CAPÍTULO 6 LA ACEQUIA
E l tercer día amaneció sin nieve, pero el frío había endurecido los caminos. A las diez y treinta y siete, uno de los perros del equipo de búsqueda se salió de la línea prevista junto a la acequia de los Castaños. El guía no gritó. Levantó el brazo y todos entendieron que debían detenerse.
Vera estaba a doscientos metros. Llegó cuando el perro ya había marcado dos veces el mismo punto, una depresión del terreno donde las zarzas caían sobre un cauce estrecho. El agua apenas corría. Entre las ramas había una zapatilla blanca.
Darío se llevó una mano a la boca.
Vera lo miró hasta que bajó la mano.
—Sal del perímetro si no puedes.
—Puedo.
—Entonces trabaja.
No fue crueldad. Era la única forma que conocía de impedir que el horror ocupara todo el espacio disponible.
—Que nadie baje —dijo Vera.
Pidió al equipo que cerrara el acceso y ordenó retirar a los voluntarios. No quiso que Julia y Mateo recibieran la noticia a través de una fotografía. Mientras esperaba a Policía Judicial, permaneció arriba, mirando un trozo de abrigo azul que el agua movía con una lentitud insoportable.
Los primeros minutos fueron de contención. Nadie debía acercarse al cauce, nadie debía pisar los márgenes y ningún familiar debía ver lo que todavía no estaba confirmado. Vera pidió una ruta limpia para los especialistas y obligó a los agentes a entrar y salir por el mismo punto.
El agua corría despacio entre placas de hielo roto. Había ramas, hojas y basura atrapadas contra la piedra. Cualquier objeto podía haber recorrido metros antes de quedar allí.
El cuerpo estaba en una repisa de piedra, no dentro del cauce.
Aquello fue lo primero que anotó el técnico al descender: la corriente no podía haberlo dejado allí.
Lucía había sido colocada de lado, protegida en parte por un saliente.
No había una escena espectacular, solo una quietud que volvía obsceno cualquier ruido.
Vera reconoció la cinta azul de la muñeca antes de verle la cara. Apartó la mirada. Durante unos segundos dejó de ser sargento y recordó a Lucía con nueve años, sentada en el bordillo de la fuente, preguntándole por qué los guardias llevaban pistola si casi nunca disparaban.
Luego volvió al trabajo.
La médico forense hizo una primera observación prudente. No fijó causa ni hora exacta. Había signos que exigían autopsia y análisis. La ropa estaba húmeda de manera desigual. En una manga aparecían restos de barro distinto al de la acequia.
La temperatura, el agua y la exposición impedían convertir una impresión en una hora exacta. Vera agradeció la cautela. En los casos antiguos había visto demasiadas certezas construidas después sobre márgenes que en realidad eran amplios.
Pidió que se tomaran muestras de barro de varios puntos: la repisa, la ropa, la pista superior y la entrada de la acequia. Si Lucía había sido trasladada, quizá el terreno conservara una diferencia que el agua no hubiera borrado.
—La han movido —dijo Darío cuando quedaron solos.
—Parece que la han movido.
—Siempre corriges lo mismo.
—Porque algún día una palabra mal puesta acabará dentro de un atestado.
A las once y veintidós, Vera regresó al pueblo. Julia la esperaba en el consultorio, de pie. Mateo caminaba de una pared a otra. Cuando vio entrar a Vera, dejó de moverse.
No hizo falta decir el nombre.
Julia preguntó si estaba segura. Vera dijo que sí. Mateo golpeó la pared una sola vez y se quedó con el puño apoyado en el yeso. Julia no lloró hasta que preguntó si su hija había estado sola.
—Eso todavía no lo sabemos.
—No te he preguntado si lo sabéis. Te he preguntado si estaba sola.
Vera sostuvo su mirada.
—Cuando la encontramos, sí.
Fue la única respuesta que podía darle sin inventar consuelo.
Al volver a la acequia, el levantamiento seguía. Un técnico llamó a Vera desde el borde. Entre dos piedras, a menos de un metro de donde había estado la mano de Lucía, habían encontrado un hilo rojo. No parecía parte de la ropa. Era fino, anudado en uno de los extremos.
El filamento rojo no parecía pertenecer a ninguna prenda de la niña. Estaba limpio en algunos tramos y ennegrecido en otros, como si hubiera sido manipulado recientemente alrededor de un objeto más antiguo. El técnico lo embaló por separado.
Samuel estaba detrás del cordón policial. Vera no sabía quién le había avisado. Al ver la bolsa transparente con el hilo, el viejo perdió color.
—Vete a casa.
—¿Habéis encontrado algo más?
—No puedes estar aquí.
—Vera.
Ella se acercó hasta quedar frente a él.
—¿Qué esperas que encontremos?
Samuel miró hacia la acequia.
—Lo mismo que entonces.
—¿Marina? —preguntó Vera.
Samuel no respondió de inmediato. El silencio fue suficiente para que ella entendiera que no hablaba de una semejanza vaga.
—Si sabes algo de aquel caso, lo cuentas ahora.
—No aquí.
—Aquí ha aparecido una niña muerta.
Samuel bajó la cabeza.
—Precisamente.
Aquella tarde, mientras retiraban las últimas luces del cauce, un técnico encontró bajo las hojas una pieza metálica oxidada. Tenía forma de campana pequeña. Del asa colgaban restos de hilo rojo.
La campanilla medía poco más de tres centímetros. El metal estaba picado por óxido antiguo. El hilo, en cambio, conservaba un rojo vivo bajo la humedad. Dos edades distintas unidas en el mismo objeto.
Vera miró hacia Samuel. Su padre no observaba el cuerpo. Observaba la bolsa de evidencia.
Vera no permitió que nadie pronunciara delante de los voluntarios lo que aquello podía significar.
La acequia no figuraba en los mapas turísticos.
Era una obra antigua, excavada cuando el embalse todavía no existía, que recogía agua de dos barrancos y la llevaba hasta las huertas bajas.
En invierno apenas transportaba un hilo oscuro entre paredes de piedra.
Para llegar había que abandonar la pista, bajar por un talud de pinos jóvenes y cruzar una franja de zarzas que arañaba la ropa.
No era un lugar al que una niña llegara por accidente desde la carretera.
Más tarde, cuando Vera volvió a hablar con Julia, esta cerró los ojos. Al abrirlos, preguntó por la mochila. Aquella pregunta sorprendió a Vera.
—No está con ella.
—Lucía nunca soltaba la mochila. Ni siquiera al entrar en casa.
Vera anotó la frase mentalmente. Un objeto ausente podía ser tan importante como uno encontrado.
Al regresar a la acequia, el filamento rojo seguía donde lo había visto. El técnico lo señaló con una pinza sin tocarlo.
—No parece de la ropa.
Vera miró corriente arriba. En una piedra había una marca circular limpia, como si algo pequeño hubiera descansado allí y alguien lo hubiese retirado hacía poco.
—Fotografía eso también. Todo.
La nieve de la tarde anterior se había derretido, pero bajo los pinos quedaban manchas blancas.
Vera pensó en la bicicleta, en la furgoneta apenas visible en la cámara y en Nicas repitiendo que había llegado después.
Por primera vez desde la desaparición dejó de preguntarse dónde había estado Lucía.
La pregunta era otra: quién había decidido dónde debían encontrarla.