Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 3 EL CORTAFUEGOS
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CAPÍTULO 3 EL CORTAFUEGOS

A las siete de la tarde había ciento diecinueve personas apuntadas en las hojas de búsqueda y al menos treinta más que no habían pasado por el control.

Vera mandó detener la batida.

La decisión provocó el primer enfrentamiento serio.

—Cada persona que entra sin estar asignada a un sector puede pisar una huella, mover una prenda o encontrarse con algo que no sabe conservar —dijo, de pie sobre el estribo del todoterreno—. Quien quiera ayudar se registra. Quien no quiera, se vuelve al pueblo.

—Mientras rellenamos papeles la niña se congela —respondió un cazador.

—Mientras usted decide por su cuenta, puede hacer que no sepamos por dónde pasó.

El hombre masculló algo. Se registró.

El equipo cinológico trabajó desde la bicicleta. El primer perro avanzó por la pista durante ciento cincuenta metros, cruzó hacia un camino secundario y perdió el rastro sobre una lengua de grava. El guía volvió al inicio. El segundo animal repitió casi exactamente el recorrido.

Darío observó el suelo.

—Vehículo.

—O contaminación —dijo Vera.

—Dos perros.

—Dos perros perdiendo olor en el mismo firme. No conviertas una posibilidad en una conclusión.

Darío sonrió sin humor.

—Alguna vez tendrás que permitirnos acertar antes de tenerlo escrito.

—Y alguna vez tú tendrás que aprender que acertar por casualidad también estropea investigaciones.

No era una discusión nueva. Darío conocía a cada vecino, cada apodo y casi cada deuda del pueblo. Esa proximidad era útil hasta que dejaba de serlo.

Los grupos se desplegaron. Linternas blancas empezaron a moverse entre los pinos. Desde la carretera parecían una procesión rota.

Vera acompañó al equipo que bajaba hacia la acequia vieja. El terreno estaba resbaladizo. Cada veinte metros alguien gritaba el nombre de Lucía. El sonido rebotaba entre las laderas y regresaba deformado.

A las siete y veintitrés, una mujer encontró una goma del pelo. Julia dijo por teléfono que Lucía usaba iguales. La embolsaron. A las siete y treinta y uno, un voluntario encontró una zapatilla infantil que llevaba meses allí. A las siete y cuarenta, otro juró haber oído un grito. Era un zorro.

La búsqueda producía objetos, ruido y esperanza falsa.

Cada descarte tenía un coste. Un agente debía fotografiar, señalar coordenadas, preguntar a la familia y decidir si el objeto merecía recogida. Vera veía cómo los minutos se convertían en bolsas numeradas que probablemente no significarían nada. Aun así, prefería perder tiempo a perder una prueba.

Desde el valle llegaba el sonido de los coches de quienes seguían subiendo pese al control. El pueblo no soportaba quedarse quieto. Buscar era una forma de no pensar.

Fue Darío quien señaló hacia el límite del sector tres.

—Sargento. Allí.

Entre dos pinos había un hombre.

Nicasio Barrera permanecía inmóvil, con el cuello hundido en un anorak verde demasiado grande. A su lado, un perro negro olfateaba el suelo. Nicas sostenía una bolsa de supermercado llena de objetos.

—¡Nicas! —gritó Darío.

El hombre retrocedió.

Dos voluntarios echaron a correr hacia él.

—¡Quietos! —ordenó Vera.

Uno obedeció. El otro dio tres pasos más hasta que Darío se interpuso.

—Déjalo —dijo el voluntario—. A saber, qué hace aquí.

—Precisamente por eso no vas a tocarlo.

Vera se acercó sola. Conocía a Nicas desde niña.

Entonces él era un muchacho de pocas palabras al que los demás utilizaban para probar crueldades pequeñas: esconderle la merienda, hacerle creer que una chica quería besarlo, soltar petardos junto a sus perros.

Los adultos lo llamaban «inocente» cuando querían parecer buenos y «el Tonto» cuando creían que no los oía.

—Nicas.

Él evitó mirarla.

—Soy Vera.

—Ya sé.

—Estamos buscando a Lucía Roldán.

Nicas acarició la cabeza del perro.

—No está.

—¿La has visto hoy?

—No.

—¿Has estado aquí esta tarde?

Nicas apretó la bolsa.

—Después.

—¿Después de qué?

—Después.

Detrás de Vera alguien soltó una risa breve. Ella se volvió.

—El próximo que se ría sale del sector.

Nadie contestó.

Vera señaló la bolsa.

—¿Puedo ver lo que llevas?

Nicas dudó y después la abrió. Había tres latas aplastadas, un trozo de cuerda, dos tornillos oxidados, una pelota de tenis rota, una hebilla y una chapa de refresco.

—¿Dónde lo has encontrado?

—Por ahí.

—¿Hoy?

—Sí.

—¿La cuerda también?

Nicas miró dentro.

—No. Esa era de antes.

Vera no tocó nada.

—¿Viste la bicicleta?

Nicas asintió.

—¿Te acercaste?

—No.

—¿Por qué?

—No era mía.

La respuesta habría resultado cómica a algunos. A Vera no.

El perro negro empezó a tirar hacia el talud. Olfateó una franja de tierra y gimió. Nicas recogió la correa de golpe.

—Ahí no.

—¿Por qué no? —preguntó Vera.

—Está mal.

—¿Qué está mal?

Nicas señaló el suelo sin acercarse.

—Huele mal.

Vera llamó al guía canino. Uno de los perros de búsqueda trabajó la zona y marcó junto a unas zarzas. Darío iluminó. Durante unos segundos nadie respiró.

Encontraron una chaqueta vieja bajo una capa de hojas. Era de adulto, verde y cubierta de moho. Probablemente llevaba allí meses.

El alivio fue tan visible como la decepción.

Nicas tiró otra vez del perro.

—Me voy.

—Espera —dijo Vera—. ¿Has visto algún coche por aquí?

El hombre se quedó quieto.

—Coches hay.

—Hoy. Esta tarde.

—Uno.

—¿Cuál?

Nicas movió una mano en el aire, buscando la palabra.

—Blanco.

Darío miró a Vera.

—¿Furgoneta?

Nicas asintió.

—¿A qué hora?

—Antes.

—¿Antes de que tú llegaras?

—Sí.

—¿Viste quién conducía?

—No.

—¿Viste bajar a alguien?

Nicas empezó a balancearse ligeramente sobre los talones.

Vera cambió el tono.

—No pasa nada si no lo sabes. ¿Estaba la furgoneta cuando tú llegaste?

—No.

—Entonces, ¿cómo la viste?

Nicas frunció el ceño. La pregunta lo había encerrado.

—Desde arriba.

—¿Desde tu casa?

—Camino.

—¿Qué camino?

Él señaló una pista secundaria que subía hacia las antiguas instalaciones forestales.

Vera tomó nota.

—Quiero hablar contigo mañana con calma.

—Yo no he hecho nada.

—No he dicho que lo hayas hecho.

Nicas levantó por fin la cabeza. Sus ojos fueron hacia los voluntarios.

—Ellos sí.

Vera entendió que Nicas no estaba respondiendo a su pregunta.

Respondía a dieciocho años de preguntas anteriores.

A la gente que lo había acusado de robar herramientas cuando las encontraba tiradas, de asustar niños cuando simplemente caminaba detrás de ellos, de mirar demasiado cuando no sabía dónde poner los ojos.

—Mírame a mí —dijo Vera—. Ahora solo estamos tú y yo.

Nicas tardó, pero acabó levantando la cabeza. El perro se sentó contra su pierna.

Vera siguió la mirada. Vio desconfianza, curiosidad y algo peor: alivio. La posibilidad de que Nicas estuviera implicado ofrecía una forma conocida al miedo.

Vera había visto aquella transformación otras veces: primero una mirada, después una frase dicha como posibilidad, después el recuerdo de una anécdota de diez años atrás y, al final, una certeza colectiva que nadie podía atribuir a una fuente concreta.

Nicas reunía todo lo que un pueblo necesitaba para fabricar una explicación rápida: vivía solo, recorría el monte, recogía cosas y hablaba de una manera que obligaba a escucharlo despacio.

Encontrar a Lucía requería exactamente lo contrario.

—Yo no trabajo para ellos —dijo.

Nicas pareció pensarlo. Después se marchó con el perro.

A las ocho y cinco, un mensaje empezó a circular por varios grupos de WhatsApp: HABÉIS VISTO QUE HAN PILLADO AL TONTO EN EL MONTE.

A las ocho y doce, otro añadía que llevaba cosas de Lucía en una bolsa.

A las ocho y diecisiete, Mateo Roldán preguntó a Darío si Nicas estaba detenido.

—No —respondió el cabo.

—¿Por qué no?

—Porque no hay motivo.

Mateo miró hacia el monte.

—Siempre hay que esperar a que pase algo con ese hombre.

Darío no respondió.

Vera sí.

—Lo que acaba de pasar es que ha aportado información sobre una furgoneta blanca. Si alguien convierte eso en una acusación, tendremos dos problemas.

—¿Qué problemas?

—Encontrar a tu hija y proteger a un inocente de la gente que cree saber más que nosotros.

Mateo dio un paso hacia ella.

—¿Inocente?

—He dicho un inocente en sentido jurídico. Todo el mundo lo es hasta que haya pruebas.

—Mi hija tiene trece años. No me hables como si estuvieras en un juzgado.

Vera sostuvo su mirada.

—Precisamente porque tiene trece años voy a hablar con cuidado.

A las nueve, la temperatura cayó dos grados. La nieve empezó a cuajar en las zonas altas. El rastro de los perros seguía muriendo en la grava.

Vera pidió revisar todas las furgonetas blancas conocidas en el término y las cámaras de salida. Darío hizo una lista provisional: empresa de fontanería, panadería industrial, dos transportistas, mantenimiento municipal, clínica veterinaria de un pueblo cercano, empresa forestal Montalvo.

—Nos faltarán diez —dijo.

—Entonces encuentra las diez.

A las nueve y media, Vera volvió al punto donde habían visto a Nicas. Se agachó junto a la huella del perro y miró hacia la pista superior.

Desde allí podía verse el cortafuegos sin ser visto con facilidad.

También podía verse la carretera.

Y, si Nicas decía la verdad, alguien había pasado por ella antes de que empezara la búsqueda.

Vera levantó la vista hacia el bosque.

No oyó ninguna campanilla.

Le preocupó descubrir que la estaba esperando.

Los sectores de búsqueda se repartieron sobre un mapa plastificado colocado en el capó de un vehículo. Vera dejó fuera las zonas de riesgo hasta que llegaran equipos preparados. Dos cazadores protestaron: conocían el monte mejor que cualquiera.

—Precisamente por eso —respondió—. Si os despeñáis, tendré que buscar a tres personas en vez de a una. La frase terminó la discusión.

En el sector norte encontraron una botella de agua infantil, una horquilla y una bufanda.

Ninguno de los objetos pertenecía a Lucía.

Cada hallazgo exigía detenerse, fotografiar, comprobar y descartar.

El monte estaba lleno de restos humanos sin relación con el caso.

Vera pensó que investigar consistía muchas veces en demostrar qué cosas no significaban nada.

Un agricultor aseguró haber visto una furgoneta blanca cerca del cruce.

Otro juró que era gris. Un tercero recordó una ambulancia.

Darío empezó a impacientarse. Vera separó los testimonios por hora y lugar.

Las contradicciones no convertían a nadie en mentiroso; solo mostraban que el recuerdo de un vehículo común se deformaba cuando todo el pueblo empezaba a buscar uno.

Nicas apareció por segunda vez en el límite de un sector, siempre acompañado del perro negro. Un voluntario quiso echarlo. Vera se lo impidió.

—Tiene el mismo derecho a estar aquí que tú mientras respete el perímetro.

—Ese no ayuda.

—¿Y tú cómo lo sabes? El hombre se encogió de hombros. La respuesta estaba en la reputación, no en los hechos.

Vera observó a Nicas recoger una chapa del suelo y guardarla en la bolsa.

El gesto era automático. Aquello explicaba una parte de su colección de objetos y, al mismo tiempo, podía condenarlo si encontraba algo perteneciente a Lucía.

Se acercó y le pidió que, durante la búsqueda, no recogiera nada. Nicas preguntó por qué.

—Porque ahora las cosas tienen que quedarse donde están. Él miró su bolsa, desconcertado, y la dejó junto a un árbol.

A última hora, el perro negro regresó solo al punto donde había gemido antes.

Escarbó cerca de una raíz y sacó un trozo de plástico transparente.

No era una prueba útil: envoltorio viejo, tierra incrustada.

Nicas lo dejó en el suelo sin tocarlo. Había entendido la orden.

Vera se preguntó cuántas veces el pueblo había interpretado como desobediencia lo que simplemente nadie se había molestado en explicarle.

Cuando la luz empezó a desaparecer, el monte cambió de escala.

Las distancias se hicieron más largas y cada pino parecía una persona quieta.

Vera ordenó relevos. La noche no iba a detener la búsqueda, pero el cansancio podía convertir a los buscadores en destructores involuntarios de lo que necesitaban encontrar.