3. Un mapa hacia la nada
Un mapa hacia la nada
Josh Nishpor estaba en prisión, esperando una sentencia a favor o en contra.
¿Pero de qué lo estaban culpando exactamente?
Si todo se basaba en puras sospechas, ¿acaso tenían algo claro?
¿Evidencias, pruebas, testigos? Josh no lo sabía, pero se mantenía extrañamente tranquilo.
Estaba acostado en la camilla de la celda, con los brazos sobre el pecho y los dedos entrelazados.
Tenía los ojos cerrados, como quien contempla un paraíso desde una hamaca en la playa.
Estaba sereno, silbando y entonando sus canciones favoritas mientras esperaba.
¿Un interrogatorio o un juicio? ¿Qué vendría primero? ¿Qué pasaría en los próximos instantes?
Ciertamente, eran preguntas que cualquier presidiario se haría, pero a él no le interesaban las respuestas.
¿Para qué quería saberlas? ¿Acaso era evitable?
No. Si algo tenía claro, era que debía enfrentar lo que viniera con actitud, valentía y cordura.
«Vaya, parece que el gobierno se enojó», pensó y sonrió para sus adentros.
—¿Hasta dónde van a llegar? —murmuró en voz baja—. He hecho exactamente lo que ellos dicen.
Lo dijo con la clara intención de que lo escucharan. Después de todo, ¿realmente había alguien vigilándolo?
En la sala de control, los oficiales le preguntaban al fiscal:
—¿Lo llevamos a la sala de interrogatorios?
—Sí, lo haremos —respondió el fiscal Nilow—. ¿Ya llamó a su abogado?
—Él no ha llamado a nadie, señor. Ni siquiera a un familiar.
—No tiene familia —comentó el fiscal en voz baja—. Interesante. Muéstrenme la cámara, vamos.
Todos caminaron hacia la habitación rodeada de pantallas. Inmediatamente después de entrar, vieron la imagen de Josh parsimonioso, silbando en su celda.
—Con que muy confiado… —soltó el fiscal, y los oficiales rieron—. Ya verás lo que te traerá el destino.
El fiscal Nilow salió de la habitación y los oficiales lo siguieron rápidamente.
—Señor, ¿qué vamos a hacer hoy?
—Mañana lo interrogaremos. Hoy déjenlo reflexionar. Tal vez le dé tiempo de llamar a su abogado… o a su mamá. Adiós —se despidió el fiscal y se marchó.
Los oficiales se quedaron confundidos.
—¿Y qué fue lo que hizo ese chico? —preguntó un guardia que estaba perdido desde el inicio.
—Es rico y nadie sabe por qué —comentó otro entre risas.
—Esa respuesta me dejó aún más confundido —refunfuñó el primer oficial.
Poco después, el guardia fue a la máquina expendedora, sacó un jugo y unas galletas de avena, y se dirigió a la celda de Josh. Deslizó la merienda por debajo de la reja. Al ver la comida en el suelo, Josh soltó una risita.
—Estoy a dieta —bromeó.
—Por eso mismo te las traje de avena —respondió el oficial, riendo—. Por cierto, soy Luke.
—Un placer, Luke —respondió Josh, tomando las galletas y el jugo del suelo para empezar a comer.
Luke lo observó un momento a través de los barrotes.
—¿Por qué estás aquí? ¿Qué hiciste?
—No lo sé. ¿Tú lo sabes? —le devolvió la pregunta.
El oficial Luke soltó una carcajada.
—Eres toda una comedia. Dicen por ahí que nadie sabe de dónde viene tu riqueza.
—Porque trabajo —respondió Josh en tono serio, masticando una galleta.
—Como sea, fue un placer. Tal vez un día puedas compartir esa riqueza conmigo —bromeó Luke antes de marcharse.
Josh continuó comiendo tranquilo. Al terminar, se acomodó y se quedó profundamente dormido.
Desde las pantallas, el oficial Luke lo observaba, incapaz de comprender cómo alguien culpable podía dormir con tanta paz, sin pensar en el destino que le esperaba.
Se quedó mirando la pantalla, confundido, como quien intenta descifrar un mapa hacia la nada.
Al día siguiente, el sonido tosco de la reja abriéndose despertó a Josh de golpe. El juego de verdad iba a comenzar.