Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 22Las cuentas pendientes
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CAPÍTULO 22Las cuentas pendientes

Las cuentas pendientes

Oliver

Colebrook entra en mi despacho a las diez de la mañana con la expresión de un hombre que ha decidido no sentirse incómodo aunque la situación se esfuerce.

Wetherby está a mi derecha. Mi administrador, a la izquierda.

Durante las últimas semanas he empezado a sospechar que todos los hombres importantes de mi vida se sientan alrededor de mesas para recordarme que los papeles existen.

—Pembroke —saluda Colebrook.

—Colebrook.

Nos damos la mano. No hay hostilidad. Tampoco la facilidad de antes. Eso tendremos que ganarlo otra vez.

—He recibido su documentación —dice mientras toma asiento.

—¿Cuál de las veinte carpetas?

—La que demuestra que no está vendiendo los cubiertos para pagar el carbón.

—Aún.

Mi administrador cierra los ojos. Wetherby ni siquiera reacciona. He perdido capacidad de sorprender a mis empleados. Es un fracaso personal. Colebrook deja una carta sobre la mesa.

—La señorita Everleigh vino a verme ayer.

No debería tensarme. Lo hago.

—Lo sé.

—No parecía que usted la hubiera enviado.

—No lo hice.

—Eso pensé.

No pregunto qué dijo. Colebrook me lo cuenta de todas formas.

Me explica que Imogen distinguió el problema real del almacén de los rumores falsos sobre mis demás propiedades.

Que asumió haber dejado crecer una duda concreta.

Que no intentó culpar al señor Granger, a Bale, a la sociedad londinense ni al clima.

Escucho sin interrumpir. Wetherby me mira de reojo. Lo ignoro.

—También dijo que no pretende bloquear ninguna operación si se demuestra que el título es correcto —continúa Colebrook—. Solo quiere que se revise.

—Eso estamos haciendo.

—Lo sé.

—¿Y?

Colebrook se recuesta.

—Y nada. Vine porque usted pidió esta reunión.

Perfecto. Los hombres que dan una noticia y luego se comportan como si no tuviera importancia deberían ser multados. Extiendo una hoja.

—Aquí están las cuentas actuales del patrimonio vinculadas a la operación. Puede revisarlas. No existe necesidad de vender el almacén por falta de liquidez. La venta era una decisión comercial, no una urgencia.

Colebrook examina las cifras.

—Eso aclara una parte.

—La otra no puedo aclararla todavía.

Levanta la vista.

—La procedencia del almacén.

—Exacto.

—¿Cree que fue obtenido de forma irregular?

No respondo deprisa. Hace un mes habría dicho que no. Hace dos semanas habría defendido la actuación de mi padre antes de terminar la pregunta. Ahora sé mejor lo que cuesta una certeza apresurada.

—Creo que mi padre tomó la decisión de ejecutar la garantía utilizando información que, al menos en parte, fue manipulada por Edmund Bale.

Colebrook no cambia de expresión.

—Eso es serio.

—Sí.

—¿Y qué va a hacer si se confirma?

—Corregirlo.

—¿Cómo?

—Cuando Wetherby termine de determinar qué parte de la deuda era real, qué valor pasó a nuestra familia y qué operaciones fueron alteradas, hablaremos con Elias Everleigh. No voy a vender nada que pueda pertenecerle hasta entonces.

Wetherby interviene.

—La revisión ya permite separar una cantidad discutida de otra que sí estaba respaldada. Aún no tenemos un cálculo final.

Colebrook cierra la carpeta.

—Eso me basta por ahora.

—¿Para retomar la compra?

—No.

Agradezco la respuesta. No quiero que todo se arregle en diez minutos porque hayamos dicho las palabras correctas.

—Pero volveré a la mesa cuando el título esté aclarado —añade—. Y retiraré cualquier insinuación de que el problema es de solvencia.

—Gracias.

—No me dé las gracias todavía. Si resulta que el almacén debe volver a los Everleigh, quizá tenga que negociar con ellos.

Por primera vez en varios días, la idea no me molesta.

—Entonces le deseo suerte.

Colebrook sonríe.

—Empiezo a entender por qué la señorita Everleigh quería arruinarlo.

—No se encariñe con la idea.

Cuando se marcha, Mi administrador recoge las cuentas.

—Eso ha ido mejor de lo esperado.

—Me ofende que esperara un duelo.

—No esperaba un duelo.

Wetherby lo mira.

—Yo sí.

—Gracias por la confianza.

Mi administrador sale antes de que pueda asignarle una tarea absurda por insolencia. Wetherby permanece. Naturalmente.

—Tiene una hora antes de ir a ver al señor Everleigh —dice.

—Lo sé.

—Podría utilizarla para comer.

—Podría.

—O para mirar por la ventana y pensar en su hija.

Lo observo.

—¿Le pago para esto?

—No. Esto lo hago gratis.

—Entonces es aún peor.

Wetherby recoge una carpeta y se marcha.

No miro por la ventana. Durante al menos treinta segundos.

A mediodía llego a la casa de los Everleigh.

No es la vivienda en la que Imogen creció.

Aquella desapareció de su vida junto con la mayor parte de las cosas que su familia podía permitirse.

Esta es más pequeña, correcta y demasiado silenciosa para alguien como ella.

El criado me conduce a un despacho. Elias Everleigh está de pie junto a una mesa. No veo a Imogen. No debería buscarla. Lo hago.

—Lord Pembroke.

—Señor Everleigh.

Nos damos la mano. No hay motivo para que este momento resulte extraño.

Nuestros padres se hicieron daño, uno por orgullo y otro por precipitación, mientras un tercer hombre se beneficiaba de la distancia entre ambos.

Yo me enamoré de su hija cuando ella intentaba arruinarme. Nada especial. Elias señala una silla.

—Wetherby me ha dicho que ha encontrado más documentos.

—Sí.

Dejo la carpeta sobre la mesa.

—Quería que los viera antes de que hagamos nada.

Se sienta. Le explico lo que sabemos. No simplifico.

Mi padre recibió cifras infladas. Bale declaró una pérdida que el libro de salidas de Everleigh desmiente.

La propuesta de Elias para ampliar el plazo no llegó a mi padre o, como mínimo, no aparece registrada.

Dos semanas después de ejecutar la garantía, mi padre intentó verlo.

Elias se negó. No aparta la vista de los papeles.

—Eso ya se lo conté a Wetherby.

—Lo sé.

—No me enorgullece.

—A mi padre tampoco lo habría enorgullecido actuar en cuarenta y ocho horas.

Elias levanta los ojos. Hay cansancio en ellos. También algo parecido a desafío.

—¿Ha venido a decirme que ambos fueron necios?

—Entre otras cosas.

Una esquina de su boca se mueve. Ahora entiendo de dónde ha sacado Imogen algunas respuestas.

—Su padre tenía dinero para permitirse ser necio —dice—. Yo no.

La frase podría iniciar otra guerra. No lo hace.

—Tiene razón.

Eso lo desarma.

—No esperaba que dijera eso.

—Últimamente decepciono mucho las expectativas.

Elias vuelve a los papeles.

—¿Qué propone?

Abro la segunda carpeta.

—Wetherby ha separado, de forma provisional, la parte de la liquidación que parece corresponder a una deuda real de la que depende de cifras que ahora están cuestionadas.

—Provisional.

—Sí. No voy a fingir que tenemos una sentencia definitiva. Pero el almacén de Wapping pasó a mi familia dentro de esa liquidación y no pienso tratarlo como si su origen estuviera limpio hasta comprobarlo.

—¿Quiere devolvérmelo?

—Si la revisión concluye que nunca debimos adquirirlo, sí.

Elias se ríe. No con humor.

—No quiero un almacén.

—Eso simplifica una parte.

—No quiero caridad tampoco.

—No se la estoy ofreciendo.

—Lord Pembroke…

—Si mi familia recibió más de lo que correspondía porque Bale alteró las cifras, no es un regalo devolver la diferencia.

Nos miramos.

—¿Y si la ley dice otra cosa? —pregunta.

—Wetherby me ha prohibido responder a preguntas jurídicas sin él presente.

Elias suelta una risa breve.

—Buen abogado.

—Terrible compañía.

—Entonces ¿qué hará?

—Esperar la revisión. Cuando sepamos qué parte del valor del almacén y de las mercancías procede de una reclamación inflada, se lo restituiremos de la forma que Wetherby considere más segura.

Si prefiere dinero al activo, será dinero.

Si prefiere participación en una venta posterior, hablaremos.

Pero no voy a conservar un beneficio solo porque hayan pasado doce años.

Elias se queda en silencio.

—Mi hija no sabe que ha venido.

—No.

—¿Quiere que se lo diga?

El pecho se me tensa.

—No he venido por ella.

Él me observa.

—Eso no ha respondido a mi pregunta.

Maldita familia.

—Dígale lo que considere.

Elias se inclina hacia atrás.

—La quiere.

No es una pregunta.

—Preferiría hablar de facturas.

—Yo también preferiría muchas cosas. Hace doce años prefería que su padre no me reclamara una deuda.

Justo.

—Sí.

—Imogen ha heredado mi capacidad para convertir el orgullo en una profesión.

—Lo había notado.

—Y yo le di un enemigo porque era más fácil que darle una explicación.

No contesto. No necesita que lo absuelva.

—Cuando era joven —continúa—, le dije demasiadas veces que Pembroke nos había quitado todo. No le dije que yo había firmado contratos que no podía sostener. No le dije que acepté a Bale como intermediario porque me convenía. No le dije que, cuando su padre intentó verme, me negué por rabia.

—Ella ya lo sabe.

—Ahora sí.

—Y yo sé que mi padre pudo verificar antes de actuar y no lo hizo.

Elias asiente. Dos hijos defendiendo a dos padres muertos o envejecidos. Al menos uno de nosotros ha llegado a tiempo para dejar de hacerlo.

—Hay algo más —dice.

Abre un cajón y saca una hoja.

—Mi hija estuvo ayer con Granger, Colebrook y lady Mercer.

—Lo sé.

—No. Sabe que habló con ellos. No sabe cómo volvió.

No debería escuchar. Escucho.

—Volvió blanca como una pared —dice—. Se encerró en su habitación media hora y luego bajó para hacer una lista de todas las personas ante las que había mencionado el almacén. Pasó la noche escribiendo cartas.

Miro la hoja que me entrega. Es una copia de una de ellas. Breve. Sin excusas. Exactamente como me han contado.

—No me lo enseñe para que la perdone —digo.

—No lo hago. Se lo enseño porque usted vino aquí a corregir lo que hizo su familia sin saber si ella volverá a hablarle. Ella está haciendo lo mismo.

Eso sí duele. Porque es verdad. Dejo la carta sobre la mesa.

—Gracias.

Elias carraspea.

—No estoy intentando casar a mi hija.

—Eso también me tranquiliza muchísimo.

—Si lo estuviera haciendo, pediría algo mejor.

Lo miro. Él mantiene la expresión seria durante dos segundos.

Después sonríe. Ahora sé exactamente de dónde viene ella.

Al salir de la casa, me detengo en el vestíbulo.

Una puerta se abre al fondo. Por un instante creo que será Imogen.

Es una criada con un jarrón. Ridículo. Subo al carruaje.

Wetherby me espera en el despacho una hora después con tres noticias.

La primera: Granger ha enviado una nota retirando cualquier afirmación sobre problemas generales del patrimonio.

La segunda: dos comerciantes de Wapping han confirmado que continuarán trabajando con nosotros.

La tercera: Colebrook quiere revisar de nuevo la operación cuando la titularidad quede aclarada.

—Buenas noticias —dice Wetherby.

—Sí.

—No parece contento.

—Estoy contento.

—Tiene una forma muy fúnebre de demostrarlo.

Abro la carpeta de Everleigh.

—Quiero que prepare el acuerdo de revisión y restitución.

—Ya lo estoy haciendo.

—Entonces ¿por qué me pregunta?

—Porque me gusta que crea que manda.

Lo ignoro.

—Y quiero que los trabajadores del almacén reciban por escrito que sus contratos siguen vigentes mientras resolvemos la propiedad.

—También hecho.

—Empiezo a sentirme inútil.

—Es una fase sana.

Me reclino. Durante días he pensado que reparar lo ocurrido entre Imogen y yo dependía de decidir si podía perdonarla.

Ahora entiendo que esa no es la primera pregunta.

La primera es si ambos somos capaces de arreglar lo que rompimos sin utilizar el amor como premio.

Ella ha empezado. Yo también. Eso no nos devuelve el beso.

No borra el cuaderno. No hace que vuelva a confiar mañana.

Pero cuando llego a casa y veo la cubierta marrón sobre mi escritorio, ya no siento ganas de cerrarla en un cajón. La abro. No por la primera página. Voy a las últimas. Leo las correcciones. La lección ocho tachada. La nueve escrita con mano más insegura.

«No te enamores».

Debajo, una frase añadida antes de que el cuaderno llegara a mis manos:

«Demasiado tarde».

Me quedo quieto. Eso estaba ahí cuando lo leí por primera vez.

Entonces pensé que podía formar parte del plan.

Ahora no. No porque confíe a ciegas. Porque he visto lo que hace una mujer cuando ya no tiene nada que ganar.

Cierro el cuaderno. Mañana no iré a verla.

Pasado tampoco. Primero terminaremos las cuentas.

Primero corregiremos lo que pueda corregirse.

Y luego, cuando no quede una deuda comercial que utilizar como excusa, tendré que enfrentarme a la única que Wetherby no puede poner en columnas.