17. Entre pruebas y sombras en el tribunal
Entre pruebas y sombras en el tribunal
—Bueno, vamos a entrar —dijo el fiscal Nilow.
Los oficiales abrieron las pesadas puertas de madera de la sala. John ingresó escoltado de cerca por el oficial a cargo de su custodia.
Todos los presentes ocuparon sus respectivos lugares. John se acomodó en la mesa del frente junto al guardia y ambos tomaron asiento. El juez reacomodó sus lentes, ajustó los documentos sobre el estrado y miró al fiscal.
—¿Cuáles son los cargos contra el señor Nishpor, fiscal?
—Evasión de impuestos y adquisición de bienes de dudosa procedencia —argumentó el fiscal Nilow con voz firme—. Aquí tiene las pruebas, Su Señoría —añadió, caminando hacia el podio para entregar una carpeta.
El juez tomó los papeles y comenzó a examinarlos en silencio. Tras unos segundos, levantó la mirada.
—¿Y cuál es su defensa, señor Nishpor?
—Todos esos documentos y fotografías no prueban absolutamente nada —respondió John con serena firmeza—.
Si me lo permite, tengo un documento redactado por el propio fiscal Nilow donde se me acusa de robo a cuentas bancarias, algo de lo que no existe evidencia alguna.
Solo anexaron una fotografía mía saliendo de una entidad bancaria…
Por cierto, me alegra que tomaran un buen ángulo para la foto, realmente me gustó. ¿Puedo entregárselo?
El juez asintió. John se puso de pie, se acercó al estrado y le entregó el documento. El juez lo leyó con detenimiento.
Al ver la jugada, la cara del fiscal Nilow se enrojeció de ira. Con la respiración agitada y la mirada clavada en John, tomó uno de sus propios folios y lo rompió en pedazos disimuladamente por debajo de la mesa. John soltó una leve sonrisa de satisfacción y volvió a su asiento.
—¿Cómo se declara, señor Nishpor? —preguntó el juez.
—Inocente —dijo John, poniéndose de pie momentáneamente—. Todo lo que poseo lo he ganado trabajando. Solo tengo eso que decir, Su Señoría. —Acto seguido, volvió a sentarse.
—Fiscal, ¿desea declarar algo más?
—No. Los documentos hablan por sí solos —dijo Nilow, poniéndose de pie abruptamente—.
John es culpable y claramente no es una persona común.
Ni siquiera se presentó con un abogado y su única defensa es un viejo documento que me sustrajo sin que me diera cuenta.
Realmente considero que está mentalmente inestable, Su Señoría.
Sugiero que en la cárcel se le evalúe con un psicólogo.
—Nilow volvió a tomar asiento, lanzándole una mirada venenosa a John.
John se mantuvo impertérrito. Evitaba la mirada del fiscal y, de vez en cuando, esbozaba una discreta sonrisa de triunfo que el juez no alcanzaba a notar.
—Su Señoría, me gustaría agregar algo —pidió John.
—Tiene la palabra —concedió el magistrado.
—Ellos me llevaron bajo custodia y he permanecido en una celda dos o tres días… ya he perdido la noción del tiempo. Todo esto sin darle apertura inmediata a mi juicio. Considero que fue un acto sumamente negligente por parte del fiscal y de los oficiales.
El juez tomó nota en su cuaderno.
—Entiendo, señor Nishpor. Estaré anexando sus declaraciones al expediente para realizar un análisis exhaustivo del caso, evaluando tanto la posición de la fiscalía como la del imputado.
Llevaré a cabo el debido proceso apegándome estrictamente a la ley, garantizando que no se vulneren los derechos de ninguna de las partes.
El oficial que acompañaba a Nilow lo miró con desánimo. El fiscal le devolvió una mirada cargada de frustración, se sentó y se cubrió la boca con una mano. Con la otra, sacó su teléfono del pantalón, lo ocultó sobre su pierna debajo de la mesa y vio una notificación entrante.
Era un mensaje de Carol Minier:
«¿Todo salió como esperábamos?»
El fiscal guardó el teléfono de inmediato.
John no se molesto en mirarlo; mantuvo la vista fija en el juez, juntando amistosamente las manos sobre la mesa a la espera del veredicto.
—Todos pónganse de pie —ordenó la voz del juez resonando en la sala.