DOMINATRICE (Cuentos Prohibidos 1)
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Capítulo 1 — El Lobo
Las palabras subían en la habitación oscura como humo.
—Qué ojos tan grandes tienes —dijo el Lobo.
Estaba de pie junto a la cama, enorme en la sombra, y bajo las sábanas la figura tendida no respondió enseguida.
Una sola vela ardía en la mesilla, y la luz anaranjada temblaba sobre sus hombros desnudos, sobre los músculos que el bosque le había esculpido en el cuerpo, sobre la barba oscura que enmarcaba una sonrisa de depredador.
Sabía que era hermoso. Sabía que lo temían.
Era el Lobo, y ningún hombre del pueblo se atrevía a poner un pie en su bosque, y ninguna mujer —creía él— podía resistírsele.
La figura bajo las sábanas apenas se movió. Una voz ronca, divertida, le respondió desde la oscuridad.
—Son para mirarte mejor.
El Lobo sonrió más. Conocía el juego. Lo amaba, ese juego: ella escondida bajo las sábanas, él acercándose mientras recitaba la vieja cantinela infantil, solo que en sus bocas las palabras del cuento se ensuciaban, se henchían de otra hambre.
Apoyó una rodilla en la cama. La madera crujió bajo su peso.
—Qué boca tan grande tienes —murmuró, e inclinó la cabeza sobre la figura cubierta, y su voz era miel y amenaza a un tiempo.
—Es para comerte mejor —respondió la voz desde la oscuridad.
Una mano emergió de debajo de las sábanas. Pálida, las uñas pintadas de rojo oscuro, los dedos largos. Lo agarró por la nuca con una fuerza que lo sorprendió —más de la que una mujer debería tener— y lo atrajo hacia abajo, hacia el calor de la cama, hacia la sombra donde ella lo esperaba.
—Y estos —dijo el Lobo, y la mano le bajó por el cuerpo escondido bajo las sábanas, encontró la curva de una cadera, la apretó—, qué muslos tan grandes tienes.
—Son para apretarte mejor.
La sangre le hirvió. Había venido a tomarla, a esa bruja del bosque a la que todos temían, esa mujer que vivía sola entre los árboles y a la que los hombres nombraban en voz baja echando conjuros.
Él no tenía miedo. Él era la única bestia lo bastante grande para ella.
La tendría, esa noche, y la siguiente, y todas las noches que quisiera, porque así funcionaba el mundo: el más fuerte toma.
Hundió la mano entre sus piernas, bajo las sábanas, y le encontró el coño caliente y dispuesto, y gruñó de satisfacción.
—Y este —dijo, con la voz quebrada por el deseo, bajándose hasta que los labios rozaron los de ella en la oscuridad—, qué coño tan mojado tienes.
La sintió sonreír contra su propia boca.
—Es para engañarte mejor —susurró la bruja.
Y mientras el Lobo comprendía —demasiado tarde— que algo no iba bien, sintió el frío del metal cerrarse en torno a su garganta.
*Clic.*
El collar saltó. Una tira de cuero negro y metal, fría, ceñida, que ella había mantenido lista bajo la almohada todo ese tiempo.
El Lobo intentó echarse atrás de golpe, con toda su fuerza, y no lo consiguió.
Los músculos no le respondieron. El cuerpo se le volvió pesado, dócil, traidor.
Cayó sobre la cama como si los huesos se le hubieran disuelto, y la vela iluminó por fin el rostro de ella mientras apartaba las sábanas y se sentaba a horcajadas sobre él.
No era vieja. Era hermosísima. Cabello negro como la tinta, una boca roja que se reía de él, ojos que brillaban con un triunfo antiguo.
—¿Sabes por qué he esperado a que dijeras tú las palabras, bestia? —Le pasó un dedo a lo largo del pecho jadeante, hasta el collar que ahora le apretaba la garganta—. Porque el collar ata a quien se rinde. Y tú —rió suavemente, encantada—, tú te has rendido tan bien.
El Lobo intentó hablar y solo le salió un estertor.
La bruja se inclinó sobre su oreja. Le repitió su propia cantinela, una palabra cada vez, derramándosela encima como agua helada:
—Qué ojos tan grandes tienes... para verte arrastrarte mejor. Qué boca tan grande tienes... para oírte suplicar mejor. —Se irguió, le clavó las uñas rojas en el pecho y sonrió—. Y estas manos mías, lobo mío, ¿sabes para qué son? Son para *dominarte mejor*.
Las uñas le arañaron los pectorales, bajaron dejando surcos ardientes en la piel.
El Lobo sintió el aliento convertírsele en jadeo; no por el dolor, sino por cómo el cuerpo le traicionaba toda intención de rebelión.
La polla le palpitaba contra el vientre, dura como nunca lo había estado, y cuando la bruja se descolgó encima de él el contacto con su coño mojado le arrancó un gemido que no sabía que tenía dentro.
—Calla —dijo ella, y tiró de la tira de cuero del collar.
El aire se le cerró en la garganta. No del todo: lo justo para hacerle entender que era ella quien decidía cuánto respiraba.
El Lobo la miró desde abajo, a esa mujer que lo montaba como a un animal domado, y en sus ojos no encontró piedad.
Encontró hambre. Encontró una diversión perezosa y cruel que le hizo hervir la sangre y le encendió en la piel una vergüenza que él mismo sabía fingida.
Ella se movió. Se bajó sobre su polla con una lentitud exasperante, centímetro a centímetro, y el Lobo sintió cada pliegue del cuerpo de ella acogerlo, apretarlo, y los músculos de sus muslos mordiéndole los costados mientras empezaba a cabalgarlo.
Sin prisa. Sin concesiones. Un ritmo que era solo suyo, que lo usaba, que lo tomaba para su propio placer sin preocuparse del de él.
—Eres grande, bestia —jadeó ella, y la voz era terciopelo y hierro—. Pero grande no significa que mandes tú.
Tiró de nuevo del collar. El Lobo se arqueó bajo ella, el cuello tenso, los ojos en blanco. Sintió su propia polla hundirse hasta el fondo y la bruja gimió —un sonido breve, satisfecho— y luego se inclinó hacia delante hasta acercar la boca a la suya.
—Lámeme los pechos —ordenó.
Él obedeció. Levantó la cabeza tanto como el collar le permitía y encontró un pezón oscuro, turgente, y lo atrapó entre los labios.
Lo lamió, lo chupó, sintió la mano de ella en el pelo sujetándolo allí como a un cachorro.
El sabor de su piel le llenó la boca: sal y bosque y algo más antiguo, más poderoso, que le hizo apretar las mandíbulas por la necesidad de morder.
No mordió. El collar no se lo permitió.
—Buen chico —murmuró ella, y esa palabra lo atravesó como un veneno dulce. Se sintió enrojecer hasta la raíz del pelo. Odió cuánto le gustó.
La bruja se irguió y aceleró el ritmo. Las caderas subían y bajaban con fuerza, clavándole la polla con golpes que lo hacían gruñir, y él no podía hacer otra cosa que quedarse allí, abierto, tomado, mientras ella se servía de él.
Las uñas rojas se le hundieron en el pecho para hacer presa y el Lobo sintió el placer crecer —denso, pesado, imposible— e intentó mover las caderas para perseguirlo, para alcanzar lo que necesitaba.
Ella se detuvo en seco.
—No —dijo. Simple. Absoluto.
El Lobo emitió un sonido que era casi un lamento. Intentó empujarse de nuevo hacia arriba y el collar le apretó la garganta —ella había tirado— y el cuerpo se le bloqueó, obediente, y se quedó allí temblando mientras la bruja lo miraba desde lo alto con esos ojos que todo lo sabían.
—Te corres cuando yo lo diga —susurró—. Si te corres antes, te dejo aquí toda la noche con esa polla dura y no te toco más.
Él asintió. No podía hablar. No por el collar: por el nudo que le cerraba la garganta, un nudo de necesidad y vergüenza y deseo tan apretado que ya no sabía dónde terminaba uno y dónde empezaba el otro.
Ella volvió a moverse. Más lenta ahora. Torturante.
Lo llevó al borde tres veces, y tres veces se detuvo, y tres veces el Lobo sintió su propio cuerpo tensarse como un arco y luego desplomarse, vaciado, mientras el placer se le arrancaba un instante antes de explotar.
La tercera vez gimió su nombre —no su nombre, nadie tenía nombre ahí dentro—, gimió *señora*, y la bruja se rió.
—Señora —repitió ella, saboreando la palabra. Se inclinó, le mordió el labio inferior hasta hacerlo sangrar—. Me gusta. Otra vez.
—Señora —obedeció él, y la voz se le quebró.
Ella le soltó el labio. Se irguió. Lo miró desde arriba como se mira algo que se posee, y entonces empezó a cabalgarlo de verdad: un ritmo brutal que le golpeaba la cabeza contra la madera de la cama, que le hacía hundir los dedos en las sábanas porque no sabía dónde más tenerlos, que lo hacía sentirse vaciado y lleno al mismo tiempo.
La sintió correrse: la sintió apretarse alrededor de él con un grito agudo, las uñas clavadas en el pecho rayándole la piel de rojo, y solo entonces, solo cuando ella se lo permitió, el Lobo se rindió.
Se corrió con un rugido estrangulado, la garganta aplastada por el collar, el cuerpo arqueándose bajo ella en espasmos largos, violentos, que lo dejaron ciego y vacío.
Sintió su propia simiente llenarla y a ella que seguía moviéndose, cabalgándolo, sacándole todo hasta la última gota, y cuando por fin se detuvo él ya no tenía fuerzas en los brazos, en las piernas, en la voluntad.
Cuando hubo terminado con él —cuando el Lobo yacía vaciado y temblando entre las sábanas revueltas, el collar todavía ceñido a la garganta, la respiración arañándole el pecho—, la bruja se levantó de la cama con la gracia indolente de quien tiene todo el tiempo del mundo.
Fue hasta la ventana. Fuera, el bosque era negro e inmóvil bajo una luna delgada. En algún lugar, lejos, un ave nocturna llamó y no obtuvo respuesta.
—Descansa, bestia —dijo, sin volverse—. Mañana te quiero en forma.
El Lobo, en la cama, cerró los ojos. Debería haberla odiado.
Una parte de él —la parte vieja, la que había entrado en aquella habitación como depredador— la odiaba.
Pero el collar le calentaba la garganta como una mano, y en el cuerpo le quedaba el eco de un placer tan agudo que le daba miedo, y cuando ella había dicho *mañana* él había sentido, por dentro, algo que no era solo terror.
Era espera.
La bruja apagó la vela con dos dedos. En la oscuridad, antes de que el sueño lo tomara, el Lobo la oyó reír suavemente: un sonido bajo, saciado, seguro.
—Pronto seremos tres —dijo su voz en la oscuridad—. Está llegando alguien por el sendero. Una cosita roja y tierna, que aún no sabe nada.
Una pausa. El susurro de las sábanas.
—Y tú, amor mío, me ayudarás a enseñarle.
El Lobo se durmió con el collar en la garganta y aquellas palabras en la sangre, y soñó, por primera vez desde que era una bestia, con no ser libre.
Y le gustó.