Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 17Lección nueve no te enamores
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CAPÍTULO 17Lección nueve no te enamores

Lección nueve: no te enamores

Imogen

La lección número nueve ya estaba en mi cuaderno desde el principio. Entonces me parecía casi ornamental, la clase de advertencia ingeniosa que una escribe porque da por hecho que jamás va a necesitarla. Ahora ocupa toda la página.

No te enamores.

La contemplo.

Después añado debajo:

«Demasiado tarde».

—Eso parece definitivo —dice la señora Hartley.

Cierro el cuaderno de golpe. Está sentada frente a mí con una taza de chocolate y una expresión que debería resultar ilegal antes de las nueve de la mañana.

—¿Desde cuándo lee por encima de mi hombro?

—Desde que escribe palabras enormes.

—No era para usted.

—Eso también parece definitivo.

Me levanto y guardo el cuaderno en el escritorio. No bajo llave. Nunca lo he hecho. Es una tontería pequeña que más tarde recordaré con precisión dolorosa.

—Voy a hablar con Oliver —digo.

—Bien.

—Voy a contárselo todo.

La señora Hartley deja la taza.

—Mejor.

—No ponga esa cara.

—¿Qué cara?

—La de estar satisfecha consigo misma.

—Querida, a mi edad una debe aprovechar cualquier ocasión.

Camino hasta la ventana.

Mi padre ha salido temprano. Desde nuestra discusión del desayuno apenas hemos hablado. Cenó en silencio y esta mañana dejó una nota diciendo que iría a ver a un antiguo empleado de Everleigh y Compañía.

Yo llevo toda la noche pensando en la pregunta de Oliver. ¿Qué más piensa hacer? Nada. Esa es la respuesta. Nada contra él.

La venganza ha terminado. No porque haya descubierto que los Pembroke son inocentes. No lo sé. No porque mi padre no sufriera. Sufrió. No porque yo haya dejado de estar enfadada por todo lo que perdimos. No he dejado.

Termina porque he visto lo que ocurre cuando convierto a Oliver en una extensión de su apellido y dejo de verlo como un hombre al que mis decisiones afectan ahora.

Y porque lo quiero. La frase es tan poco práctica que me enfada incluso pensándola.

—Necesito llevarle algo más que una confesión —digo.

—¿Una disculpa?

—También.

—Dinero no creo que tenga suficiente.

—Gracias.

—Intento ayudar.

—Quiero revisar las cajas de mi padre.

La señora Hartley frunce el ceño.

—¿Qué cajas?

—Las que guardó cuando cerró la empresa. Correspondencia, libros, documentos. Siempre dijo que no servían para nada.

—¿Y ahora?

—Ahora todo parece servir para algo.

Las cajas están en la buhardilla.

Mi padre nunca fue capaz de tirarlas y tampoco de abrirlas. Las trasladamos de una casa a otra como se trasladan ciertas vergüenzas familiares: procurando no mirarlas demasiado.

Subo con la señora Hartley y un criado que protesta por el polvo.

Hay cuatro cofres y dos cajas de madera. Uno contiene libros de cuentas. Otro, correspondencia privada. El tercero, documentos de la empresa ordenados por años.

—Su padre archivaba mejor que lord Pembroke —dice la señora Hartley.

—No sé si Oliver agradecería la comparación.

—No hablaba del joven.

Me arrodillo junto a la caja de mil ochocientos ocho. La mañana desaparece entre papeles.

Encuentro facturas que ya he visto copiadas en Pembroke House. Cartas de Bale. Notas de proveedores. Una lista de cargamentos perdidos que mi padre marcó con signos de interrogación.

Y, cerca del mediodía, una carpeta atada con cinta descolorida. No tiene título. Dentro hay correspondencia que nunca llegó a archivarse con el resto. Leo tres cartas sin interés. La cuarta lleva el sello roto de Pembroke.

Me quedo inmóvil.

—¿Qué ocurre? —pregunta la señora Hartley.

No respondo. El papel no está escrito por Oliver, por supuesto. La letra pertenece a su padre. La fecha es de varias semanas después de la ejecución de la deuda. No es la orden que ya conocemos.

Es un borrador.

Lo sé porque hay frases tachadas, palabras añadidas en los márgenes y ninguna señal de que hubiera sido enviada. En la parte superior aparece escrito: «Para E. Everleigh. Entregar personalmente si acepta recibirme».

Empiezo a leer. Lord Pembroke no pide perdón. Eso habría sido demasiado fácil.

Dice que ha recibido información contradictoria sobre las pérdidas declaradas, que algunas cifras no coinciden con documentos independientes y que desea revisar con Elias Everleigh lo ocurrido antes de cerrar de forma definitiva las cuentas entre ambas familias.

Menciona a Bale. No lo acusa. Dice que «la intervención del señor Bale en varios intercambios requiere aclaración».

Y al final hay una frase incompleta:

«Si he actuado sobre una representación defectuosa de los hechos…».

La pluma se detiene ahí. No hay continuación.

—¿Imogen?

Le entrego el papel a la señora Hartley. Lo lee despacio.

—No se envió.

—No lo sé.

—Es un borrador.

—Podría haber una versión definitiva.

—Sí.

—O pudo escribirla y no mandarla.

—También.

—O pudo intentar verla con mi padre.

La señora Hartley me devuelve el documento.

—Eso debería preguntárselo a Elias.

Aprieto el papel.

—Si sabía que algo no encajaba…

—No convierte en correcta la decisión anterior.

—Lo sé.

—Y tampoco demuestra que quisiera reparar nada.

—Lo sé.

—Pero cambia algo.

Miro la letra del hombre al que he odiado durante años sin haberlo conocido.

—Sí.

Cambia que no era una estatua. Cambia que dudó. Cambia que quizá miró hacia atrás después de causar el daño. No basta. Pero ya no puedo seguir construyendo mi rabia con bloques perfectamente rectos.

Bajo a buscar a mi padre. No ha regresado. Espero media hora. Luego otra. A la una y cuarto decido que no puedo pasar el día esperando a que todos los hombres de mi vida estén disponibles al mismo tiempo.

—Voy a Pembroke House.

La señora Hartley levanta una ceja.

—¿Con el borrador?

—Con el borrador y la verdad.

—¿Toda?

—Toda.

—¿Incluido el cuaderno?

Miro hacia el escritorio del salón. El cuaderno sigue dentro.

—Sí.

—Entonces llévelo.

—No.

—¿No?

—Se lo contaré yo. No pienso entregarle una lista para que lea mis peores ideas sin contexto.

La señora Hartley considera la respuesta.

—Eso es razonable.

—Gracias.

—Y, dado su historial, me preocupa.

—Qué apoyo tan conmovedor.

Me cambio el vestido porque tengo polvo en las mangas y una mancha en la falda. Elijo uno gris perla, sencillo. No quiero parecer preparada para una conquista ni para una batalla.

Estoy preparada para ambas cosas de todas maneras. Antes de salir, vuelvo al escritorio. Abro el cuaderno. Leo las primeras páginas.

Acércate a tu enemigo.

Descubre qué desea.

Hazte imprescindible.

Déjalo en ridículo.

Tócale el bolsillo.

Haz que pierda la cabeza.

Encuentra su escándalo.

Golpea donde más le duela.

Y ahora:

No te enamores.

Paso el dedo por las palabras. Nunca pretendí que el cuaderno fuera una confesión. Era un lugar donde convertir mi rabia en un juego para que pareciera menos fea. Eso no la hizo menos fea. Solo más ordenada. Arranco la última página.

No la de las lecciones. Una hoja en blanco.

Escribo:

«Oliver: lo que empezó como una venganza dejó de serlo mucho antes de que yo tuviera valor para admitirlo. Si después de escucharme no quiere volver a verme, lo entenderé. Pero no voy a dejar que descubra por otra persona quién fui cuando me acerqué a usted».

Me detengo.

La palabra «usted» me parece de pronto una distancia enorme para alguien a quien he besado. No la tacho. Todavía no me he ganado el derecho a acortarla.

No llevo la nota. La dejo dentro del cuaderno. Porque pienso volver a casa después de hablar con él y decidir qué hacer con esas páginas. Una hora más tarde, el carruaje se detiene frente a Pembroke House. No siento miedo hasta que el lacayo abre la puerta.

Entonces lo siento todo. El mayordomo me informa de que lord Pembroke está en la biblioteca y que ha pedido no ser molestado.

—Dígale que soy yo.

El hombre duda un segundo.

—Sí, señorita Everleigh.

Mientras espero en el vestíbulo, saco del bolso el borrador de su padre. Lo aprieto entre los dedos. No sé si Oliver me perdonará. No sé si debería. Pero por primera vez desde que empecé este absurdo plan, voy a entrar en una habitación sin intentar controlar el resultado.

Eso tendría que ser un alivio. No lo es.