Donde mueren los cuervos PARTE I · LA NIÑA DEL AGUA
1%
Donde mueren los cuervos

Donde mueren los cuervos

Por Juan Francisco Luque Luque

© inepub.com

PARTE I · LA NIÑA DEL AGUA

L a bicicleta llevaba dos horas apoyada contra el nogal cuando comenzó a nevar.

Samuel Salvatierra la vio desde la curva de la pista forestal y siguió conduciendo unos metros antes de comprender que la conocía.

Frenó. El todoterreno quedó atravesado sobre el camino, con el motor tosiendo al ralentí.

En Valdehondo era normal encontrar bicicletas junto a las huertas, en la puerta del bar o tiradas contra una tapia.

Aquella no. Reconoció el guardabarros blanco, la cesta pequeña sobre la rueda trasera y, sobre todo, la cinta azul enrollada en el manillar.

Lucía Roldán pasaba por delante de su casa casi todas las tardes.

Algunas veces pedaleaba de pie para vencer la cuesta.

Otras se dejaba caer por ella sin tocar los frenos, con el abrigo abierto y la mochila golpeándole la espalda.

Samuel le había dicho más de una vez que acabaría rompiéndose los dientes.

La niña siempre contestaba lo mismo: «Antes me rompo la bici».

Apagó el motor.

La nieve era todavía una indecisión: puntos blancos que se deshacían al tocar la tierra húmeda.

Por encima del cortafuegos, el cielo había bajado hasta las copas de los pinos.

Samuel abrió la puerta. La rodilla derecha protestó al apoyar el pie, un dolor profundo que últimamente aparecía incluso sin frío.

No se lo había contado a Vera. Su hija ya tenía bastante con vigilarle la tensión, las pastillas y los olvidos.

—Lucía.

La voz se perdió entre los árboles.

Cruzó la cuneta. No había candado en la bicicleta. La rueda delantera estaba girada hacia la carretera y la cadena seguía colocada. En la cesta no había mochila. Samuel tocó el sillín antes de pensar que no debía hacerlo. Estaba mojado y frío.

—Lucía.

Nada.

Se obligó a mirar el suelo. Había huellas de neumáticos, pisadas antiguas deformadas por la lluvia de la víspera y marcas de animales. A cinco metros, junto a una mata de jara, distinguió algo gris. Se acercó solo hasta reconocerlo.

Un guante infantil.

Samuel no necesitó agacharse para advertir que no estaba donde caería de manera natural.

La tela descansaba sobre las hojas con los dedos abiertos, demasiado visible contra el barro.

Podía haberlo arrastrado el agua. Podía haberlo movido un animal.

También podía haberlo dejado alguien. Se obligó a no escoger ninguna de las tres posibilidades.

Miró hacia la carretera. Desde allí, el nogal tapaba parcialmente la curva y el talud escondía la bicicleta a quien bajara desde el pueblo.

No era un lugar en el que una niña dejara la bici para entrar cinco minutos en una casa.

Allí no había casas. Solo una pista forestal, un cortafuegos y, más arriba, el camino antiguo que terminaba cerca de Santa Brígida.

Tenía una estrella cosida en el dorso y una mancha oscura en el puño.

Samuel se quedó quieto.

Treinta y siete años como guarda forestal le habían enseñado dos cosas que no había olvidado: el monte podía conservar un secreto durante décadas y una persona bienintencionada podía destruirlo en diez segundos.

Retrocedió hasta pisar grava. Sacó el teléfono del bolsillo. La pantalla le tembló entre los dedos.

Antes de marcar oyó el sonido.

Tin.

Levantó la cabeza.

No había ganado en aquella ladera desde hacía años. Las últimas cabras pastaban mucho más abajo, cerca del embalse. El sonido había sido débil, quizá a cincuenta metros, quizá a doscientos. El bosque engañaba con las distancias cuando el aire venía cargado de agua.

Samuel esperó.

Nada.

Un copo se le deshizo en la pestaña. Cerró los ojos y durante un instante volvió a tener cincuenta y cinco años, botas nuevas y una linterna prestada. Vio una manga amarilla asomando entre las jaras. Vio barro bajo unas uñas pequeñas. Vio un círculo de metal oxidado sujeto con un cordel.

Diecisiete años.

No había pensado en aquella campanilla durante meses. Tal vez años. Eso se dijo.

Tin.

Esta vez no pudo fingir que era otra cosa.

Marcó a Vera.

—Dime —contestó ella.

—Ven al cortafuegos norte.

—¿Qué ha pasado?

Samuel miró la bicicleta.

—Creo que es de Lucía Roldán.

La voz de su hija perdió cualquier rastro de cansancio.

—¿Está ella contigo?

—No.

—¿Has llamado a su casa?

—Todavía no.

—No toques nada. Ni el guante, ni la bicicleta, ni el suelo. Apártate y dime exactamente dónde estás.

Samuel dio la referencia del kilómetro y la pista.

—Voy para allá. Nueve o diez minutos. Quédate visible.

La llamada terminó.

Samuel guardó el teléfono. Podía haberle contado lo de la campanilla.

No lo hizo. Se dijo que necesitaba estar seguro.

Se dijo que quizá el sonido procedía de una herramienta, de un perro, de cualquier cosa.

Se dijo muchas cosas porque la verdad era más sencilla: si pronunciaba aquella palabra, también tendría que explicar por qué sabía cómo sonaba.

Retrocedió hacia el todoterreno. Al hacerlo vio dos surcos paralelos en el borde de la cuneta.

Un vehículo había entrado o salido de la pista cuando el barro aún estaba blando.

Se inclinó por costumbre y se detuvo antes de acercarse demasiado.

Una de las marcas era más profunda. Furgoneta, quizá. Todoterreno. No podía saberlo.

A lo lejos aparecieron los destellos azules.

Vera llegó sola. Aparcó atravesada en la carretera, dejó los rotativos encendidos y bajó con una chaqueta verde sobre el uniforme. No abrazó a su padre. Ni siquiera lo saludó.

—¿Hasta dónde has entrado?

Samuel señaló el nogal.

—Hasta la bicicleta. Toqué el sillín. Luego vi el guante y me aparté.

—¿El guante no?

—No.

—¿Has pisado junto a él?

—No.

Vera sacó el teléfono, fotografió desde fuera y pidió apoyo al puesto.

Hablaba deprisa y sin levantar la voz: cierre de accesos, localización de los padres, patrulla en el instituto, equipo cinológico, aviso a emergencias.

Samuel la observó mientras delimitaba mentalmente una escena que todavía podía ser una ausencia voluntaria, un accidente o algo peor.

—¿A qué hora la viste por última vez? —preguntó ella.

—Hoy no la he visto.

—Entonces, ¿por qué sabes que es su bicicleta?

—La conozco.

Vera miró la cinta azul.

—Eso no basta. Lo confirmaremos.

Era una frase profesional, pero Samuel oyó en ella algo que conocía desde que su hija era niña: la necesidad de no deberle una conclusión a nadie.

Llegó Darío Cifuentes con cinta de balizamiento. Detrás apareció otro vehículo. La noticia, todavía sin nombre, empezaba a moverse.

Vera se puso guantes y volvió hacia su padre.

—¿Hay algo más?

Samuel sintió el peso de la pregunta.

—He visto las rodadas.

—¿Algo más?

El bosque permanecía inmóvil a su espalda.

—No.

Vera sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.

Samuel supo que acababa de mentirle.

Vera se apartó para hablar por radio. Samuel reconoció en su forma de caminar la prisa contenida de los días malos.

Cuando era niña corría hacia los problemas; de adulta había aprendido a acercarse sin que nadie notara que corría.

Él se preguntó en qué momento había empezado a ocultarle cosas con la excusa de no preocuparla.

A veinte metros, Darío clavó una estaca de balizamiento y pidió a dos curiosos que retrocedieran.

Uno era Eusebio, dueño del bar; el otro, un muchacho del aserradero.

Ninguno preguntó quién faltaba. Ya lo sabían.

Samuel vio al joven sacar el teléfono y comprendió que, antes de que llegaran los perros, media comarca tendría una versión de lo ocurrido.

Y supo también que, si el sonido era el que creía, aquella mentira no iba a durar mucho.

El primer coche de voluntarios apareció cuando todavía no habían terminado de cerrar la pista.

Después llegó otro. Las luces se acumulaban en la curva y convertían la nieve en una sucesión de destellos blancos y azules.

Samuel permaneció fuera del perímetro. Por primera vez en muchos años deseó no conocer aquel monte.

No temía únicamente encontrar a Lucía. Temía reconocer el modo en que alguien quería que la encontraran.

Antes de que llegara Vera, Samuel recorrió con la vista la ladera sin moverse del asfalto.

Conocía cada cambio de pendiente. Sabía dónde el terreno cedía después de la lluvia, dónde los jabalíes abrían pasos bajo las jaras y dónde un coche podía quedar oculto desde la carretera.

Aquella tarde distinguió algo que no pertenecía al monte: dos surcos recientes junto a la entrada de una pista de servicio.

No se acercó. La nieve empezaba a borrarlos por los bordes.

Pensó en Lucía como la había visto la semana anterior, empujando la bicicleta cuesta arriba porque se le había salido la cadena.

Samuel se la colocó sin preguntar. La niña le contó que quería marcharse de Valdehondo cuando fuera mayor.

No a Granada ni a Jaén, sino lejos, había dicho, con la solemnidad de quien todavía mide el mundo por nombres en un mapa.

Samuel había respondido que todos querían irse hasta que descubrían lo que costaba volver.

Ahora aquella conversación le pareció una crueldad involuntaria.

Miró el guante sin tocarlo. La mancha oscura se extendía desde la muñeca hasta el pulgar.

Podía ser barro rojizo de la pista alta.

También podía ser otra cosa. El viejo se obligó a memorizar la posición: palma arriba, dedos hacia el pinar, costura rota en el índice.

Un cuervo descendió hasta una rama del nogal y sacudió la nieve de las alas.

Samuel recordó el barranco de diecisiete años atrás.

Entonces también había cuervos, aunque sabía que esa clase de detalle podía ser una invención posterior.

La memoria no mentía siempre con hechos falsos; a veces mentía ordenando demasiado bien lo que había ocurrido.

El sonido metálico volvió una tercera vez, tan débil que pudo ser una rama golpeando una lata.

Samuel dio un paso hacia el pinar. La rodilla le falló y tuvo que agarrarse al capó del todoterreno.

Aquello lo salvó de entrar. Si hubiera avanzado veinte metros, quizá habría pisado algo que después todos necesitarían.

Cuando vio los rotativos de Vera, sintió alivio y vergüenza al mismo tiempo. Durante años había pensado que, si aquel sonido regresaba, sabría exactamente qué hacer. Descubrió que no era cierto. Lo único que sabía era que no quería volver a encontrar a una niña antes que los demás.

Vera bajó del coche con el gesto que había heredado de su madre cuando algo la asustaba: mandíbula quieta, hombros rectos.

Samuel comprendió que, si le hablaba de la campana, tendría que hablar también de Marina, de la madrugada en el barranco y de una decisión que llevaba diecisiete años justificándose.

Por eso eligió la mitad de la verdad. Y la mitad de una verdad, pensó mientras ella se acercaba, podía hacer tanto daño como una mentira.