CAPÍTULO 16Algo deja de ser divertido
Algo deja de ser divertido
Oliver
A las nueve de la mañana tengo tres versiones distintas de mi ruina, dos cartas de hombres que desean asegurarme que nunca han creído los rumores y una invitación a cenar de una mujer que jamás me había invitado antes.
Esto último es, con diferencia, lo más inquietante.
—Cuando una anfitriona descubre que quizá uno está arruinado, puede sentir curiosidad —dice Wetherby desde el otro lado de mi escritorio.
—Qué reconfortante.
—También puede estar buscando un marido barato para una sobrina difícil.
Levanto la vista.
—Gracias. Había empezado a sentirme demasiado optimista.
Wetherby no sonríe. Lleva una hora colocando sobre mi mesa cartas, notas, informes y la clase de noticias que se reproducen con mayor rapidez cuanto menos fundamento tienen.
La operación con Colebrook se ha perdido. Eso es real. Dos hombres que estaban considerando participar en otra inversión han pedido tiempo. También real.
Un proveedor ha solicitado garantías adicionales porque alguien le ha dicho que los Pembroke están vendiendo propiedades para cubrir deudas antiguas. Falso.
Y, según una nota que un conocido ha tenido la amabilidad de enviarme, hay quien asegura que mi padre obtuvo parte de nuestro patrimonio mediante operaciones fraudulentas.
Eso no sé todavía qué es. La distinción resulta importante.
—Granger empezó a hablar después de la reunión de lady Mercer —dice Wetherby—. No parece haber inventado la primera información. La recibió allí.
—De Imogen.
—De la señorita Everleigh.
No me gusta que mi abogado corrija mis nombres cuando estoy enfadado.
—Ya ha admitido que habló con él.
—Sí. Y por lo que hemos averiguado, habló de un único almacén, de Bale y de una duda concreta sobre la operación de su familia.
—Eso basta para que Granger construya una catedral con tres ladrillos.
—Exacto.
Me levanto y voy hasta la ventana. La mañana londinense parece decidida a contribuir al ánimo general: cielo gris, una llovizna fina y dos caballos que han elegido detenerse frente a mi casa como si también esperaran noticias sobre mi solvencia.
Ayer quería estar furioso con Imogen. Hoy lo estoy.
El problema es que la furia se ha vuelto más incómoda al dormir sobre ella.
Porque junto al daño que ha causado existe un hecho que no desaparece por mucho que me moleste: no dijo que yo estuviera arruinado.
No habló de otras propiedades. No puso en boca de nadie las exageraciones que ahora circulan.
Sembró una duda sabiendo que podía crecer. Eso basta. Pero no es lo mismo que incendiar Londres y disfrutar del humo.
—Hay otra cosa —dice Wetherby.
Me vuelvo.
—Por supuesto.
—La información sobre las garantías del almacén y la antigua intervención de Bale no era pública.
—Lo sé.
—La conocíamos usted, yo, la señorita Everleigh, el señor Everleigh, quizá la señora Hartley y, desde ayer, lord y lady Whitmore.
—Lucian no ha hablado.
—No lo sugería.
—Arabella podría hablar si la ataran a una silla y le prohibieran hacerlo, pero no perjudicaría a Lucian por diversión.
—Tampoco lo sugería.
—Entonces queda Imogen.
Wetherby me observa con esa paciencia que utiliza cuando espera que yo llegue solo a una conclusión desagradable.
—Queda la señorita Everleigh como origen de una parte. No de todas.
—Qué alivio tan pequeño.
—Los pequeños son los únicos que suelen ser ciertos.
No respondo.
Sobre el escritorio está la carpeta que traje de Whitmore House. Las notas de Thomas Hart. Las fechas que vinculan a Bale con las cuentas de Everleigh. La posibilidad, todavía sin demostrar, de que mi padre actuara a partir de información manipulada.
Ayer habría corrido a enseñárselo. Hoy no sé si quiero verla. Eso me irrita aún más.
—Necesito saber quién convirtió la duda sobre Wapping en una historia sobre todo el patrimonio —digo.
—Estoy en ello.
—Y quién sabía que Colebrook estaba negociando conmigo.
—Más gente.
—Magnífico.
Wetherby recoge una nota.
—Podría emitir un comunicado.
—¿Para negar que estoy arruinado?
—Sí.
—Lo que hará pensar a todo Londres que lo estoy.
—También.
—¿Por qué le pago?
—Porque a veces le impido hacer exactamente lo que está a punto de hacer.
—¿Y qué estoy a punto de hacer?
—Ir a casa de la señorita Everleigh.
Lo miro.
—No pensaba hacerlo.
—Entonces me retiraré satisfecho de que mi trabajo haya terminado antes del almuerzo.
Sale con la carpeta bajo el brazo y la insolencia intacta. Tardo doce minutos en pedir el carruaje.
La señora Hartley me recibe en el salón de los Everleigh con una expresión que sugiere que me esperaba y que preferiría haber perdido la apuesta.
—Lord Pembroke.
—Señora Hartley.
—Imogen está con su padre.
—Puedo esperar.
—Eso sería sensato.
—No lo diga con tanta sorpresa.
Ella suspira y señala una butaca.
—Té.
—No, gracias.
—No era una pregunta.
Empiezo a comprender de dónde ha aprendido Imogen algunas cosas.
El salón es modesto, pero conserva rastros de una vida anterior más holgada: una mesa demasiado buena para la alfombra, un retrato de familia con un marco que ha sido reparado, porcelana de calidad mezclada con piezas corrientes. Nada está descuidado. Todo está estirado hasta durar un año más.
Pienso en Imogen convirtiendo un vestido en tres. No ayuda. La puerta se abre. Ella entra. Se detiene al verme.
No lleva vestido de visita ni el cabello preparado para salir. Un mechón oscuro se le ha soltado junto a la sien. Parece cansada.
—Oliver.
La señora Hartley coge la bandeja de té.
—Voy a comprobar si el agua caliente puede resolver lo que ustedes no.
—No creo que pueda —dice Imogen.
—Entonces al menos servirá para mí.
Nos deja solos. Imogen permanece cerca de la puerta.
—¿Ha averiguado algo?
No pregunta qué hago allí. Eso me dice que sabe exactamente por qué he venido.
—Sí.
—¿Sobre Bale?
—Sobre el rumor.
Su boca se tensa. Me levanto.
—Granger empezó a repetirlo después de hablar con usted.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabe?
—La señora Hartley ha oído esta mañana que él se atribuye el mérito de haber advertido a media ciudad.
—Eso suena a Granger.
—No le dije que estuviera arruinado.
—Lo sé.
Parpadea.
—¿Lo sabe?
—Wetherby ha hablado con dos personas que estaban allí. Usted habló del almacén, de Bale y de la posibilidad de que la operación antigua fuera injusta.
—Sí.
—No de mis otras propiedades.
—No.
—No de deudas actuales.
—No.
—Ni de títulos fraudulentos.
—No.
Asiento. Imogen parece esperar algo más.
—Pero sabía lo que estaba haciendo —añado.
La esperanza que no quería reconocer desaparece de su cara.
—Quería que Colebrook se retirara.
—Sí.
—Quería que la gente dudara de la venta.
—Sí.
—Y utilizó información que obtuvo porque le permití entrar en mis archivos.
—La información afectaba a mi familia.
—También a la mía.
—Su familia salió beneficiada de aquello.
—Mi familia heredó un problema que yo estoy intentando entender.
—Y la mía heredó las consecuencias.
—No estamos hablando de hace doce años.
—Para mí sí.
Ahí está. El punto en el que dejamos de discutir sobre Granger y empezamos a discutir sobre nosotros. Me acerco un paso.
—¿Cuánto tiempo piensa seguir utilizándolo como respuesta para todo?
—¿Perdón?
—Hace doce años ocurrió algo terrible para su familia. No estoy minimizándolo. No estoy diciendo que mi padre actuara bien. Pero cada vez que usted decide hacer algo ahora, justifica la decisión con lo que ocurrió entonces.
—Porque todo empezó entonces.
—No. Lo que hizo con Granger empezó hace dos días.
Sus mejillas se encienden.
—No necesitaba su permiso para hablar de un asunto que afectó a mi padre.
—No. Necesitaba confiar en mí lo suficiente para no intentar manejarme desde fuera.
La frase sale antes de que pueda suavizarla. Imogen se queda quieta.
—Confiar en usted.
—Sí.
—Eso es muy fácil de pedir cuando nunca ha tenido que confiar en un Pembroke.
—Y empieza a ser muy difícil ofrecerlo cuando cada vez que se lo doy, usted encuentra una manera de utilizarlo contra mí.
Silencio. Lo noto nada más decirlo. La herida. No en ella solamente. En mí.
Porque es verdad y porque preferiría que no lo fuera. Imogen desvía la vista.
—Le di mi palabra de que no había difundido esas exageraciones.
—Y la creo.
Me mira de nuevo.
—¿Entonces qué quiere de mí?
La pregunta me toma desprevenido. Podría pedir una disculpa. Ya la tengo. Podría exigir que se mantenga al margen. No lo hará.
Podría decirle que deje de buscar la verdad sobre su familia. Eso me convertiría en un hipócrita.
—Quiero saber dónde termina esto —digo.
—No entiendo.
—¿Qué más piensa hacer?
No contesta.
—¿Hay algo más preparado? —pregunto—. ¿Algún otro hombre al que haya hablado? ¿Alguna carta enviada? ¿Otra pequeña trampa que deba descubrir cuando ya haya producido efecto?
Su rostro se queda sin color. Eso es una respuesta. No sé cuál, pero es una.
—Imogen.
—No.
—¿No qué?
—No hay nada más en marcha.
—No es lo que he preguntado.
Aprieta los labios.
—No voy a seguir con esto.
—¿Con qué exactamente?
Sus ojos chocan con los míos. Durante un segundo creo que va a decírmelo. Todo. Lo veo en la forma en que inspira. En cómo baja una mano hasta el bolsillo de su falda, donde quizá guarda el maldito cuaderno del que sospecho sin conocerlo.
Pero la puerta se abre y Elias Everleigh entra en el salón. Se detiene al vernos.
—Lord Pembroke.
Imogen retira la mano. La oportunidad desaparece.
—Señor Everleigh.
Elias me observa con cautela.
No tiene nada del hombre airado que he imaginado a partir de las historias de Imogen. Parece cansado. Orgulloso. Incómodo en su propia casa ante el hijo del hombre al que culpa de haber perdido la anterior.
—Lamento los rumores —dice.
—No son culpa suya.
Mira a su hija.
—No he dicho eso.
Imogen se pone rígida.
—Padre.
—No ahora.
La tensión entre ellos es demasiado privada. Cojo el sombrero que he dejado sobre la mesa.
—No he venido a discutir con el señor Everleigh.
—¿Entonces a qué ha venido? —pregunta él.
Miro a Imogen.
—A descubrir si su hija y yo seguimos trabajando juntos o uno contra el otro.
Elias no responde. Ella sí.
—No voy a volver a perjudicarlo.
No dice que vaya a ayudarme. No dice que confíe en mí. Solo eso. Y, contra todo criterio, le creo.
—Bien.
Me dirijo a la puerta.
—Oliver.
Me vuelvo. Imogen ha dado un paso hacia mí.
—La nota sobre Thomas Hart…
—Se la enseñaré.
—¿Cuándo?
Miro a Elias. Después a ella.
—Cuando podamos sentarnos delante de los mismos papeles sin preguntarnos quién piensa utilizarlos contra quién.
No es una frase amable. Tampoco cruel. Es lo único que tengo. Salgo de la casa con una certeza desagradable: el asunto ha dejado de ser divertido hace tiempo. Lo peor es que ella también.