Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 23Una disculpa no basta
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CAPÍTULO 23Una disculpa no basta

Una disculpa no basta

Imogen

Oliver tarda nueve días en venir. No los cuento. La señora Hartley sí.

—Nueve —dice a la hora del té.

—No sé de qué habla.

—Por supuesto.

—Podría referirse a nueve pastas.

—Solo quedan seis.

Miro el plato.

—Entonces ha comido tres.

—No cambie de asunto.

Mi padre finge leer el periódico. Lo hace mal.

—No hay ningún asunto —digo.

La señora Hartley toma una pasta.

—Ahora quedan cinco.

La puerta del salón se abre. El criado aparece.

—Lord Pembroke.

La pasta se me queda a medio camino. Mi padre baja el periódico. La señora Hartley sonríe con una satisfacción que considero ofensiva.

—Ahora sí hay asunto.

Oliver entra. Durante nueve días he ensayado este momento sin admitir que lo hacía.

En algunas versiones estoy fría. En otras, digna.

En una especialmente absurda, él se arrodilla nada más verme y yo le explico que eso sería inapropiado, apresurado y muy poco original.

En ninguna llevo una pasta en la mano. La dejo en el plato.

—Lord Pembroke.

—Señorita Everleigh.

Está igual. No. Eso es mentira. Parece cansado, aunque menos que la última vez que lo vi. Lleva un abrigo azul oscuro, guantes en una mano y esa expresión suya que antes siempre parecía contener una broma. Hoy contiene prudencia. Mi padre se levanta.

—Pembroke.

—Everleigh.

La señora Hartley también se pone en pie.

—Elias, creo que quería enseñarme ese libro.

Mi padre parpadea.

—¿Qué libro?

—El que vamos a ver ahora.

—No recuerdo…

Ella lo agarra del brazo.

—Estoy segura de que sí.

Se marchan. Traidores. Oliver mira la puerta.

—La señora Hartley sigue siendo sutil.

—Es una cualidad que cultiva en secreto.

Nos quedamos solos. El salón parece más pequeño. Oliver no se sienta hasta que yo lo hago. Eso también es nuevo.

—He venido a hablar de varias cosas —dice.

—Yo también tengo algunas.

—Entonces podríamos intentar turnarnos.

—Parece demasiado sensato.

—He pasado nueve días con abogados. Se contagia.

Nueve. También los ha contado. No debería sentir alivio. Lo siento. Oliver deja los guantes sobre una mesa.

—Primero, el almacén.

Asiento. Me explica que Wetherby ha avanzado en la revisión. No tienen todas las pruebas cerradas, pero sí suficientes para demostrar que parte de las cifras utilizadas contra mi padre estaban infladas y que Bale validó documentos contradictorios.

—La venta a Colebrook seguirá detenida hasta que terminemos —dice—. Después su padre decidirá si quiere recuperar el activo, recibir el valor que corresponda o participar en una operación nueva.

—No quiere el almacén.

—Me lo dejó bastante claro.

—¿Discutieron?

—Solo lo necesario para respetarnos.

Eso suena exactamente a mi padre.

—No quiero que hagas esto por mí.

Oliver no reacciona a mi tuteo. Quizá porque nunca he dejado de hacerlo cuando olvido que estoy enfadada.

—No lo hago por usted.

La respuesta debería doler. En cambio me tranquiliza.

—Bien.

—Lo hago porque mi familia conservó un beneficio que ahora sabemos que puede proceder de una reclamación manipulada. Aunque usted se casara mañana con un príncipe ruso y se mudara a San Petersburgo, seguiría haciéndolo.

—No conozco príncipes rusos.

—Excelente. Me ahorra una complicación.

Casi sonrío. Casi.

—Gracias por hablar con Granger y Colebrook —añade.

Bajo la vista.

—No tienes que agradecérmelo.

—Lo sé.

—Era mi responsabilidad.

—También lo sé.

—Y no lo hice para que vinieras.

—Eso me dijo su padre.

Levanto la cabeza.

—¿Mi padre?

—Estuve aquí.

—Lo sé. Me lo contó después.

—Entonces probablemente también le contó que intentó insultarme.

—Dijo que se contuvo.

—Su concepto de contención necesita trabajo.

La risa se me escapa. Pequeña. Traicionera. Oliver sonríe. Y por un segundo todo parece como antes. Eso es peligroso. Me obligo a continuar.

—Tengo que decirte algo antes de que esto se vuelva fácil.

La sonrisa desaparece.

—De acuerdo.

Aprieto las manos sobre la falda. No quiero pronunciar un discurso. No quiero explicarme tanto que parezca que busco una absolución. Así que empiezo por lo peor.

—Quería hacerte daño.

Oliver no se mueve.

—Lo sé.

—No. Sabes lo que escribí. Pero quiero que lo oigas de mí. Cuando fui a buscarte a casa de Whitmore, no quería justicia. Me decía que sí porque sonaba mejor. Quería que pagaras.

La garganta se me cierra. Continúo.

—No importaba que tú no hubieras conocido a mi padre. No importaba que fueras un niño cuando ocurrió. Llevabas el apellido adecuado y eso me bastaba.

Oliver mira sus manos.

—Imogen…

—Déjame terminar.

Asiente.

—Después empecé a conocerte y no abandoné el plan. Eso es lo peor. Ya sabía que no eras el hombre que había imaginado y seguí. Convertí cada cosa que me demostraba que estaba equivocada en una razón para probar algo distinto. Y cuando finalmente quise detenerme, ya había causado daño.

Respiro.

—No quiero que me perdones porque Bale fuera culpable. Bale puede haber mentido y yo puedo haber hecho mal las cosas. Las dos cosas caben a la vez.

Oliver levanta la vista. Reconozco la frase. Arabella se la dijo sobre nuestros padres. Quizá todos estamos aprendiendo lo mismo con nombres distintos.

—Sí —dice.

Solo eso. Sí. No «no importa». No «usted tenía motivos». No «yo habría hecho lo mismo». Lo agradezco.

—Lo siento —añado—. No por haber investigado. Ni por haber dudado de tu padre. Lo siento por haberte convertido a ti en una extensión de alguien a quien quería castigar.

Silencio. Oliver se inclina hacia delante.

—Yo también tengo que decir algo.

—No tienes obligación de equilibrar la conversación.

—No lo hago por cortesía.

Eso me calla.

—Cuando apareció —dice—, yo decidí muy pronto que su historia era demasiado sencilla. Y tenía razón.

—Qué insoportable.

—Espere. La parte desagradable viene ahora.

—Eso espero.

Su boca se curva un instante.

—Utilicé esa parte correcta para no mirar la otra. Mi padre actuó con precipitación. Tenía poder para detenerse y comprobar. No lo hizo. Durante semanas quise demostrar que había sido engañado porque pensaba que, si conseguía suficiente evidencia contra Bale, su error desaparecería.

—No desaparece.

—No.

—Pero tampoco fue el monstruo que yo necesitaba.

—No.

Nos miramos. Dos «no» hacen más por nosotros que muchas explicaciones. Oliver respira hondo.

—Cuando encontré el cuaderno, pensé que todo lo que había ocurrido entre nosotros podía estar escrito antes de conocerme.

Me duele.

—Lo sé.

—El baile. La subasta. La terraza.

—El beso no estaba escrito.

—La lección seis sí.

—Sí.

No huyo.

—La idea de acercarme a ti, sí. La decisión de besarte, no. La intención de hacerte perder la cabeza era parte del plan. El problema fue que perdí la mía primero.

Oliver baja la mirada. No sé si para ocultar algo.

—Eso también estaba escrito —dice.

El corazón me golpea.

—¿Leíste esa parte?

—Leí demasiado.

—Oliver…

—No he vuelto a abrirlo hasta hace unos días.

—¿Por qué?

—Porque quería saber si lo que cambió en usted existía fuera de lo que yo deseaba creer.

Trago saliva.

—¿Y?

—Había tachaduras.

No sé qué decir.

—Eso no demuestra nada.

—No.

—Podría haberlas escrito para convencerme a mí misma.

—Sí.

—Entonces…

—Entonces dejé de mirar el cuaderno y miré lo que hizo después de perderme.

La frase me paraliza. Oliver se pone en pie. Camina hasta la ventana. No para dramatizar. Creo que necesita moverse.

—Fue a Granger. A Colebrook. Dio a Wetherby una lista que podía perjudicar su reputación si se conocía. Ayudó a separar la verdad del rumor. Hizo todo eso sin saber si yo volvería.

—Era lo correcto.

—Precisamente.

Se vuelve.

—No sé si puedo olvidar cómo empezó.

—No te lo pido.

—Ni quiero.

Eso sí me sorprende.

—¿No?

—No. Si lo olvido, acabaremos convirtiendo esta historia en algo más bonito de lo que fue. Usted vino a arruinarme.

—Sí.

—Yo la traté como un problema interesante hasta que dejó de serlo.

—Eso suena ofensivo.

—Lo era.

—Bien.

—Nos equivocamos. Los dos.

—Tú menos.

—No estamos llevando una contabilidad del desastre.

—Qué pena. Ahora se te dan muy bien las cuentas.

Sonríe. Yo también. Esta vez no me obligo a parar. Oliver se acerca. No demasiado.

—Una disculpa no basta —dice.

—Lo sé.

—Ni un beso.

—También lo sé.

—Eso es una lástima.

Me río.

—Insoportable.

—Pero quizá baste para empezar otra vez.

La risa desaparece.

—¿Qué significa otra vez?

—No lo sé.

—Muy prometedor.

—Podría fingir que tengo un plan.

—No.

La palabra sale demasiado rápida. Oliver arquea una ceja.

—Definitivamente no.

—Entonces sin plan.

—Sin plan.

Nos quedamos frente a frente.

—Señorita Everleigh —dice con una solemnidad absurda—, soy Oliver Pembroke. Tengo veintinueve años, una preocupante afición a hacer bromas cuando no debo y una casa demasiado grande para una sola persona.

Lo miro.

—Esto es ridículo.

—Estoy empezando de nuevo.

—Muy mal.

—Todavía puede marcharse.

—Ya lo hice una vez. Fue agotador.

Su sonrisa cambia.

—¿Puedo invitarla a pasear mañana?

—¿Eso es todo?

—Estoy intentando ser respetable.

—No te queda bien.

—Deme tiempo.

—No prometo nada.

—Nunca lo hace.

Está tan cerca que puedo tocarlo. No lo hago. Todavía.

—Oliver.

—¿Sí?

—El beso de la terraza fue real.

No respira.

—Bien.

—El segundo también lo será.

—¿Qué segundo?

Lo beso. No es elegante. No es prudente.

Tampoco se parece al primero. No hay una lección esperando al final.

No hay una intención escondida detrás del gesto.

Oliver tarda apenas un instante en reaccionar.

Una mano llega a mi cintura y la otra a mi nuca.

Me besa con cuidado al principio, como si todavía existiera una línea que no sabe si puede cruzar. Soy yo quien la borra.

Cuando nos separamos, su frente queda apoyada contra la mía.

—Eso ha sido poco respetable —murmura.

—Estás mejorando.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo aceptaré de todos modos.

Me río contra su boca. La puerta se abre. Mi padre aparece. Nos separamos. No con suficiente rapidez. Elias nos contempla. Oliver da un paso atrás.

—Señor Everleigh.

—Lord Pembroke.

Silencio. La señora Hartley aparece detrás de mi padre. Mira a Oliver. Me mira a mí. Mira la distancia sospechosamente pequeña entre ambos.

—El libro era decepcionante —dice.

Mi padre sigue observando a Oliver.

—Supongo que esto significa que volverá mañana.

Oliver se aclara la garganta.

—Si la señorita Everleigh acepta pasear conmigo.

—Acepto.

Mi padre cierra los ojos un instante.

—Ni siquiera he terminado de intimidarlo.

—Puede hacerlo mañana —dice Oliver—. Tengo la tarde libre.

Elias lo mira. Después, contra todo pronóstico, sonríe.

—Empiezo a entender por qué mi hija no consiguió arruinarlo.

Oliver se vuelve hacia mí.

—Oh, no se preocupe. Todavía tiene tiempo.

Y por primera vez, la amenaza no me pesa. Suena a futuro.