Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 18Diez maneras de traicionar a un hombre
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CAPÍTULO 18Diez maneras de traicionar a un hombre

Diez maneras de traicionar a un hombre

Oliver

El cuaderno llega a mis manos porque la señora Hartley manda devolverme una carpeta. No porque espíe. No porque registre las pertenencias de Imogen. No porque haya decidido convertirme en el villano que ella esperaba encontrar.

Llega porque un criado de los Everleigh entrega a media mañana una cartera de cuero que yo había dejado el día anterior en su casa durante nuestra discusión. Dentro deberían estar únicamente dos copias de documentos que llevé conmigo.

Dentro está también un cuaderno pequeño de cubierta marrón. Lo reconozco. Lo he visto asomar de su bolso. La he visto escribir en él durante semanas. No lo abro.

Al principio. Lo saco de la cartera, lo dejo sobre la mesa y llamo al mayordomo.

—Esto no es mío.

—¿Desea que lo devuelvan, milord?

—Sí.

El hombre coge la cartera. El cuaderno queda sobre la mesa.

—También eso.

Extiende la mano. Y entonces el cuaderno se abre. No es una intervención divina. Es una encuadernación gastada y una mesa inclinada por décadas de uso. Las páginas se separan por donde más veces han sido dobladas. Veo el título antes de tener tiempo de decidir que no quiero verlo.

DIEZ LECCIONES PARA ARRUINAR A UN LORD.

El mayordomo mantiene la mano extendida. Yo no me muevo.

—Déjelo —digo.

Él retira la mano.

—Sí, milord.

Cuando se marcha, cierro el cuaderno. Lo dejo sobre el escritorio. Camino hasta la ventana. Regreso. Lo abro.

Hay decisiones que uno sabe equivocadas mientras las toma y, aun así, continúa porque la alternativa es permanecer en la ignorancia. Leo la primera página.

«Lección uno: acércate a tu enemigo».

Debajo hay una fecha. El día que apareció en casa de Lucian preguntando por mí. Siento algo frío debajo de las costillas. Paso la página.

«Descubre qué desea».

Hay notas sobre mi padre. Sobre los archivos. Sobre mi interés por limpiar su nombre. No son crueles. Eso casi lo empeora. Paso otra.

«Hazte imprescindible».

Algunas líneas están tachadas. Otras describen la forma de entrar en mis documentos, las personas a las que podía preguntar, lo fácil que sería conseguir que yo siguiera permitiéndole acceso si creía que trabajábamos juntos.

Me siento. No recuerdo haber decidido hacerlo. Sigo leyendo. El tiro con arco. La subasta.

Colebrook. Pequeñas frases escritas con el tono que conozco, esa inteligencia afilada que tantas veces me ha hecho reír. Ahora no me río. Encuentro la lección seis.

Haz que pierda la cabeza.

Debajo, en tinta distinta, están las palabras:

«Su punto débil podría ser yo».

No sigo durante unos segundos. La terraza vuelve entera. Su mano en mi solapa. Su boca. ¿Está intentando seducirme, señorita Everleigh?

¿Está funcionando? Demasiado. Cierro los ojos. Es absurdo que una frase escrita antes pueda cambiar un beso que ya ocurrió. No cambia cómo fue.

Cambia lo que no sé. Ese es el problema. No sé qué parte fue ella y qué parte fue el plan. No sé en qué momento dejó de interpretar. No sé si dejó de hacerlo.

Vuelvo al cuaderno. Más adelante encuentro correcciones.

«Resultado incierto». Tachado.

«La suya no es la única que corre peligro».

Después:

«He encontrado un escándalo. El problema es que quizá no sea suyo»,

Y la lección ocho.

Golpea donde más le duela.

Tachada.

«Funcionó». Tachado también.

«Esto ya no tiene ninguna gracia».

La rabia no desaparece. Se vuelve peor porque las páginas contienen arrepentimiento.

Porque puedo ver cómo cambió. Porque una parte de mí quiere utilizar esas frases para perdonarla antes de escucharla.

Y otra quiere arrancar las páginas hasta llegar a una línea en la que diga con absoluta claridad qué fue real.

No existe. La puerta se abre sin que llamen. Wetherby entra con una carpeta. Me ve. Mira el cuaderno.

—¿Debo volver más tarde?

—Probablemente.

No se mueve.

—¿Problemas?

—¿Recuerda cuando dijo que la cobardía no estaba entre mis defectos principales?

—Sí.

—Estoy considerando incorporarla.

Wetherby deja la carpeta sobre una silla.

—¿Qué es eso?

Cierro el cuaderno.

—Una explicación.

—¿Buena?

—Excelente, si uno disfruta descubriendo que ha sido un proyecto.

No necesito decir más. Wetherby entiende demasiado deprisa.

—Ah.

—Empiezo a odiar esa palabra.

—No lea más.

Lo miro.

—Consejo tardío.

—Entonces no decida nada todavía.

—Otro excelente consejo que llega después de la catástrofe.

—Es mi especialidad.

Me levanto.

—¿Qué ha traído?

—El nombre del hombre que extendió el rumor sobre otras propiedades.

Por un segundo el asunto comercial vuelve a ocupar su lugar.

—¿Granger?

—Granger repitió la historia. No añadió la parte sobre deudas actuales. Esa parece proceder de un corredor llamado Vickers, que oyó que Colebrook se retiraba y decidió que la explicación más probable era falta de liquidez.

—Así que Imogen no inventó eso.

—No.

—Pero puso en marcha la primera piedra.

—Sí.

—Magnífico.

Wetherby no responde.

—También he encontrado algo sobre Bale —añade.

Quiero escucharlo. De verdad. Pero miro el cuaderno y sé que no puedo ordenar dos derrumbes al mismo tiempo.

—Déjelo.

—Oliver.

Que utilice mi nombre me hace levantar la cabeza.

—No convierta una investigación en un castigo.

—No sé qué significa eso.

—Sí lo sabe.

Se marcha antes de que pueda echarlo. Me quedo solo. El cuaderno sigue cerrado. No lo abro otra vez. A las cuatro, el mayordomo llama.

—La señorita Everleigh, milord.

Todo mi cuerpo se queda quieto. Miro el cuaderno.

—Hágala pasar.

Imogen entra con una carpeta estrecha en la mano. Está pálida, pero decidida.

—Oliver.

—Imogen.

Sus ojos bajan al escritorio. Ve el cuaderno. El mundo cambia en su cara. No de golpe. Primero sorpresa.

Después comprensión. Después miedo. La puerta se cierra detrás de ella.

—¿Cómo…?

—Venía en la cartera que devolvieron esta mañana.

—Yo no lo puse ahí.

—Lo imagino.

—La señora Hartley debió de confundirlo cuando recogió los papeles.

—También lo imagino.

Da un paso hacia la mesa.

—No debió leerlo.

La frase me atraviesa con una precisión casi cómica.

—No.

—Oliver…

—No debí.

Se detiene.

—Pero lo hizo.

—Sí.

Mira el cuaderno.

—¿Cuánto?

—Suficiente.

Cierra los ojos un instante. Cuando vuelve a abrirlos, deja la carpeta que trae sobre una silla.

—Venía a contárselo.

Me río. No porque tenga gracia.

—Por supuesto.

—Es verdad.

—La creo.

Eso parece desconcertarla.

—¿Me cree?

—Sí. Las últimas páginas dejan bastante claro que había empezado a arrepentirse.

—No es eso.

—¿Qué es entonces?

—No venía a decirle que me arrepiento de una travesura. Venía a decirle que me acerqué a usted para hacerle daño.

—Ya lo sé.

—Pero no sabe cuándo cambió.

—Exactamente.

La palabra cae entre nosotros. Imogen aprieta las manos.

—Cambió antes del beso.

No quería preguntar. Ahora tengo que hacerlo.

—¿Antes de escribir «haz que pierda la cabeza»?

Su rostro se contrae.

—No.

Asiento. Eso duele más de lo que debería.

—Entiendo.

—No. No entiende. Escribí esa lección como parte del plan, pero cuando fui al baile ya no sabía si quería utilizarte o si estaba buscando una excusa para acercarme.

—Qué diferencia tan reconfortante.

—No haga esto.

—¿Qué cosa?

—Convertir cada palabra en la peor versión posible.

La miro.

—He pasado semanas haciendo exactamente lo contrario.

Silencio. La rabia vuelve, pero ya no es limpia.

—Le permití entrar en mi casa —digo—. En los documentos de mi padre. Le enseñé pruebas que podían perjudicar a mi familia. Le di una copia de la orden que confirmaba lo que usted llevaba años diciendo.

He vuelto al usted. Lo noto. Ella también.

—Lo sé.

—Y mientras tanto usted llevaba una lista.

—No era una lista de acciones cerradas.

—¿No?

—Era…

Busca una palabra. No la encuentra.

—Era una forma de ordenar la rabia —dice al fin—. De convertir algo que llevaba años dentro de mí en algo que pudiera manejar.

—Utilizándome.

—Sí.

La honestidad me deja sin el siguiente golpe. Imogen traga saliva.

—Sí. Lo utilicé al principio.

Me apoyo en el escritorio porque de pronto estoy cansado.

—¿Y Colebrook?

—Quería detener la venta.

—Eso ya lo sé.

—No quería arruinarlo.

—El título del cuaderno tiene mala suerte entonces.

—Oliver.

—¿Qué quiere que haga con esto?

—Nada.

—Excelente.

—Quiero que me escuches.

—La estoy escuchando.

—No así.

—No sé hacerlo de otra manera ahora mismo.

Sus ojos se llenan de una humedad que no llega a caer. Eso me enfurece conmigo, con ella y con el mundo entero.

—Lo que siento por usted es real —dice.

Ahí está. La frase que quería oír hace dos días. Ahora llega en el peor momento posible.

—No sé qué significa «real» en su caso.

Imogen palidece. En cuanto lo digo quiero retirarlo. No lo hago. Porque es cruel. Y porque también es verdad.

No sé qué partes fueron reales. Ella respira despacio.

—He encontrado algo de su padre.

Señala la carpeta.

—Un borrador dirigido al mío. Dudaba de las cuentas de Bale. Quería revisarlas. Puede que intentara ponerse en contacto con mi padre después de ejecutar la deuda.

La noticia debería dominar la habitación. No lo hace. No todavía.

—Déjelo —digo.

—¿No quiere verlo?

—Sí.

—Entonces…

—Quiero verlo cuando sea capaz de pensar en él sin preguntarme si también forma parte de una estrategia.

Su cara se rompe apenas.

—Eso no es justo.

—No.

—He venido a darle una prueba que puede ayudar a su padre.

—Y se lo agradezco.

—No lo parece.

—No sé parecer agradecido mientras descubro que la mujer de la que estaba enamorándome me eligió como objetivo.

El silencio que sigue es absoluto. No pretendía decir «enamorándome». Ya está dicho. Imogen baja la cabeza.

—Yo no elegí enamorarme de usted.

—Quizá esa sea la única parte en la que estamos de acuerdo.

Se queda quieta un momento. Después va hasta la silla, recoge la carpeta y la deja sobre mi escritorio.

—El borrador está ahí. También tres cartas de mi padre que no conocías.

No toca el cuaderno.

—No voy a pedírtelo.

—Es suyo.

—No. Creo que ya no.

Levanta la vista.

—Cuando pueda leerlo sin odiarme, si alguna vez puede, quizá vea también dónde empezó a cambiar.

—No necesito leer más.

Es mentira. Necesito leer cada palabra. Por eso no debo hacerlo. Imogen se dirige a la puerta.

—No sé cómo arreglar esto —dice sin volverse—. Y por primera vez no voy a intentar hacerlo a escondidas.

Pone la mano en el picaporte.

—Imogen.

Se vuelve. Hay demasiadas cosas que podría decir. Quédate. Lo siento. Explícame el beso otra vez.

No conviertas esto en el final. Ninguna sería honesta.

—Necesito tiempo.

Ella asiente.

—Lo sé.

Sale. La puerta se cierra. El cuaderno permanece sobre el escritorio. La carpeta de su padre también. Tardo mucho en abrir una de las dos.

Elijo la carpeta. No porque duela menos. Porque, por una vez, prefiero buscar la verdad que pueda demostrarse.