Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 24El hombre del libro de salidas
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CAPÍTULO 24El hombre del libro de salidas

El hombre del libro de salidas

Oliver

Greenwich huele a brea, a humedad y a pan recién hecho. Es una combinación que nadie debería encontrar tranquilizadora, y yo la encuentro tranquilizadora porque llevo dos días sin pensar en nada que no sea lo que un desconocido va a decirnos en una cocina.

Joseph Fenn vive en una casa estrecha de ladrillo cerca del astillero donde trabaja de capataz. Su mujer nos abre la puerta, nos mira a los cuatro y decide, con buen criterio, que hacen falta más sillas.

Fenn es un hombre grande, con las manos curtidas por la cuerda y el sol, y unos treinta y cinco años que aparenta llevar con cansancio. Se sienta en el borde de la silla con la espalda muy recta, esperando una sentencia.

—Señor Fenn —dice Wetherby—, gracias por recibirnos.

—No me dejaron alternativa. —Mira a Elias—. Su carta decía que usted era el señor Everleigh.

—Lo soy.

—Y ellos son…

—Mi hija. Y lord Pembroke.

Fenn me observa un momento largo.

—¿Hijo del anterior?

—Sí.

Asiente despacio. Parece que esperaba algo peor.

—Su padre vino una vez al almacén —dice—. Preguntó por mí.

No me lo esperaba. Imogen, a mi lado, se queda inmóvil.

—¿Por usted?

—Por el mozo que había firmado la salida de marzo. El señor Bale le dijo que yo ya no trabajaba allí. Era verdad a medias. Trabajaba en el cuarto de al lado.

—¿Lo oyó? —pregunta Elias.

—A través de la pared. Estuvo cinco minutos. Después se marchó. —Se frota las manos—. Me he preguntado muchas veces qué habría pasado si hubiera abierto la puerta.

Nadie responde.

Mi padre intentó hablar con Elias y Elias se negó a recibirlo. Mi padre preguntó por Fenn y Bale mintió. Fenn no abrió una puerta. Tres puertas cerradas, cada una con una razón comprensible. Ninguna habría resistido que alguien la empujara con un poco más de insistencia.

Wetherby abre su cuaderno.

—Hábleme del cargamento de marzo de mil ochocientos ocho.

—Treinta y dos fardos de lana y tres cajas de paño. Salieron enteros. Los conté yo, los contó el carretero y el capataz del muelle firmó. Anoté «recibido conforme» porque lo estaba.

—Semanas después, el señor Bale informó de una pérdida parcial.

—Semanas después el señor Bale me contrató como escribiente.

Mejor sueldo. Me pidió que copiara un informe para lord Pembroke sobre mercancía dañada y transporte extraordinario.

Le dije que eso no era lo que yo había visto.

Contestó que las cosas parecen distintas desde un despacho que desde un muelle.

—¿Y lo copió? —pregunta Imogen.

Fenn no aparta la vista.

—Lo copié. Tenía una mujer embarazada y un sueldo que no se podía rechazar. Es la verdad y no me enorgullece.

—Nadie le pide orgullo —dice Elias—. Le pido memoria.

Fenn asiente. Tarda en continuar.

—Vi también su carta, señor Everleigh. La de la prórroga. Llegó un jueves. Bale la leyó, la guardó en el cajón de abajo y dijo que ya la presentaría cuando conviniera.

—¿Cuándo la presentó?

—No la presentó. Pasaron nueve días. Para entonces la garantía ya estaba ejecutada.

Elias cierra los ojos.

—Nueve días.

—Los conté —dice Fenn—. Fue lo único que pude hacer.

Nadie lo contradice. Su mujer, desde la puerta de la cocina, mira el suelo.

—¿Por qué se marchó? —pregunta Wetherby.

—Dos años después le dije que no seguiría. Me recordó que yo había firmado y copiado casi todo, que nadie creería a un mozo de almacén contra un agente con despacho, y que sus papeles estaban en regla. Tuvo razón durante doce años.

—¿Estaría dispuesto a declararlo ante notario?

Fenn mira a su mujer. Ella asiente una sola vez.

—Llevo doce años esperando que alguien pregunte.

Elias se pone en pie. Es un hombre que ha perdido una casa, un negocio y una década. Tiende la mano a un escribiente que copió el informe que lo arruinó. Fenn se levanta y se la estrecha. Ninguno dice nada. No hace falta.

Salimos al aire de brea. Imogen espera junto al carruaje, con los brazos cruzados contra el frío.

—Nueve días —dice.

—Sí.

—Mi padre podría haber insistido.

—Y el mío podría haber leído antes de firmar.

Me mira.

—Estamos haciéndolo otra vez.

—¿El qué?

—La contabilidad del desastre.

—Creía que la habíamos cerrado hace poco.

—Y ya has abierto un libro nuevo.

—Es una costumbre. —Me quedo un segundo callado—. Le debo una cosa, señorita Everleigh.

—¿Una?

—Todavía no he terminado de enumerarlas.

Sonríe. Elias sube al carruaje sin mirarnos, con la dignidad de un hombre que ha decidido no oír una conversación que oye entera.