Dile No al Deseo 10. Falsas alarmas y destinos cruzados
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10. Falsas alarmas y destinos cruzados

Falsas alarmas y destinos cruzados

—Tengo miedo, Katherine. No estoy preparada… —dijo Nasly, comiéndose las uñas, hecha un manojo de nervios.

—Tienes que hacerlo para descartar, amiga. No puedes tomar ningún medicamento si no sabemos con certeza cuál es tu estado —le recordó Katherine con suavidad.

—Es que no… no puede ser. Yo siempre tomo precauciones, me cuido bastante, Katherine, y tú lo sabes —insistió Nasly, tomando a su compañera de las manos en busca de apoyo.

—Lo sé, tranquila, todo estará bien. ¿Pero… y tu exnovio, Peter? —preguntó Katherine con cautela.

—¡No, para nada! ¿Cómo crees? Lo dejé hace mucho tiempo, no hay forma —exclamó Nasly de inmediato.

—Bueno, no podemos estar buscando responsables sin estar seguras. Anda, entra.

Nasly caminó hacia el baño de la floristería con la prueba entre las manos.

—¿Sabes cómo usarla? Puedo ayudarte con las instrucciones si quieres que las lea —se ofreció Katherine, preocupada.

—No, Katherine, yo sé cómo hacer esto. Ya me he realizado varias antes —respondió Nasly con una sonrisa forzada, tratando de mostrar seguridad.

—Está bien. Iré a atender a unos clientes que acaban de llegar. Te dejo sola. —Al dar la vuelta, Katherine susurró para sí misma—: Tengo el corazón en la boca.

Mientras Nasly seguía los pasos en el baño, Katherine despachó a los clientes con su amabilidad de siempre, aunque por dentro la carcomía la angustia. Acomodó algunos arreglos florales y, en cuanto se liberó, corrió de vuelta al baño y tocó la puerta con suavidad.

—Nasly, abre. No aguanto los nervios, necesito saber qué pasó.

La puerta se abrió y Nasly salió con una enorme sonrisa, mostrando el dispositivo.

—¡Negativa! ¡Qué alivio! —exclamó, dejando salir todo el aire.

Katherine suspiró, sintiendo que le quitaban un peso de encima.

—Es un gran alivio. Ahora sí, tómate los medicamentos para las náuseas. Pasamos un buen susto, pero debemos relajarnos y ponernos a trabajar —dijo, tomándola cariñosamente por los hombros.

—Sí, claro, vamos a trabajar —asintió Nasly, más animada.

En ese preciso instante, la puerta de la tienda se abrió de golpe.

—¡Lucecita! ¿Dónde estás? —gritó la voz de Jade.

Katherine salió a recibirlo.

—Hola, mi amor.

Lo abrazó, pero de inmediato arrugó la nariz y se apartó sutilmente, disimulando el fuerte golpe de mal olor que emanaba de las axilas de Jade. Nasly se acercó con unas flores en la mano para acomodarlas en un estante.

—Hola, Jade —saludó, pero ella también se mantuvo a una distancia prudente por la misma razón. Ambas hicieron malabares para no hacerlo sentir mal.

—Lucecita, iré a tu casa a relajarme un rato. ¿Puedes darme las llaves? —preguntó Jade, pasándose una mano por el cabello.

—¿Te vas a bañar, Jade? —indagó Katherine, cruzando los dedos por dentro.

—No lo sé. Quiero dormir, la verdad es que estoy muy cansado. Si me sobra tiempo, tal vez —respondió él con una sonrisa perezosa.

Al escuchar eso, Katherine se congeló. «Se va a acostar así en mi cama», pensó horrorizada.

—Voy a buscarlas —mintió.

Caminó hacia la parte trasera y le hizo una seña a Nasly para que la acompañara, dejando a Jade solo entre las flores.

—¿Sentiste el olor? —le susurró Katherine.

—Sí, amiga. Por lo que más quieras, no dejes que se acueste en tu cama en ese estado —respondió Nasly con cara de asco.

—Le diré que no encuentro las llaves. Es mejor que vaya a su casa; está un poco más lejos, pero es más sano para mí.

—Pues ve y dile.

Katherine regresó a la entrada con rostro compungido.

—Mi amor, no encuentro las llaves por ningún lado. Creo que las perdí. Tendré que buscarlas bien, así que vas a tener que ir a tu casa. Lo siento mucho.

—Está bien, no te preocupes —respondió Jade, restándole importancia—. De todos modos, tenía que buscar ropa limpia para llevarla a tu casa más tarde —añadió riendo.

Katherine abrió los ojos de par en par, completamente desconcertada. «¿Traer ropa limpia a mi casa? Eso es aún peor», pensó con pánico.

—Adiós, chicas —se despidió Jade, encendiendo su motocicleta para perderse en la avenida.

—Me siento muy mal mintiéndole así —confesó Katherine, apenada.

—Yo hubiera hecho exactamente lo mismo, así que tranquila —la consoló Nasly.

En ese momento, el teléfono de Nasly comenzó a sonar.

—¿Hola? Sí, mamá, dime… ¿Cómo?

Katherine la observó cambiar de expresión mientras escuchaba la llamada.

—¿Qué pasa? —preguntó en cuanto su amiga colgó.

—Mi primo está arrestado. El muy tonto olvidó los papeles del carro en la casa y se lo llevaron preso. Mi mamá quiere que vaya a buscarlos y se los lleve a la comisaría para que lo liberen. ¿Me acompañas?

A Katherine se le mudó el color del rostro, invadida por un repentino temor.

—¿A la cárcel?

—No te preocupes, no hizo nada malo —rio Nasly—. Solo es un despistado. ¿Me acompañas, por favor?

Katherine tragó saliva, sintiendo una extraña opresión en el pecho, pero asintió de mala gana.

—Sí… vamos.