Dile No al Deseo 15. La fuerza de una mirada y el preludio del juicio
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15. La fuerza de una mirada y el preludio del juicio

La fuerza de una mirada y el preludio del juicio

«Sí, es ella», pensó John cuando Katherine pasó precisamente por enfrente de su celda.

Ambos intercambiaron una mirada fija e intensa. John quedó completamente impresionado por su belleza; todo su ser irradiaba una dulzura que lo cautivó al instante. Sintió que el tiempo se detuvo en una eternidad al verla, y tanto su rostro como sus ojos quedaron grabados a fuego en su mente.

Luego de que las dos jóvenes siguieran de largo por el pasillo, John, aún sentado a la orilla de la cama, sintió una repentina ola de emoción. Verla le había devuelto las fuerzas.

«Voy a esperarla. Quiero saber su nombre y sé que puedo obtener su número de teléfono», se prometió a sí mismo.

Se puso de pie y fue al baño a mirarse al espejo. Se lavó el rostro con agua fría y se cepilló los dientes para lucir impecable. Ya lo había hecho al despertar, pero John rozaba la obsesión con su imagen y su higiene personal.

Salió y se acomodó frente a los barrotes con la esperanza de que Katherine pasara nuevamente. Sin embargo, varios oficiales se acercaron a su celda.

—Nos vamos, John. Tienes el juicio —anunció uno de ellos.

—¿Podemos esperar unos minutos? —preguntó John, buscando ganar tiempo.

—No se puede, pero te daremos un momento porque creo que el juez todavía no termina con su primer caso.

—Está bien, gracias —respondió John.

—¿Qué buscas, John? —preguntó el oficial Luke, acercándose con curiosidad.

—Nada en específico —contestó John, cruzándose de brazos.

Luke se rió levemente.

—¿Viste a las dos hermosuras que pasaron recién? No sé, pero la de pelo largo me llamó mucho la atención. ¿Será que puedo hablarle cuando vuelva a pasar por aquí? —dijo con una sonrisa picara.

John lo miró fijamente y soltó una sonrisa enigmática:

—Pregúntale su nombre y, si puedes, su número de teléfono. Después hablaremos de eso.

En ese momento, los otros guardias regresaron.

—Vámonos, John.

Abrieron la celda y John salió escoltado por los pasillos. Lo sacaron del edificio y lo subieron a un vehículo policial para trasladarlo al tribunal. Al llegar, se desmontó del auto, subió las escaleras con paso firme e ingresó al recinto.

En el pasillo exterior los esperaba el fiscal Nilow, luciendo extrañamente relajado.

—Hola, John. Allí hay café —dijo Nilow, señalando una mesa.

—Gracias, qué amable —respondió John con sarcasmo.

—Y por cierto, no tiene azúcar, bebe con confianza. No pretendo hacerte daño, John, solo estoy haciendo lo que manda la ley —dijo Nilow, apoyando una mano sobre el hombro del detenido.

—Ni mi padre se preocupó tanto por mí —replicó John en tono serio, dándose la vuelta para dirijirse a la cafetera.

Tomó un vaso de plástico y se sirvió un poco de café negro. Dio un sorbo y, al sentir el líquido caliente quemándole la garganta, experimentó una extraña sensación de alivio. Le gustaba sentir esa intensidad.

—John, ya casi vamos a entrar —le avisó el oficial, acercándose también para tomar un vaso.

—Estoy preparado —respondió John, cruzándose de brazos y esbozando una sonrisa llena de total seguridad.