CAPÍTULO 4 LA PRIMERA NOCHE
L a lluvia empezó a las once y cuarto.
Primero fue una llovizna fina, casi horizontal, que ensució la nieve. Después el cielo se abrió y el agua cayó con fuerza suficiente para formar regueros en los caminos. Vera observó desde el porche del cuartel cómo la noche borraba lo que quedaba de la tarde.
Ordenó retirar a los voluntarios de las zonas más empinadas.
La orden dejó un silencio hostil en el puesto improvisado.
Vera hizo que Darío anotara qué cuadrillas abandonaban cada sector y a qué hora.
No quería que al amanecer nadie asegurara haber buscado en una vaguada que en realidad había quedado sin cubrir.
Dividió el mapa en zonas y marcó con lápiz las que la lluvia volvía inseguras.
El problema no era solo la oscuridad. El agua estaba borrando huellas, llenando cunetas y desplazando objetos pequeños. Si Lucía seguía en el monte, cada minuto importaba. Si alguien había intentado ocultar lo ocurrido, la tormenta trabajaba a su favor.
Mateo Roldán la insultó delante de veinte personas.
Vera dejó que terminara. Mateo olía a tabaco mojado y gasóleo. Tenía las manos abiertas, sin saber dónde ponerlas. Julia permanecía unos pasos detrás, inmóvil, como si toda la fuerza que le quedaba la necesitara para no caer.
—No estoy mandando a nadie a casa —dijo Vera—. Estoy evitando tener dos desaparecidos más. En cuanto podamos entrar sin despeñarnos, volveremos.
Mateo quiso responder, pero Julia le tocó el brazo. El gesto bastó. Él se apartó hacia los coches y golpeó con la palma el techo de su camión.
—¡Mi hija está ahí fuera y tú mandas a la gente a casa!
—Retiro a quien no puede trabajar con seguridad y a quien puede destruir rastros. Los equipos profesionales siguen.
—¡Te importa más una puta huella que Lucía!
Julia se interpuso.
—Mateo.
Él respiraba como si acabara de correr. Durante un instante Vera pensó que intentaría apartarla. No lo hizo. Se llevó las manos a la cabeza y se sentó en el bordillo.
—No puede estar sola ahí —dijo.
La frase ya no iba dirigida a nadie.
Vera entró al cuartel.
A medianoche olía a café recalentado, ropa mojada y barro.
Habían colocado un mapa del término municipal sobre una pared.
Las cuadrículas revisadas estaban marcadas en azul; las pendientes, vaguadas y edificaciones pendientes, en rojo.
Sobre otra mesa se acumulaban formularios de voluntarios, fotografías, listados de vehículos y copias de cámaras.
Las llamadas ocuparon dos teléfonos. Una mujer aseguró haber visto a Lucía en un autobús hacia Granada; el conductor confirmó que no. Un hombre dijo haber oído gritos junto al embalse; eran jóvenes en una nave. Un número oculto llamó tres veces y colgó.
Vera ordenó registrar cada aviso, aunque pareciera absurdo. Las desapariciones se llenaban enseguida de personas que querían participar, recordar o ser importantes. Entre cien datos inútiles podía esconderse uno verdadero.
Darío se quitó la chaqueta empapada.
—La carretera del puerto sigue abierta, pero si hiela la cierran.
—Que tráfico nos diga qué vehículos salieron entre las tres y media y las seis.
—No hay cámara en el puerto.
—Peaje no tenemos tampoco. Pregunta en la gasolinera de la comarcal, cámaras privadas, lo que haya.
Vera se sentó frente al ordenador.
La cámara del estanco mostraba a Lucía a las 15:34. Habían corregido el reloj comparando el paso de un autobús visible en otra grabación. La niña caminaba junto a la bicicleta por la plaza vieja. A los siete segundos miraba hacia atrás.
Darío se inclinó sobre la pantalla.
—Está asustada.
—Mira atrás.
—Es lo mismo.
—No.
—Vera.
—Si escribimos «asustada», mañana estaremos buscando a alguien que la perseguía. Si escribimos «mira atrás», seguimos buscando qué ocurrió.
Darío se dejó caer en la silla.
—Debe de ser agotador vivir dentro de tu cabeza.
—Lo es.
La siguiente cámara pertenecía a una vivienda de la calle del Molino. El reloj estaba adelantado cuatro minutos y diecinueve segundos. Una vez corregido, Lucía aparecía a las 15:38:46. Se detenía junto al borde de la imagen. Durante dos segundos se veía la parte trasera de un vehículo blanco.
—Ahí —dijo Vera.
Congelaron el fotograma.
Solo aparecía una esquina del parachoques, una luz trasera y parte de la puerta. La luz derecha estaba opaca. En la chapa había una pegatina rectangular.
—Montalvo pone pegatinas verdes en las furgonetas —dijo Darío.
—La imagen es gris.
—Sé cómo son.
—Y también sabes que hay cien empresas con pegatinas rectangulares.
Darío levantó las manos.
—No he dicho que sea suya.
—Lo estabas pensando.
—Tú también.
Vera no contestó.
A la una y veinte llegó la primera respuesta sobre el teléfono de Lucía. Última actividad de red: poco después de las 15:41, en un área amplia al oeste de la plaza vieja. No permitía situarlo en una vivienda concreta. Después, silencio.
Vera trazó un círculo sobre el mapa.
La bicicleta estaba al norte.
Vera midió los tiempos posibles. A pie, Lucía habría necesitado más de lo que permitían las cámaras. En bicicleta, menos. En coche, apenas unos minutos. Pidió que localizaran cualquier cámara orientada hacia las tres carreteras que salían del área de cobertura telefónica.
No buscaba todavía un vehículo concreto. Buscaba una ausencia: el tramo en el que una niña había dejado de ser visible para todo el mundo.
El teléfono había dejado de emitir al oeste.
Entre ambos puntos había casi tres kilómetros.
—Si fue andando, tenemos un hueco de tiempo —dijo Darío.
—Y si subió a un vehículo, no.
A las dos, Julia aceptó volver a casa acompañada. Mateo se negó. Permaneció en el cuartel, sentado con los codos sobre las rodillas, mirando cada vez que sonaba un teléfono.
Vera le llevó café.
—No quiero.
Lo dejó igualmente.
—Necesito preguntarte por las furgonetas de Montalvo.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Qué pasa con ellas?
—Trabajas para la empresa a veces.
—Transporto madera para quien paga.
—¿Cuántas furgonetas blancas tienen?
—Tres. Cuatro. No sé.
—¿Quién las usa?
—Los encargados, mantenimiento, cualquiera.
—¿Lucía conocía a Adrián Montalvo?
Mateo soltó una risa seca.
—Todo el pueblo conoce al alcalde.
—¿Y a Teresa?
—Es la médica. Claro que la conoce.
Vera anotó sin mostrar interés.
—¿Por qué preguntas eso? —dijo Mateo.
—Porque estoy preguntando por todos los adultos a los que Lucía habría subido a un vehículo sin pedir ayuda.
La frase le hizo daño. Se vio en la forma en que apartó la mirada.
A las tres y diez apareció Samuel con un cuaderno bajo el brazo.
Vera lo vio desde la mesa y sintió enfado antes de que hablara.
—Te dije que fueras a casa.
—He ido.
—Entonces vuelve.
Samuel dejó el cuaderno delante de ella.
La cubierta era de hule negro, gastada en las esquinas. Vera conocía aquellos cuadernos desde niña. Su padre había anotado durante décadas incendios, pasos de ganado, matrículas de coches encontrados en pistas cerradas, vertidos, fechas de tala y cualquier cosa que considerara fuera de lugar.
—Busca noviembre de hace diecisiete años —dijo.
Vera no abrió el cuaderno.
—¿Por la campanilla?
Samuel asintió.
—¿Qué voy a encontrar?
—No lo sé.
—Otra vez.
—Vera…
—Has ocultado un dato en una desaparición de una menor y ahora vienes con un cuaderno del caso de Marina. Dime qué estoy buscando.
Samuel se sentó despacio.
—Una furgoneta.
Darío, al otro lado de la sala, levantó la cabeza.
—¿Blanca? —preguntó Vera.
—No recuerdo el color.
—¿Marca?
—No.
—¿Matrícula?
—La apunté.
Vera abrió el cuaderno. Las páginas estaban fechadas. Llegó a noviembre de diecisiete años atrás.
Faltaban dos hojas.
Vera sostuvo el cuaderno por el lomo. Las páginas anteriores registraban matrículas, incendios pequeños, un vertido y el paso de una ambulancia privada.
Las posteriores hablaban de una batida y de una noche de helada.
Las dos hojas ausentes no parecían un accidente de encuadernación.
Alguien había querido que faltaran precisamente allí.
El corte era irregular, hecho a mano.
—¿Dónde están?
Samuel se frotó el pulgar contra el índice.
Vera conocía el gesto.
—No me digas que no recuerdas.
—No recuerdo cuándo las quité.
—Eso no te he preguntado. He preguntado dónde están.
—No lo sé.
—¿Las arrancaste tú?
Samuel guardó silencio.
Darío se levantó.
—Voy a por café.
Vera esperó a que saliera.
—Papá, mírame.
Samuel lo hizo.
—¿Las arrancaste tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque había un nombre.
—¿De quién?
Samuel cerró los ojos un instante.
—De alguien que entonces era un crío.
Algo se desplazó dentro de la investigación.
—¿Nicas?
Samuel no respondió.
—¿Era Nicas?
—Encontrad primero a Lucía.
—No vuelvas a decirme eso como si fuera una respuesta.
Samuel se puso en pie.
—Hay cosas que, cuando las cuentas tarde, ya no arreglan nada.
—Y hay cosas que, cuando las ocultas, pueden repetirse.
El viejo recibió la frase sin defenderse.
—Lo sé.
Salió.
Vera permaneció mirando las dos páginas ausentes.
A las cuatro y cinco, Darío recibió otra grabación. Una cámara de una nave agrícola captaba la carretera secundaria que comunicaba la plaza vieja con la pista forestal. La calidad era mala, pero a las 15:46 aparecía un vehículo claro. Furgoneta o monovolumen. Circulaba hacia el norte.
—Tiempo compatible —dijo Darío.
Vera amplió la imagen. No había matrícula legible.
—Guárdala en original. Nada de reenviar vídeos comprimidos.
—Ya lo sé.
—Lo digo porque alguien ha filtrado que Nicas estaba en el monte.
Darío la miró.
—No he sido yo.
—No he dicho que lo fueras.
—Pero lo has pensado.
Vera cerró el reproductor.
—He pensado que había ciento veinte personas allí. Y que este pueblo no necesita pruebas para fabricar una historia.
A las cinco de la mañana, la lluvia cesó.
Los equipos volvieron a subir.
Vera salió al porche. Las luces del pueblo se reflejaban en el asfalto mojado. Más arriba, el monte era una masa negra.
Sacó el teléfono y buscó el nombre de Marina Espejo en la base interna. El expediente antiguo no estaba digitalizado por completo. Había una referencia, fecha, juzgado y una nota de archivo físico.
Solicitó acceso.
Después escribió en su libreta dos palabras que no quería unir todavía: LUCÍA — MARINA.
Debajo añadió: CAMPANILLA.
Y, por último: FURGONETA.
Se quedó mirando la página.
La primera noche terminaba sin una sola noticia de Lucía.
Pero ya había demasiadas cosas que alguien no había contado.
A las dos de la madrugada, la lluvia golpeaba los cristales del cuartel con una regularidad irritante. Vera había dejado de sentir hambre. Darío calentó una tortilla en el microondas y la repartió sin preguntar. Comieron mirando la pantalla donde se repetían los últimos segundos conocidos de Lucía.
La cámara del estanco mostraba algo más que el cambio de ruta.
Lucía reducía el paso antes de mirar atrás.
No corría. No parecía perseguida. Era el comportamiento de alguien que esperaba comprobar si otra persona venía detrás o si un vehículo seguía allí.
Vera pidió conservar la secuencia completa, incluidos minutos anteriores y posteriores.
Un fragmento aislado podía fabricar una historia inexistente.
La furgoneta blanca apareció durante once segundos.
Solo una esquina, un piloto y parte de una puerta.
Darío quiso buscar inmediatamente todos los vehículos blancos del municipio.
Vera aceptó, pero amplió la zona a pueblos cercanos y empresas que trabajaban en Valdehondo.
El color era demasiado común para convertirse en una acusación.
Julia llamó a las tres menos cuarto. Había encontrado una libreta de Lucía.
No era un diario, sino una mezcla de deberes, dibujos y listas.
En una página había escrito SANTA B. y debajo tres números: 12, 4, 7.
Vera fotografió la hoja y preguntó si la niña había hablado alguna vez del sanatorio.
Julia dijo que no. Mateo, desde el fondo, respondió que todos los críos subían alguna vez hasta la verja para asustarse.
Vera no convirtió la anotación en pista principal.
Podían ser un ejercicio, una contraseña o una referencia sin relación.
Sin embargo, pidió comprobar si alguna compañera reconocía la expresión.
Una de ellas recordó un reto entre adolescentes: llegar hasta Santa Brígida, fotografiar la puerta y volver antes de anochecer.
Lucía se había negado semanas atrás porque odiaba los edificios abandonados.
La negativa era más interesante que el reto. Si había ido hacia allí el día de su desaparición, quizá no lo había hecho por voluntad propia. O quizá la anotación no tenía nada que ver. Vera dejó ambas posibilidades abiertas.
Antes del amanecer revisó el parte meteorológico.
La lluvia disminuiría a las seis. Los perros podrían volver a trabajar después, aunque muchas trazas se habrían perdido.
Marcó en rojo los puntos que debían revisarse primero: la roca junto a la pista alta, la entrada de servicio, el cruce donde la cámara perdía a Lucía y la vieja acequia que descendía desde el pinar.