Dile No al Deseo 34. Una visita inesperada y un deseo irrefrenable
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34. Una visita inesperada y un deseo irrefrenable

Una visita inesperada y un deseo irrefrenable

—Ahora me quieren pintar como a un criminal —murmuró John para sí mismo, arrugando el periódico—. Siempre he mantenido un perfil bajo, al margen de cualquier situación mediática.

El oficial Luke se acercó a los barrotes.

—Buenos días, John. ¿Qué pasa?

—En verdad nada, Luke. ¿Qué te cuentas? —preguntó John, recuperando de inmediato su semblante impasible.

—Me acaban de informar que tienes visita hoy. Te llevarán a un cuarto privado —anunció Luke.

—¿Privado? ¿Es otro interrogatorio? —preguntó John con intriga.

—No, es solo una visita regular. Tal vez algún familiar —sugirió el oficial.

—No tengo familia —respondió John secamente.

—La verdad, no tengo idea de quién solicitó verte de esta manera. En ese tipo de visitas no hay cámaras ni micrófonos; es un encuentro totalmente privado —explicó Luke.

—Extraño… pero me gusta —murmuró John, y un destello de anticipación cruzó su mirada—. Luke, necesito que me consigas una cosa.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó Luke en voz baja, acercándose un poco más a las rejas.

—Consígueme protección para hombres —pidió John sin rodeos.

Luke soltó una risita cómplice.

—Entiendo. Vuelvo en un rato.

John se quedó solo en la celda. Pensó en lo mucho que había trabajado todos esos años construyendo su imperio.

«Lo que haré en estos dos años de condena será simplemente descansar y dormir todo lo que mi cuerpo necesite», se dijo a sí mismo, restándole importancia a su encierro.

Se recostó y, con inusual facilidad, se quedó dormido.

Horas después lo despertaron para el almuerzo. John se levantó, comió tranquilamente, entregó la bandeja vacía y se lavó las manos y el rostro. Volvió a recostarse para reposar.

Dos horas después, Luke apareció con un paquete de galletas de avena y el encargo especial.

—Aquí llegó tu pedido, John —dijo el oficial en tono de broma, pasándole las cosas disimuladamente a través de los barrotes.

John se puso de pie, tomó las galletas y guardó la pequeña caja en el bolsillo de su pantalón.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó.

—Estaba charlando un poco con Nasly por teléfono. Ya casi la tengo en el bote —comentó Luke con orgullo—. Por cierto, me dijo que Katherine estaba lloriqueando anoche porque tuvo una fuerte discusión con su novio. Así que ya sabes, está fuera de tus posibilidades, amigo.

—Nunca la vi como una posibilidad —mintió John con absoluta frialdad—. Si quiero comer, simplemente como, pero prefiero no quitarle la novia a ese pobre chico.

—Cuánta confianza tienes, John —dijo Luke, mirándolo con genuina admiración.

En ese momento, dos oficiales de custodia se acercaron por el pasillo.

—Vámonos, John. Tienes visita.

John cruzó una última mirada con Luke antes de que este se marchara. Los oficiales abrieron la reja y John salió caminando con paso seguro.

Lo escoltaron a través de los pasillos hasta llegar a una zona aislada. Antes de entrar al pequeño cuarto de visitas, le quitaron las esposas.

—Puedes tener total libertad para hablar y expresarte —le indicó el oficial a cargo—. Como sabrás, esta sala no tiene cámaras ni micrófonos.

John asintió en silencio.

—¿Cuánto tiempo tengo permitido?

—Normalmente es una hora, pero como es tu primera visita en varios días, te permitiremos entre una hora y media y un máximo de dos horas.

—Está bien —respondió John.

—¿Alguna otra duda? —preguntó el guardia.

—No.

Los oficiales asintieron y abrieron la pesada puerta de metal. John ingresó despacio, evaluando el entorno. En el cuarto solo había una mesa sencilla y dos sillas de madera. Al levantar la vista, chocó de frente con su visitante, que ya lo aguardaba sentada en una de las sillas.

Una sonrisa depredadora se dibujó lentamente en los labios de John.

—Llegaste justo a tiempo —murmuró con voz ronca y cargada de intención.

Sin apartar los ojos de ella, llevó las manos al borde de su camiseta de presidiario y se la quitó de un solo movimiento fluido, dejando al descubierto su torso trabajado, mientras sacaba la protección de su bolsillo, consumido por una excitación que ya no estaba dispuesto a reprimir.