CAPÍTULO 9Lección cinco tócale el bolsillo
Lección cinco: tócale el bolsillo
Imogen
Hay una ventaja evidente en arruinar a un hombre rico. Tiene mucho que perder. También hay un inconveniente: necesita perder una cantidad obscena para darse cuenta. La lección número cinco nace de esta reflexión.
Tócale el bolsillo.
La ocasión me llega en forma de catálogo impreso, una subasta benéfica y una brújula de plata.
Lady Delamere organiza la velada para recaudar fondos destinados al Hospital de Expósitos.
Los objetos han sido donados por varias familias: miniaturas, libros, porcelanas, un reloj francés, dos cuadros de mérito dudoso y suficientes cajas de rapé para abastecer a la Cámara de los Lores durante un invierno entero.
La brújula aparece en el lote treinta y dos. Pequeña. Plata oscurecida. Tapa grabada. La leo dos veces.
«Brújula de bolsillo perteneciente al difunto coronel Henry Rycroft, obsequio de su amigo, el anterior vizconde de Pembroke».
Ah. La señora Hartley, sentada frente a mí en el carruaje, baja el catálogo.
—No me gusta esa cara.
—¿Qué cara?
—La de la rana en las botas.
—Debería dejar de contar esa historia.
—Debería dejar de darme motivos para recordarla.
Cierro el catálogo.
—Es una subasta.
—Sí.
—La gente puja.
—Esa suele ser la mecánica.
—No hago nada extraño si también pujo.
La señora Hartley me observa por encima de sus gafas.
—¿Puede pagar esa brújula?
—Hasta cierto punto.
—Ahí está la parte que me preocupa.
—No pienso ganarla.
—Eso me preocupa aún más.
Cuando llegamos, el salón de lady Delamere está lleno.
Oliver se encuentra junto a una ventana con Whitmore y lady Arabella. Lo reconozco antes de buscarlo, lo que considero una traición por parte de mis propios ojos.
Lleva negro y blanco, sin más adorno que un alfiler sencillo en la corbata. Parece demasiado cómodo. No debería. Tengo un plan. Lady Arabella me ve primero. Sonríe.
—Señorita Everleigh.
Todavía me sorprende que la esposa de Whitmore me trate con una mezcla tan peculiar de simpatía y sospecha. Supongo que las mujeres que han hecho de la desobediencia una carrera reconocen a otras con facilidad.
—Lady Whitmore.
Oliver se vuelve.
—Ah. Mi ruina.
Whitmore cierra los ojos.
—No deberías decir eso en voz alta.
—Nadie sabe a qué me refiero.
Lady Arabella me mira el bolso.
—Yo tengo una idea.
Sonrío con dulzura.
—Qué imaginación.
Oliver me ofrece una copa.
—¿Ha venido a comprar algo?
—Quizá.
—¿Algo que necesite?
—Eso sería demasiado sensato.
—Entonces encajará perfectamente con la velada.
Un criado toca una campanilla y los invitados empiezan a ocupar sus asientos.
La subasta avanza deprisa. Un paisaje que nadie parecía querer alcanza veintidós guineas porque dos hombres se ofenden entre sí.
Una caja de rapé llega a quince. Lady Arabella adquiere un abanico español después de advertir a Whitmore que no necesita permiso.
—Nunca he cometido el error de creer lo contrario —responde él.
Oliver se inclina hacia mí.
—El matrimonio parece agotador.
—Puede evitarlo.
—Ese es mi plan.
No sé por qué la frase me molesta. Decido que la brújula va a costarle al menos veinte guineas. Lote treinta y dos. El subastador levanta la pieza.
—Brújula de bolsillo del difunto coronel Rycroft. Plata. Con dedicatoria interior del anterior lord Pembroke.
Oliver deja de sonreír. Solo un instante. Suficiente. Ya sé que la quiere. Empiezan en cinco guineas.
Un caballero ofrece seis. Oliver levanta dos dedos.
—Ocho.
Espero. Nueve. Diez. El otro hombre se retira.
—Diez guineas a lord Pembroke…
—Doce —digo.
Oliver gira la cabeza. No lo miro.
—Doce a la señorita Everleigh.
—Catorce —dice él.
—Dieciséis.
La señora Hartley suspira a mi lado. Oliver se inclina hacia mí.
—¿Colecciona instrumentos de navegación?
—Desde esta noche.
—Qué afición tan oportuna.
—Me gusta descubrir nuevos intereses.
—Dieciocho.
—Veinte.
Algunas personas empiezan a mirar. Perfecto. Oliver no parece preocupado. Veintidós. Veinticuatro.
Veintiséis. Cuando llegamos a treinta, el murmullo del salón crece. La brújula no vale ni la mitad. Eso no importa. Oliver se acomoda en la silla.
—Treinta y cinco.
Lo miro.
—Cuarenta.
La señora Hartley me pisa el borde del zapato. No puedo subir mucho más. Cuarenta guineas pagarían meses de carbón. Vestidos. Alquiler. No soy idiota. Bueno. No de esa clase.
Oliver lo sabe. Lo veo en su cara.
—Cincuenta —dice.
El salón entero reacciona. El subastador sonríe como si acabara de ver abrirse el cielo.
—Cincuenta guineas a lord Pembroke.
Aprieto el abanico.
—¿Alguna oferta superior?
Oliver me mira. Hay desafío en sus ojos. También diversión. No voy a pujar. Él lo sabe.
—Cincuenta guineas. Una vez. Dos…
—Sesenta —digo.
La señora Hartley me clava el codo. Oliver pierde la sonrisa. Bien. Por fin. Sesenta guineas es una estupidez.
Sesenta y cinco sería una estupidez mayor. Él podría dejarme ganar. Por un segundo temo que lo haga. Entonces alza la mano.
—Setenta y cinco.
El salón estalla en comentarios. Yo cierro la boca. No tengo intención de hipotecar la casa por una brújula. El martillo baja.
—Vendida a lord Pembroke por setenta y cinco guineas.
Los aplausos sorprenden a todos. Lady Delamere se pone en pie.
—Gracias, Pembroke. Con esa cantidad podremos mantener durante meses la nueva sala de niños pequeños.
Más aplausos. Miro a Oliver. Él me mira. Y sonríe. No.
No. Esto no puede estar pasando otra vez. Lady Haversham, sentada dos filas más adelante, se vuelve hacia una amiga.
—Qué generoso.
La palabra corre con una velocidad espantosa. Generoso. Admirable. Buen corazón. Setenta y cinco guineas.
Acabo de convertir mi ataque contra su bolsillo en una exhibición pública de virtud. Quiero desaparecer. Oliver recibe la brújula al terminar la subasta. Viene directo hacia mí.
—Señorita Everleigh.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Su cara lo ha dicho.
—Tengo una cara expresiva.
—Tiene una cara insoportable.
Abre la tapa de la brújula. Dentro hay una inscripción.
«A Pembroke, para que la próxima vez encuentre el camino antes de culpar al caballo. H.R.».
Parpadeo.
—Pensaba que era de Rycroft.
—Lo era. Mi padre se la regaló después de que ambos se perdieran durante una cacería y pasaran seis horas convencidos de que el otro sabía dónde estaba la casa.
No puedo evitarlo. Me río.
—¿Su padre se perdió seis horas?
—Según él, estaba explorando.
—Por supuesto.
—Rycroft se la devolvió grabada con esa frase por su cumpleaños. Luego mi padre se la regaló otra vez. Se pasaron veinte años pasándose la misma brújula.
La historia es absurda. Humana. Eso es lo peor.
No quiero imaginar al anterior vizconde joven, empapado y perdido en un bosque. No quiero que el hombre cuya firma aparece al pie de la ruina de mi familia tenga amigos, chistes privados o defectos ridículos.
Quiero que sea sencillo. Oliver cierra la tapa.
—Cuando murió el coronel, su hija encontró esto entre sus cosas y lo incluyó en la donación. Me escribió para avisarme.
—Así que sabía que estaría aquí.
—Sí.
—Y pensaba comprarla a cualquier precio.
—No a cualquier precio.
—Setenta y cinco guineas.
—Usted puso cuarenta de ellas.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Tiene todo el sentido. Sin su entusiasmo, me habría costado mucho menos.
Lo fulmino.
—No piense que voy a darle cuarenta guineas.
—No se me ocurriría. Considere que ha hecho una aportación moral al Hospital.
—Lo odio.
—No es lo que parece.
—¿Qué?
—Nada.
Su sonrisa cambia. Menos burla. Más algo que no quiero examinar. Lady Arabella aparece junto a nosotros.
—Oliver, lady Delamere quiere darle las gracias otra vez.
—¿Otra vez?
—Me temo que ahora es usted una persona generosa. Tendrá que acostumbrarse.
Él me mira.
—Culpa de la señorita Everleigh.
Arabella sigue la dirección de sus ojos hasta mí.
—Eso parece ocurrirle mucho.
—Una epidemia.
Me alejo antes de que cualquiera pueda añadir algo peor. En el carruaje, la señora Hartley espera exactamente treinta segundos.
—¿Cuánto ha perdido lord Pembroke?
—Setenta y cinco guineas.
—¿Y qué ha ganado?
Miro por la ventanilla.
—Una brújula.
—¿Y?
—Una reputación excelente.
—Ajá.
—No diga nada.
—No he dicho nada.
—Lo está pensando muy fuerte.
Cuando llego a casa, subo directamente a mi dormitorio. Saco el cuaderno. Lección cinco: tócale el bolsillo. La tacho con tanta fuerza que casi rompo el papel.
Debajo escribo:
«Coste para el enemigo: 75 guineas».
Pienso.
Añado:
«Beneficio para el enemigo: media sociedad londinense cree ahora que es un santo».
Me dejo caer contra el respaldo. El problema no es que mis planes fracasen. El problema es que cada fracaso me obliga a conocerlo mejor. Y empiezo a sospechar que, si sigo así, voy a acabar arruinando a la persona equivocada.