CAPÍTULO 5 EL PERRO NEGRO
E l perro de Nicas apareció a las siete y doce de la mañana junto a la panadería.
Maribel estaba levantando la persiana cuando lo vio cruzar la plaza. Era un animal grande, negro, con una oreja caída y una cicatriz blanca en el hocico. Lo conocía porque Nicas recogía pan duro para los perros dos veces por semana.
Lo que no conocía era el trozo de tela que llevaba entre los dientes.
Maribel no tocó al animal. Cerró la panadería, llamó al cuartel y esperó detrás del cristal. El perro se tumbó frente a la puerta con la tela entre las patas, jadeando como si hubiera corrido durante horas.
Cuando Vera llegó, fotografió primero al animal y después el objeto. La tela podía proceder de cualquier prenda, manta o saco. El color coincidía con una de las prendas descritas por Julia, pero la coincidencia visual no era identificación.
Azul oscuro.
Maribel dejó caer las llaves.
—Dios mío.
El perro se detuvo al oírla. En menos de un minuto había cuatro personas en la acera. En tres minutos, doce. Uno de los muchachos de la cafetería sacó el teléfono y tomó una fotografía antes de que nadie pensara en impedírselo.
Cuando Darío llegó, la imagen ya estaba en dos grupos del pueblo.
EL PERRO DEL TONTO TIENE EL AbrIGO DE LA NIÑA.
La expresión importaba tanto como la fotografía. Antes de que existiera una prueba, el mensaje ya contenía un culpable. Vera pidió conservar capturas con hora y remitente. No porque el insulto resolviera la desaparición, sino porque la velocidad del rumor podía contaminar testimonios posteriores.
—Atrás —ordenó—. Nadie toque al animal.
El perro no parecía nervioso. Movió la cola cuando Darío se agachó y soltó la tela a cambio de un trozo de jamón que Maribel trajo de la cocina.
Vio los móviles levantados y supo que había perdido una batalla que todavía no había empezado.
—Quiero los nombres de todos los que estaban aquí cuando apareció el perro. Y quien haya hecho fotografías que conserve los originales.
—¿Para qué? —preguntó un hombre.
—Para saber qué ocurrió antes de que veinte personas lo tocaran todo con la mirada y cinco con las manos.
—Nadie ha tocado nada.
Maribel señaló al muchacho de la cafetería.
—Él apartó al perro de la carretera.
—Solo de la carretera —se defendió el chico.
Vera respiró despacio.
—Darío, anótalo.
El fragmento de tela entró en una bolsa. Tenía una costura en un borde y un desgarro irregular en el otro. Estaba mojado y manchado de barro.
Julia lo observó desde varios metros cuando llegó.
—Es del abrigo.
—¿Estás segura? —preguntó Vera.
—Se lo compré yo.
—El color puede coincidir. Necesitamos compararlo.
Mateo no escuchó el matiz.
Echó a andar hacia la calle de Nicas.
Vera lo alcanzó en el cruce.
—Mateo.
Él aceleró.
Vera lo agarró del brazo.
—Suéltame.
—No.
—¡Ese hijo de puta tiene a mi hija!
—No lo sabes.
—Su perro lleva su ropa.
—Y voy a averiguar dónde la encontró.
—Mientras tú averiguas…
La voz se le rompió. Cerró el puño.
Vera no aflojó.
—Si entras en esa casa, lo golpeas y después encontramos una prueba que has contaminado, tendrás que vivir con eso además de con todo lo demás.
Mateo la miró con odio.
—Siempre has sido igual.
—¿Igual cómo?
—Como si esto no fuera contigo.
La frase dio donde pretendía. Vera no lo mostró.
—Vuelve con Julia.
Mateo se apartó.
La casa de Nicas estaba fuera del núcleo, detrás de una nave abandonada. Cinco perros empezaron a ladrar cuando el vehículo de la Guardia Civil entró en el camino. Nicas abrió antes de que llamaran. Llevaba un jersey gris y tenía los ojos hinchados.
Al ver la bolsa transparente en manos de Vera, palideció.
—No he sido yo.
—Todavía no te he preguntado nada.
—El Negro la encontró.
—¿Dónde?
Nicas señaló hacia el monte.
—Después.
La palabra otra vez.
Vera se obligó a no formular la pregunta de la noche anterior del mismo modo.
—¿Estabas con el perro cuando encontró la tela?
—Sí.
—¿Había luz?
—Poca.
—¿Antes o después de que llegara la Guardia Civil?
—Antes de todos.
Darío miró a Vera.
—Ayer dijiste que llegaste después.
Nicas se tensó.
—Después de la blanca.
—¿La furgoneta? —preguntó Vera.
Asintió.
—¿Encontró entonces la tela?
—No. Luego.
—¿Dónde la dejó?
—Se la quité. Se la tiré.
—¿Dónde?
Nicas señaló hacia el patio.
—¿Y esta mañana la ha vuelto a coger?
—Sí.
La explicación era posible. También era imposible comprobarla sin registrar la propiedad.
—Necesito entrar —dijo Vera—. Puedes autorizarnos voluntariamente o podemos solicitar autorización judicial. Quiero que entiendas la diferencia. Si dices que no, no significa que seas culpable.
Nicas miró a Darío, después a los perros.
—Entrad.
Vera dejó constancia de la autorización y limitó el registro a las zonas relevantes.
La casa olía a pienso, lejía y leña. Era pobre, pero estaba limpia.
En una habitación había una cama estrecha, un armario y una fotografía de una mujer mayor.
En la cocina, los platos estaban secándose ordenados sobre un paño.
El cobertizo era distinto.
Cajas de plástico ocupaban una pared entera. Cada una tenía una etiqueta escrita con rotulador: LLAVES, HIERROS, RELOJES, NIÑOS, COSAS DEL MONTE.
Darío abrió los ojos.
—Joder, Nicas.
—No toques todavía —dijo Vera.
Fotografiaron el conjunto antes de mover nada.
En la caja de NIÑOS había una peonza, dos coches de juguete, tres horquillas, una pelota desinflada, un llavero con forma de delfín y una pulsera amarilla de plástico.
—¿Por qué guardas esto? —preguntó Vera.
—Lo pierden.
—¿Quién?
—La gente.
—¿Y lo devuelves?
—Si sé de quién es.
—¿Y si no?
—Lo guardo.
Vera observó las cajas. Entendió de inmediato el doble filo. Aquel hábito podía convertir a Nicas en una memoria involuntaria del pueblo. También podía convertirlo en el sospechoso perfecto si aparecía allí cualquier pertenencia de Lucía.
Darío señaló la pulsera amarilla.
—¿De dónde salió?
Nicas la cubrió con la mano.
—Esa no.
—¿Esa no qué?
—No ahora.
—¿Es de Lucía?
—No.
—¿De quién?
Nicas empezó a respirar más deprisa.
Vera intervino.
—Déjala. La documentamos y seguimos.
Darío la miró sorprendido, pero obedeció.
No encontraron sangre visible, ropa de Lucía ni su teléfono. Tampoco encontraron la mochila.
En el patio, el perro negro gemía y tiraba de la cadena.
Nicas salió.
—Quiere ir.
—¿Adónde? —preguntó Vera.
—Azul.
—¿Al lugar donde encontró la tela?
Asintió.
Vera llamó al equipo técnico y pidió apoyo antes de moverse. No quería que Nicas los condujera a un punto relevante y después alguien cuestionara cómo había sido preservado.
Caminaron por un sendero estrecho detrás de la casa. El perro avanzaba con la nariz pegada al suelo. El camino descendía hacia una acequia antigua, casi cubierta por zarzas. A mitad del trayecto Nicas se detuvo.
—Yo vine después.
Vera le pidió que describiera primero el recorrido sin señalar lugares.
Nicas se confundió dos veces con los nombres de las pistas, pero fue consistente al hablar de pendientes, árboles y una roca partida.
Darío tomó coordenadas. El relato debía poder comprobarse sin obligarlo a usar palabras que no eran las suyas.
Vera se volvió.
—Después de la furgoneta blanca.
—Sí.
—¿La viste desde aquí?
Nicas señaló una elevación entre los pinos.
—Arriba.
Subieron. Desde allí se veía un tramo de la pista forestal y, más lejos, la carretera que llevaba a Santa Brígida.
—Enséñame dónde estaba.
Nicas señaló una curva.
—Ahí.
—¿Parada o circulando?
—Parada.
—¿Cuánto tiempo?
Nicas abrió las manos.
—No sé.
—¿Viste a alguien fuera?
El hombre bajó la cabeza.
—Una persona.
Darío dio un paso.
—¿Hombre o mujer?
Nicas se bloqueó.
Vera levantó una mano para que Darío callara.
—¿Llevaba algo en la cabeza?
—No sé.
—¿Era más alta que yo?
Nicas la miró, intentó reconstruir la imagen y negó.
—No sé.
—Está bien.
El perro tiró hacia abajo.
Llegaron a la acequia. El agua bajaba turbia por la lluvia. Enganchados en una rama baja había dos hilos azul oscuro.
Vera hizo detenerse a todos.
—Nadie baja.
Marcó el punto y pidió ampliar el perímetro.
Nicas miraba el agua.
—Yo no la vi.
—¿A Lucía?
—No.
—Te creo que no la viste si eso es lo que recuerdas. No necesito que completes lo que falta.
Nicas se frotó las manos.
—La persona ayudaba.
Vera no completó la frase por él. Sabía que una pregunta mal formulada podía fabricar un recuerdo. Nicas utilizaba verbos concretos para cosas que los demás interpretaban de otra manera. Si decía ayudar, necesitaban saber qué movimiento había visto, no qué significado le daban ellos.
Vera sintió un cambio pequeño, casi físico.
—¿A quién ayudaba?
Nicas cerró los ojos.
—No sé.
—¿Viste a alguien herido?
—No sé.
—¿Viste a una niña?
Nicas abrió los ojos de golpe.
—No.
—Entonces, ¿por qué dices que ayudaba?
Él señaló con los brazos, torpemente, como si sostuviera un peso contra el pecho.
—Así.
Darío miró a Vera.
—¿Cargaba con alguien?
Nicas retrocedió.
—No sé. No sé.
Vera cortó la entrevista.
A las nueve y media, el análisis preliminar confirmó que la tela podía ser compatible con el abrigo de Lucía por color y tejido, pero todavía no había identificación individual. En el pueblo la palabra «compatible» se perdió. Solo quedó «abrigo».
A las diez, alguien pintó ASESINO en la puerta de Nicas.
Vera volvió a la casa y encontró al hombre sentado en el escalón, intentando limpiar la pintura roja con un trapo húmedo. El perro negro estaba pegado a su pierna.
—No lo borres todavía —dijo ella.
Nicas dejó de frotar.
—Es mi puerta.
—Lo sé. Primero tenemos que fotografiarlo.
—Es mi puerta —repitió.
Vera entendió que no hablaba de propiedad.
Hizo las fotografías y después tomó el trapo.
—Ahora sí.
Nicas la observó mientras limpiaba una A que no terminaba de salir.
—Van a decir que fui yo.
—Ya lo están diciendo.
—Tú también.
Vera dejó el trapo en el cubo.
—Yo voy a decir lo que pueda demostrar.
Nicas miró el bosque.
—Entonces tardas mucho.
Vera no encontró una respuesta que no sonara falsa.
El teléfono de Darío vibró.
Escuchó unos segundos y se volvió hacia ella.
—Han encontrado algo en la acequia.
—¿Qué?
Darío bajó el teléfono.
—Una zapatilla.
La noticia no se transmitió por radio abierta.
Vera llamó al equipo de la acequia y pidió que nadie moviera la zapatilla hasta documentar posición, orientación y estado del terreno.
Si pertenecía a Lucía, el lugar podía convertirse en el centro de la búsqueda.
Si no, seguiría siendo solo una zapatilla blanca en un monte lleno de objetos perdidos.
Vera miró a Nicas.
—¿Color?
—Blanca. Talla pequeña.
Julia había descrito esa mañana unas zapatillas blancas con una franja violeta.
Vera echó a andar hacia el coche.
A su espalda, Nicas volvió a mojar el trapo.
La pintura roja seguía entrando en las grietas de la madera.
El informe definitivo tendría que comparar composición, tejido y borde de rotura; el resultado preliminar no individualizaba la prenda.
Julia reconocía el color, pero el reconocimiento emocional no era una pericial.
Esa diferencia se volvió imposible de explicar en la plaza, donde la fotografía ya circulaba ampliada y recortada.
El origen digital de la imagen llevó hasta un teléfono concreto: un muchacho de diecisiete años que había llegado a la panadería después de oír ladrar.
Él la envió a dos amigos. Uno la publicó en un grupo vecinal.
En veinte minutos, la frase que acompañaba la foto había cambiado cuatro veces.
La última versión afirmaba que el perro había sacado la tela del dormitorio de Nicas.
Vera reunió a los presentes y pidió que describieran, por separado, dónde estaba el animal cuando lo vieron. Las versiones coincidían en lo esencial: el perro llegó desde la calle del lavadero, no desde la casa de Nicas. Ese detalle no exculpaba a nadie, pero destruía el rumor más dañino.
Nicas explicó que el perro se llamaba Sombra y que a veces escapaba por un hueco de la valla. Lo había recogido dos años antes con una pata rota.
—Encuentra cosas —dijo.
—Como tú. Nicas asintió, sin percibir ironía porque no la había.
—Las cosas no se pierden solas. Vera anotó la frase. Podía ser una observación sencilla o algo que él había aprendido de manera dolorosa.
El recorrido de Sombra desde el lavadero hasta la acequia ofrecía varios desvíos.
El perro no era un instrumento forense entrenado; seguirlo podía aportar un lugar, no una cadena de hechos.
Aun así, cuando volvió a tirar hacia el cauce, Vera pidió que nadie lo soltara.
Prefería llegar despacio a destruir deprisa.
En el sendero encontraron una marca de barro claro sobre una piedra.
El suelo de la zona era oscuro y húmedo.
Darío recordó que en los accesos de Santa Brígida había zahorra pálida, utilizada años atrás para reparar la pista.
Vera tomó muestra de ambas zonas para comparación.
No era una prueba contra una persona. Era, como mucho, una dirección.
Antes de bajar a la acequia, Vera miró hacia la casa de Nicas.
Varias personas se habían quedado frente a la verja.
Ya no esperaban noticias de Lucía; esperaban que la Guardia Civil confirmara lo que habían decidido.
Vera entendió entonces que, si encontraban a la niña muerta, la investigación tendría dos escenas que proteger: la del crimen y la del hombre al que el pueblo había elegido como respuesta.