CAPÍTULO 14Thomas Hart
Thomas Hart
Oliver
Lucian me recibe con una copa en la mano y la expresión resignada de un hombre que se ha casado con una catástrofe voluntaria y empieza a sospechar que le gusta.
—No —dice antes de que yo abra la boca.
—Buenos días para ti también.
—No voy a ayudarte a ocultar un cadáver.
—Qué decepción. Había contado con tu experiencia.
—No tengo experiencia.
Desde el sofá, Arabella levanta la cabeza del catálogo de telas que está examinando.
—Yo sí conozco sitios.
Lucian cierra los ojos.
—Cariño.
—¿Qué? Londres está lleno de callejones.
—No estamos hablando de cadáveres.
—Aún —digo.
Lucian señala una silla.
—Siéntate antes de que me arrepienta de haberte abierto la puerta.
Whitmore House ha cambiado desde que Arabella vive aquí. No sabría explicar exactamente cómo. Los muebles siguen siendo caros, los criados siguen moviéndose con la precisión de una pequeña milicia y Lucian sigue poniendo cara de conde ofendido cuando alguien deja una taza donde no corresponde.
Pero hay más ruido. Más flores. Y un alfiler de sombrero sobre una mesa en la que estoy bastante seguro de que antes solo podían reposar documentos de Estado. Me siento.
—Necesito ver los papeles de Thomas Hart.
Arabella deja el catálogo. La broma desaparece de su cara.
—¿Por qué?
—Everleigh.
Eso basta. Lucian va hasta un escritorio lateral y saca una carpeta.
—Traje copias a Londres cuando cerramos el asunto de Bale. Los originales más delicados están guardados.
—¿Bale aparece relacionado con los Everleigh?
—Sabes que sí.
—Más de lo que creíamos.
Les cuento lo que Imogen y yo hemos encontrado: la carta de Elias Everleigh proponiendo un plazo, el informe de Bale diciendo al día siguiente que Everleigh se negaba a negociar, las comunicaciones que pasan siempre por sus manos.
Lucian no interrumpe. Arabella sí.
—Ese hombre tenía una afición enfermiza por estar entre dos personas que necesitaban hablarse directamente.
—Era su negocio —dice Lucian.
—También era muy conveniente para robarles.
—Eso también.
Abre la carpeta.
—Thomas trabajaba con cuentas de varias operaciones relacionadas con los almacenes y transportes de la familia. Encontró irregularidades en facturas que Bale había presentado o validado.
—¿Del mismo año?
—Aproximadamente.
Lucian empieza a colocar copias sobre la mesa.
Hay anotaciones de Thomas Hart en los márgenes, columnas de cifras y referencias a pagos que, para mí, tienen la capacidad de volver cualquier conversación menos atractiva.
Arabella se inclina sobre mi hombro.
—Esa —dice.
Señala una nota escrita con letra estrecha.
«Revisar con E. B. Duplicidad en porte de marzo».
Más abajo:
«El señor Bale insiste en que la cifra ha sido comprobada».
Lucian saca otra hoja.
—Y aquí.
Es una relación de mercancías vinculadas a varios almacenes. Uno de los nombres me hace acercarme. Everleigh y Compañía.
—¿Thomas revisó sus cuentas?
—No directamente. Al parecer, una parte de la operación pasaba por las mismas rutas y agentes.
—¿Y Bale?
—Bale supervisaba la información que llegaba a mi familia y, en algunos casos, a terceros.
Arabella cruza los brazos.
—Mi padre empezó a sospechar que algunas pérdidas no eran reales o estaban infladas. Por eso Bale necesitaba desacreditarlo.
Miro las fechas. Marzo. Abril. El mismo periodo en que Elias Everleigh intentaba renegociar.
—Si Bale estaba cubriendo agujeros en unas cuentas con dinero o garantías de otras operaciones…
Lucian levanta una mano.
—No sabemos que hiciera exactamente eso.
—Te has vuelto insoportable desde que tienes razón de vez en cuando.
—Aprendí de ti.
Arabella sonríe.
—Está diciendo que no inventes el mecanismo antes de probarlo.
—Gracias, señora condesa.
—De nada, lord desesperado.
Vuelvo a los documentos. No necesitamos saber todavía cada paso. Lo importante está delante de nosotros. Thomas Hart detectó cifras dudosas. Bale las defendió.
En las mismas semanas, Bale proporcionó a mi padre los informes que justificaron actuar contra Everleigh. Y, según la carta que encontró Imogen, quizá ocultó un intento de negociación.
—¿Thomas menciona a Elias? —pregunto.
Arabella busca entre las copias.
—No por nombre, creo.
Lucian toma otra hoja.
—Aquí hay una referencia a «E. & Co.».
—Eso podría ser cualquiera.
—Sí.
—Otra pregunta.
—Te acostumbrarás.
Me recuesto en la silla. Quiero sentir alivio. Si Bale manipuló la información, mi padre quizá no fue el hombre que Imogen cree. Pero la orden sigue existiendo. La firmó él.
—Aunque Bale mintiera —digo— mi padre actuó deprisa.
Lucian asiente.
—Sí.
—Podría haber hablado con Everleigh directamente.
—Sí.
—Podría haber comprobado las cifras.
—Sí.
Arabella me mira.
—¿Quieres que te digamos que no tuvo culpa de nada?
—No.
—Bien, porque sería una estupidez.
Lucian le lanza una mirada.
—Podrías envolver un poco las cosas.
—Tú lo haces y luego tardamos el doble.
Me río pese a mí mismo. Arabella se encoge de hombros.
—Su padre pudo ser engañado y tomar una decisión equivocada. Las dos cosas caben en la misma persona.
La frase queda flotando. Pienso en Imogen. En lo mucho que necesita que el mundo se divida entre culpables e inocentes. Pienso también en mí. Tal vez no sea una necesidad exclusivamente suya.
—Quiero llevarle estas copias.
Lucian asiente.
—Hazlo.
—¿Sin discurso sobre confidencialidad?
—Si quisiera dar discursos inútiles, tendría hijos.
Arabella arquea una ceja.
—Qué comentario tan valiente.
Lucian palidece apenas.
—He dicho hipotéticamente.
—Ajá.
Me levanto antes de presenciar el resto. Guardo las copias en una carpeta. Arabella me acompaña hasta la puerta del salón.
—Oliver.
Me vuelvo. Su tono ha cambiado.
—¿Sí?
—¿La señorita Everleigh sabe ya que te gusta?
—No sé de qué hablas.
—Entonces no.
—¿Lucian te ha enseñado a ser insufrible?
—No. Ya era así antes.
—Lo sospechaba.
Me dispongo a salir.
—Y otra cosa —añade.
—Temía que hubiera otra.
—No intentes demostrarle que su padre se equivocó solo para que te quiera.
La miro. Arabella ya no sonríe.
—Averigua la verdad aunque no te favorezca.
—Eso estoy haciendo.
—Bien.
—¿Algún consejo más?
—Sí. Si vuelves a besarla, procura no hacerlo cerca de una puerta.
Me quedo inmóvil.
—¿Quién te ha dicho…?
—Nadie.
—Arabella.
—Tienes la misma cara que Lucian después del primer beso.
Desde el salón llega la voz de mi amigo.
—¡No tenía ninguna cara!
Arabella sonríe con toda la maldad del mundo.
—Claro que no, querido.
Salgo de Whitmore House antes de que mi dignidad sufra daños irreparables. Voy directamente a casa de Imogen. No está. La señora Hartley tampoco. El criado me informa de que han salido a hacer una visita y que no sabe a qué hora regresarán.
Dejo mi tarjeta. Después la recupero.
—No. Un momento.
El criado espera. Saco una hoja de mi cartera y escribo una nota breve.
«He encontrado algo relacionado con Thomas Hart y las cuentas de Bale. Creo que debe verlo antes de hacer nada más respecto al almacén. O. P.».
La doblo.
—Entréguesela en cuanto vuelva.
—Sí, milord.
En el carruaje de regreso tengo una sensación incómoda.
No sé si procede de los documentos, de la advertencia de Arabella o de la certeza de que Imogen ha pasado demasiado tiempo en silencio desde el retraso de Colebrook.
Al llegar a casa me espera Wetherby. Eso nunca es buena señal.
—Colebrook ha oído otro rumor —dice sin sentarse.
—¿Cuál?
—Que el problema no afecta solo al almacén de Wapping.
Se me enfría el estómago.
—¿Qué se dice?
—Que varias propiedades de los Pembroke podrían estar comprometidas por antiguas operaciones dudosas.
—Eso es falso.
—Lo sé.
—¿De dónde ha salido?
—Todavía no lo sé.
Miro la carpeta que acabo de traer de Whitmore House. Thomas Hart. Bale. Everleigh. La verdad está empezando a aparecer.
Y, al mismo tiempo, alguien acaba de convertir una duda concreta en un incendio mucho más grande. Pienso en la nota que he dejado para Imogen. Por primera vez deseo haber llegado a su casa media hora antes.