Dile No al Deseo 36. Pasión salvaje y la confesión de una traición
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36. Pasión salvaje y la confesión de una traición

Pasión salvaje y la confesión de una traición

—Eres un idiota, ¿sabes? —dijo Carol Minier con una sonrisa malvada, sentada al otro lado de la mesa.

John soltó una carcajada y se lanzó encima de ella. Ambos se besaron intensamente, devorándose con urgencia. Sin embargo, mientras John la besaba, su mente lo traicionaba: era el rostro de Katherine el que aparecía en sus pensamientos.

Sin piedad, John le arrancó la ropa a Carol de manera salvaje, y ella hizo lo mismo con el uniforme de presidiario de él.

Se entregaron a horas de pasión y fuego.

John la agarraba del cabello con fuerza, acorralándola contra la pared; luego, sus manos rodearon su cuello, apretándolo ligeramente.

Carol solo reía, disfrutando del salvajismo y del juego de poder.

Después de un par de horas de intimidad implacable, ambos recogieron su ropa del suelo, se vistieron y volvieron a sentarse en las sillas de madera.

—Me tengo que ir, John —anunció Carol, arreglándose el cabello.

—¿Qué ganaste con todo esto? —preguntó John, mirándola fijamente.

—Que eres mío, John. Ya quedó demostrado. Te tengo encerrado —respondió ella con aire triunfal.

—No soy de nadie —replicó John, riendo con frialdad.

—No me gustó lo que pasó la última vez que nos vimos en libertad, John… Que me dijeras que te habías aburrido de mí, que no te interesaban los compromisos y que solo me querías como un simple pasatiempo.

—¿Acaso no querías lo mismo? No me interesa el compromiso, Carol —dijo John, cruzándose de brazos con indiferencia.

—¡Pero yo me enamoré de ti, John! Quería ser tu novia, que viviéramos juntos… Tener una vida a tu lado es lo que sueño. Nunca piensas en mis sentimientos —le reclamó Carol.

—¿Ese mismo discurso se lo recitaste al fiscal Nilow? —preguntó John con sarcasmo.

—No me acosté con él. Solo lo usé como un peón en este juego de ajedrez —dijo Carol, soltando una risa cínica.

John se echó a reír.

—En eso me agradas, Carol, pero te estás saliendo de control. No me interesa un futuro contigo, solo me sirves para un rato. Podríamos haber sido amigos, pero veo que ni para eso sirves. Eres una traidora.

—Lo siento, John… supongo que me volví egoísta contigo —admitió ella sin mostrar verdadero arrepentimiento.

—Explícame cómo fue tu plan, Carol —exigió él con voz autoritaria.

—Como me rompiste el corazón, yo quería hacer lo mismo contigo. Pero eres un hombre frío, sin sentimientos. No había forma de romperte el corazón a ti, así que se me ocurrió una idea mejor: meterte en prisión.

»Recuerdo que estaba cerca de una comisaría y vi al fiscal Nilow salir.

Caminé en dirección opuesta hacia él y chocamos.

Lo hice con intención, pero él pensó que fue un accidente.

Al principio, creí que era un simple policía y solo quería asesorarme, pero empezamos a hablar y me enteré de que era fiscal.

»Lo invité a mi casa. Le bailé sensualmente, pero no intimé con él; solo le pedí un favor a cambio de mi atención: que me ayudara a ponerte tras las rejas.

El caso fue que él te investigó y notó ese pequeño bache en tu vida financiera.

Quiso hacer un caso enorme, aunque no fue para tanto.

Aun así, cumplió su palabra e hizo el trabajo…

Y bueno, yo me hice la inconforme y no le entregué nada a ese perdedor.

Carol hizo una pausa y lo miró a los ojos.

—¿Sabes? Sentí un ligero arrepentimiento el día que te arrestaron. Por eso te llamé esa mañana de forma anónima para advertirte. Pero después me convencí de que era lo mejor para ambos, John.

—Estás desquiciada —dijo John tras escuchar toda la historia, riendo con amargura—. Realmente esperaba algo así de ti. Me largo.

John se puso de pie, dispuesto a salir y dar por terminada la visita.

—Si no puedes domesticar al animal salvaje, la mejor opción es mantenerlo encerrado —sentenció Carol Minier a sus espaldas—. Eres mío, John Nishpor.

En ese preciso instante, se escuchó el pesado cerrojo de hierro ceder y la puerta comenzó a abrirse.