Capítulo 2 — La Inocente
El sol se filtraba entre las hojas como miel vertida despacio, y Caperucita caminaba por el sendero tarareando una cancioncilla que no tenía letra, solo alegría.
Tenía veinte años y una cestita en el brazo, y el mundo le parecía la cosa más amable que existía.
Los pájaros se perseguían entre las ramas con pequeños chillidos agudos, dos ardillas reñían por una avellana con la seriedad de dos reyes en guerra, y en algún sitio, lejos, el agua de un arroyo reía entre las piedras.
Ella reía con ellos, sin motivo, porque era de mañana y porque estaba viva y porque su madre le había dicho que estaría fuera solo un día.
—Ve a casa de la Abuela —le había dicho, encajándole la cesta entre las manos en el umbral—. Llévale el vino y la miel. Y no te salgas del sendero.
No te salgas del sendero. Lo decía siempre, su madre, con esa arruga en mitad de la frente que solo le aparecía cuando hablaba del bosque.
Caperucita no entendía por qué. El bosque era precioso.
El bosque olía a tierra mojada y a resina, y de vez en cuando, donde los árboles se abrían, había claros llenos de flores que parecían puestas allí a propósito para que las cogieran.
Se acomodó la capa sobre los hombros. Era roja, de un rojo profundo que no había desteñido en todos esos años, y la llevaba desde que tenía memoria.
Su madre decía que había sido de la abuela, y antes de quién sabe quién, y que las mujeres de la familia se la pasaban como se pasa un nombre.
Era suave de una manera en que ninguna otra tela era suave.
Cuando se la ceñía al cuerpo se le encendía un calor por dentro, un calor bueno, que arrancaba en la nuca y le bajaba por la espalda como dos dedos tibios.
Se subió la capucha y el calor se hizo más fuerte.
Qué raro. Nunca le había prestado demasiada atención, pero era raro.
Se detuvo un instante en medio del sendero, con los ojos cerrados, y dejó que esa sensación la atravesara.
Era como cuando se despertaba ciertas mañanas y no quería levantarse de la cama —no por pereza, sino porque el cuerpo le parecía lleno de algo, pesado y ligero a la vez, y quedarse bajo las sábanas le parecía la única cosa del mundo que mereciera la pena hacer.
Abrió los ojos. Una ardilla la miraba fija desde una rama, inmóvil.
—¿Qué miras tú? —dijo, y rió, y siguió caminando.
La sensación se quedó, bajo la tela roja, como un secreto que ella misma no sabía que guardaba.
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Pensaba en los chicos del pueblo, a veces. Cuando caminaba sola, sobre todo. Era una cosa que no le habría contado a nadie, ni siquiera a su amiga más cercana, ni siquiera en voz baja.
Estaba el hijo del panadero, por ejemplo.
Tenía las manos grandes y cuando amasaba se enrollaba las mangas hasta el codo, y Caperucita había ido a comprar pan muchísimas más veces de las necesarias solo para mirar esos antebrazos enharinados que trabajaban la masa.
Una vez él le había sonreído tendiéndole la hogaza caliente, y los dedos de ambos se habían rozado, y ella se había puesto colorada hasta las orejas y había salido corriendo de la tienda con el corazón latiéndole como un tambor.
A veces, por la noche, antes de dormirse, todavía lo pensaba. Aquel roce. Solo que en el pensamiento el roce no terminaba.
Imaginaba que él le tomaba la mano en lugar de darle solo el pan.
Que se la sostenía. Que con aquellos dedos grandes y cálidos le acariciaba la muñeca, despacio, donde la piel es fina y se siente latir la sangre.
Imaginaba que se acercaba —el panadero del pensamiento no hablaba nunca, era todo gestos amables— y que le apartaba un mechón de pelo de la cara, y que la miraba como se mira algo precioso.
Y entonces, en el pensamiento, él la besaba.
Caperucita no había besado nunca a nadie de verdad. Pero sabía que tenía que ser así: suave, lento, un poco aterrador. En el pensamiento los labios de él eran cálidos y sabían a pan recién hecho, y cuando se separaban ella se quedaba sin aliento y quería que la besara otra vez enseguida.
Caminando por el sendero, con la capa roja sobre los hombros y la cesta en el brazo, Caperucita se dio cuenta de que estaba sonriendo sola. Se llevó una mano a la boca, como para tapar la sonrisa, y notó el calor de la tela roja subiéndole desde los hombros, más insistente que de costumbre.
El panadero del pensamiento, ese día, era más atrevido.
Ese día, en el pensamiento, después del beso no se detenía.
Los dedos grandes le bajaban de la cara al cuello, y del cuello —ella contuvo el aliento solo con imaginarlo— más abajo.
Se detenían sobre el pecho, por encima del vestido, y se quedaban allí, tibios, pesados.
Y ella, en el pensamiento, no huía. En el pensamiento mantenía los ojos cerrados y dejaba que aquella mano se quedara, y deseaba, con una fuerza que no sabía que tenía, que se moviera.
—Oh —dijo Caperucita, en voz alta, a nadie.
Se detuvo otra vez. Tenía las mejillas ardiendo y entre las piernas una sensación nueva, un calor líquido que le hizo avergonzarse de sí misma allí, en medio del bosque, con el sol calentándole la capucha roja.
Qué vergüenza. Qué cosa le pasaba. Eran pensamientos de.
.. ni siquiera sabía de quién. No de una chica buena, eso seguro.
Se bajó la capucha de un tirón, como si le quemara.
El calor entre las piernas se atenuó, despacio, como una vela que mengua. Caperucita se quedó mirando la tela roja que le colgaba sobre los hombros, y por un instante —un instante solo— algo en su cabeza intentó juntar dos cosas que nunca había juntado. El calor. La capucha. Los sueños.
Después una ardilla le tiró una avellana en la cabeza y se rió y se olvidó de pensarlo, como es justo que hagan las chicas de veinte años en una mañana de sol.
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La cesta le pesaba agradablemente en el brazo.
Había mirado dentro antes de salir: la botella de vino tinto oscuro que su madre había tapado con cuidado, el tarrito de miel dorada que lanzaba destellos cuando lo inclinaba hacia el sol, un paño limpio doblado en cuatro.
Cosas para la Abuela. Para animarla, había dicho su madre, porque la Abuela estaba.
.. ¿cómo había dicho? No está bien. La Abuela no está bien, ve a verla.
Caperucita no veía a la Abuela desde hacía muchísimo tiempo.
De pequeña, le parecía. Tenía un recuerdo borroso de una mujer, pero no conseguía enfocarlo.
Cuanto más lo pensaba, más se le escapaba, y había algo curioso: en ese recuerdo la Abuela no era vieja.
En ese recuerdo la Abuela era hermosísima, con el pelo oscuro y larguísimo y una boca roja que reía, y Caperucita de niña le había tenido un poco de miedo y se había quedado un poco hechizada, todo a la vez, en la manera en que los niños temen las cosas demasiado bellas.
Pero debía de haberse equivocado. Las abuelas son viejas. Tienen el pelo blanco y las manos temblorosas y la voz fina. Por eso la mandaba su madre con el vino y la miel: para una pobre vieja enferma, sola en su casa en medio del bosque.
Aunque era raro, pensó Caperucita, que una pobre vieja enferma viviera tan lejos de todos.
Raro que nadie en el pueblo hablara nunca de ella.
Es más —ahora que lo pensaba—, cuando ella había mencionado a la Abuela delante de su amiga, su amiga había puesto una cara extraña y había cambiado de tema a toda prisa.
Y la mujer del herrero, que se enteraba de todo, había hecho un pequeño gesto con la mano, de esos que se hacen para espantar la mala suerte.
Caperucita se encogió de hombros. La gente del pueblo estaba llena de supersticiones.
Decían cosas también del bosque: que vivía allí una bestia, un hombre que no era un hombre, algo con ojos amarillos que se oía aullar en las noches sin luna.
Tonterías para asustar a los niños y mantenerlos lejos de los senderos equivocados.
Ella no tenía miedo. Ella tenía veinte años, una capa roja, una cesta de vino y miel, y una mañana de sol toda para sí.
Volvió a subirse la capucha, porque un soplo de viento fresco le había acariciado la nuca, y el calor bueno regresó al instante, fiel, a envolverla.
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Cuanto más se adentraba en el bosque, más estrecho y sombrío se hacía el sendero.
Los árboles se cerraban sobre ella como los dedos de dos manos que se juntan.
El canto de los pájaros fue espaciándose, y luego cesó por completo, y durante un rato Caperucita oyó solo su propia respiración y el crujido de sus pasos sobre las hojas secas.
Debería haber tenido miedo, tal vez. Una chica más sensata habría tenido miedo.
Pero la capa roja le calentaba los hombros, y dentro de aquel calor Caperucita se sentía, extrañamente, a salvo.
Es más: se sentía *esperada*. Como si el bosque la conociera.
Como si cada árbol se hubiera apartado un poco para dejarla pasar, y la mirara avanzar con una curiosidad antigua y paciente.
Fue entonces cuando vio el claro.
Se abría a la derecha, fuera del sendero, en un punto donde los árboles se separaban y dejaban caer un haz de luz dorada.
Y en aquella luz estaban las flores: flores rojas, del mismísimo rojo de su capa, que ella no había visto crecer en ninguna otra parte.
Eran tan hermosas que cortaban el aliento. Parecían llamarla.
*No te salgas del sendero.*
La voz de su madre le resonó en la cabeza, con su arruga en mitad de la frente. Caperucita se detuvo en el borde del sendero, con un pie todavía en la tierra batida y la mirada puesta en el claro.
Las flores se mecían apenas, aunque no había viento.
Bastaría un momento. Cortar unas cuantas, las más bonitas, para llevárselas a la Abuela enferma junto con el vino y la miel. ¿Qué tenía de malo? Su madre siempre exageraba. El sendero estaba ahí mismo, lo veía, no se perdería. Solo unos pasos. Solo unas flores.
Se ciñó la capa al cuerpo —y al hacerlo el calor le estalló por dentro, repentino y dulce, más fuerte que todas las otras veces, y por un segundo las rodillas se le doblaron y tuvo que respirar con la boca abierta.
Una oleada que arrancaba en la nuca, le recorría la espina dorsal y se concentraba, caliente y palpitante, entre las piernas.
Caperucita gimió suavemente, sorprendida de sí misma.
Y en aquel momento, con los ojos velados y la respiración entrecortada y las flores rojas llamándola desde la luz, tuvo la sensación precisa, nitidísima, de que alguien la estaba mirando.
Se volvió de golpe hacia los árboles oscuros más allá del claro.
Por un instante —brevísimo, quizá lo había imaginado— le pareció ver, en la sombra densa entre dos troncos, dos puntos de luz amarilla. Bajos. Quietos. A la altura de los ojos de un hombre muy alto, o de una bestia muy grande.
Después parpadeó, y ya no había nada. Solo sombra, y silencio, y las flores meciéndose sin viento.
El corazón le latía con fuerza. Pero —y eso fue lo que más la asustó, más que los ojos amarillos, más que el silencio— no le latía de miedo.
Le latía exactamente del mismo modo en que le latía por la noche, bajo las sábanas, cuando el panadero del pensamiento alargaba las manos.
Caperucita retrocedió un paso, volviendo con los dos pies al sendero. Se bajó la capucha más sobre los ojos, apretó la cesta contra el pecho como un escudo, y reanudó la marcha. Rápida, ahora. Sin tararear.
Pero mientras se alejaba del claro y de las flores rojas y de los ojos que tal vez no habían estado allí, una parte de ella —una parte nueva, desconocida, que se había despertado bajo la tela roja y ahora no quería volver a dormirse— deseaba, con una vergüenza que le ardía en las mejillas, dar la vuelta.
Salirse del sendero.
Dejarse mirar.
La casa de la Abuela apareció poco después, pasada una curva, recogida bajo los árboles con una delgada columna de humo subiendo de la chimenea.
Caperucita se detuvo frente a la puerta cerrada, con la cesta entre las manos y el corazón todavía sin calmar.
Y fue entonces cuando, desde dentro, oyó el primer grito.