11. Jugadas maestras y el nombre prohibido
Jugadas maestras y el nombre prohibido
—¿Quieres una menta? —preguntó el oficial de turno, caminando por el pasillo hacia la sala de interrogatorios junto a John.
—No, gracias —respondió él cortésmente, caminando con las manos en los bolsillos.
—De acuerdo —replicó el oficial, desenvolviendo el caramelo y llevándoselo a la boca—. Listo, llegamos.
Abrió la pesada puerta de metal para que el prisionero entrara. John dio un paso hacia el interior, pero la sala estaba vacía.
—¿Dónde está el fiscal Nilow? —preguntó, dándose la vuelta hacia el oficial.
—Ah, fue a tomar una llamada, pero viene en un momento. Siéntate, John, y quédate tranquilo esperando. Tengo que cerrar bien la puerta, ¿entendido? —dijo el guardia, tirando de la manija hasta que el cerrojo hizo un fuerte clic.
—Está bien —murmuró John. Tomó la silla metálica y se sentó con absoluta tranquilidad.
A unos cuantos pasillos de allí, el fiscal Nilow se encontraba sentado en unos escalones cerca de la salida trasera del edificio, sudando frío.
—Por favor, denme un poco más de tiempo —rogaba el fiscal al teléfono—. Él aún no ha hablado, pero sé que lo hará.
—No. Ya te concedimos demasiado tiempo. Si él sigue en la cárcel sin ser juzgado, nos traerá problemas a todos nosotros. El juicio será mañana a primera hora —dictaminó una voz masculina, rasposa y anciana, al otro lado de la línea.
—Lo entiendo, pero necesito su testimonio. ¡Tengo que sacarle algo! —insistió Nilow, desesperado.
—Lo siento, así serán las cosas.
—Bueno, pues al menos puedes empezar el juicio mañana por la tarde. Así tendré tiempo para ir preparado, al menos concédeme eso —suplicó el fiscal.
—Sí, está bien. Creo que es una petición razonable. Nos vemos mañana, fiscal Nilow —se despidió la voz anciana antes de colgar abruptamente.
El fiscal observó la pantalla oscura de su teléfono.
—¡No puede ser! —gritó enfurecido.
Cegado por la ira, lanzó el celular escaleras abajo. El aparato rebotó contra el concreto con un golpe seco. Segundos después, Nilow respiró hondo, bajó los escalones con pesadez para recogerlo y volvió a subir, maquinando su siguiente movimiento.
Mientras tanto, en la sala de interrogatorios, John esperaba pacientemente. «¿Por qué tardarán tanto?», se preguntó, tamborileando los dedos sobre la mesa.
Finalmente, la puerta se abrió y el fiscal Nilow entró a zancadas.
—Hola, John.
—Hola, fiscal Nilow. ¿Qué tenemos para hoy? —preguntó John, fingiendo intriga.
—Básicamente nada. Mañana es tu juicio —soltó el fiscal en tono severo.
—Gracias a Dios.
—John, puedes librarte de todo esto. Puedes saltarte el juicio si me dices algo útil. Como, por ejemplo, la verdad. ¿De dónde sacaste toda tu fortuna? —lo presionó Nilow, apoyando ambas manos sobre la mesa.
—Ya te lo dije. Trabajé, creé y evolucioné un programa digital de software —respondió John sin pestañear.
—¿Pero dónde está tu empresa registrada? ¿Dónde están los comprobantes de pago de impuestos al gobierno? Esa es la parte que siempre te saltas en tu discurso.
—Tal vez en mi casa. No lo sé. Me arrestaron sin previo aviso. De haberlo sabido, ya tendría los documentos listos, porque con simples palabras no se demuestra nada, ¿verdad?
—Tienes razón, no tuviste tiempo de falsificar nada. Esa es tu excusa —escupió Nilow con desprecio—. Pero mañana tendrás que demostrar tu versión inocente ante el juez. Te hubieras evitado todo eso si hubieras colaborado.
—Mañana estaré listo para eso —dijo John, poniéndose de pie con parsimonia.
El fiscal Nilow tomó su sobre de la mesa y se dio la vuelta. Justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, la voz profunda de John lo detuvo en seco.
—Espera.
—¿Qué quieres? —preguntó Nilow, mirándolo por encima del hombro.
—Sabes, necesito que me hagas un pequeño favor. Contacta a una amiga por mí… Se llama Carol Minier. ¿Puedes hacerlo?
En ese instante, el rostro del fiscal Nilow se endureció por completo. Un sudor frío le recorrió la espalda y, visiblemente perturbado, se llevó una mano a la cabeza, incapaz de articular una sola palabra.