9. Ratas limpias y maldad pura
Ratas limpias y maldad pura
Al día siguiente, amaneció una mañana sumamente tranquila.
John se encontraba durmiendo plácidamente, como un niño, en su celda número quince.
De pronto, el eco de alguien abriendo los barrotes resonó en el pasillo, pero él siguió durmiendo sin inmutarse.
El fiscal Nilow se paró frente a la litera y lo llamó:
—John, despierta.
John abrió los ojos lentamente, lo observó en silencio y se sentó despacio a la orilla de la cama. Se peinó el cabello con los dedos y se frotó los ojos.
—Al fin alguien con educación —dijo John, poniéndose de pie para dirigirse al pequeño baño de la celda.
—No me gusta despertar a la gente de sus sueños. Menos a los prisioneros, porque es su único momento de libertad —respondió el fiscal Nilow con una sonrisa de suficiencia.
—Eh, sí. ¿Ya nos vamos? Me voy a dar una ducha; no me gusta salir con malos olores. Eso se los dejo a las ratas —comentó John con desdén.
—Hay ratas muy limpias merodeando por ahí… Te sorprendería ese tipo de ratas. Les encanta engañar a las jovencitas —soltó el fiscal Nilow, mirándolo de reojo.
En ese preciso momento, el bello rostro de Katherine cruzó por la mente de John. La joven de la cafetería… Aún no sabía su nombre, pero su belleza irradiaba una inocencia que le atraía profundamente y le despertaba una inmensa curiosidad.
Nilow interrumpió sus pensamientos:
—Bueno, te dejaré para que te prepares. Te espero en el cuarto de interrogatorios.
Esta vez no será aburrido; hablaremos de lo que tú quieras.
Sí, quiero conversar contigo, tengo muchas ganas de conocerte —añadió, soltando una carcajada mientras se marchaba.
Su risa aún se escuchaba a lo largo del pasillo.
—Supuestamente el que está loco soy yo —murmuró John para sí mismo, soltando también una corta carcajada.
Se quitó la sucia ropa de presidiario y se dio una larga ducha, masajeando su cuero cabelludo mientras lavaba su cabello.
Su espalda, imponente y atlética, parecía una escultura digna de un museo, destacando su firme silueta.
Sin embargo, al dejar caer el agua sobre su cuerpo, hizo una mueca de disgusto.
«Agua tibia… qué incómodo. No siento que me esté bañando; me gusta el agua caliente.
Qué desastre», pensó. Cerró el grifo, se envolvió la toalla a la cintura, tomó un uniforme limpio y se lo puso.
En lugar de salir de inmediato, John se recostó de nuevo en la litera. «Otro descanso más», se dijo, y se quedó dormido. Los guardias, al verlo, no quisieron despertarlo; simplemente le informaron al fiscal, quien ordenó que lo dejaran descansar.
Nilow regresó a la cafetería, pidió un capuchino y se sentó a tomarlo mientras observaba concentrado unas fotos en su teléfono. El oficial Luke se acercó a la mesa.
—Saludos, fiscal. ¿Puedo sentarme?
Nilow levantó la mirada, fastidiado.
—¿Esto se va a convertir en una rutina ahora? Siéntate.
Antes de acomodarse, Luke estiró la mirada con disimulo y logró ver la pantalla del celular del fiscal. Era la foto de una mujer bastante sexy. Tras captar el detalle, se sentó de inmediato.
—Fiscal Nilow, ¿qué pasará con el caso del hombre que arrestaron ayer vendiendo mercancía robada? —preguntó Luke, mostrando una fingida curiosidad.
—Ese caso no me concierne, está en manos de otro fiscal. Yo solo me encargo del caso de un desquiciado —sentenció Nilow.
—Entiendo. Pues me retiro, ya empezó mi turno —dijo el oficial, poniéndose de pie. Nilow lo firmó con la mirada hasta que el guardia cruzó la puerta.
Luke se dirigió de inmediato al cuarto de monitoreo y observó en las cámaras que John ya estaba despierto. Caminó rápido hacia las celdas y se paró frente a los barrotes.
—Buen día, John. Esta vez no te traje nada.
—Realmente no esperaba nada —respondió John, mirándolo con calma.
—Sabes, hace un momento estaba con el fiscal Nilow. ¿Puedes creer que estaba embobado mirando la foto de una mujer muy sexy? Tenía el cabello negro y corto, la piel blanca… de esas chicas que reflejan maldad pura en la mirada. No sabía que esos eran sus gustos —comentó Luke entre risas.
John se tensó. Su expresión se volvió completamente seria y pensativa.
—Entiendo —respondió en un tono gélido.
—Bueno, me tengo que ir. Adiós —se despidió Luke con una sonrisa cómplice antes de alejarse por el pasillo.
Minutos más tarde, dos oficiales de turno llegaron a la celda.
—El fiscal Nilow te espera. Vamos.
—Estoy listo —dijo John, poniéndose de pie con absoluta parsimonia mientras salía al pasillo.