CAPÍTULO 21Lección diez déjalo sin nada
Lección diez: déjalo sin nada
Imogen
Hay una clase de vergüenza que obliga a esconderse y otra que obliga a ponerse un sombrero, llamar a un carruaje y regresar exactamente al lugar donde una hizo el ridículo. La segunda es bastante más incómoda.
—No tiene por qué venir conmigo —le digo a la señora Hartley mientras ajusto los guantes.
Ella levanta la vista de la carta que estaba leyendo junto a la ventana.
—Claro que tengo que ir.
—Puedo hacerlo sola.
—Eso también lo dijo antes de hablar con el señor Granger.
Cierro la boca. Es un argumento bajo. Y eficaz.
Mi padre permanece junto a la chimenea. Desde nuestra conversación de hace dos días, los silencios entre nosotros han cambiado.
Antes estaban llenos de todo lo que ninguno quería discutir.
Ahora contienen cosas dichas que todavía no sabemos dónde colocar.
Elias Everleigh observa mi sombrero, mi bolso y la expresión con la que llevo media mañana recorriendo el salón.
—¿Adónde vas?
—A casa de lady Mercer.
Su frente se arruga.
—¿Por qué?
—Porque allí empezó parte del rumor.
—Imogen.
—No voy a provocar otro.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
No sonríe. Tampoco yo. Me acerco a la mesa y recojo una hoja doblada. He escrito tres veces la misma explicación y he roto las dos primeras porque parecían defensas. La tercera es más corta.
Yo facilité información incompleta sobre una operación concreta de lord Pembroke.
No existe prueba alguna de que sus demás propiedades estén comprometidas ni de que atraviese dificultades de liquidez.
Las afirmaciones que se han extendido en ese sentido no proceden de hechos que yo conozca.
No borra lo que hice. Pero quizá pueda detener algo.
—También iré a ver a Colebrook —añado.
Mi padre me mira con más atención.
—¿Oliver te lo ha pedido?
La pregunta duele porque la respuesta es sencilla.
—No.
No he visto a Oliver desde que salí de Pembroke House dejando mi cuaderno sobre su escritorio y la sensación de haber arrancado una parte de mí para que pudiera examinarla sin permiso. No me ha escrito. Yo tampoco. La señora Hartley dice que eso es sensato. La odio un poco por tener razón.
—Entonces ¿por qué lo haces? —pregunta mi padre.
Lo miro.
—Porque fui yo quien abrió la puerta.
Él baja los ojos.
—Bale la abrió hace doce años.
—Y yo la abrí esta vez.
No discute. Eso es nuevo. La señora Hartley se levanta.
—Bien. Si hemos terminado de decir cosas dolorosamente maduras, me gustaría llegar a casa de lady Mercer antes de que sirvan el chocolate.
—¿Le preocupa perderse el chocolate?
—Me preocupa enfrentarme a media sociedad londinense sin azúcar.
Mi padre casi sonríe. Yo no. Todavía. El carruaje avanza por calles húmedas.
Londres huele a lluvia, carbón y caballos, lo cual no resulta especialmente inspirador para una mujer que se dirige a deshacer un escándalo.
Durante el trayecto pienso en el cuaderno.
La lección diez estaba escrita desde el principio.
Déjalo sin nada.
Cuando la redacté, la frase me pareció magnífica.
Rotunda. Elegante. La clase de sentencia que puede escribir una mujer convencida de que la venganza es una cuestión de planificación y paciencia.
Nunca me detuve a pensar qué significaba «nada».
Un negocio. Una reputación. La confianza de quienes dependen de él. Las obras de unas viviendas.
La tranquilidad de hombres que trabajan en un almacén y no saben nada de Elias Everleigh ni de Edmund Bale.
Oliver riéndose menos. Eso último es lo que más me molesta admitir.
Lady Mercer nos recibe en un salón amarillo lleno de porcelana y personas que fingirán durante años no haber repetido jamás un rumor sin comprobar.
El señor Granger está allí. Naturalmente.
También su esposa, dos caballeros relacionados con Colebrook y una mujer que ayer preguntó a la señora Hartley si era cierto que los Pembroke iban a vender su casa de campo. Perfecto. Si una va a humillarse, conviene disponer de público. Lady Mercer me saluda con curiosidad.
—Señorita Everleigh. No esperaba verla.
—Lo imagino.
La señora Hartley carraspea. Sonrío.
—Gracias por recibirme.
Nos instalamos. Aguanto ocho minutos de conversación sobre una cantante italiana, cinco sobre la humedad y tres acerca de una boda que no me interesa.
Después el señor Granger menciona Wapping.
No de forma casual. Los hombres como Granger no hacen nada de forma casual cuando pueden hacerlo con importancia.
—Parece que Pembroke ha convocado a Colebrook y a varios inversores —dice—. Quizá por fin sepamos hasta dónde llegan las dificultades.
Ahí está. Mi oportunidad. Antes habría disfrutado de ella. Ahora siento frío en las manos.
—No llegan tan lejos como usted ha dado a entender.
El salón se queda apenas más silencioso. Granger pestañea.
—Señorita Everleigh.
—Fui yo quien le habló de una duda relacionada con el almacén de Wapping.
Lady Mercer deja su taza.
—Imogen…
—Y fui imprecisa.
La señora Hartley no interviene. Me había prometido que no lo haría salvo que intentara escapar por una ventana.
—Existe una investigación sobre la forma en que ese almacén pasó de mi familia a la de lord Pembroke hace años. Eso es cierto. También lo es que Edmund Bale intervino en las cuentas. Pero yo no tengo ninguna prueba de que otras propiedades de Pembroke estén afectadas. Ninguna.
Granger se mueve en la silla.
—Yo nunca afirmé…
—Dijo que si Bale intervino en una operación podría haber problemas en otras.
—Era una posibilidad.
—Que yo dejé crecer porque estaba enfadada.
La frase me cuesta. Más que el resto.
—No debí hacerlo.
Nadie habla. Podría añadir que mi familia fue arruinada. Que yo tenía motivos. Que Oliver también se equivocó al proteger la memoria de su padre. Que durante doce años alimentamos una historia construida sobre verdades a medias. No lo hago. Esta parte es mía.
—Lord Pembroke no me ha pedido que diga esto —continúo—. De hecho, probablemente preferiría no verme. Pero el rumor sobre su situación económica se ha extendido a partir de una información que yo manejé mal. Quiero que quede claro.
La esposa de Granger es la primera en reaccionar.
—Eso es… muy franco.
No sé si es un cumplido.
—Es tarde —respondo—, pero sí.
Lady Mercer recupera la taza.
—Bueno. Eso cambia las cosas.
No. No las cambia todavía. Pero las mueve.
Granger evita mirarme durante el resto de la visita.
Dos de los caballeros hacen preguntas. Respondo solo a lo que sé y digo «no lo sé» con una frecuencia que habría considerado humillante un mes atrás.
Descubro que no mata. Al salir, la señora Hartley espera hasta que subimos al carruaje.
—Ha sobrevivido.
—Apenas.
—Nadie le ha lanzado nada.
—Lady Mercer lo ha pensado.
—Eso es porque le gustan demasiado sus tazas.
Me dejo caer contra el respaldo.
—Queda Colebrook.
—Y después su casa.
—Y después Wetherby.
—Y después tendrá derecho a desmayarse.
—Qué amable.
El señor Colebrook nos recibe en presencia de su esposa.
Le explico lo mismo, con menos público y más claridad.
Le digo que la duda sobre el almacén sí existe y que entiendo que suspendiera la compra, pero que la idea de que Pembroke pretendía vender por necesidad económica nació de rumores, no de datos. Colebrook escucha.
—Lord Pembroke ya me ha pedido una reunión mañana.
—Lo sé.
—¿Ha hablado con él?
—No.
Eso le sorprende. A mí también, aunque no debería.
—Entonces esto no forma parte de una estrategia conjunta.
—No.
—¿Por qué viene?
Lo miro.
—Porque una acción no deja de ser mía cuando produce consecuencias que no esperaba.
Colebrook inclina la cabeza.
—Eso es más de lo que muchos admiten.
No quiero que me felicite. Así que cambio de asunto.
—Hay algo más. Si la investigación demuestra que la transmisión del almacén se basó en información manipulada, mi padre y yo colaboraremos con el abogado de lord Pembroke para aclararlo. No pretendemos paralizar indefinidamente una operación por orgullo.
—¿Y qué pretenden?
La respuesta me sale sin esfuerzo.
—Saber qué ocurrió.
Eso era lo que Oliver quería desde el principio. Tardo demasiado en aprender. A media tarde llegamos al despacho de Wetherby. Mi padre nos espera allí. No sabía que había salido de casa.
—¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú, espero.
Sobre la mesa hay una caja de documentos. La reconozco.
—Has traído los libros.
—Copias de los que conservo.
Wetherby aparece desde una habitación interior.
—Señorita Everleigh. Señora Hartley.
—Señor Wetherby.
—Su padre ha sido muy útil.
Elias hace una mueca.
—No se acostumbre.
La frase me recuerda a Oliver. No quiero que ocurra. Ocurre. Abro mi bolso.
—Yo también tengo algo.
Saco una lista. Wetherby la toma.
—¿Qué es?
—Las personas con las que hablé o ante las que hice comentarios sobre el almacén desde que empezó todo. Las he separado entre quienes escucharon información concreta y quienes solo estuvieron presentes.
La señora Hartley me observa.
—¿Cuándo ha hecho eso?
—Anoche.
No dormí. No lo añado. Wetherby recorre los nombres.
—Esto ayudará a corregir el origen del rumor.
—Ya he hablado con Granger y Colebrook.
—Lo sé.
Levanto la cabeza.
—¿Cómo?
—Colebrook envió un mensaje hace una hora.
El corazón me da un golpe ridículo.
—¿A Oliver?
—A lord Pembroke, sí.
Miro la puerta cerrada que conduce al resto del despacho.
—¿Está aquí?
—No.
No sé si siento alivio o decepción. Probablemente ambas. Mi padre deja una mano sobre la caja.
—También hemos localizado dos recibos que no envié la primera vez. Creí que eran copias sin importancia.
Wetherby asiente.
—Uno coincide con la cifra baja del transportista.
—¿Eso sirve?
—Sirve como otra pieza.
Otra pieza. Así se construye la verdad. No con una revelación brillante. Con papeles aburridos que sobreviven doce años porque alguien no tuvo la prudencia de tirarlos.
—¿Bale sabía que mi padre conservaba esto? —pregunto.
—No tenemos forma de saberlo —responde Wetherby—. Pero sí sabemos que él validó documentos con cifras distintas.
Mi padre se sienta. Parece cansado. No derrotado. Hay diferencia.
—Si Pembroke quiere mi testimonio, lo tendrá.
—Oliver irá a verlo —dice Wetherby.
Mi respiración se detiene un instante.
—¿Cuándo?
—Mañana, creo.
Mi padre me mira.
—Bien.
Eso es todo. No pregunta si quiero estar presente.
Yo tampoco lo pido. Esta parte no me pertenece.
Al volver a casa, la señora Hartley se marcha a visitar a una hermana y mi padre sube a descansar.
Me quedo sola en el salón. Por costumbre, busco el cuaderno.
No está. Claro que no. Imagino la cubierta verde sobre el escritorio de Oliver. Imagino la última página.
Lección diez: déjalo sin nada.
No necesito verla para recordar la letra.
Cojo una hoja suelta. Escribo la frase. La miro.
Después trazo una línea por encima. No sé si Oliver volverá a hablarme.
No sé si alguna vez podrá separar el beso de la lección seis, la confianza de la cuatro, mi risa del plan.
Eso no puedo repararlo con una visita. Pero hay otras cosas que sí. Debajo escribo:
«Devuélvele todo lo que puedas».
No es una lección brillante. No suena vengativa. No sirve para el título de un cuaderno. Quizá por eso sea la primera que merece la pena conservar.