CAPÍTULO 12La prueba
La prueba
Oliver
Descubro la prueba que Imogen lleva semanas buscando a las diez y doce de la mañana siguiente. Lo sé porque miro el reloj. También sé que llevo exactamente once horas y cuarenta minutos intentando no pensar en besarla otra vez. El fracaso en ambos asuntos es absoluto.
Estoy en el archivo pequeño que hay detrás de la biblioteca, rodeado de cajas que mi padre tuvo la mala costumbre de conservar sin orden y la excelente costumbre de no destruir. La combinación ha convertido mi vida en una sucesión de mañanas polvorientas.
Wetherby está sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y una expresión que ningún abogado permitiría ver a un cliente nuevo.
—Su padre archivaba como un borracho —dice.
—Mi padre apenas bebía.
—Entonces no tiene excusa.
Saco otro legajo.
—¿Qué buscamos exactamente?
—Algo que explique por qué decidió ejecutar la garantía de Everleigh y Compañía con tanta rapidez.
—Bale le informó del impago.
—Eso ya lo sabemos.
—Mi padre creyó el informe.
—Eso lo suponemos.
—Y usted quiere distinguir entre saber y suponer.
Wetherby me mira.
—Por eso me paga.
—Empiezo a pensar que le pago para arruinarme las frases.
—Servicio incluido.
Abro el legajo. Hay correspondencia con comerciantes, recibos de seguros, dos notas sobre un cargamento retrasado y una hoja doblada en cuatro. Reconozco la firma antes de leer el contenido. Pembroke. La letra de mi padre era grande, inclinada hacia la derecha y poco paciente.
Desdoblo el documento. No es una carta. Es una instrucción dirigida a su administrador y al abogado que entonces llevaba los asuntos de la familia. Leo una vez. Después otra.
Wetherby se incorpora.
—¿Qué ocurre?
Le entrego el papel. No necesita mucho tiempo.
—Ah.
—Sí.
El documento es breve.
Ordena exigir el pago completo de la deuda contraída por Elias Everleigh y, de no satisfacerse en el plazo fijado, ejecutar las garantías vinculadas a la operación, incluido el almacén de Wapping.
No hay duda. No hay una frase ambigua que podamos interpretar de tres maneras. No hay una nota al margen culpando a Bale. Mi padre dio la orden. Wetherby vuelve a leerlo.
—La fecha encaja.
—Lo sé.
—Dos días después del último informe de Bale.
—También lo sé.
—Podemos analizar qué información tenía cuando firmó.
—Pero firmó.
—Sí.
Me siento en una caja cerrada. Es extraño descubrir algo que ya temía y sentir, aun así, que el suelo cambia. Imogen ha repetido desde que apareció en mi vida que mi familia arruinó a la suya. Yo he insistido en que no conocíamos toda la historia. Sigo creyéndolo.
Pero esta parte sí la conocemos.
—Podría no enseñárselo todavía —dice Wetherby.
Levanto la cabeza.
—¿Perdón?
—No digo que deba ocultárselo. Digo que quizá convendría verificar antes el contexto.
—¿Para que duela menos?
—Para evitar conclusiones prematuras.
—Ella lleva doce años viviendo dentro de una conclusión prematura.
—Precisamente.
Doblo de nuevo el documento. Pienso en la terraza. En su mano cerrándose sobre mi solapa. En la manera en que se apartó al recordar, casi delante de mí, por qué había venido. Sería muy fácil esperar.
Un día. Dos. Hasta encontrar algo que suavice esto. Hasta después de besarla otra vez. La idea me repugna.
—Se lo enseñaré esta tarde.
Wetherby me estudia un momento.
—Bien.
—No parece sorprendido.
—Llevo años siendo su abogado. Conozco sus defectos.
—Qué alivio.
—La cobardía no está entre los principales.
Lo miro.
—¿Eso ha sido un cumplido?
—No se acostumbre.
A las cuatro, Imogen entra en la biblioteca acompañada por la señora Hartley. Si anoche ocurrió algo entre nosotros, no se nota en su aspecto. En el mío, espero que tampoco.
Ella lleva un vestido color crema con una cinta verde en la cintura. El cabello oscuro está recogido con una sencillez que no tiene nada de sencilla. Me saluda como si no hubiera tenido la boca sobre la mía unas horas antes.
—Lord Pembroke.
—Señorita Everleigh.
La señora Hartley mira de uno a otro.
—Esto va a ser agotador —murmura.
Imogen finge no oírla.
—¿Ha averiguado algo sobre Colebrook?
—No.
—Entonces supongo que seguimos revisando.
—He encontrado otra cosa.
Su expresión cambia. No pregunto si quiere sentarse. Lo hará si lo necesita. Saco el documento de la carpeta que he dejado sobre la mesa.
—Estaba entre los papeles de mi padre.
Imogen no lo toca.
—¿Qué es?
—Una instrucción a su abogado y a su administrador.
—¿Sobre qué?
—Sobre la deuda de su padre.
La señora Hartley deja de fingir interés por una estantería. Imogen extiende la mano. Le entrego el papel. Lee en silencio. No puedo observarla sin sentir que invado algo, así que miro la ventana.
La tarde está gris. Una carreta se detiene al otro lado de la calle. En algún punto de la casa, una puerta se cierra. Nada de eso debería importarme. Me concentro en cada ruido porque el silencio de Imogen pesa demasiado.
—Es su firma —dice al fin.
—Sí.
—Ordenó quedarse con el almacén.
—Ordenó ejecutar la garantía si la deuda no se pagaba.
—No intente vestirlo con palabras legales.
La miro.
—No lo intento.
—Pone su nombre.
—Lo sé.
—Pone la fecha.
—También lo sé.
Levanta la vista. Sus ojos brillan de rabia, pero no de triunfo. Eso me desconcierta.
—Esto es lo que yo decía.
—Sí.
La respuesta parece golpearla más que una discusión.
—¿Sí?
—Mi padre dio la orden. No voy a fingir que no lo hizo.
Aprieta el papel entre los dedos.
—Podría decir que lo engañaron.
—Podría haber ocurrido.
—Podría decir que Bale le mintió.
—También.
—Podría decir que no tuvo elección.
—Eso no sería cierto.
Se queda inmóvil. La señora Hartley se sienta despacio en una butaca. Yo apoyo las manos sobre el escritorio.
—Tuvo una elección. Quizá la tomó basándose en información falsa. Quizá creyó que su padre había incumplido. Quizá Bale manipuló lo suficiente para que todo pareciera claro. Pero la firma es suya.
Imogen vuelve a mirar el documento.
—He esperado años para ver algo así.
—Lo imagino.
—Pensaba que me sentiría…
No termina.
—¿Mejor?
Su boca se tensa.
—Algo.
—¿Y se siente mejor?
Me lanza una mirada que habría detenido a un hombre más sensato.
—No tiene derecho a preguntarme eso.
—Probablemente no.
—Su padre arruinó al mío.
—Mi padre tomó una decisión que contribuyó a arruinar al suyo. No sé todavía por qué.
—Siempre necesita una precisión.
—Y usted siempre necesita una sentencia.
La frase sale más dura de lo que pretendía. Imogen dobla el papel con cuidado y lo deja sobre la mesa.
—Porque las sentencias son más sencillas.
No esperaba que lo admitiera.
—Sí —digo.
—Y porque si él fue culpable, entonces todo encaja.
—Imogen…
—Mi padre perdió el negocio. Perdimos la casa. Mi madre pasó años fingiendo ante sus amigas que habíamos decidido mudarnos porque la casa era demasiado grande. Yo aprendí a convertir un vestido en tres porque no podíamos permitirnos uno nuevo. Y todo ese tiempo había un nombre al que podía culpar.
No la interrumpo.
—Pembroke —continúa—. Era fácil. Era limpio. Cada vez que algo salía mal, podía pensar que empezó allí.
Sus dedos rozan el documento.
—Y ahora encuentro esto.
—Que parece darle la razón.
—Sí.
—Pero no le basta.
Sus ojos suben hasta los míos.
—No.
Ahí está la verdad que ninguno de los dos quiere nombrar. No le basta porque me conoce. Porque anoche me besó. Porque llevo semanas entregándole cada papel que podría dejar mal a mi familia. Y porque odiar es mucho más cómodo cuando el enemigo no tiene rostro.
La señora Hartley se levanta.
—Voy a pedir té.
—No hace falta —dice Imogen.
—No era una pregunta.
Sale de la biblioteca y cierra la puerta. Nos quedamos solos. Debería sentarme al otro lado del escritorio. En vez de eso me apoyo en el borde, a poca distancia de ella.
—Anoche no cambia esto —dice Imogen.
—No.
—Ni esto cambia lo de anoche.
—No.
—Podría esforzarse en discrepar alguna vez.
—Lo hago a menudo. Usted suele enfadarse.
Una sombra de sonrisa aparece y desaparece.
—Fue un error.
—Eso dijo.
—¿Y usted?
La pregunta es sencilla. La respuesta no.
—Creo que besarla fue una mala idea.
Su expresión se cierra.
—Bien.
—Y creo que quiero volver a hacerlo.
La expresión se abre de golpe. No me acerco. No la toco. No sería justo hacerlo con el documento de mi padre entre nosotros.
—Eso no ayuda —murmura.
—No pretendía ayudar.
—¿Qué pretendía?
—No mentirle.
Silencio. Imogen baja la vista.
—Es usted muy inconveniente.
—Me lo han dicho.
—Sobre todo para alguien a quien intento odiar.
—También lo había notado.
La señora Hartley regresa con un lacayo y una bandeja. La conversación termina. Pero el documento permanece sobre la mesa.
Durante una hora seguimos trabajando. Imogen copia la fecha. Compara el informe de Bale con la orden de mi padre. Descubrimos que entre ambos papeles apenas hay cuarenta y ocho horas.
Demasiado poco para verificar gran cosa. No es una absolución. Es otra pregunta. Cuando se marcha, Imogen pide llevarse una copia del documento.
—Sí —respondo.
—¿Sin condiciones?
—¿Qué condición podría poner?
—Podría temer que lo utilizara contra usted.
La observo.
—¿Lo hará?
Tarda demasiado en contestar.
—No lo sé.
Asiento.
—Entonces lléveselo.
Ella frunce el ceño.
—No lo entiendo.
—Ya lo entenderá.
No estoy seguro de que sea verdad. Yo tampoco me entiendo del todo. Cuando la puerta se cierra, miro el espacio vacío donde estaba el documento. Podría haberlo guardado. Podría haber esperado.
Podría haber protegido el nombre de mi padre durante unos días más. En lugar de eso he puesto en manos de la mujer que llegó a mi casa para destruirme la mejor arma que ha encontrado hasta ahora. Y, de todas las cosas insensatas que he hecho por una mujer, esa es la que más me preocupa.