CAPÍTULO 11Lección seis haz que pierda la cabeza
Lección seis: haz que pierda la cabeza
Imogen
Hay decisiones que una toma porque son sensatas y decisiones que una toma porque, durante un instante de absoluta necedad, parecen brillantes.
La que estoy a punto de tomar pertenece a la segunda clase.
—No me gusta esa cara —dice la señora Hartley desde el otro lado del carruaje.
Miro mi reflejo en el cristal oscuro de la ventanilla.
No encuentro nada especialmente alarmante.
Llevo el cabello recogido, un vestido de seda azul noche que ha sobrevivido a tres temporadas gracias al talento de una modista barata y a mi capacidad para fingir que los bordados nuevos estaban allí desde el principio, y una expresión que considero bastante digna.
—¿Qué cara?
—La que pone antes de hacer algo que luego pretende justificar con palabras muy largas.
—No sabía que tuviera una.
—Tiene varias.
La señora Hartley acomoda los pliegues de su falda y añade, sin mirarme:
—La de esta noche se parece mucho a la que llevaba cuando consiguió que lord Pembroke acabara compitiendo en pareja con lady Prudence Calder en tiro con arco.
—Eso fue un accidente.
—Por supuesto.
—Y él perdió a propósito.
—Lo cual sigue molestándola.
—No me molesta.
—Naturalmente.
Me vuelvo hacia la ventanilla.
La casa de los Farringdon aparece al fondo de la calle, iluminada de arriba abajo como si dentro se hubiera declarado una guerra contra la penumbra.
Una fila de carruajes avanza hasta la entrada.
En la escalinata, lacayos con libreas verdes reciben a los invitados bajo una lluvia fina que convierte los adoquines en espejos.
Aprieto los dedos sobre el abanico. La lección número seis lleva escrita dos días en mi cuaderno.
Haz que pierda la cabeza.
No era, al principio, una invitación a seducirlo.
Mi intención era más elegante. Más estratégica. Descubrir una debilidad, empujarlo a cometer una imprudencia, conseguir que Oliver Pembroke hiciera algo impropio del hombre que todo Londres considera encantador, inofensivo y desesperantemente capaz de salir bien parado de cualquier situación.
El problema es que he descubierto su punto débil. Soy yo. O, al menos, empiezo a sospecharlo. Y si una pretende arruinar a un hombre, sería absurdo no utilizar el arma que tiene más a mano. Eso me digo mientras descendemos del carruaje.
También me digo que el beso que todavía no ha ocurrido no tiene ninguna relación con el asunto. Lo cual demuestra que la necedad ha empezado antes incluso de entrar en el salón.
Los Farringdon han reunido a media sociedad londinense.
La música llega desde el salón de baile y se mezcla con voces, risas y el chasquido de los abanicos.
Lady Farringdon me recibe con esa amabilidad medida que permite reconocer a una mujer como aceptable sin comprometerse a recordarla al día siguiente.
La señora Hartley y yo apenas hemos cruzado la primera sala cuando lo veo.
Oliver está junto a una columna, hablando con dos caballeros. Lleva frac negro, chaleco gris claro y una corbata que algún ayuda de cámara ha debido tardar una eternidad en anudar con aquella precisión descuidada que, en los hombres ricos, siempre parece fruto del azar.
Se ríe de algo. Odio que su risa me resulte reconocible entre tantas voces. Como si hubiera sentido que lo observo, vuelve la cabeza. Sus ojos me encuentran al instante. La sonrisa cambia.
No desaparece. Solo deja de pertenecer a la conversación que mantiene.
—Ah —murmura la señora Hartley—. Ya entiendo la cara.
—No entiende nada.
—Eso espero por su bien.
Oliver se excusa de sus acompañantes y viene hacia nosotras.
—Señora Hartley. Señorita Everleigh.
—Lord Pembroke —respondo.
—Me alegra comprobar que sigue hablándome.
—No recuerdo haber anunciado lo contrario.
—Después de nuestra última conversación temí haber ofendido su sensibilidad.
—Mi sensibilidad sobrevivió a doce años de pobreza. Creo que resistirá una conversación con usted.
Sus labios se curvan.
—Eso ha sonado casi afectuoso.
—No se acostumbre.
La señora Hartley emite un suspiro que podría significar cualquier cosa y descubre, con una rapidez sospechosa, a una conocida al otro extremo de la sala.
—Lady Farringdon me pidió que saludara a su hermana —dice—. No se muevan.
—Sería difícil hacerlo los dos a la vez —observa Oliver.
Ella le dirige una mirada severa.
—Usted sabe a qué me refiero.
Se marcha. Oliver mira cómo se aleja y después me ofrece el brazo.
—Su carabina me amenaza con una eficacia que admiro.
—La señora Hartley no amenaza. Informa de consecuencias futuras.
—Mucho más inquietante.
Acepto su brazo. Ese es el primer paso. El segundo consiste en no apartarme cuando noto el calor de su cuerpo bajo la tela. El tercero, en sonreírle.
No una sonrisa educada. Una distinta. La que utilizaba antes de que la vida se volviera demasiado cara para desperdiciar sonrisas en hombres atractivos.
Oliver baja la vista hacia mí.
—¿Qué está haciendo?
—Caminando.
—Eso ya lo he notado.
—Me tranquiliza saber que sus facultades siguen intactas.
—No todas.
La respuesta llega demasiado deprisa. Yo debería disfrutarla. En lugar de eso, noto un pequeño golpe en el pecho. Nos detenemos junto al salón de baile. Las parejas se preparan para una contradanza.
—¿Baila? —pregunta.
—A veces.
—¿Conmigo?
—Depende.
—¿De qué?
Abro el abanico.
—De cuánto esté dispuesto a esforzarse.
Oliver me observa durante un segundo largo.
—Señorita Everleigh, empieza a preocuparme.
—Qué sensible.
—No. Curioso.
Le entrego mi tarjeta de baile. Podría señalar cualquier espacio libre. Elijo el siguiente.
Cuando empieza la música, descubro que seducir a un hombre durante una contradanza tiene un inconveniente fundamental: la mitad del tiempo una debe alejarse de él.
Lo compenso cada vez que volvemos a encontrarnos.
Dejo que mi mano permanezca un instante más en la suya. Le pregunto si ha recibido noticias de Colebrook y, cuando me responde que no, le digo que quizá debería dejar de pensar en negocios por una noche.
—¿Eso es una orden? —pregunta.
—Una sugerencia.
—Las suyas suelen salir caras.
—Solo cuando no me hacen caso.
—Entonces debería obedecerla.
—Sería una novedad.
Una pareja pasa entre nosotros. Cuando volvemos a unirnos, Oliver está sonriendo, pero ya no parece divertido. Parece atento. Demasiado atento. Al terminar la pieza me acompaña fuera del centro del salón.
—¿Champán? —pregunta.
—Sí.
Me trae una copa. La acepto rozándole los dedos. Esta vez no es accidental. Sus ojos bajan hasta nuestras manos.
—Definitivamente está haciendo algo.
—Beber.
—Y yo definitivamente estoy perdiendo la paciencia.
—Eso sería una pena. Pensaba que su paciencia era uno de sus encantos.
—No está entre los cinco primeros.
—¿Cuáles son?
—No quisiera parecer vanidoso.
—Llegamos tarde para eso.
Se ríe. Bien. Esto es fácil. Peligrosamente fácil.
Durante la siguiente media hora hago exactamente lo que había planeado. Le presto más atención de la necesaria. Le permito acercarse. Le hablo en voz más baja cuando no hace falta. Cuando un caballero llamado Merrick se aproxima para pedirme el siguiente baile, miro a Oliver antes de aceptar.
Eso funciona mejor de lo previsto.
—¿Merrick? —pregunta cuando el hombre se aleja.
—¿Qué tiene Merrick?
—Nada, si le gustan los hombres que cuentan anécdotas de caza antes del postre.
—Quizá me gusten.
—No le gustan.
—Qué seguridad.
—Llevo semanas escuchándola juzgar a todo ser humano que se cruza en su camino. Ya sé algunas cosas.
—Eso suena casi íntimo.
—Lo es.
Por primera vez esa noche, soy yo quien aparta la vista.
No estaba previsto. Tampoco estaba previsto que el señor Merrick resultara tan aburrido como Oliver había prometido.
Cuando termina el baile, regreso con la sensación de haber cumplido una condena menor.
Oliver está donde lo dejé, apoyado contra una pared.
—No diga nada.
—No pensaba hacerlo.
—Está sonriendo.
—Eso no está prohibido.
—En su caso debería estarlo.
—¿Ha disfrutado de la caza?
—Le odio.
—Eso sí me resulta familiar.
El calor del salón empieza a ser excesivo. O quizá soy yo.
Veo abiertas las puertas que dan a una galería cubierta y, más allá, a una terraza protegida por toldos. No hay nadie fuera; la lluvia ha cesado, pero el aire debe de estar frío.
—Necesito respirar —digo.
—La acompaño.
—No hace falta.
—Precisamente por eso.
Debería negarme. No lo hago.
Salimos a la galería. El ruido de la fiesta queda amortiguado detrás de los cristales. Huele a piedra mojada y a las primeras plantas de primavera. Las lámparas de la terraza dibujan círculos amarillos sobre el suelo.
Oliver espera hasta que estamos fuera de la vista directa del salón. Entonces se vuelve hacia mí.
—Bien.
—¿Bien qué?
—Ya puede explicármelo.
—No sé de qué habla.
—Claro que lo sabe.
Me apoyo en la balaustrada.
—Está desarrollando una preocupante afición por imaginar conspiraciones.
—Paso demasiado tiempo con usted.
—Podría evitarlo.
—Podría.
No se mueve. Yo tampoco.
—Desde que llegó esta noche —continúa— me ha sonreído siete veces.
—¿Las ha contado?
—Ha tocado mi mano cuatro.
—Eso ya es inquietante.
—Ha mirado mi boca dos.
Mi pulso tropieza.
—Eso es mentira.
—Tres, ahora.
Cierro el abanico de golpe. Oliver da un paso hacia mí. No hay humor en sus ojos.
—¿Está intentando seducirme, señorita Everleigh?
Aquí está. El momento que he preparado. La oportunidad de convertir la conversación en una broma, dejarlo inseguro, retroceder y anotar una victoria pequeña en el cuaderno. En vez de eso levanto la barbilla.
—¿Está funcionando?
Su respiración cambia. Solo eso. Pero lo oigo.
—Demasiado.
La palabra queda entre nosotros. No sé quién se acerca primero. Después me diré que fue él. Más tarde sospecharé que fui yo. La verdad es que no importa.
Su mano llega a mi cintura al mismo tiempo que la mía se cierra sobre la solapa de su frac. El primer roce de su boca no tiene nada de divertido. No hay ironía, ni provocación, ni una de sus respuestas rápidas.
Solo una pausa. Como si todavía pudiéramos detenernos. No lo hacemos. El segundo beso es distinto.
Más profundo. Más torpe de lo que habría esperado de un hombre con fama de saber moverse por los salones y por lugares bastante menos respetables.
Eso me desconcierta más que cualquier habilidad.
Porque durante unos segundos Oliver no parece un libertino ni un vizconde ni el heredero del hombre al que llevo años culpando.
Solo parece un hombre que me besa como si también hubiera pasado demasiado tiempo intentando no hacerlo. El pensamiento me atraviesa con tanta fuerza que soy yo quien se aparta. Oliver mantiene la mano en mi cintura un instante y después la retira.
—Imogen.
Mi nombre en su voz es peor que el beso.
—No.
—¿No qué?
—No diga nada ingenioso.
—No se me ocurre nada.
Eso me obliga a mirarlo. Parece tan sorprendido como yo. Qué poco conveniente. Me llevo una mano a los labios antes de poder evitarlo. Oliver sigue el gesto con los ojos.
—Esto —digo— ha sido un error.
—Probablemente.
—No parece preocupado.
—Estoy intentando decidir si repetirlo empeoraría el error o lo convertiría en una decisión.
La risa se me escapa. No debería. Él sonríe entonces, muy despacio. Y ahí recuerdo quién es. Recuerdo el almacén.
A mi padre. La deuda. El papel firmado por los Pembroke que todavía no he encontrado y que podría demostrar que toda mi vida he tenido razón. Doy un paso atrás.
—Debemos volver.
Oliver no intenta detenerme.
—Como quiera.
La formalidad duele de una manera absurda. Entramos por separado. La señora Hartley me encuentra cinco minutos después junto a una mesa de bebidas. Me observa. Después observa a Oliver al otro lado del salón.
Después vuelve a observarme.
—No quiero hablar de ello —digo.
—No he preguntado.
—Pero iba a hacerlo.
—No. Iba a decirle que tiene el cabello un poco desordenado.
Me llevo una mano a la nuca. Ella bebe un sorbo de limonada.
—Y luego iba a preguntar.
Esa noche, al regresar a casa, saco el cuaderno. Lección número seis: haz que pierda la cabeza. La contemplo durante un rato.
Después escribo debajo:
«Resultado incierto».
Lo pienso mejor y tacho la frase. Escribo otra.
«La suya no es la única que corre peligro».