Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 10El primer golpe que funciona
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CAPÍTULO 10El primer golpe que funciona

El primer golpe que funciona

Oliver

La primera noticia de que alguien ha puesto una piedra seria en mi camino llega un lunes a las nueve y cuarto de la mañana, envuelta en papel crema y con el sello del señor Colebrook.

A las nueve y veinte ya no tengo ganas de bromear. A las nueve y media mi abogado está sentado frente a mí.

—No se retira de la operación —dice Wetherby—. Solo pide aplazar la firma hasta que podamos aclarar la procedencia del título.

—La procedencia está clara.

—Para nosotros.

—El almacén pertenece a los Pembroke desde hace doce años.

—Precisamente ese es el problema.

Señala la carta. El almacén de Wapping. El mismo que perteneció a Everleigh y Compañía.

Llevamos semanas revisando su historia. Tras la ejecución de la garantía pasó legalmente a mi padre. Desde entonces ha permanecido dentro del patrimonio familiar, arrendado a distintos comerciantes. Colebrook quiere comprarlo para ampliar sus instalaciones junto al río.

O quería.

Ahora alguien ha hecho llegar a su abogado una advertencia: la transmisión original podría estar vinculada a cuentas manipuladas por Edmund Bale.

No es una acusación formal. No hay demanda. Solo una pregunta. Pero en una operación importante, una pregunta bien colocada puede pesar más que una respuesta.

—¿Quién se lo comunicó? —pregunto.

Wetherby junta las manos.

—No lo dicen.

—¿Un hombre? ¿Una mujer? ¿Una carta anónima?

—La información llegó a través de una conversación con una persona relacionada con una de las familias afectadas.

Cierro los ojos.

—Qué frase tan desesperantemente imprecisa.

—Los abogados vivimos de ellas.

Me levanto y voy hasta la ventana. En la calle, un vendedor pregona flores como si el mundo no acabara de volverse un poco más complicado. La información no es pública. Lucian la conoce. Arabella conoce una parte.

Wetherby. Yo. Imogen. Elias Everleigh, quizá.

Y la señora Hartley, que podría gobernar una red de espionaje europea sin que nadie lo notara, pero a quien no imagino interesada en arruinar una venta.

—¿La objeción tiene fundamento? —pregunto.

—Eso estamos intentando determinar.

—No le he preguntado si puede demostrarlo. Le pregunto si es razonable.

Wetherby se toma su tiempo. Mal signo.

—Después de lo que descubrió Whitmore sobre Bale, sí. Sería imprudente ignorarla.

Me río una vez.

—Magnífico.

—Podemos responder que la transmisión fue conforme a derecho.

—¿Y si el impago se provocó con información falsa?

—Seguiría siendo un asunto complejo.

—Eso significa «caro».

—También «lento».

—Mi combinación favorita.

Vuelvo a la mesa.

—No quiero que Colebrook firme hasta que sepamos exactamente qué ocurrió.

Wetherby levanta las cejas.

—Podría presionarlo. La escritura es válida.

—No.

—Pembroke…

—Si existe la posibilidad de que mi familia se quedara con ese almacén porque Bale manipuló a ambos lados, no voy a venderlo a un tercero y convertir el problema en una cadena más larga.

El abogado asiente despacio.

—Entonces pediremos tiempo.

—Y averigüe quién sembró la duda.

—¿Tiene alguna sospecha?

Miro la carta otra vez. Cabello oscuro. Un bolso. Una libreta que nunca me enseña.

—Una.

Imogen llega esa tarde. No la he hecho llamar. Eso sería demasiado parecido a una acusación. Habíamos acordado revisar correspondencia. La puntualidad tiene, en su caso, algo de amenaza.

Entra en la biblioteca con la señora Hartley, se quita los guantes y me mira.

—Tiene mala cara.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Me tranquiliza.

La señora Hartley se instala en su lugar habitual junto a la ventana. Imogen se acerca al escritorio.

—¿Qué ha ocurrido?

No le enseño la carta. Todavía.

—Colebrook ha aplazado la compra del almacén de Wapping.

Su mano se detiene sobre la silla. Solo un instante. Ah.

—¿Por qué?

—Alguien ha sugerido que el título podría estar afectado por irregularidades en la operación Everleigh.

No sonríe. Pero tampoco parece sorprendida.

—¿Y puede estarlo?

—Eso estamos intentando averiguar.

—Entonces quizá sea bueno que se aplace.

—Quizá.

Toma asiento.

—No parece convencido.

—Estoy convencido de que preferiría descubrir los problemas antes de una firma y no después.

Eso sí la desconcierta.

—Podría seguir adelante.

—Podría.

—La escritura está a nombre de su familia.

—Sí.

—Y aun así va a esperar.

—Sí.

Silencio. La señora Hartley clava la aguja en la tela con un interés excesivo. Imogen ordena los papeles que tiene delante.

—Entonces no entiendo por qué está enfadado.

—Porque una cosa es descubrir una duda y otra que alguien la envíe a la mesa de una negociación sin hablar conmigo.

Sus dedos se inmovilizan.

—Tal vez esa persona no confiaba en que usted hiciera caso.

—Tal vez esa persona podría haberlo intentado.

—Tal vez lleva doce años aprendiendo que los Pembroke hacen caso cuando les conviene.

Ahí está. No una confesión. Casi. Me apoyo en el escritorio.

—¿Ha hablado usted con alguien sobre el almacén?

Ella levanta la cabeza.

—He hablado con mucha gente sobre muchas cosas.

—Una respuesta digna de Wetherby.

—¿Su abogado?

—Empiezo a entender por qué cobra tanto.

Imogen contiene una sonrisa. No estoy de humor para disfrutarla.

—Señorita Everleigh.

Mi tono la hace enderezarse.

—No voy a acusarla de algo que no puedo demostrar.

—Qué considerado.

—Pero la información que ha llegado a Colebrook coincide con detalles que solo aparecen en los documentos que estamos revisando.

La señora Hartley deja de bordar. Imogen cruza las manos sobre el regazo.

—Entonces tiene un problema de discreción.

—Eso parece.

—Debería hablar con sus empleados.

—Lo haré.

—Bien.

—Y con cualquier persona que haya tenido acceso a esos papeles.

Sus ojos se endurecen.

—¿Esto es un interrogatorio?

—Todavía no.

—¿Y cuándo empieza?

—Cuando deje de creer que está intentando proteger a su padre y empiece a creer que quiere perjudicarme a mí.

La frase cae peor de lo que esperaba. Imogen se pone en pie.

—No finja que son cosas distintas.

—Lo son.

—Para usted.

—Para cualquiera que no confunda herencia con culpabilidad.

—Qué fácil resulta decir eso desde este lado del escritorio.

—Y qué fácil resultaría para mí vender ese almacén mañana y olvidarme de todo.

Se queda quieta.

—Pero no lo hará.

—No.

—¿Por qué?

La pregunta me irrita. No porque sea injusta. Porque después de semanas juntos sigue esperando que la respuesta sea la peor.

—Porque si no es legítimamente mío, no quiero el dinero.

Su expresión cambia. No mucho. Lo suficiente.

—Podría ser suyo legalmente y aun así…

—Lo sé.

—Entonces…

—Lo sé, Imogen.

Uso su nombre sin pensarlo. Esta vez no lo retiro. La señora Hartley vuelve a mirar su bordado con la intensidad de una actriz que ha olvidado que el público puede verla. Imogen traga saliva.

—Mi padre cree que ese almacén fue lo primero que hizo caer el resto.

—Y quizá tenga razón.

—¿No va a defender al suyo?

—Estoy cansado de tener esta conversación como si solo existieran dos opciones: santificarlo o condenarlo.

Me paso una mano por el cabello.

—Mi padre dio la orden. Bale le proporcionó información. Su padre perdió el almacén. Todo eso es cierto. Lo que no sabemos es qué parte de la información era falsa y quién lo sabía.

Ella baja la vista.

—Podría perder la venta.

—Sí.

—Colebrook podría retirarse.

—Sí.

—¿Y no le importa?

—Claro que me importa.

—No lo parece.

—Señorita Everleigh, que algo me importe no significa que deba hacerlo a cualquier precio.

Nos observamos. Hay demasiadas cosas sin decir. La más evidente lleva su nombre. No la pronuncio. Todavía.

—Empecemos —digo al fin.

—¿A revisar?

—A revisar.

—Después de esto.

—Precisamente por esto.

Se sienta despacio. Durante la siguiente hora trabajamos casi sin bromas. Encontramos dos cartas de Bale, una copia de una petición de pago y una lista de mercancías que no coincide con la contabilidad. Imogen toma notas. Yo también.

En un momento nuestras manos llegan al mismo documento. Ella retira la suya primero. No debería importarme. Me importa. Cuando la señora Hartley anuncia que es hora de marcharse, Imogen guarda el lápiz.

—Lord Pembroke.

—¿Sí?

Parece a punto de decir algo. Durante un segundo creo que va a confesar.

—Espero que no pierda la venta.

No es lo mismo.

—Yo espero averiguar si debo hacerla.

Asiente. Se marcha. Apenas la puerta se cierra, saco de nuevo la carta de Colebrook. La leo una tercera vez.

«Una persona relacionada con la familia perjudicada ha planteado dudas…».

No necesito pruebas para saber quién. Pero sí las necesito antes de acusarla. Y, para mi desgracia, una parte de mí comprende exactamente por qué lo ha hecho. Eso no vuelve aceptable que actúe a mis espaldas. Solo vuelve el asunto más peligroso.

Porque hasta ahora los intentos de Imogen por arruinarme habían sido incómodos, absurdos y, en ocasiones, sorprendentemente entretenidos. Este ha funcionado. La firma se ha detenido. El dinero está en suspenso. Mi abogado está preocupado.

Por primera vez, ella ha conseguido hacerme daño de verdad. Y lo peor es que, mientras miro la silla vacía al otro lado del escritorio, no pienso en cómo impedir que vuelva a hacerlo. Pienso en qué tendría que ocurrir para que confiara en mí lo bastante como para dejar de intentarlo.