a un hombre decir que «lo de la niña estaba en casa del tonto».

Nadie sabía quién era. Uno creyó que llevaba gorra.

Otro que era calvo. La camarera recordaba una chaqueta oscura.

La cámara interior no funcionaba desde hacía meses.

—Fantástico —dijo Darío.

—No —respondió Vera—. Normal.

—¿Normal?

—Así nacen estas cosas. Una frase sin dueño y veinte personas mejorándola.

El registro empezó al final de la tarde.

Nicas no se resistió. Preguntó si los perros podían quedarse en el patio y si iban a romper sus cajas.

—No si no es necesario —dijo Vera.

—Las cosas tienen sitio.

—Lo sé.

La casa olía a pienso, jabón barato y leña. Había herramientas reparadas, piezas de bicicletas, juguetes rotos y objetos recogidos en caminos. Cada cosa estaba clasificada con una lógica que no siempre resultaba evidente para los demás.

Un agente levantó una bolsa con botones.

—Esto va a dar juego.

Vera lo miró.

—Eso se queda dónde está salvo que puedas decirme qué relación tiene con Lucía.

El agente dejó la bolsa.

En el cobertizo, detrás de un saco de pienso, apareció una esquina azul.

Darío se quedó quieto.

Vera no se acercó hasta que el fotógrafo estuvo preparado.

La mochila tenía una cremallera amarilla y una mancha de tinta en un lateral.

Coincidía con la descripción de Julia.

Nicas la vio desde la puerta.

Empezó a negar con la cabeza.

—Ahí no.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Vera.

—No estaba ahí.

—¿La habías visto antes?

—Sí.

La calle frente a la casa se llenó de voces. Alguien debía haber visto la entrada de los agentes. Los teléfonos empezaron a levantarse detrás de la cinta.

Vera miró la mochila y después la puerta donde aún quedaba pintura negra entre las juntas.

El pueblo había señalado a Nicas antes de que apareciera la primera prueba seria contra él.

Eso no lo hacía inocente.

Pero obligaba a averiguar quién había señalado primero.