Dile No al Deseo 27. Sentencia relámpago, lealtad y un mensaje directo
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27. Sentencia relámpago, lealtad y un mensaje directo

Sentencia relámpago, lealtad y un mensaje directo

—Levántate, John, nos vamos —dijo el oficial de custodia, abriendo la reja y entregándole un juego de ropa limpia.

—Está bien, me prepararé —respondió John.

Ingresó al baño de la celda, se dio una ducha rápida, se lavó los dientes y, al salir, se vistió con impecable elegancia.

—Irse sin desayunar es una falta de respeto a la vida —comentó John ajustándose el cuello de la camisa.

—El oficial Luke fue por el desayuno, John; en unos minutos estará de vuelta —aclaró el guardia.

Poco después, Luke llegó con dos emparedados de queso y jugo de frutas, y se los entregó a través de las rejas. Mientras John comenzaba a comer tranquilamente, cruzó una mirada fija con su amigo.

—Sabes lo que tienes que hacer, Luke —dijo John.

—Claro. Mientras estés en el tribunal, iré a resolverlo todo —aseguró Luke guiñándole un ojo.

John asintió con aprobación. Luke salió de la prisión, subió a su auto y verificó la dirección exacta anotada en el papel.

Condujo por la ciudad hasta llegar a una zona residencial exclusiva.

Al detenerse frente a la propiedad, contempló una imponente mansión con un portón de hierro forjado que dejaba ver un jardín espectacular y perfectamente cuidado.

—Esto sí es arte… —murmuró Luke admirado, bajándose del vehículo.

Un guardia de seguridad privada se aproximó al portón y le preguntó qué necesitaba. Luke le extendió la hoja de papel escrita por John. El guardia la leyó con detenimiento, reconociendo la caligrafía y la clave secreta.

—Entendido —dijo el guardia—. ¿Cuál es la cantidad?

Luke le especificó exactamente la suma que las chicas necesitaban para saldar la deuda, ni un peso más, ni un peso menos. El guardia se retiró unos minutos y regresó con una bolsa pequeña repleta de dinero en efectivo.

—Dile a John que todo está bajo control por aquí —expresó el guardia entregándole la bolsa.

—Está bien, de parte tuya —respondió Luke.

El oficial subió de nuevo a su auto y condujo hasta la casa de un amigo de confianza. Se estacionó frente a la fachada y lo llamó por teléfono.

—Sal, ya estoy afuera.

El amigo abrió la puerta con una sonrisa.

—Hola, Luke, ¿tienes hambre? Entra a comer —ofreció, tomando la bolsa con el dinero.

—Sí, vamos adentro —aceptó Luke.

Mientras almorzaban, Luke le explicó detalladamente las instrucciones: debía ir a la floristería, hacerse pasar por un cliente importante y comprar el arreglo gigante para pagar el monto justo. Cumplida la misión, Luke regresó a la prisión.

En la celda, John aún esperaba. El juicio se había retrasado inesperadamente hasta el mediodía.

—Se atrasó la audiencia —comentó John cuando el oficial de custodia fue a buscarlo.

—Imprevistos del tribunal, pero vámonos de inmediato —respondió el guardia esposándolo y guiándolo hacia el vehículo de traslado.

Al llegar a la corte, ingresaron a la sala de audiencias. John tomó su asiento junto a su escolta y alzó la mirada: el fiscal Nilow ya estaba allí, sentado en primera fila con los brazos cruzados y una sonrisa confiada.

Minutos después hizo su entrada el juez. Todos se pusieron de pie y volvieron a tomar asiento. Sin rodeos, el juez procedió a la lectura:

—En este acto, únicamente se dictará sentencia. El ciudadano John Nishpor queda condenado al cumplimiento de dos años de prisión por el delito de evasión de impuestos. Eso es todo. Pasen buenas tardes.

El juez dio un golpe con el mazo y se retiró de la sala.

John se puso de pie con total serenidad. A su lado, el fiscal Nilow quedó paralizado de la frustración. Decepcionado y furioso, Nilow salió a toda prisa al pasillo, sacó su teléfono y marcó un número.

—¡Dos miserables años! ¡Esto fue una completa pérdida de tiempo! —reclamó Nilow en cuanto le contestaron.

Una voz femenina al otro lado de la línea dejó escapar una risa suave.

—No era lo que esperaba, pero está bien… Dos años encerrado serán una eternidad para él.

—¿En serio te alegras? —protestó el fiscal.

—No solo me alegro; lo celebro —sentenció la mujer.

—¿Nos vemos más tarde? —preguntó Nilow intentando salvar la situación.

—No —respondió tajante la voz femenina antes de colgarle en la cara.

—Envíale mis saludos… —susurró una voz profunda justo detrás del oído de Nilow.

El fiscal dio un salto del susto y se giró bruscamente: era John, quien lo miraba fijamente con una sonrisa irónica mientras los oficiales lo guiaban de regreso a la salida.