Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 13Lección siete encuentra el escándalo
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CAPÍTULO 13Lección siete encuentra el escándalo

Lección siete: encuentra el escándalo

Imogen

La prueba debería haber simplificado mi vida. Hace lo contrario.

Durante dos días la copia de la orden de lord Pembroke permanece doblada dentro de mi cuaderno, entre la lección seis y la siete, como si no supiera a cuál de las dos pertenece.

Mi padre tenía razón en una cosa: los Pembroke exigieron la deuda. Oliver tenía razón en otra: seguimos sin saber por qué. Y yo cometo el error de pensar demasiado en una tercera cuestión que no aparece en ningún documento. Oliver me entregó la prueba. Sin retrasarla.

Sin esconderla. Sin pedirme nada a cambio. Es una conducta pésima para un enemigo.

—Va a desgastar el papel de tanto mirarlo —dice la señora Hartley.

Estamos en el salón de mi casa. Ella cose junto a la ventana mientras yo tengo abierta sobre las rodillas una carpeta con copias de correspondencia.

—Estoy pensando.

—Eso también desgasta ciertas cosas.

—¿Cuáles?

—La paciencia de quienes viven cerca.

Ignoro el comentario. En la página abierta aparece el nombre de Edmund Bale por tercera vez en menos de veinte minutos. No es extraño que un agente figure en documentos comerciales. Eso me repito. Un agente informa. Un agente entrega cartas.

Un agente verifica cuentas. Un agente puede aparecer muchas veces sin ser un criminal. El problema es que Bale aparece demasiado bien colocado.

«Según el informe del señor Bale…».

«El señor Bale confirma…».

«La correspondencia fue remitida a través del señor Bale…».

«Aguardamos respuesta del señor Everleigh, que el señor Bale se ha comprometido a obtener…».

Paso una hoja. Otra vez. La señora Hartley levanta la vista.

—¿Ha encontrado algo?

—No.

—Entonces esa es otra de sus caras.

—¿Qué cara?

—La que pone cuando sí ha encontrado algo y no le gusta.

Cierro la carpeta.

—Bale trabajaba con ambos.

—Eso ya lo sabía.

—Sí, pero…

Me levanto y camino hasta la chimenea.

—Todo pasa por él.

—¿Todo?

—Casi todo. Los informes de impago que recibe Pembroke. Las respuestas de mi padre. Las cifras de mercancías. Los plazos. Incluso algunas cartas que, según las copias, Bale debía entregar personalmente.

—¿Y qué significa?

—Que estaba en medio.

—Eso suele ocurrir con los intermediarios.

—No me ayude tanto.

—Intento evitar que condene a un segundo hombre antes de desayunar.

Le dirijo una mirada severa. Ella no se inmuta.

—Necesito ver los originales —digo.

—Entonces tendrá que volver a casa de lord Pembroke.

No contesto. La señora Hartley sonríe sin bajar la aguja.

—Qué tragedia.

—No tiene gracia.

—No he dicho que la tuviera.

Tres horas después estoy en Pembroke House. Oliver no está en la biblioteca. Me decepciona. Eso me irrita.

El mayordomo me informa de que ha salido con su abogado y que ha dejado instrucciones para que pueda revisar las carpetas si la señora Hartley me acompaña.

Otra muestra de confianza que no he pedido y que empieza a resultar francamente ofensiva. Nos instalamos en la mesa grande. La señora Hartley abre una novela.

—¿No va a vigilarme?

—Estoy aquí, ¿no?

—Podría robar algo.

—No parece su estilo.

—No sabe cuál es mi estilo.

—Llevo conociéndola desde que intentaba esconder dulces en los bolsillos. Su estilo siempre ha sido hacer demasiado ruido para robar con eficacia.

—Gracias.

—De nada.

Busco los documentos de mil ochocientos ocho. Encuentro el primer informe de Bale. Después el segundo. Los coloco por fecha. Hay algo extraño.

Tardo varios minutos en verlo porque no es una contradicción enorme. Es una de esas pequeñas cosas que parecen irrelevantes hasta que una deja de mirarlas por separado.

En una carta del catorce de marzo, Bale informa a lord Pembroke de que mi padre no ha respondido a una petición urgente de pago.

En otra, fechada el dieciséis, dice que ha hablado con Elias Everleigh y que este «persiste en negar toda responsabilidad y rehúsa proponer solución».

Hasta ahí, nada imposible. Luego encuentro una copia de una carta de mi padre. Quince de marzo. Dirigida a Bale.

«Le ruego haga llegar a lord Pembroke mi propuesta de ampliar el plazo treinta días mientras se revisan las pérdidas declaradas».

Me quedo quieta. La leo otra vez. Mi padre no rehusó proponer una solución. Propuso una. A Bale.

El día antes de que Bale afirmara a Pembroke lo contrario.

—Señora Hartley.

Ella deja el libro.

—¿Sí?

—Venga.

Se acerca. Le muestro las fechas. No necesita conocimientos comerciales para entenderlo.

—Eso es feo —dice.

—Sí.

—¿Prueba algo?

—Prueba que Bale mintió sobre una conversación.

—¿Puede demostrar que recibió la carta?

La odio un poco por preguntar exactamente lo que preguntaría Oliver. Busco. La copia de mi padre lleva una anotación en la esquina inferior: «Entregada por J. Pike». Un criado. Un mensajero. Un empleado. No basta.

Podría haberse perdido. Podría no haber llegado. Podría haber sido escrita y nunca entregada.

—No —digo.

La señora Hartley asiente.

—Entonces es una pregunta mejor.

Me apoyo en la mesa. Una pregunta mejor. Estoy empezando a odiar las preguntas.

—¿Qué hace?

La voz de Oliver llega desde la puerta. Me giro con demasiada rapidez.

Ha entrado sin que lo oyera. Lleva el sombrero en una mano y unas gotas de lluvia en los hombros del abrigo. Su mirada va de mí a los papeles extendidos sobre la mesa.

—Trabajo —respondo.

—Creía que eso era asunto mío.

—Su participación no era imprescindible.

—Qué manera tan cruel de recibirme en mi propia casa.

La señora Hartley recoge su novela.

—Voy a pedir té.

—Empiezo a sospechar que utiliza el té para abandonarnos a propósito —dice Oliver.

—Empieza a sospechar tarde.

Sale. Oliver deja el sombrero y el abrigo sobre una silla. Me esfuerzo por no mirar su boca. Fracaso. Él lo nota.

Claro que lo nota.

—Cuatro —dice.

—¿Qué?

—Nada.

—No haga eso.

—¿El qué?

—Decir cosas que solo usted entiende.

—Pensaba que le gustaban los misterios.

—No cuando sonríen.

Se acerca a la mesa.

—¿Qué ha encontrado?

Le enseño las cartas. La diversión desaparece. Lee despacio.

—Mi padre recibió el informe de Bale el dieciséis.

—Sí.

—Y su padre propuso negociar el quince.

—A través de Bale.

Oliver vuelve a leer.

—Si Bale recibió la propuesta y no la entregó, mi padre actuó creyendo que Everleigh se negaba a negociar.

—Y el mío creyó que Pembroke había rechazado una propuesta que quizá nunca vio.

Nos miramos. El pensamiento es demasiado grande para decirlo deprisa.

—Necesitamos saber si Bale recibió esta carta —dice al fin.

—Lo sé.

—Y si hubo otras.

—Lo sé.

—Y…

—Lord Pembroke.

Se calla.

—Sé cómo funciona una investigación.

—No estaba seguro.

—¿Por qué?

—Porque su método habitual consiste en decidir primero quién es culpable y luego buscar documentos que colaboren.

Lo fulmino con la mirada.

—Y el suyo consiste en hacer bromas hasta que los problemas se cansan y se marchan.

—No ha funcionado con usted.

La respuesta me alcanza en un lugar inoportuno. Bajo la vista hacia los papeles. Oliver apoya las manos en el borde de la mesa, frente a mí.

—Imogen.

—No.

—Ni siquiera sabe qué iba a decir.

—Precisamente.

—Podría ser algo sobre las cartas.

—No lo es.

—Podría sorprenderla.

—Ya lo ha hecho bastante esta semana.

Se queda en silencio. Yo también. Finalmente señala los documentos.

—Bale aparece en todos.

—Sí.

—Eso no lo convierte automáticamente en culpable.

—No.

Me cuesta más decirlo de lo que debería. Oliver inclina la cabeza.

—Está aprendiendo.

—No abuse.

—Jamás.

La señora Hartley vuelve con el té antes de que yo haga algo estúpido, como sonreírle. Pasamos el resto de la tarde revisando fechas. Al terminar tenemos seis documentos en los que Bale actúa como único canal entre ambos hombres. Tres contradicciones menores. Una importante.

Ninguna prueba definitiva. Pero por primera vez el relato que he llevado conmigo doce años empieza a abrirse por las costuras. Esa noche saco el cuaderno. Lección número siete: encuentra el escándalo. La había escrito pensando en Oliver.

En una amante casada, una deuda vergonzosa, un negocio turbio, cualquier secreto capaz de ensuciar el apellido Pembroke.

Debajo añado:

«He encontrado uno».

Me detengo.

Luego escribo:

«El problema es que quizá no sea suyo».