CAPÍTULO 20Dos padres y una mentira
Dos padres y una mentira
Oliver
Lucian tiene la irritante costumbre de parecer más inteligente cuando está sentado detrás de un escritorio.
No sé si es el escritorio, el título o el hecho de que Arabella se haya apropiado de la silla más cómoda de la biblioteca y esté comiendo almendras confitadas mientras nosotros trabajamos.
—Otra vez —dice Lucian.
—Llevamos tres horas haciéndolo otra vez.
—Y cada vez descubres que las fechas no cambian por cansancio.
—Eso es una decepción personal.
Wetherby deja una hoja sobre la mesa.
—Podemos parar cuando quieran.
Los tres lo miramos.
—No —decimos al mismo tiempo.
Arabella mastica una almendra.
—Yo no he dicho nada.
—Tu cara sí —responde Lucian.
—Mi cara es preciosa.
—No lo discuto.
—Entonces procura no implicarla en asuntos contables.
A pesar de todo, sonrío. Hace cuatro días que Imogen salió de mi casa. No he ido a verla. Ella tampoco ha venido.
En cambio, esta mañana su padre envió a Wetherby una caja con copias de documentos y una nota escueta: «Puede que esto ayude a determinar qué hizo Bale. Utilícelo como considere oportuno».
Ninguna nota de Imogen. Eso es probablemente mejor. No se siente mejor.
Sobre la mesa tenemos ahora documentos de tres procedencias distintas: los archivos Pembroke, las copias de Thomas Hart conservadas por Lucian y los libros de Everleigh y Compañía.
Separados, cuentan historias incompletas. Juntos empiezan a hacer algo mucho más peligroso. Coincidir. Wetherby señala una columna.
—Empecemos por el primer cargamento declarado dañado.
—Marzo de mil ochocientos ocho —digo.
Lucian localiza la copia correspondiente de Thomas Hart.
—Bale presenta a mi familia una factura por transporte extraordinario y pérdida parcial de mercancía.
—Everleigh recibe una cifra distinta —añade Wetherby.
—Más alta —digo.
Arabella se inclina.
—¿Cuánto más alta?
—Suficiente para que parezca que la operación de Everleigh ha generado una pérdida que no puede cubrir.
Lucian levanta un dedo.
—Parece. No sabemos todavía quién alteró la cifra.
—Sí, padre.
Arabella me lanza una almendra.
—No le llames así delante de mí.
Lucian cierra los ojos.
—Podemos centrarnos.
Lo hacemos. Wetherby abre el libro de salidas de Everleigh, que Elias incluyó en la caja, por marzo de mil ochocientos ocho.
—Treinta y dos fardos. Salida completa. «Recibido conforme».
—Bale informó de una pérdida parcial —digo.
—Y cobró por ella. —Wetherby recorre la columna con el dedo—. Según este libro, no se perdió nada.
La firma de recepción es de un tal J. Fenn. Al margen, la letra de Elias: «Mozo de almacén. Honrado. No sé qué fue de él».
—Eso ya es algo —digo.
Wetherby asiente.
—Es una discrepancia demostrable.
—¿Y la carta? —pregunta Arabella.
Saco el borrador que Imogen trajo el otro día. Lo he leído tantas veces que conozco las tachaduras. Mi padre escribió que algunas cuentas no coincidían y que quería hablar con Elias Everleigh. No sabemos si esta versión se envió. Pero tenemos otra pieza.
Wetherby coloca una nota de la casa Pembroke al lado.
—Aquí está el registro del criado enviado a Everleigh dos semanas después.
Lo encontramos ayer en un libro doméstico que nadie habría pensado revisar si el borrador no mencionara una entrega personal.
«Se envía a J. Mills con tarjeta de lord Pembroke para solicitar entrevista con el señor E. Everleigh».
No dice cuál fue la respuesta. La respuesta llegó esta mañana en una declaración firmada por Elias. Se negó a recibirlo. No porque fuera un necio. Porque estaba humillado, furioso y convencido de que mi padre había decidido destruirlo.
—Así que tu padre empezó a sospechar después de ejecutar la deuda —dice Lucian.
—Sí.
—Tarde —añade Arabella.
—Sí.
No me molesta que lo diga. Me molestaría que no lo hiciera. La orden firmada por mi padre sigue existiendo. Bale pudo engañarlo. Pero él actuó en cuarenta y ocho horas.
No habló directamente con Everleigh antes. No verificó las cifras con el transportista. Confió en un agente porque confiar en él era más fácil que detener una operación importante.
—No quiero que esto termine convertido en una absolución —digo.
Lucian levanta la vista.
—No tiene por qué.
—Mi padre se equivocó.
—Sí.
—Y su error tuvo consecuencias enormes para los Everleigh.
—Sí.
—Pero Bale fabricó parte de la información que provocó la decisión.
Wetherby interviene.
—Eso podemos empezar a demostrar.
Empieza. No del todo. Todavía necesitamos conectar a Bale con la alteración de las cifras y, sobre todo, con el beneficio de la liquidación. Arabella deja las almendras.
—Falta alguien que lo viera.
—Fenn —dice Wetherby.
—Si sigue vivo.
—Lo está. —Abre otra carpeta—. Lo localicé anoche. Trabaja de capataz en un astillero de Greenwich. Cinco meses después de la liquidación, Bale lo contrató como escribiente. Dos años más tarde lo despidió sin referencias.
—¿Hablará? —pregunto.
—Dice que lleva doce años esperando que alguien pregunte.
Nadie habla durante unos segundos. No es una confesión. No es una carta de Bale diciendo «he robado el dinero». Es mejor. Es una pieza que encaja con las otras.
Bale declaró una pérdida que el libro de salidas desmiente.
Bale informó a mi padre de que Everleigh se negaba a negociar cuando Everleigh había enviado una propuesta.
Bale controló las comunicaciones entre ambos.
Thomas Hart detectó irregularidades similares y fue desacreditado.
Y años después, Bale intentó repetir métodos parecidos en negocios con Lucian.
No hay milagro. Hay patrón. Wetherby empieza a separar las hojas en grupos.
—Con esto podemos construir una cronología seria. Necesito copias certificadas, un perito que date la tinta del libro y la declaración de Fenn ante notario.
—Hazlo.
—Lo haré.
—¿Cuánto tiempo?
—No soy adivino.
—Para lo que cobras podrías intentarlo.
—Una semana si la gente adecuada sigue viva, localizable y con ganas de recordar negocios de hace doce años. Más si no.
Lucian se recuesta.
—Y mientras tanto puedes corregir los rumores actuales con hechos.
—¿Cómo?
—Colebrook se retiró por dudas sobre una operación antigua, no por falta de liquidez. Eso puede acreditarse. Los demás activos no están comprometidos. También puede acreditarse.
—Y si explico que estamos investigando fraude de Bale…
—No necesitas explicar cada detalle. Solo separar la duda real de las invenciones.
Arabella me observa.
—Imogen tendrá que hacer lo mismo.
Mi cuerpo se tensa antes de que mi cabeza pueda impedirlo.
—¿Por qué?
—Porque parte del rumor empezó con ella.
—Ya lo sé.
—Y porque si quiere arreglarlo, tendrá que hablar con las mismas personas ante las que sembró la duda.
—No sé qué quiere hacer.
Arabella arquea una ceja.
—¿No?
—No he hablado con ella.
—Eso sí que es una estrategia pésima.
Lucian interviene.
—Arabella.
—¿Qué? Es verdad.
—No es asunto nuestro.
—Llevas cuatro días mirándolo como si fuera un caballo enfermo.
—Eso no significa que sea asunto nuestro.
—Significa que ya lo has convertido en asunto nuestro sin obtener ningún beneficio.
Me pongo en pie.
—Voy a necesitar que ambos desarrolléis otra afición.
Lucian señala los papeles.
—Siéntate.
—No.
—Oliver.
—Llevo tres horas sentado.
—Y acabamos de encontrar lo más importante.
—Precisamente.
Camino hasta la ventana. Fuera, Londres sigue haciendo lo que hace Londres cuando una vida cambia dentro de una habitación: nada. Un vendedor grita en la calle. Pasa un carruaje. Dos mujeres se detienen bajo un paraguas.
Mi padre lleva muerto siete años.
Durante esos siete años he elegido recordarlo como el hombre que me enseñó a montar, que odiaba los guisantes y que podía quedarse dormido en cualquier sermón de más de quince minutos.
No como el hombre que firmó una orden que hundió a otra familia. Ahora tengo que sostener las dos imágenes.
—Intentó arreglarlo —digo.
Lucian no responde enseguida.
—Parece que intentó averiguar qué había ocurrido.
—No es lo mismo.
—No.
—Y lo hizo tarde.
—Sí.
Miro el borrador.
—Pero lo intentó.
Arabella se acerca a la mesa.
—Puedes quererlo y admitir que se equivocó.
—Eso me han dicho.
—La gente inteligente suele repetirse.
—Tú dijiste que era una estupidez convertirlo en santo.
—También soy flexible.
Sonrío pese a mí mismo. Después la sonrisa desaparece.
—Imogen hizo lo mismo con su padre.
Lucian me mira.
—¿Qué?
—Lo convirtió en una víctima perfecta porque necesitaba que mi padre fuera un culpable perfecto.
—Y tú hiciste lo contrario —dice.
No necesito preguntarle qué significa. Yo protegí la memoria de mi padre porque necesitaba que la versión de Imogen fuera demasiado simple. Los dos heredamos una historia. Los dos la defendimos. Y Bale vivió durante años en el espacio entre ambas.
Wetherby cierra una carpeta.
—Dos padres y una mentira bien colocada —dice.
—Eso suena a título de panfleto.
—Cómprelo antes de que lo haga otro.
Recojo el borrador de mi padre.
—Quiero una copia de todo para Elias Everleigh.
—La tendrá.
—Y de las pruebas que afecten directamente a su empresa.
—Sí.
Lucian asiente.
—Eso es lo correcto.
—No lo hago para que Imogen vuelva.
Arabella toma otra almendra.
—Nadie ha dicho nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara sigue siendo preciosa.
Esta vez me río. Es breve, pero real. Antes de marcharme, Wetherby me entrega una hoja.
—Hay una cosa más.
—Por supuesto.
—Una nota de Elias Everleigh. Venía con la caja.
No la había visto. La letra es firme.
«Lord Pembroke: mi hija no actuó con mi autorización. Tampoco quiero que cargue sola con una historia que yo le enseñé a contar de una sola manera. Si necesita mi testimonio sobre Bale, lo tendrá».
Leo dos veces. No es una disculpa. No es una absolución. Es mejor. Es un hombre haciéndose responsable de su parte.
Doblo la nota.
—Wetherby.
—¿Sí?
—Mañana quiero que prepares una reunión con Colebrook y con los otros inversores que han pedido aclaraciones.
—Bien.
—Y después iré a ver a Everleigh.
Arabella sonríe.
—¿A Elias?
La miro.
—Primero.
—Por supuesto.
Lucian se lleva una mano a la frente.
—No la animes.
—No necesita ayuda.
Salgo de Whitmore House con las copias bajo el brazo. La verdad no ha limpiado a mi padre. Tampoco ha condenado al de Imogen. Ha hecho algo más difícil. Los ha devuelto a los dos al mundo de los hombres: orgullosos, heridos, capaces de equivocarse y de intentar corregirlo demasiado tarde.
Quizá ese sea el único lugar desde el que podemos empezar a reparar algo.