Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 25Edmund Bale pide audiencia
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CAPÍTULO 25Edmund Bale pide audiencia

Edmund Bale pide audiencia

Imogen

La nota llega a Pembroke House un martes por la mañana, en papel de buena calidad y con una caligrafía tan cuidada que parece pedir perdón por anticipado.

«El señor Edmund Bale se permite solicitar unos minutos de conversación con lord Pembroke y con el señor Everleigh, a fin de aclarar ciertos malentendidos que han llegado a sus oídos».

—Ha oído hablar de Fenn —dice Wetherby.

—Ha oído hablar de Colebrook —corrige Lucian—. Colebrook habla con todo el mundo.

—¿Le recibimos? —pregunta Oliver.

Todos me miran. Me sorprende. Después comprendo que es lo que merezco: la mujer que empezó esto decide cómo termina.

—Sí —digo—. Quiero verle la cara.

Bale llega puntual. Tiene sesenta años, el cabello gris peinado con esmero, guantes inmaculados y la sonrisa de un hombre que ha cobrado comisión por casi todas las que ha usado. Entra en la biblioteca saludando a cada uno por su nombre, con una cortesía tan perfecta que casi resulta un insulto.

—Lord Pembroke. Señor Everleigh. Señorita Everleigh, un placer. Lord Whitmore, lady Whitmore. —Se detiene un segundo—. Señor Wetherby. No esperaba tanta compañía.

—No es compañía —dice Arabella desde su butaca—. Es público.

Lucian suspira. Oliver señala una silla.

—Siéntese.

—Prefiero estar de pie. Seré breve. —Junta las manos a la espalda—.

Me ha llegado la noticia de que se está difundiendo cierta teoría sobre mi gestión de los asuntos de la familia Pembroke hace doce años.

Una teoría sin fundamento, desde luego, alimentada por el rencor de personas a las que respeto.

—¿Se refiere a mí? —pregunta Elias.

—A usted, señor Everleigh, con todo el respeto. Fue un hombre desafortunado en un negocio difícil. Nadie lo culpa por buscar explicaciones.

Mi padre no dice nada. Noto cómo aprieta la mandíbula sin necesidad de mirarlo.

—Vengo con ánimo conciliador —continúa Bale—. Estoy dispuesto a reconocer que hubo errores de transcripción. Quizá una cifra mal copiada, una fecha confusa. Son cosas que ocurren en cualquier despacho. A cambio, confío en que esta campaña de insinuaciones cese. Evitaría molestias a todos.

Qué hombre. Admite justo lo bastante para parecer razonable y nada que pueda ponerse sobre un papel.

Y entonces lo veo con claridad. Lo que Bale desea no es dinero. Eso ya lo tiene. Lo que desea es seguir siendo el hombre al que nadie le pide que repita lo que ha dicho.

Lección dos, pienso. Descubre qué desea.

—No creo que haya errores de transcripción, señor Bale —digo.

Se vuelve hacia mí con amabilidad.

—Señorita Everleigh, comprendo su deseo de…

—Joseph Fenn contó treinta y dos fardos —interrumpo— y los vio salir enteros. Usted le hizo copiar el informe que decía lo contrario. Guardó la carta de mi padre en el cajón de abajo durante nueve días.

La sonrisa de Bale no cambia. Es lo más impresionante de él. Lo que cambia es el color de sus nudillos, apretados detrás de la espalda.

—Un mozo de almacén —dice—. Resentido por un despido. Resulta tentador escucharlo, lo comprendo.

—Un mozo de almacén que contó nueve días —dice Elias.

Wetherby saca una carpeta y la deja sobre la mesa.

—Declaración jurada ante notario. El libro de salidas, con el informe de un perito sobre la antigüedad de la tinta. Las cartas de Thomas Hart. Y el registro doméstico de Pembroke House que prueba que lord Pembroke envió a su criado a buscar a Everleigh dos semanas después.

—Nada de eso se sostendría ante un tribunal —dice Bale—. Los hechos son viejos. Los testigos tienen intereses.

—No vamos a llevarlo a un tribunal —responde Wetherby.

Por primera vez, Bale vacila.

—Entonces…

—Ayer almorcé con el señor Granger —dice Lucian, en el tono en que se comenta el tiempo—. Hoy lo hará Colebrook. Mañana, lady Mercer. Todos recibirán una copia de lo mismo que ha visto usted.

—Eso es difamación.

—Es lectura —dice Arabella.

Bale mira a Lucian, después a Oliver, después a mí. Busca la grieta. Es su oficio. Se detiene en Oliver.

—Su padre me daba las gracias a menudo, lord Pembroke. Me consideraba un hombre de confianza.

—Mi padre se equivocó al hacerlo —dice Oliver—. Yo no repetiré el error.

No levanta la voz. No hace falta.

—Usted pensó que nadie volvería a preguntar —digo—. Le salió bien durante doce años. Eso es todo lo que ha conseguido. Doce años de silencio comprados con el de los demás.

—¿Qué pretende, señorita Everleigh? ¿Arruinarme?

La palabra queda suspendida en la biblioteca. Oliver desvía la mirada hacia mí, con una ceja ligeramente alzada. Me cuesta no reírme.

—No —digo—. Eso lo hará Londres. Yo solo dejo de ayudarle a que nadie pregunte.

Bale se queda quieto. Después se coloca los guantes, inclina la cabeza con exactitud geométrica y sale sin añadir nada. La puerta se cierra sin ruido. Es lo único que no pudo controlar.

Nadie habla durante un rato.

—Sigo pensando —dice Arabella— que el Támesis habría sido más rápido.

—No —dice Lucian.

—No he propuesto nada.

—Llevas un minuto pensándolo.

—Eso es distinto.

Mi padre se acerca a la ventana. Se queda mirando la calle por donde se aleja el carruaje de Bale.

—Doce años —murmura—. Creí que me sentiría distinto.

—¿Y cómo se siente? —pregunta Oliver.

—Cansado. Y con hambre.

Detrás de la puerta, alguien carraspea. La señora Hartley entra con una bandeja de té y una expresión de absoluta inocencia.

—Pasaba por aquí —dice.

—Ha estado escuchando —digo.

—He estado al servicio de esta casa. —Deja la bandeja—. Ese hombre tiene un abrigo espantoso.

Oliver me mira desde el otro lado de la sala. Sonríe, y no es la sonrisa del que gana una partida. Es más tranquila. Me acerco. Nadie nos presta atención, o fingen con mucho talento.

—Ha sido más fácil de lo que esperaba —murmuro.

—No ha sido fácil —dice—. Ha sido justo. Es distinto.

—Qué respetable.

—Empiezo a tomarle el gusto.