Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 19Una hija demasiado enfadada
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CAPÍTULO 19Una hija demasiado enfadada

Una hija demasiado enfadada

Imogen

Mi padre me encuentra en la buhardilla sentada en el suelo, rodeada de cartas de hace doce años y con una manta sobre los hombros porque la buhardilla ha decidido adelantarse a octubre aunque todavía estemos en primavera.

—¿Qué haces aquí?

—Arruinando mi reputación de mujer sensata.

Elias mira alrededor.

—No recuerdo que tuvieras una.

Levanto la cabeza.

—Eso ha sido casi una broma.

—No te acostumbres.

Por un segundo veo de dónde saco ciertas respuestas. Luego recuerdo que he pasado media vida responsabilizando a otra familia de cada gesto amargo de la nuestra y la ternura se complica. Mi padre deja el sombrero sobre una caja.

—La señora Hartley dice que has vuelto de Pembroke House hace horas y no has comido.

—La señora Hartley informa demasiado.

—Es su forma de quererte.

—Resulta agotadora.

Se sienta frente a mí sobre otro cofre. No pregunta qué ha ocurrido con Oliver. Quizá mi cara se lo ha contado. Yo tampoco quiero hablar de Oliver todavía.

Si pronuncio su nombre, es posible que termine haciendo algo indigno, como llorar delante de mi padre, y ya hemos tenido suficientes humillaciones familiares para una generación.

Le tiendo el borrador de lord Pembroke.

—¿Has visto esto alguna vez?

Elias no lo coge de inmediato. Reconoce la letra. Lo sé por cómo cambia su expresión.

—¿Dónde lo encontraste?

—Entre tus papeles.

—No deberías haberlos revisado sin mí.

—Llevan doce años en una caja.

—Siguen siendo míos.

—Y mi vida lleva doce años construida alrededor de lo que ocurrió en ellos.

Eso lo hace callar. Coge la carta. Lee. No parece sorprendido. Eso me enfurece.

—Lo sabías.

—Sabía que Pembroke intentó hablar conmigo después.

Me quedo quieta.

—¿Después de qué?

—De ejecutar la garantía.

—¿Cuándo?

—No lo recuerdo exactamente.

—Padre.

—Unas semanas después.

Me levanto de golpe.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—No había nada que decir.

—¿Nada?

—El almacén ya estaba perdido. La empresa estaba herida. Los acreedores habían empezado a presionar. Que Pembroke quisiera hablar no devolvía nada.

—¿Fuiste?

Elias mira la carta.

—No.

Siento que algo se desplaza dentro de mí.

—¿Por qué?

—Porque no quería verlo.

—Eso no es una respuesta.

—Es exactamente la respuesta.

—Llevo años creyendo que no intentó nada.

—No intentó nada a tiempo.

—Pero intentó algo.

—Imogen.

—¿Sí o no?

Mi padre aprieta la mandíbula.

—Sí.

La palabra me cae encima con más peso que cualquier documento. Camino hasta la pequeña ventana. El cristal está sucio. Desde aquí solo se ven tejados y una franja de cielo.

—Cuéntamelo todo.

—Ya te lo he contado.

Me vuelvo.

—No. Me contaste la historia con la que podías vivir.

Elias se levanta.

—Ten cuidado.

—¿Con qué? ¿Con enfadarte?

—Con creer que porque ahora dudas de una parte, todo lo demás fue imaginación mía.

—No lo creo.

—Perdí el negocio.

—Lo sé.

—Perdimos la casa.

—Lo sé.

—Tu madre enfermó de preocupación durante meses.

—Lo sé.

—Hombres que habían cenado con nosotros dejaron de saludarme.

—Lo sé.

Mi voz se rompe al final. Respiro.

—Lo sé porque crecí dentro de ello. Pero necesito saber qué no me contaste.

Mi padre se queda mirándome. Durante años lo he visto como la víctima perfecta de la historia. Ahora veo a un hombre orgulloso al que hicieron daño y que, después, tomó decisiones desde ese daño. Eso no lo hace culpable. Lo hace humano.

—Bale controlaba casi toda la correspondencia con Pembroke —dice por fin.

Me siento otra vez. Elias no. Empieza a caminar entre las cajas.

—Al principio no me preocupó. Era habitual trabajar a través de agentes. Él conocía a ambas partes, revisaba cifras, trasladaba informes. Cuando empezaron las pérdidas, aseguró que Pembroke estaba impaciente.

—¿Qué pérdidas?

—Dos cargamentos declarados dañados. Un retraso en seguros. Costes de transporte más altos de lo previsto.

—Thomas Hart sospechaba que algunas cifras estaban infladas.

Mi padre asiente lentamente.

—Yo también.

—¿Se lo dijiste a Bale?

—Sí.

—¿A Pembroke?

Silencio.

—A Bale —repite.

Me llevo una mano a la frente.

—Todo pasaba por él.

—Sí.

—¿Nunca escribiste directamente a Pembroke?

—Una vez.

—¿Qué ocurrió?

—No recibí respuesta.

—¿Cómo enviaste la carta?

La pregunta ya contiene la respuesta. Elias cierra los ojos.

—A través de Bale.

La rabia que siento no es hacia mi padre. No exactamente. Es hacia la facilidad con que todos confiaron en un hombre situado en medio.

—Después de la primera reclamación de pago —continúa— propuse treinta días. Bale me dijo que Pembroke lo había rechazado y que exigía liquidación inmediata.

—Tenemos una copia de esa propuesta.

—Lo sé. La encontré hace años.

—Bale informó a Pembroke al día siguiente de que tú te negabas a negociar.

Mi padre me mira. La sorpresa es real.

—¿Qué?

—Está en sus archivos.

Elias se sienta despacio.

—Entonces mintió.

—Sí.

—O la carta no llegó.

—También es posible.

Mira el borrador que aún sostiene.

—No.

—¿Qué?

—Hubo otra cosa.

Espero.

—Después de que Pembroke tomara el almacén, Bale vino a verme. Dijo que el asunto estaba cerrado. Que Pembroke consideraba que yo había actuado de mala fe y no quería volver a tratar conmigo.

—Y luego Pembroke intentó verte.

—Semanas después.

—¿Cómo?

—A través de un hombre de su casa. No Bale.

—¿Y qué hiciste?

Mi padre pasa el pulgar por el borde del papel.

—Le dije que no tenía nada que hablar con él.

No puedo evitarlo.

—¡Padre!

—Había perdido todo.

—Podrías haber descubierto por qué.

—¿Y eso habría cambiado algo?

—¡No lo sabes!

—Tú tampoco.

Nos quedamos mirándonos. Los dos respiramos demasiado rápido. Finalmente Elias se lleva una mano al rostro.

—Tenía treinta y seis años —dice—. Creía que era listo. Creía que sabía reconocer una traición. Cuando todo se derrumbó, necesitaba que alguien fuera responsable. Pembroke era más rico, más poderoso y había firmado la orden. Era sencillo.

La misma palabra que utilicé con Oliver. Sencillo. Las sentencias son más sencillas.

—Y Bale —digo.

—Bale me parecía un intermediario que había fracasado en protegerme. Nada más.

—¿Nunca sospechaste de él?

—Años después. Cuando su nombre empezó a aparecer en otros asuntos. Pero para entonces…

—¿Para entonces qué?

Me mira.

—Para entonces ya había contado la historia demasiadas veces.

Eso me deja sin palabras. Mi padre baja la vista.

—A ti también.

Ahí está. No una mentira exacta. Algo más peligroso. Una versión repetida hasta convertirse en verdad familiar. Me siento junto a él.

—Yo hice algo peor.

Elias no pregunta. Quizá ya sospecha.

—Me acerqué a Oliver para vengarme.

—Lo sé.

Lo miro.

—¿Qué?

—Soy tu padre, no un mueble.

—Podrías haber dicho algo.

—Lo hice.

Recuerdo el desayuno.

«¿A quién estás obligando? ¿Al hombre muerto o al hijo?».

Cierro los ojos.

—Tenías razón.

—No disfrutes demasiado diciéndolo. Podría acostumbrarme.

La risa se me escapa en el peor momento. Elias sonríe apenas. Luego se pone serio.

—¿Qué has hecho?

Se lo cuento. No el beso. Hay límites incluso en una confesión. Le cuento el cuaderno, las pequeñas trampas, la subasta, Colebrook, Granger y el rumor. Le cuento que Oliver lo ha leído. Mi padre escucha sin interrumpir.

Cuando termino, guarda silencio.

—Puedes decirlo —murmuro.

—¿Qué?

—Que te decepciona.

—No.

—¿No?

—Me preocupa más que hayas intentado vivir mi rencor como si fuera tuyo.

Lo miro.

—Era mío.

—Sí. Pero empezó siendo mío.

La distinción duele. Porque es cierta. Me apoyo contra una caja.

—No sé cómo arreglarlo.

—Entonces empieza por lo que sí sabes.

—¿Qué sé?

—Que Bale mintió al menos una vez.

—Sí.

—Que controlaba las cartas.

—Sí.

—Que Pembroke intentó hablar conmigo después.

—Sí.

—Y que yo me negué.

Asiento. Mi padre respira hondo.

—Busca la verdad de eso. No para recuperar al muchacho.

—No lo llamas muchacho cuando te enfadas con él.

—Ahora estoy enfadado contigo.

—Qué alivio.

—Imogen.

—Lo sé.

No para recuperar a Oliver. Para reparar lo que he empeorado. Esa tarde empezamos a ordenar los documentos de Everleigh y Compañía. No como padre e hija heridos. Como dos personas que intentan reconstruir un negocio muerto a partir de fechas, recibos y decisiones malas.

Encontramos el libro de salidas del almacén. Mi padre lo creía perdido desde la liquidación. Tapas grises. Esquinas comidas por la humedad. Columnas estrechas de fechas, bultos y firmas de recepción. Busco marzo de mil ochocientos ocho.

El cargamento que Bale declaró dañado salió entero. Treinta y dos fardos de lana y tres cajas de paño, con la anotación «recibido conforme» y una firma que no reconozco.

—J. Fenn —lee mi padre—. Era mozo de almacén. Un muchacho serio. Se marchó poco antes de la quiebra.

—¿Dónde está ahora?

—No lo sé.

Esto no prueba que Bale mintiera. Pero alguien tuvo delante la mercancía intacta mientras Bale aseguraba que se había perdido. Y alguien que vio algo puede contarlo. Es una pieza. Por primera vez en días siento algo que no es culpa.

Propósito. Cojo una hoja limpia. No mi cuaderno. Ese ya no me sirve.

Escribo arriba:

«Lo que sabemos».

Debajo, fechas. Nombres. Contradicciones. Sin lecciones. Sin planes para arruinar a nadie.

Solo hechos. Cuando termino la primera página, mi padre la mira.

—Eso está mejor.

—No te acostumbres.

Esta vez sonríe de verdad.