DOMINATRICE (Cuentos Prohibidos 1) Capítulo 5 — El Claro
31%

Capítulo 5 — El Claro

Los pasos no eran del Lobo. Lo entendió por el peso: más ligero, más cauto, pasos que trataban de no oírse y precisamente por eso se oían. Caperucita se enderezó de golpe en el pequeño claro de luz verde, el corazón volviendo a martillar, y se volvió.

Era el hombre vestido de cazador. El que estaba en la sombra, en la casa, mientras la Abuela mandaba. Lo había visto de rodillas. Lo había visto obedecer. Ahora estaba allí, de pie entre dos troncos, con una expresión que ella no sabía descifrar: ni amenazadora, ni amable. A la espera.

—Me envía ella —dijo el hombre. La voz era grave, casi una disculpa—. Para llevarte de vuelta.

*Volverás*, había dicho la Abuela. *Y me suplicarás que termine.* Y ahora le mandaba a su siervo a recogerla como se recoge algo que se ha caído y que se sabe que puede recuperarse cuando se quiere. Algo suyo.

Algo de quién.

Fue en ese momento —no antes, no después, sino exactamente en ese latido— cuando algo dentro de Caperucita se dio la vuelta.

No el miedo. El miedo lo había dejado en el sendero, junto con el aliento.

Esto era nuevo, frío y limpio como agua de manantial, y subía no desde abajo, como la marea de antes, sino desde el centro del pecho. Una calma. Una calma terrible.

Lo miró. Lo miró de verdad, por primera vez.

Los hombros anchos, las manos grandes que podían partirla, y los ojos —los ojos que no aguantaban los de ella, que se escabullían, al suelo, a sus pies descalzos en la hierba.

Un hombre el doble que ella, hecho para cazar, hecho para tomar.

Y estaba allí esperando una orden. Buscaba un amo del modo en que un perro perdido olfatea el aire para reencontrar una mano conocida.

Ella no tenía ningún poder. Era una muchacha descalza en un claro, sin nada, salvo la capa roja que le calentaba la piel y una cosa nueva recién nacida que aún no tenía nombre.

Y esa cosa, ahora, le dijo qué hacer. Se lo dijo con la voz de la Abuela.

—Te envía ella —repitió bajito Caperucita, y no era una pregunta. Dio un paso adelante. El hombre no retrocedió, pero algo en sus hombros cedió un milímetro: el cuerpo reconociendo un tono antes de que la mente lo entendiera—. Y tú haces siempre lo que se te dice.

—Yo...

—De rodillas.

No había decidido decirlo. Le había salido de la boca ya formado, con la misma cadencia lenta y paciente que le había oído usar a ella, en la casa, a través del cristal. Lo notó en la propia garganta como algo robado y perfecto. Le gustó el sonido. Le gustó hasta enloquecerla.

El hombre dudó. Levantó los ojos —un destello de sorpresa, *tú no eres ella, tú no mandas aquí*— y Caperucita sintió el instante exacto en que la cosa nueva podía morir.

Bastaba con que él se riera. Bastaba con que se diera la vuelta y dijera *vamos, niña*, y ella habría vuelto a ser la presa que huía.

Entonces no le dejó elegir. Inclinó la cabeza, idéntica a la Abuela, y dejó que la boca se abriera en algo que era casi ternura, y por eso surtió más efecto que un grito.

—He dicho de rodillas. No me lo hagas repetir. No soy paciente como ella.

Y el hombre —el Cazador, el hombre grande con las manos que partían— se arrodilló en la hierba.

La hierba estaba fresca bajo los pies descalzos de Caperucita.

Fresca y húmeda, y cada brizna le hacía cosquillas en las plantas mientras miraba al hombre arrodillado ante ella: los hombros anchos que subían y bajaban con la respiración, la cabeza gacha, las manos posadas sobre los muslos como si no supiera dónde tenerlas.

Era grande. Era el doble que ella. Y estaba a sus pies como si fuera el sitio más natural del mundo.

Caperucita sintió la capa roja palpitar contra la espalda. Un latido lento, profundo, que le calentaba la piel y le hacía hormiguear los dedos.

—Mírame —dijo.

Él levantó los ojos. Eran oscuros, los del Cazador, no amarillos como los del Lobo, pero había el mismo hambre dentro, la misma necesidad que no sabía nombrar pero que el cuerpo reconocía.

Caperucita sintió algo apretarse en el bajo vientre, y por un instante fue como en la casa —la marea que subía, el calor que se acumulaba—, pero entonces la cosa nueva, la fría y limpia, la sobrepasó.

Porque él la miraba como se mira la única cosa del mundo que tiene sentido.

—Las manos —dijo Caperucita, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. Quítalas de los muslos. Ponlas detrás de la espalda.

Él dudó —un solo latido, el tiempo de una respiración— y luego obedeció.

Los brazos se le movieron detrás de la espalda, los músculos de los hombros se tensaron, y Caperucita vio el pecho del hombre abrirse, exponerse, y algo en su vientre se contrajo por una razón que no tenía nada que ver con el tacto.

Era el poder. Era esto: la línea invisible que partía de su voz y llegaba al cuerpo de él y lo movía como una marioneta. La sensación de tener un hilo entre los dedos y saber que bastaba con tirar.

—Acércate —dijo—. A gatas.

El Cazador se movió. Las manos se quedaron detrás de la espalda, las rodillas se hundieron en la hierba, y avanzó hacia ella como un animal que se arrastra hacia el agua.

Caperucita sintió su propia respiración acelerarse: no de miedo, no de placer, sino de algo que estaba en medio y que no había sentido nunca.

Él se detuvo a sus pies, la cabeza a la altura de sus rodillas, y esperó.

Ella alzó una mano. Vaciló un instante; luego le hundió los dedos en el pelo, los cerró, y le echó la cabeza atrás hasta que los ojos de él encontraron los suyos.

—¿Quién manda? —preguntó.

Quería saberlo. Tenía que saberlo. Si él decía *tú*, si él confirmaba esa cosa nueva que le crecía en el pecho, entonces sería verdad.

—Tú —dijo el Cazador, y su voz era ronca, quebrada, y en sus ojos había algo que se parecía a la gratitud.

Caperucita sintió el calor estallarle en el vientre —más fuerte que cualquier caricia, más fuerte que los dedos del Lobo en la casa, más fuerte que cualquier sueño— y entendió que era esto, era esto el fuego que la capa roja había estado incubando desde siempre.

No el placer del cuerpo. El poder de doblegar.

—Bien —dijo, y la palabra le gustó en la boca, le gustó el sonido que hacía, le gustó cómo él la recibía: como un regalo, como una caricia, como una sentencia—. Ahora me tocas. Con la boca. Solo la boca. Las manos se quedan donde están.

Él asintió. Se acercó —lento, cauto, como si tuviera miedo de asustarla— y Caperucita sintió el aliento cálido de él en la cara interna de los muslos, donde la piel era más fina y más sensible, donde nadie la había mirado nunca, nunca la había rozado, nunca la había respirado.

La túnica se le había subido por encima de las rodillas cuando se movió, y ahora estaba allí, abierta frente a la cara de él, y el Cazador no la tocaba aún: esperaba, con los labios a un soplo de su piel, y su aliento era una tortura dulce que la hacía temblar.

—Te he dicho que me toques —dijo Caperucita, y la voz le salió más áspera de lo que quería, pero no le disgustó.

La boca del Cazador se posó sobre ella.

Fue un beso, al principio: ligero, reverente, sobre los labios de su sexo a través de la tela fina de la ropa interior, y Caperucita sintió el calor de su boca filtrarse por el algodón y alcanzarla, y las piernas se le abrieron sin pedírselo, y los dedos que le tenía entre el pelo se cerraron con más fuerza.

Él gimió contra ella —un sonido grave, vibrante— y el beso se hizo más profundo, la lengua trazando el contorno de su sexo a través de la tela, y Caperucita sintió la marea subir, sintió el placer acumularse en el bajo vientre, pero más fuerte que el placer era la conciencia de que él estaba haciendo aquello para ella, porque ella lo había ordenado, porque su voz bastaba para moverlo.

—Quítala —dijo, y no reconoció su propia voz: era más grave, más ronca, una voz que no había usado nunca—. Quiero sentirte.

Las manos del Cazador se quedaron detrás de la espalda.

Usó los dientes —con un cuidado que a ella le apretó el corazón— para enganchar el elástico y tirar de él hacia abajo, centímetro a centímetro, y Caperucita sintió el aire fresco en la piel mojada y luego la boca de él, por fin, sobre su carne desnuda.

Fue como en la casa, pero distinto. En la casa el Lobo la había tocado con el hambre de una bestia, y ella se había perdido en el placer y luego le había tenido miedo.

Aquí el Cazador la lamía con la devoción de quien reza, y Caperucita no se perdía: se quedaba exactamente allí, de pie en la hierba, con los pies descalzos en la tierra y los dedos entre el pelo de él, y sentía cada cosa que la boca de él le hacía y al mismo tiempo algo más grande: la línea que los unía, el hilo invisible que partía de ella y llegaba a él, el poder que le henchía el pecho y le daban ganas de reír y de llorar y de no parar nunca.

La lengua de él se insinuó dentro de ella, luego subió, encontró el punto que le hacía ver las estrellas, y Caperucita arqueó la espalda y le apretó el pelo con más fuerza y lo mantuvo allí: allí, exactamente donde lo quería, y él obedeció, él se quedó, él le dio exactamente lo que ella quería sin que tuviera que pedirlo dos veces.

El placer subía, la marea subía, y Caperucita sintió el borde acercarse —el mismo borde del que había huido en la casa, la misma caída que la había asustado—, solo que ahora no tenía miedo.

Ahora podía tomarlo. Podía dejarse caer. Podía tener su placer y sería dulce y cálido y suyo.

Pero miró hacia abajo —miró al hombre a sus pies, los hombros anchos que subían y bajaban con la respiración, las manos detrás de la espalda apretándose la una contra la otra como si estuviera luchando por no tocarla, la boca que la veneraba— y entendió una cosa.

El placer de su cuerpo era una cosa pequeña.

Esto —esto— era la cosa grande. El poder de tener a un hombre de rodillas.

La certeza de que si decía *quieto* él se detendría, y si decía *más* él seguiría, y si decía *más todavía* él le daría todo lo que tenía y después pediría poder dar más.

Esto era el fuego que le ardía en el pecho.

Esto era lo que la capa roja había estado incubando desde siempre.

No el placer. El mando.

Caperucita se apartó.

Cuando se separó de él temblaba, pero no como en la casa, no como cuando la marea había amenazado con llevársela. Entonces había temblado de miedo. Ahora temblaba de otra cosa, y la miró a la cara sin miedo, porque por fin tenía un nombre.

Habría podido terminar. Sabía ya cómo se hacía. Sentía el placer allí, cerca, paciente, suyo para ser tomado, y por primera vez desde que había entrado en aquel bosque ya no le daba miedo. Podía tenerlo cuando quisiera.

Pero no era eso lo que quería.

Lo entendió mirando al hombre a sus pies, la respiración pesada, los ojos que ahora la buscaban: *su* mano, *su* orden.

No era el placer de su propio cuerpo lo que la había hecho temblar.

Era esto. Era el instante exacto en que había dicho *de rodillas* y el mundo había obedecido.

Había sido ella la que lo había doblegado, ella la que lo había sostenido, ella la que había decidido.

Su propio placer, en comparación, era una cosa pequeña. Una vela al lado de un incendio.

La Abuela gozaba de los cuerpos. Caperucita, lo entendió en aquel claro de luz verde, con los pies descalzos en la hierba y una criatura el doble de grande que ella esperando su señal, Caperucita gozaba de *esto*.

Del hilo invisible que le partía del centro del pecho y llegaba al cuello de un hombre. De la brida.

Se subió la capa al hombro. El rojo le calentó la piel, y por primera vez no se preguntó por qué.

—Levántate —dijo. Y él se levantó—. Volvemos. Ella nos espera.

El hombre asintió, los ojos bajos, y algo en su silencio había cambiado: un amo nuevo reconocido, una lealtad que se había desplazado un milímetro sin que ninguna de las dos reinas lo supiera todavía. Echaron a andar entre los troncos, hacia la casa, y ninguno de los dos habló.

Pero mientras caminaba, Caperucita pensó: la Abuela la había mandado a recoger. La Abuela creía haber enviado a su siervo a recuperar algo caído.

No sabía que acababa de entregarle a Caperucita su primer súbdito.

Y mientras la casa reaparecía entre los árboles, baja e inmóvil bajo la luz de la tarde, Caperucita sonrió —una sonrisa lenta, paciente, que no había puesto nunca en su vida y que sin embargo conocía a la perfección.

La había aprendido mirando por la ventana.