Donde mueren los cuervos CAPÍTULO 2 LA LLAMADA
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CAPÍTULO 2 LA LLAMADA

A las cinco y treinta y nueve, Vera Salvatierra ya tenía dos problemas distintos: encontrar a Lucía Roldán y evitar que Valdehondo destruyera la posibilidad de saber qué le había ocurrido.

El segundo crecía más deprisa.

La madre de la niña llegó al cuartel sin abrigo. Julia Roldán llevaba el uniforme azul del consultorio debajo de una chaqueta prestada y tenía el pelo mojado pegado a las sienes. No lloraba. Se sentó frente a Vera, apoyó el teléfono sobre la mesa y dijo:

—No se va sin avisar.

Vera dejó una libreta abierta entre ambas.

—Necesito que empecemos desde esta mañana.

—La desperté a las siete menos cuarto. Desayunó leche y dos tostadas. Se enfadó porque no encontraba una camiseta. Salió a las ocho menos diez.

—¿Sola?

—Con la bicicleta.

—¿Discutisteis?

Julia tardó en responder.

—Le dije que ordenara la habitación. Ella me dijo que siempre estaba encima. Nada más.

—¿Teléfono?

—Lo llevaba.

—¿Dinero?

—No mucho. Diez euros, quizá.

—¿Algún problema en el instituto? ¿Alguien que la molestara? ¿Una relación que no quisierais?

—Tiene trece años.

—Por eso pregunto.

Julia apretó las manos.

—No que yo sepa.

Darío entró y dejó una fotografía impresa sobre la mesa. Lucía sonreía delante del embalse, el pelo recogido, una sudadera gris. La imagen tenía cuatro meses.

—La bicicleta es suya —dijo—. La madre la reconoce.

Vera asintió.

—Que nadie publique todavía la localización exacta.

—Ya hay gente subiendo al cortafuegos.

—¿Quién los ha avisado?

Darío levantó las manos.

—Yo no.

En Valdehondo una sirena no necesitaba explicación. Bastaba verla dirigirse al monte para que diez personas llamaran a otras veinte.

Mateo Roldán apareció a las seis menos cinco. Entró sin llamar. Traía serrín en los hombros y una mancha de grasa en el pantalón. Había dejado el camión cargado en la carretera de Guadix.

—¿Dónde está mi hija?

—Eso estamos intentando averiguar —dijo Vera.

—Me han dicho que habéis encontrado la bici.

Julia se levantó.

—Mateo.

Él la abrazó con torpeza, como si no supiera dónde colocar los brazos.

Vera esperó a que se sentaran.

—¿Cuándo viste a Lucía por última vez?

—Esta mañana. A las ocho.

—¿Sabías qué iba a hacer después del instituto?

—Los martes tiene inglés. Vuelve por la plaza.

Julia lo miró.

—Dejó inglés hace tres semanas.

Mateo giró la cabeza.

—¿Qué dices?

—Que lo dejó.

—¿Por qué?

—Porque no quería seguir. Te lo dije.

—No me lo dijiste.

—Estabas delante.

La discusión no llegó a crecer. Se deshizo bajo el peso de la silla vacía entre ellos. Vera anotó la contradicción sin convertirla en otra cosa.

—¿Quién sabía que había dejado las clases?

Julia enumeró dos amigas, la profesora, quizá alguna madre. Mateo no añadió nombres.

—¿Hay alguien con quien Lucía tuviera confianza especial? Un vecino, familiar, profesor, médico, entrenador.

—Aquí conoce a todo el mundo —dijo Julia.

Vera levantó los ojos.

Aquella frase era exactamente el problema.

En una ciudad, conocer a todo el mundo podía ser una exageración.

En Valdehondo era casi una descripción administrativa.

El médico sabía qué familias debían dinero en la farmacia; el alcalde sabía quién necesitaba jornales; el cura conocía matrimonios que no dormían juntos; los transportistas sabían qué coches pasaban de madrugada.

Lucía había crecido dentro de esa red. Si alguien le pedía que subiera a un vehículo, la pregunta no era solo quién podía obligarla.

Era a quién habría obedecido sin sentir miedo.

Vera escribió en el margen de la libreta: «persona conocida». No era una conclusión. Era una posibilidad que obligaba a investigar a demasiada gente.

Darío volvió a entrar.

—Tenemos la cámara de la gasolinera. La graba a las tres y veintisiete.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Dirección?

—Hacia el cruce viejo.

El cruce viejo llevaba años sin ser el camino más corto hacia ninguna parte.

Una carretera nueva había desviado el tráfico y dejado allí una gasolinera, un taller cerrado y dos accesos al monte.

Los adolescentes lo utilizaban para fumar lejos de sus padres.

Los transportistas, para recortar hacia el aserradero.

Desde allí también se alcanzaba Santa Brígida sin atravesar la plaza.

Vera preguntó a Julia si Lucía tenía algún motivo para subir por esa zona. Julia negó primero y después recordó que algunas semanas llevaba medicación a una anciana que vivía cerca del camino. No sabía si aquel martes debía hacerlo. La anciana fue localizada: Lucía no había pasado por su casa.

Julia frunció el ceño.

—No va por ahí para volver a casa.

Vera se levantó.

En la sala contigua, la grabación mostraba una esquina de la carretera. A las 15:27:18 apareció Lucía. Llevaba abrigo azul oscuro, mochila roja y empujaba la bicicleta durante unos metros porque hablaba por el teléfono. La imagen no tenía sonido. A las 15:27:31 guardó el móvil y volvió a montar.

—Amplía el teléfono —dijo Vera.

—No da para leer la pantalla —respondió Darío.

—No quiero leerla. Quiero saber si estaba llamando o escuchando.

Revisaron fotograma a fotograma. Imposible.

—Pide tráfico de llamadas y preservación de datos —dijo Vera—. Y las cámaras del estanco, la farmacia, el ayuntamiento y cualquier vivienda del cruce viejo.

—Eso son horas.

—Entonces empieza ahora.

A las seis y veinte salió la primera batida organizada. Vera dividió el terreno en sectores y asignó responsables. Prohibió que los voluntarios entraran en la zona inmediata a la bicicleta. Algunos protestaron. Uno dijo que conocía aquellos montes mejor que cualquier guardia. Vera no discutió.

—Precisamente por eso necesito que haga lo que le digo.

El frío aumentó al caer la luz. Los primeros copos se convirtieron en una nieve húmeda que no terminaba de cuajar.

Samuel seguía junto a su coche.

—Te vas a casa —le dijo Vera.

—Puedo ayudar.

—Ya has ayudado.

—Conozco los barrancos.

—Y tienes setenta y dos años y una rodilla que no quieres enseñarle al médico.

Samuel torció la boca.

—Eso no tiene nada que ver.

—Hoy sí.

Vera se alejó dos pasos. Él la sujetó del antebrazo.

—He oído algo.

Ella se volvió despacio.

—¿Qué?

—Una campanilla.

Durante un segundo el ruido de los motores y las voces desapareció.

—¿Cuándo?

—Antes de llamarte.

—¿Dónde?

—En el pinar. No sé a qué distancia.

—¿Qué clase de campanilla?

Samuel bajó la voz.

—Como la de la otra niña.

Vera no necesitó un nombre. En Valdehondo solo había una «otra niña» que su padre pudiera pronunciar así. Marina Espejo. Catorce años. Diecisiete inviernos atrás. Encontrada en un barranco después de cuatro días de búsqueda.

Vera tenía veintidós años entonces y estaba fuera, preparando oposiciones. Recordaba el regreso al pueblo, las cintas en el camino, el rostro de la madre de Marina y una fotografía que alguien había dejado sobre la barra del bar. No recordaba ninguna campanilla.

—¿Eso figuraba en el atestado?

Samuel no contestó.

—Papá.

—No sé.

—Tú estabas en la búsqueda.

—Sí.

—¿La viste?

Samuel miró hacia los árboles.

—Vera, ahora hay que encontrar a Lucía.

—Y para encontrarla necesito saber por qué has ocultado esto durante una hora.

—No estaba seguro.

—¿Lo estás ahora?

—Estoy seguro de que oí metal. Lo demás es memoria.

Vera aflojó la mandíbula.

—Desde este momento no decides tú qué es importante y qué no.

Samuel asintió, pero no la miró.

Darío apareció corriendo desde la pista.

—Los perros ya están aquí.

Vera se volvió hacia el monte.

—Empiezan desde la bicicleta. Nadie entra delante de ellos.

Mientras caminaba, pensó en la campanilla y se obligó a apartarla. Un recuerdo de diecisiete años atrás no podía dirigir una búsqueda presente.

Todavía no.

A las seis y cuarenta y ocho, uno de los perros tomó el olor de una sudadera de Lucía y empezó a tirar hacia el cortafuegos.

El pueblo entero pareció contener la respiración.

La búsqueda empezó a adquirir forma antes de que la familia comprendiera que ya era una investigación.

Vera pidió la última fotografía de Lucía, pero rechazó la de la comunión que Mateo había enviado por costumbre.

Necesitaba el rostro de esa semana, el abrigo que llevaba, el corte de pelo actual.

Julia encontró una imagen tomada dos días antes en la cocina.

Lucía aparecía seria, con una tostada en la mano y una marca de rotulador azul en la muñeca.

—Esa —dijo Vera. Julia la miró como si la elección tuviera algún significado oculto.

—Sale fea.

—Sale como es ahora.

Julia tardó un instante en asentir. La fotografía se distribuyó a patrullas y equipos de búsqueda sin datos que no fueran necesarios.

Vera reconstruyó la última hora conocida sobre una hoja grande.

Instituto, 15:20. Gasolinera, 15:27. Plaza vieja, aproximadamente 15:34.

Teléfono sin actividad poco después. Bicicleta hallada horas más tarde al norte.

Entre esos puntos había huecos que el miedo llenaba con facilidad. Ella se negó a hacerlo.

Entrevistó por separado a dos compañeras de clase.

Una dijo que Lucía estaba normal. La otra recordó que había mirado varias veces el móvil durante la última clase.

Ninguna sabía con quién hablaba. Un profesor aseguró que no había observado nada extraño y, cinco minutos después, recordó que Lucía pidió salir antes porque le dolía la cabeza.

Vera anotó ambas versiones. La memoria empezaba a adaptarse a la noticia.

Vera conocía aquel fenómeno. En cuanto una desaparición se hacía pública, las últimas conversaciones se volvían solemnes, las miradas parecían extrañas y cualquier silencio adquiría intención.

Por eso hizo que cada testigo relatara primero hechos concretos: dónde estaba sentado, qué hora marcaba el timbre, quién salió antes del aula. Las interpretaciones podían esperar.

Una compañera recordó algo verificable: Lucía había preguntado esa semana cómo se solicitaban expedientes médicos antiguos. La chica no sabía para qué. Pensó que era un trabajo de clase. Ningún profesor había mandado ese trabajo.

Mateo preguntó tres veces por qué no rastreaban el teléfono en tiempo real.

Vera le explicó que apagar un móvil no dejaba un punto luminoso esperando en un mapa.

Él la escuchó solo a medias. Quería una tecnología capaz de sustituir las horas perdidas.

Julia, en cambio, preguntó quién había sido la última persona que habló con su hija. Esa pregunta sí podía investigarse.

Darío obtuvo una primera relación de comunicaciones.

Había mensajes de amigas, del grupo de clase y uno borrado cuya existencia constaba en una notificación, no su contenido.

El contacto estaba guardado con una sola letra: T.

Podía ser un compañero, un profesor, un familiar o algo irrelevante.

Vera prohibió convertir la inicial en sospechoso hasta identificarla.

Cuando salió del cuartel, la plaza estaba llena. La gente llevaba linternas, termos y chaquetas reflectantes. Valdehondo quería demostrar que cuidaba de los suyos. Vera sabía que esa misma fuerza podía volverse peligrosa si alguien les ofrecía un culpable antes que una explicación.