CAPÍTULO 26Cómo arruinar a un lord de verdad
Cómo arruinar a un lord de verdad
Oliver
Seis semanas después descubro que cortejar a Imogen Everleigh es mucho más peligroso que ser su enemigo. Cuando era su enemigo, al menos sabía que intentaba arruinarme. Ahora puede hacerlo con una sonrisa.
—No —dice.
Estamos en la biblioteca de Pembroke House. La misma habitación en la que revisamos las primeras cuentas. La misma mesa en la que encontró documentos de su padre. La misma silla en la que se sentó la primera vez que me explicó, con una educación impecable, que mi familia había destruido la suya.
Hoy lleva un vestido color marfil con una cinta rosa. Hay algo profundamente injusto en que una mujer pueda parecer así mientras rechaza una decisión comercial razonable.
—Ni siquiera he terminado —digo.
—No hace falta.
—Colebrook ofrece un precio justo.
—Eso no lo discuto.
—Entonces…
—Discuto que pretendas aceptar la primera propuesta porque estás cansado de hablar del almacén.
Me apoyo en el respaldo.
—No estoy cansado.
Me mira.
—Oliver.
—Estoy ligeramente fatigado.
—Llevas tres meses diciendo que quieres cerrar ese asunto.
—Porque quiero cerrarlo.
—Bien. Ciérralo correctamente.
Wetherby, sentado al otro extremo de la mesa, ha cometido la cobardía de fingir que revisa un documento.
—¿Quiere intervenir? —le pregunto.
—No.
—Le pago para que intervenga.
—Me paga para asuntos legales. Esto es una discusión de pareja.
Imogen gira la cabeza.
—No somos una pareja.
Wetherby levanta los ojos. Yo también. Ella tarda medio segundo en comprender.
—Quiero decir que no estamos casados.
—Ah.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando crees que has encontrado una ventaja.
—No sabía que tuviera una.
—Tienes varias.
Wetherby guarda los papeles.
—Voy a buscar una firma.
—¿Cuál? —pregunto.
—Cualquiera que esté en otra habitación.
Se marcha. Cobarde. Imogen intenta no reírse.
Fracasa. La investigación sobre Bale no ha terminado en todos sus extremos, pero lo suficiente está ya demostrado.
Joseph Fenn declaró ante notario lo que vio en el almacén y lo que ocurrió con la carta de Elias.
Un perito de Wetherby certificó que las anotaciones del libro de salidas eran de la época.
No hay una confesión. No la necesitamos. Hay documentos, fechas, un testigo y un patrón que Wetherby puede presentar sin ruborizarse. Bale ya no puede acercarse a una operación seria en Londres sin que alguien haga preguntas.
Eso, según Arabella, es una forma de justicia especialmente agradable porque no requiere que nadie lo empuje al Támesis.
Lucian le prohibió seguir desarrollando la idea.
Respecto a los Everleigh, la revisión estableció algo más simple.
Mi padre tenía una deuda legítima que reclamar.
Pero la cantidad que se le presentó estaba inflada.
Parte del valor que nuestra familia recibió al ejecutar las garantías no correspondía a esa deuda.
Lo devolví. Elias rechazó el primer pago y devolvió el segundo con una nota de tres líneas, sin saludo, que Imogen guarda en un cajón.
Aceptó el tercero cuando Wetherby lo convirtió en una participación en su nuevo negocio y no en una compensación.
No fue una reparación. Doce años no se devuelven con dinero.
Fue lo único que estaba en mi mano devolver.
Elias aceptó una restitución. Después de discutir durante dos horas.
Naturalmente. No quiso recuperar el almacén.
Dijo que ya había pasado demasiados años viviendo en torno a ese edificio sin entrar en él.
Así que acordamos que la parte de valor que le correspondía se separaría de cualquier venta posterior.
No es caridad. No es una dote. No es una compra del perdón de Imogen. Son cuentas corregidas.
Y ahora Colebrook quiere comprar. Imogen sigue mirándome.
—¿Qué? —pregunto.
—Estás pensando demasiado.
—Eso me dicen últimamente.
—Yo nunca.
—Lo piensas muy alto.
—Y tú haces bromas cuando quieres esquivar algo.
—También me lo dicen.
La sonrisa me sale sola. Durante estas seis semanas hemos hecho algo sorprendentemente difícil.
Nada extraordinario. Pasear. Hablar. Discutir.
Tomar té con su padre. Soportar a la señora Hartley.
Cenar con Lucian y Arabella, experiencia que debería requerir preparación militar.
Besarnos algunas veces. No demasiadas. Imogen dice que eso es discutible.
No hemos fingido que el cuaderno no existió.
Tampoco lo hemos convertido en el centro de cada conversación.
Simplemente está ahí. Como nuestros padres. Como Bale. Como todas las cosas que forman parte de una historia sin tener derecho a gobernarla para siempre.
—Colebrook puede esperar dos días —dice Imogen.
—Tres.
—Dos.
—Dos y medio.
—Eso no significa nada.
—Entonces hemos llegado a un acuerdo.
Me lanza una mirada.
—No sé por qué intento ayudarte.
—Porque estás desesperadamente enamorada de mí.
—No abuses de una reconciliación reciente.
—Seis semanas no son recientes.
—Para algunas heridas sí.
Eso me hace callar. Imogen no lo dice para castigarme. Lo dice porque es verdad. Me levanto.
—Tienes razón.
—Lo sé.
—Qué rápido ha vuelto la modestia.
—Nunca se fue.
Rodeo la mesa. Ella me observa acercarme.
—Hay otro asunto —digo.
—¿Comercial?
—No exactamente.
—Entonces probablemente sea peor.
Me detengo frente al escritorio. Abro el cajón superior. Saco el cuaderno marrón. Imogen se queda inmóvil. No parece asustada. Pero deja de sonreír.
—Creía que lo habías quemado.
—Lo consideré.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque es tuyo.
—Lo dejé.
—Lo sé.
Se lo ofrezco. No lo toma.
—¿Lo has leído otra vez?
—Algunas páginas.
—Oliver.
—Las últimas.
—Eso no mejora la respuesta.
—Había una frase que necesitaba comprobar.
Ahora sí coge el cuaderno. Lo abre. No sé qué busca. Tal vez la lección ocho tachada. Tal vez la nueve. Tal vez una versión de sí misma que ya no reconoce.
—Falta algo —dice.
—Sí.
Levanta la vista.
—¿Qué?
—La lección diez.
Frunce el ceño.
—Estaba escrita.
—No cuando el cuaderno llegó a mí.
Recuerda.
—La había dejado en una página posterior.
—La encontré.
—Entonces…
—La arranqué.
Sus ojos se abren.
—¿Qué hiciste?
—Una contribución editorial.
—Has arrancado una página de mi cuaderno.
—Era una página ofensiva.
—¡Era mío!
—Por eso he esperado a devolvértelo antes de confesar.
—Oliver Pembroke.
—Me gusta cuando usas mi nombre completo.
Abre el cuaderno con furia. La página de la lección diez ya no está. En su lugar he dejado otra hoja. No pegada. Solo doblada. Imogen la saca. Lee.
«Lección diez: déjalo sin nada».
Debajo he escrito:
«Fracaso absoluto. Conserva patrimonio, reputación, amigos, dos casas, demasiados caballos y una opinión excesiva de sí mismo».
Imogen levanta lentamente la mirada.
—Eres idiota.
—Eso no es todo.
Señalo la hoja. Más abajo hay otra línea.
«Existe, sin embargo, una posibilidad razonable de arruinarlo».
Su expresión cambia. Ya no está enfadada. Eso me pone nervioso de una forma que no esperaba.
—Oliver…
—Siga leyendo.
Lo hace.
«Cásate con él».
Silencio. Durante un segundo entero, Imogen Everleigh no tiene respuesta. Considero el momento uno de los mayores triunfos de mi vida. Después deja el cuaderno sobre la mesa.
—Eso es una propuesta espantosa.
—Todavía no he hecho la propuesta.
—Has escrito «cásate con él».
—Es una recomendación.
—¿A quién?
—A ti.
—Entonces es una propuesta.
—Técnicamente…
—No empieces con la técnica.
Me río. Estoy nervioso. Mucho. Más que en cualquier duelo verbal que haya tenido con ella. Más que cuando encontré el cuaderno. Más que cuando la vi entrar en mi biblioteca por primera vez. Saco del bolsillo una pequeña caja. Eso consigue que deje de hablar.
—Esta es la propuesta —digo.
No me arrodillo enseguida. Quiero verla. Quiero que me vea.
—Imogen, no quiero casarme contigo para reparar lo que hizo mi padre, ni lo que hizo el tuyo, ni lo que hizo Bale, ni lo que hicimos nosotros. No quiero que nuestro matrimonio sea una compensación, una deuda o la conclusión respetable de un escándalo.
Sus ojos brillan. Continúo antes de perder el valor.
—Quiero casarme contigo porque me contradices cuando estoy equivocado, te ríes cuando intento ser solemne y llevas semanas reorganizando mis negocios sin que nadie te lo haya pedido.
—No los reorganizo.
—Colebrook opina lo contrario.
—Colebrook es un traidor.
—También porque eres capaz de admitir que te equivoscate, aunque necesites un plan de doce pasos para llegar a ello.
—Diez.
—Eso. Y porque desde que entraste en mi vida todo es más difícil, más ruidoso y bastante menos aburrido.
Ahora sí me arrodillo. Imogen se lleva una mano a la boca.
—Me has tuteado.
—Llevo un rato intentando que no se note.
—Se nota.
Abro la caja. El anillo es de zafiro rodeado de pequeñas perlas. No es una reliquia familiar. No quería que lo fuera. Esto no pertenece a nuestros padres.
—¿Quieres casarte conmigo?
Me mira. Tarda tres segundos. Los cuento. Uno. Dos. En el tercero empieza a sonreír.
—No has dicho por favor.
—Imogen.
—Solo señalo una deficiencia.
—Por favor.
—Mucho mejor.
—¿Eso es un sí?
—Todavía no.
Me pongo en pie.
—Esto empieza a parecer vengativo.
—Un poco.
—No te aproveches de mi vulnerabilidad.
—He esperado semanas para verte.
—Cruel.
Imogen toma el anillo. Lo mira. Después a mí.
—¿Sabes qué es lo peor?
—Tengo una lista.
—Que mi plan ha sido un fracaso completo.
—No estoy de acuerdo.
—Querías conservar tu patrimonio.
—Sí.
—¿Lo conservas?
—La mayor parte.
—¿Tu reputación?
—Discutible.
—¿Tus amigos?
—A pesar de sus esfuerzos.
—Tus casas.
—Demasiadas…
—Tus caballos.
—Eso era innecesario.
Se acerca.
—No te he arruinado en absoluto.
—No.
—Dame tiempo.
—No necesitas más tiempo.
Mi corazón se detiene. Imogen sonríe.
—Tienes razón. Me casaré contigo.
La beso antes de que pueda convertir la respuesta en una cláusula. El cuaderno cae al suelo. No nos importa. Cuando por fin nos separamos, Imogen apoya las manos en mi pecho.
—Una cosa.
—Lo que quieras.
—Eso es peligroso.
—Acabo de sobrevivir a diez lecciones. Me siento invencible.
—No vuelvas a arrancar una página de algo mío.
—De acuerdo.
—Ni aunque sea ofensiva.
—De acuerdo.
—Ni aunque hable mal de ti.
—Eso reduce mucho mis opciones.
Me da un beso breve.
—Acostúmbrate.
La puerta se abre. Lucian entra. Detrás de él aparecen Arabella, Elias y la señora Hartley. Me quedo inmóvil. Imogen también.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunto.
Arabella mira el anillo.
—Ganar una apuesta.
Lucian suspira.
—Te dije que esperaras fuera.
—Y yo te dije que aceptaría.
Elias observa a su hija.
—¿Has dicho que sí?
Imogen levanta la mano.
—Parece que sí.
La señora Hartley toma asiento.
—Gracias a Dios. Estaba empezando a cansarme de acompañarla a pasear.
—Podría haber rechazado —dice Imogen.
Todos la miramos. Ella sonríe.
—Era una posibilidad.
—No lo era —dice Arabella.
Lucian me da una palmada en el hombro.
—Bienvenido.
—¿A qué?
Mira a las tres mujeres del salón.
—Ya lo descubrirás.
No sé si sentirme amenazado. Imogen se acerca y enlaza su mano con la mía. Entonces recuerdo la página.
—Por cierto —murmuro—, el título del cuaderno necesita una corrección.
—¿Cuál?
—Cómo arruinar a un lord de verdad.
—¿Casándome contigo?
—Exacto.
Me mira con una dulzura tan poco habitual que me inquieta.
—Oh, Oliver.
—¿Qué?
—Eso no es arruinarte.
—¿No?
—No.
Se pone de puntillas y habla junto a mi oído.
—Es quedarme con todo.
No puedo evitar reírme. Quizá, después de todo, la lección diez sí funcionó.