2. La tentación en el refrigerador
La tentación en el refrigerador
Katherine Lina salió de la cafetería asustada y caminó a toda prisa hacia la floristería donde trabajaba, ubicada a tan solo una esquina de allí. Llegó al negocio con la respiración agitada y el corazón desbocado.
Al verla entrar así, su compañera Nasly soltó una carcajada.
—¿Qué te pasó, Katherine? Parece que hubieras visto a un monstruo.
—No… —respondió ella, intentando recuperar el aliento—. Solo fui a comprar un smoothie de chocolate y se armó una locura allá adentro.
—Antes de que comiences con una de tus historias de fantasía, recuerda que tenemos clientes —interrumpió Nasly con un tono cargado de sarcasmo.
—Sí, está bien —asintió Katherine, reflejando su habitual ternura en la voz.
Se puso a acomodar unas flores, pero su mente seguía atrapada en el incidente. «¿Quién era ese chico?», pensó. «Esa mirada tan intensa…».
—Hola, hermosa luz —una voz masculina interrumpió abruptamente sus pensamientos.
—Ah… hola, Jade. ¿Cómo estás? —saludó Katherine, poniéndose nerviosa y sonrojándose al instante.
—Solo pasé por aquí a saludarte. Te noto un poco pálida, ¿pasó algo? —preguntó Jade, dándole una mirada protectora.
—No, nada, todo está bien —replicó ella de inmediato, forzando una sonrisa.
—Bueno, luz que alumbra toda mi oscuridad, ¡ya sabes que te amo! Me voy, chao —dijo Jade, plantándole un tierno beso en la frente.
—Sí, yo también… Adiós, Jade.
En cuanto el chico cruzó la puerta, Nasly suspiró con burla:
—Ay, el amor… Aunque el amor sin diversión es un poco aburrido, ¿no crees?
Katherine soltó una risita picante.
—Estoy conservando la mejor parte. Está bien congelada en el freezer para después de la boda. ¡Ahí sí a comer!
Nasly soltó una carcajada limpia.
—¡Ay, Katherine, no te hagas la inocente! Ponte a trabajar, que tenemos que costear esa boda.
Ambas trabajaron duro hasta las 6:00 p. m.
Al cerrar el negocio, Katherine caminó unas cuantas cuadras hasta su edificio residencial, un complejo común donde alquilaba un pequeño apartamento en el quinto piso.
Mientras subía las escaleras, pensó en Jade.
Llevaban cuatro años juntos; era un novio tierno y detallista.
Sonrió al recordar las cosas lindas que él le decía a diario cada vez que pasaba a verla.
Sin embargo, una duda inusual la asaltó: ¿cómo lograba él respetar tanto su decisión de casarse pura?
«¿Cómo se entretiene? ¿Cómo aguanta? Realmente es un chico bueno», se auto convenció.
Al entrar a su apartamento, encendió la estufa para cocinar, pero se topó con una sorpresa: se había quedado sin gas.
—¿Pero qué es esto? ¿Qué voy a comer ahora? —se quejó en voz alta. De inmediato, sonrió—. Bueno, es la excusa excelente para pedir una pizza.
Marcó el teléfono, hizo el pedido y se metió al baño. Bajo el agua, cerró los ojos y comenzó a lavarse el cabello, dándose suaves caricias. De pronto, la imagen de la mirada de John cruzó por su mente. Katherine abrió los ojos de golpe, con la piel de gallina y la respiración acelerada.
«Su mirada… sentí como si tocara mi cara», se dijo, temblando. «Esa voz tan imponente… cualquiera obedecería lo que pidiera. ¿De dónde salió? Sé que no lo he visto antes, pero mi corazón siente que sí».
Salió de la ducha sintiéndose culpable. Tenía novio; si Jade descubría esos pensamientos, sería terrible. El timbre sonó, interrumpiendo su ansiedad.
—¡Oh, la pizza!
Se enrolló en la toalla, corrió a ponerse un pijama de vestido azul claro y abrió la puerta. Era el repartidor. Le pagó, tomó la caja y caminó hacia la mesa para colocarla.
De repente, el timbre volvió a sonar.
Katherine, que jamás se asustaba por nada, sintió que las piernas le temblaban. Tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo ciego en la garganta y una intensa opresión en el pecho. «¿Y si es él?», se preguntó, con el corazón en la boca. Con dedos temblorosos, abrió la puerta.