5. El jefe de tu tiempo
El jefe de tu tiempo
—John Nishpor… qué sorpresa, ya estás despierto —dijo un oficial, riendo con sarcasmo—. Prepárate, vas con el fiscal.
—Nací preparado —respondió John. Se tocó el cabello con suavidad, peinándolo hacia atrás con los dedos de manera pausada.
—Pues vámonos. ¿Te comunicaste con tu abogado? Porque no ha llegado nadie que te represente legalmente. Si no puedes pagar uno, podemos proporcionarte un defensor público de inmediato —añadió el oficial, haciendo un esfuerzo visible por aguantar la risa.
—Vámonos, no perdamos el tiempo. El tiempo es valioso —sentenció John, saliendo de la celda por su propio pie.
Ambos comenzaron a caminar por el pasillo hacia el cuarto de interrogatorios, donde el fiscal Nilow ya lo esperaba, sentado frente a una mesa repleta de documentos. Mientras avanzaba, el bello rostro de Katherine cruzó por la mente de John durante unos segundos.
El oficial abrió la puerta de la sala.
—Adentro, vamos.
John asintió, entró a la habitación, tomó una silla y se sentó justo frente al fiscal. Con total desparpajo, lo miró fijamente.
—Bien. ¿Y?
—¿Y? ¿Y qué? —preguntó Nilow con severidad—. ¿Dónde está tu abogado?
—No necesito uno. No he hecho nada malo —respondió John, cruzándose de brazos.
—¿Sabes? No sé si mandarte directo a un hospital psiquiátrico.
Estás completamente fuera de la realidad, o acaso estás bromeando conmigo —soltó el fiscal, perdiendo un poco la paciencia—.
Vamos a empezar. Por cuestiones de seguridad y evidencias, voy a encender esta grabadora para que todo quede registrado.
—Claro, estoy de acuerdo —asintió John, mostrando una conformidad absoluta.
—Vamos a ver… —el fiscal abrió el folder que estaba encima del escritorio—. ¿En qué trabajas?
—Soy el jefe —respondió John sin pestañear.
—¿De qué eres jefe? —inquirió el fiscal Nilow, inclinándose hacia adelante.
—Ahora mismo, de tu tiempo. Lo estás perdiendo conmigo. Tienes a la persona equivocada sentada aquí —disparó John, bajando la mirada hacia la mesa mientras comenzaba a dibujar líneas imaginarias sobre la madera con sus dedos.
—Esas bromas no me gustan. Te voy a hundir si sigues por ese camino —advirtió Nilow, dándole vueltas al folder—. Pero si cooperas y te muestras amigable, puedo tener compasión de ti.
John se quedó en silencio unos minutos, calculando muy bien las palabras que diría a continuación.
—He trabajado mucho para estar donde estoy. No ha sido fácil. Cada peso que tengo es porque me lo he ganado.
—Entiendo. Entonces explícame esto —el fiscal hojeó el expediente—. ¿Cómo me explicas estas transacciones con cifras tan gigantescas?
—¡Oh, sí! —John soltó una carcajada—. Fue un buen mes. Realmente me fue muy bien —añadió con orgullo en la voz.
El fiscal se quedó mudo, sorprendido por la naturalidad de sus respuestas. Por un instante, dudó. «O este tipo está loco, o el que se está volviendo loco soy yo», pensó, apretando los papeles.
Tras un pesado momento de silencio, Nilow atacó:
—Hackeaste el sistema bancario del país, desviando parte de las transferencias de los usuarios a una cuenta regional no identificada, para luego transferir todo ese dinero a tu cuenta personal. ¿Es así?
—No. Si eso pasó, entonces el culpable es otro —John lo miró con seriedad—.
Se lo dije, tienen al hombre incorrecto.
Podría contrademandar por esto, ¿pero sabe qué?
No lo haré. No le haré pasar el mal rato que yo pasé por su culpa.
Tu cuento de hadas donde atrapas al culpable y quedas bien ante la sociedad no va a funcionar conmigo.
Olvídate de eso, amigo. Tienes a la persona equivocada.
—¿Ah, sí? Entonces explícame esto —el fiscal Nilow sacó un último papel del folder y se lo estampó en la mesa—. John Nishpor, no sé a qué estás jugando, pero esto solo te va a hundir más. ¿Quién eres realmente?
John miró el papel. Se quedó en silencio un segundo… y luego soltó una inquietante carcajada.