Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 15Lección ocho golpea donde más le duela
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CAPÍTULO 15Lección ocho golpea donde más le duela

Lección ocho: golpea donde más le duela

Imogen

La lección número ocho parecía mejor cuando solo era tinta.

Golpea donde más le duela.

La escribí semanas atrás, cuando Oliver Pembroke era un apellido, una sonrisa insolente y la representación perfecta de todo lo que mi familia había perdido.

Entonces «doler» era una palabra abstracta. Una reputación menos brillante. Un negocio que no saliera como esperaba. Una pequeña humillación para un hombre que, desde mi perspectiva, había heredado comodidad de la ruina ajena. Ahora sé cómo frunce el ceño cuando algo le preocupa de verdad.

Sé que odia el té demasiado fuerte. Sé que cuenta mis sonrisas. Sé cómo besa. Eso vuelve la lección ocho mucho menos elegante. Y, sin embargo, la pongo en práctica.

No del modo que había imaginado. No quiero destruirlo. Me repito esa frase varias veces mientras la señora Hartley y yo descendemos del carruaje frente a casa de lady Mercer. Solo quiero detener la venta. Eso es distinto.

La reunión de lady Mercer no tiene nada de formal.

Una docena de personas toman chocolate y hablan de asuntos que no deberían interesarles con una dedicación admirable.

Entre ellas está el señor Granger, socio ocasional de Colebrook y hombre incapaz de escuchar un dato sin imaginar inmediatamente tres consecuencias.

Lo sé porque él mismo me ha contado dos de ellas en menos de diez minutos.

—Pembroke debería cerrar la operación antes de que alguien vuelva a hacer preguntas —dice, bajando la voz con aire confidencial—. Estas cosas crecen cuando se les da tiempo.

Podría callarme. Debería hacerlo. La nota de Oliver aún no ha llegado a mis manos; salimos antes de que su mensajero aparezca en casa.

Yo solo sé que Colebrook ha detenido la compra, que el almacén perteneció a mi padre y que existe una orden firmada por el viejo lord Pembroke.

También sé que Bale quizá mintió. Pero todavía no sé cuánto.

—Tal vez las preguntas deban crecer —digo.

Granger me mira.

—¿Perdón?

—Si el título del almacén procede de una operación injusta, quizá no baste con esperar unos días y seguir como si nada.

—¿Injusta?

—He dicho quizá.

—¿Tiene usted información?

Aquí está la oportunidad de retroceder. No la aprovecho.

—Mi familia fue la propietaria anterior.

Su interés se afila.

—No lo sabía.

—Poca gente lo sabe.

—¿Y sostiene que hubo irregularidades?

—Sostengo que Edmund Bale participó en las cuentas y que ahora sabemos que manipuló otras operaciones.

Todo lo que digo es cierto. Ese será mi consuelo después. En ese momento me parece suficiente.

—Entonces Pembroke podría tener problemas con más activos de la época —dice Granger.

—No he dicho eso.

—Pero si Bale intervino en otros…

—Señor Granger, estoy hablando de un almacén concreto.

—Naturalmente.

La palabra debería tranquilizarme. No lo hace. La señora Hartley aparece a mi lado poco después.

—Nos vamos.

—Acabamos de llegar.

—Precisamente por eso podemos irnos antes de que haga algo peor.

La miro.

—¿Ha oído?

—He visto la cara del señor Granger. Es la de un hombre al que acaban de regalar una noticia.

—No le he dicho nada falso.

—Las verdades mal colocadas pueden causar más daño que las mentiras.

—Solo quiero que Colebrook no compre hasta que sepamos qué ocurrió.

—Entonces debería hablar con lord Pembroke.

—Ya hablé con él.

—No. Usted lo puso a prueba. Es distinto.

Me irrita porque tiene razón. Regresamos a casa. La nota de Oliver me espera en una bandeja del vestíbulo. Reconozco la letra y siento un vuelco absurdo. La abro allí mismo.

«He encontrado algo relacionado con Thomas Hart y las cuentas de Bale. Creo que debe verlo antes de hacer nada más respecto al almacén.»

Me quedo inmóvil. Antes de hacer nada más. Llego tarde.

—¿Qué ocurre? —pregunta la señora Hartley.

Le entrego la nota. La lee. No dice «se lo advertí». Lo cual resulta mucho peor.

—Voy a verlo —digo.

—Ahora no.

—¿Por qué?

—Porque está enfadada consigo misma y convertirá la conversación en otra pelea.

—Necesito saber qué ha encontrado.

—Y él necesita saber qué ha hecho usted.

Guardo la nota en el bolso.

—No he hecho nada irreparable.

La señora Hartley me observa.

—Esperemos.

A la mañana siguiente descubro que la esperanza dura menos que los rumores. Mi padre recibe la noticia antes que yo. Estoy desayunando cuando entra en el comedor con un periódico doblado en la mano.

Elias Everleigh ha envejecido más en los últimos doce años de lo que permiten doce años normales. No es un hombre frágil, pero la derrota le dejó una costumbre de encorvar un poco los hombros cuando habla de dinero, como si aún esperara un golpe.

—¿Tienes algo que ver con esto? —pregunta.

Deja el periódico sobre la mesa. No hay un artículo sobre Oliver. Sería demasiado sencillo.

Hay una breve nota en una columna comercial: una operación vinculada a intereses de Pembroke se ha detenido «ante dudas relativas a antiguas transacciones».

Nada más.

—Sí —digo.

Mi padre me mira.

—¿Qué has hecho?

La pregunta me ofende. Después recuerdo el señor Granger.

—Nada que no debiera haberse hecho hace años.

—Imogen.

—El almacén era nuestro.

—Lo sé.

—Bale pudo manipular las cuentas.

—Eso dices desde que empezaste a revisar los papeles.

—Ahora tenemos indicios.

—¿Y Pembroke?

No sé si pregunta por Oliver o por su padre.

—Está investigando.

Mi padre se sienta frente a mí.

—Entonces deja que investigue.

Lo miro sorprendida.

—Pensaba que querías justicia.

—La quiero.

—Pues esto puede obligarlos a mirar.

—¿A quién estás obligando? ¿Al hombre muerto o al hijo?

No contesto. Mi padre desvía la vista.

—No te crié para que heredases mi rencor.

—No. Solo me criaste dentro de él.

La crueldad de la frase llega antes que el arrepentimiento. Elias palidece.

—Padre…

—No.

Se levanta.

—Tienes razón en eso.

Sale. Me quedo sola con el café enfriándose y una sensación desagradable que ya no puedo llamar satisfacción.

A media mañana llega otra noticia. Colebrook se retira de la compra.

A mediodía, una amiga de la señora Hartley comenta que se dice que Pembroke necesita vender propiedades para cubrir pérdidas antiguas.

Eso es falso. A las dos, alguien asegura que varios títulos de propiedad de la familia podrían ser impugnados. También falso. A las tres, la señora Hartley entra en mi habitación sin llamar.

—Vístase.

—¿Para qué?

—Vamos a Pembroke House.

—No creo que quiera verme.

—Eso dejó de ser lo importante hace varias horas.

El trayecto parece más corto de lo habitual.

Cuando llegamos, el vestíbulo está lleno de una actividad extraña. No caos; Pembroke House probablemente se negaría a producir caos aunque ardiera. Pero hay dos mensajeros, el mayordomo habla con un hombre que reconozco como secretario de Oliver y un criado cruza con una carpeta bajo el brazo.

—Lord Pembroke está ocupado —dice el mayordomo.

—Esperaremos —responde la señora Hartley.

Nos hacen pasar a un salón pequeño. La puerta que comunica con el corredor queda entreabierta. No intento escuchar. Eso también me digo. La voz de Oliver llega desde el despacho contiguo.

—No, Harcourt. No suspenda los pagos.

Otra voz masculina responde algo que no distingo.

—He dicho que no. Si Colebrook se retira, encontraremos otra solución.

Pausa.

—Las reparaciones de las viviendas siguen adelante.

Otra respuesta.

—Entonces retrasaremos mis obras en Pembroke House. No voy a dejar a seis familias con los tejados abiertos porque alguien en Londres haya decidido que estoy en bancarrota.

Se me cierra el estómago. La señora Hartley no me mira. Yo tampoco a ella. La conversación continúa.

—Y hable con los comerciantes de Wapping. Quiero que sepan que los contratos de arrendamiento siguen vigentes. Nadie pierde su puesto porque una venta se haya caído.

Silencio.

—Sí. Ya sé lo que se dice.

La voz de Oliver ha perdido por completo la ligereza que suele acompañarla. No está derrotado. Está cansado. Eso resulta peor. La puerta del despacho se abre.

Un hombre de unos cincuenta años sale con varios papeles y se detiene al vernos. Hace una inclinación breve y continúa hacia el vestíbulo. Oliver aparece detrás. Me ve. Se queda quieto. No sonríe.

Es la primera vez desde que lo conozco que no intenta suavizar mi presencia con una broma.

—Señora Hartley. Señorita Everleigh.

—Lord Pembroke —responde ella.

Yo me pongo en pie.

—He recibido su nota.

—Ya lo imaginaba.

—Quería venir antes.

—Pero estaba ocupada.

La frase es neutra. Demasiado.

—Oliver…

Sus ojos cambian al oír su nombre.

—¿Ha hablado con el señor Granger?

La pregunta me atraviesa. La señora Hartley exhala despacio. Podría mentir. No lo hago.

—Sí.

Oliver asiente una sola vez.

—Entiendo.

—No le dije que estuviera arruinado.

—No he dicho que lo hiciera.

—Ni que otras propiedades estuvieran afectadas.

—Tampoco he dicho eso.

—Hablé del almacén.

—Imogen.

No eleva la voz. No necesita hacerlo.

—Lo sé.

Dos palabras. Me dejan sin defensa.

—Yo solo quería impedir que se vendiera antes de aclarar lo ocurrido.

—La venta ya estaba parada.

—Colebrook podía volver.

—Y yo le dije que no vendería hasta saber si debía hacerlo.

La vergüenza me sube hasta el rostro.

—No confiaba en que…

Me callo. Porque esa frase ya no funciona. No después del documento que me entregó. No después de verlo detener por sí mismo la operación. No después de la nota que llegó a mi casa mientras yo sembraba otra duda.

Oliver se pasa una mano por el cabello.

—Tengo que volver al despacho.

—Quiero ver lo que encontró sobre Thomas Hart.

—Se lo enseñaré.

—¿Ahora?

—No.

La respuesta duele.

—¿Por qué?

Por fin aparece algo de emoción en su cara.

—Porque ahora mismo no sé si quiero poner otro dato en sus manos y esperar a descubrir mañana dónde aparece.

La frase cae limpia. Merecida. La señora Hartley baja la vista. Yo aprieto los dedos hasta que las uñas se clavan en la palma.

—No pretendía hacerle daño.

Oliver se ríe una vez, sin humor.

—Es una frase peculiar viniendo de una mujer que escribió un plan para arruinarme.

El corazón se me detiene. Durante un segundo creo que sabe lo del cuaderno. Pero no puede. No todavía. Debe de referirse a lo evidente. A mis intenciones. A todo lo que ya ha deducido.

—No sabe lo que pretende saber —digo.

—Entonces explíquemelo.

No puedo. No aquí. No con la lección ocho convertida en personas, contratos y tejados que no tienen nada que ver con mi padre. Oliver espera. Mi silencio responde por mí.

Su expresión se cierra.

—Eso pensaba.

Se vuelve hacia la señora Hartley.

—Discúlpeme. Tengo asuntos que resolver.

—Por supuesto.

Nos acompaña hasta la puerta del salón. Antes de salir, me vuelvo.

—Oliver.

Se detiene.

—Lo siento.

No dice que no importa. No dice que me perdona. Solo inclina la cabeza.

—Yo también.

No sé qué significa. Eso me acompaña hasta casa. Esa noche abro el cuaderno. Lección número ocho: golpea donde más le duela. La tinta parece acusarme.

Cojo la pluma. Durante mucho tiempo no escribo nada. Finalmente trazo una línea sobre toda la frase.

Debajo pongo:

«Funcionó».

La palabra me da náuseas. La tacho también. Y escribo la única verdad que me queda.

«Esto ya no tiene ninguna gracia».