Dile No al Deseo 23. Juego de poder y provocaciones
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23. Juego de poder y provocaciones

Juego de poder y provocaciones

John Nishpor reposaba tranquilo en su celda. Estaba recostado en la cama cuando, de repente, escuchó el crujido metálico de la puerta al abrirse. No se levantó ni se molestó en abrir los ojos.

El fiscal Nilow estaba de pie frente a él.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó John con voz pausada, como si supiera perfectamente quién había entrado.

—Por tu culpa tengo un gran problema, John. ¿Me harías el favor de declararte culpable en el juicio de mañana? —pidió Nilow, dejando a un lado la arrogancia y sentándose en el suelo, frente a la cama.

John sonrió de lado, aún con los ojos cerrados.

—Se trata de ti, ¿eh? ¿Por qué haría algo así?

—Porque es lo justo —respondió el fiscal—. Además, no querrás meter en problemas que no le incumben a tu familia, ¿cierto?

John dejó escapar una breve risa amarga. Luego se puso serio.

—Estoy solo. No tengo familia a la que puedas amenazar.

—Sabes que, de todos modos, no vas a salir impune —insistió Nilow—. Has evadido muchísimos impuestos. Realmente no te gusta pagarle nada al Estado, ¿verdad?

—El dinero que se llevaron de la caja fuerte dentro de mi casa, de mi propiedad… tómenlo como pago de impuestos. Y si sobra algo, considérenlo un incentivo para ustedes por meterse en lo que no les importa —contestó John con frialdad.

—¿Sabes por qué no te muelo a golpes aquí mismo? Porque hay cámaras en este pasillo, pero créeme que ganas no me faltan —amenazó el fiscal, apretando los puños con rabia.

—Cuando quieras. No te tengo miedo —desafió John, mirándolo fijamente—. Somos dos hombres adultos; podemos resolver cualquier problema personal de la forma que entiendas.

—Por un momento pensé que esto iba a terminar bien —suspiró Nilow—.

Tú condenado, nosotros llevándonos bien, cada quien con su recompensa…

Entiendo tu condición mental y hasta pensé en ayudarte, pidiéndole al juez que redujera cualquier condena.

Pero eres demasiado soberbio. No sé quién te hizo creer que tienes el control de todo.

A veces las cosas dan un giro inesperado.

Deja de ser tan egoísta y coopera con la gente que quiere ayudarte.

Es más, puedo traer a un psicólogo aquí para que te dé consultas gratis como un regalo de mi parte.

John lo miró fijamente y soltó una pausa analítica.

—¿Sabes algo? Cuando voy al supermercado no me dejo llevar por la etiqueta de un producto que ofrece maravillas cuando la realidad es otra.

No me gusta lo falso; por esa razón, mis compras son bastante precisas.

Si algo no me gusta o no me conviene, simplemente no lo consumo. No soy egoísta, Nilow… soy objetivo.

—Ya entiendo, John. Lo intenté —dijo Nilow, poniéndose de pie con pesadez—.

No me busques más, porque ya te di suficientes oportunidades y te dediqué mi valioso tiempo.

En vez de estar aquí perdiendo el rato contigo, podría estar en casa con mi familia.

¿Entiendes el favor tan grande que estás despreciando?

—Un hombre de familia no debería estar alimentando ni acariciando a perritas de la calle —sentenció John, clavándole la mirada—. A menos que quiera contagiarse y llevarle garrapatas a su propia casa.

El rostro del fiscal se descompuso por un instante.

—Me largo —murmoró Nilow, forzando una risa nerviosa mientras caminaba hacia la salida. Antes de cruzar el umbral de la celda, se detuvo y miró a John sobre el hombro—: Te manda saludos Carol Minier… Espero que la puedas domesticar algún día. Nos vemos.

Nilow se marchó y el silencio regresó al pasillo. John se incorporó en la cama y soltó una carcajada abierta y rotunda.