Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 8El problema de no saber avergonzarse
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CAPÍTULO 8El problema de no saber avergonzarse

El problema de no saber avergonzarse

Oliver

Mi padre decía que la vergüenza era una herramienta útil.

Según él, impedía que un caballero bebiera demasiado, apostara lo que no tenía o besara a una mujer a la que no pensaba cortejar.

Yo descubrí muy joven que la vergüenza pierde gran parte de su poder cuando uno se adelanta y se ríe de sí mismo.

Hasta ahora ha funcionado bastante bien. Con Imogen Everleigh, no tanto.

Han pasado cuatro días desde Richmond y sigo recordando la expresión de su rostro cuando comprendió que lady Prudence no iba a convertirse en mi ruina social.

También recuerdo otra cosa. Cómo se rió cuando lady Prudence me corrigió por quinta vez la posición de los pies.

No fue una sonrisa educada. Fue una risa de verdad, con la cabeza un poco inclinada y los ojos oscuros llenos de diversión.

Es un detalle inútil. Por eso, naturalmente, mi memoria ha decidido conservarlo.

—Está al revés.

Miro el documento que tengo en la mano. Lucian está sentado frente a mí en el club, observándome con desaprobación.

—¿Qué?

—El informe.

Lo giro. Efectivamente.

—Lo estaba comprobando.

—Claro.

—¿Has venido a ayudar o a destruir mi autoestima?

—Creía que la señorita Everleigh se ocupaba de lo segundo.

Levanto la vista.

—¿Qué sabes tú de la señorita Everleigh?

—Lo suficiente para haber visto cómo la mirabas el jueves.

—Miraba a lady Prudence.

—Eso sería más preocupante.

Doblo el informe.

—Imogen cree que mi padre arruinó al suyo.

—Lo sé.

—Y ha intentado ponerme en situaciones incómodas al menos dos veces.

—También lo sé.

—Empiezo a encontrar ofensivo que todo el mundo sepa cosas sobre mi vida antes que yo.

Lucian toma su copa.

—¿Vas a preguntarle qué pretende?

—Sí.

—¿Y después?

—Dependerá de la respuesta.

—Eso suena casi sensato.

—No se lo cuentes a nadie.

Por la tarde, cuando Imogen llega a Pembroke House con la señora Hartley, tengo preparados tres documentos, dos preguntas y una decisión. Los documentos son comerciales. Las preguntas no. La decisión consiste en dejar de fingir que no me doy cuenta.

Trabajamos durante casi una hora antes de que la señora Hartley pida permiso para bajar a hablar con el ama de llaves sobre una receta que, al parecer, puede evitar que un pastel de frutas tenga la densidad de un ladrillo.

Sospecho una conspiración. En cuanto la puerta se cierra, Imogen levanta la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Lleva diez minutos golpeando la mesa con el lápiz.

Miro mi mano.

—Una costumbre encantadora.

—Una costumbre irritante.

—Entonces está funcionando.

Entrecierra los ojos.

—Dígalo.

—¿Qué?

—Lo que sea que lleva queriendo decir desde que he llegado.

Apoyo el lápiz.

—Muy bien. ¿Por qué intenta avergonzarme?

No pestañea.

—No sé de qué habla.

—Lady Haversham.

—Coincidencia.

—Lady Prudence.

—Buena fortuna.

—La joven que organiza los emparejamientos me contó que fue usted quien sugirió mi nombre.

Eso sí la inmoviliza.

—La gente habla demasiado.

—Sobre todo cuando uno pregunta.

Imogen se recuesta en la silla.

—¿Está enfadado porque quedó segundo?

—Estoy devastado. He pasado noches llorando sobre mi cinta inexistente.

—No le dieron cinta.

—Precisamente.

La comisura de su boca se mueve. No dejo que me distraiga.

—No me preocupa el tiro con arco. Me preocupa que lleve semanas entrando en mi casa, revisando mis papeles y colocando pequeños obstáculos en mi camino mientras insiste en que solo busca respuestas.

—Busco respuestas.

—Y algo más.

El silencio cambia. Ella mira hacia la ventana.

—Mi familia perdió casi todo.

No es una confesión. Es un disparo.

—Lo sé.

—No, sabe una lista de bienes. Un almacén, dos contratos, una casa que se vendió después. Son palabras en un libro.

—Entonces explíquemelo.

Se vuelve.

—Tenía doce años cuando mi madre empezó a despedir criados de uno en uno para que los vecinos no supieran que no podíamos pagarles.

Quince cuando vendió las joyas que había heredado de mi abuela.

Dieciséis cuando dejamos la casa en la que nací y nos mudamos a una donde mi padre fingía que las habitaciones pequeñas eran más fáciles de calentar.

No hay lágrimas en su voz. Eso lo hace peor.

—Mi padre dejó de recibir visitas de hombres que antes se sentaban a su mesa.

Algunos cruzaban de acera cuando lo veían.

Las invitaciones desaparecieron. Mi madre aprendió a decir que prefería la sencillez.

Yo aprendí que una familia puede seguir perteneciendo a la alta sociedad y, aun así, vivir contando cada vela.

No digo nada.

—Mientras tanto —continúa—, los Pembroke conservaron el almacén. Conservaron su casa. Su título. Sus caballos. Su lugar en todas las habitaciones.

—Sí.

—Y usted quiere saber por qué intento avergonzarlo.

—Quiero saber por qué cree que avergonzarme a mí cambia algo de eso.

La pregunta la enfurece. Lo veo antes de que responda.

—Porque usted heredó lo que mi padre perdió.

—También heredé las decisiones del mío, al parecer.

—Qué cómodo decirlo así.

—No hay nada de cómodo en esto.

Se pone en pie.

—Para usted sí. Puede revisar una carpeta, descubrir que quizá su padre cometió un error y luego ir a cenar a una casa que nunca tuvo que vender.

Eso da donde pretende. Quizá lo merece. Me levanto también.

—Tiene razón en una cosa: yo no viví lo que vivió usted. No voy a fingirlo. Pero tampoco fui el hombre que reclamó aquella deuda.

—Se beneficia de lo que hizo.

—Sí.

La respuesta la frena.

—¿Eso es todo?

—No. También le digo que, si mi padre tomó una decisión injusta porque aceptó sin comprobar la versión de Bale, quiero saberlo.

—Era su padre.

—Precisamente.

—¿Y eso no significa nada?

Me río sin humor.

—Significa demasiado.

Ella calla. Camino hasta la ventana porque, de pronto, la biblioteca parece pequeña.

—Mi padre podía ser insoportable. Creía que levantarse tarde era pecado y que los franceses habían inventado las salsas para ocultar defectos morales. También me enseñó a no firmar nada que no entendiera y a no llamar honor a la comodidad.

Imogen baja la vista.

—Entonces quizá no fue él.

—O quizá incumplió su propia norma.

Me vuelvo hacia ella.

—No voy a declararlo inocente solo porque lo quise.

La rabia de su rostro cambia de forma.

—Yo llevo doce años declarando culpable al suyo porque quiero al mío.

—Sí.

—No era una invitación a estar de acuerdo.

—Lo sé.

—Es usted desesperante.

—Eso también parece hereditario.

Exhala por la nariz.

—No sabe hablar en serio más de dos minutos.

—Sé. No me gusta.

—¿Por qué?

Esta vez podría esquivar la pregunta. No lo hago.

—Porque cuando uno habla en serio, la gente escucha lo que de verdad piensa. Luego puede utilizarlo.

Ella mira el escritorio. El comentario parece tocar algo.

—¿Eso hace usted? ¿Convertir todo en una broma antes de que alguien pueda usarlo?

—A veces.

—Es cobarde.

—Mucho.

Alza la cabeza, sorprendida por la facilidad con que lo admito.

—Y eficaz —añado.

Una risa se le escapa. Pequeña, pero suficiente.

—Lo ve —digo—. Acabo de defender mi método.

—No ha defendido nada.

—La ha hecho reír.

—Eso no cuenta.

—Para mí sí.

Nos quedamos demasiado cerca. No sé en qué momento ha ocurrido. El escritorio está a un lado. La silla, detrás de ella. Entre nosotros apenas hay un paso. Sus ojos bajan un instante a mi boca. O quizá lo imagino.

La sangre me golpea en las sienes. No. Todavía no. No con esta conversación suspendida entre nuestros padres como una cuerda. Me aparto primero.

—Además —digo, recuperando el tono que conozco—, si piensa continuar con mi ruina social, deberá esforzarse más.

Imogen parpadea.

—¿Perdón?

—Lady Prudence me ha invitado a cenar el domingo.

—No puede ser.

—Y quiere presentarme a una sobrina viuda.

Su horror es tan sincero que casi compensa el peligro de hace un instante.

—Eso no estaba previsto.

—Empiezo a pensar que sus planes tienen un defecto de fabricación.

—Mis planes son excelentes.

—Hasta ahora me han proporcionado publicidad favorable, una cesta de conservas y una invitación a cenar.

—Puedo mejorar.

—¿Esa frase debería preocuparme?

—Debería.

La señora Hartley regresa justo entonces. Mira a Imogen. Me mira a mí. Mira la distancia excesivamente correcta que acabamos de colocar entre ambos.

—El pastel necesita menos brandy —anuncia.

—Una tragedia —digo.

Imogen recoge sus papeles.

—Volveré el jueves.

—La espero con temor.

—Hagalo.

La acompaño hasta la puerta de la biblioteca. Antes de salir, se vuelve.

—Lord Pembroke.

—¿Sí?

—No me alegra lo que le estoy haciendo.

Es una frase extraña. Y muy poco tranquilizadora.

—Señorita Everleigh, todavía no sé exactamente qué me está haciendo.

Su expresión se cierra.

—Mejor.

Se marcha. Me quedo apoyado en el marco de la puerta. Debería preocuparme más.

Una mujer que me culpa por el derrumbe de su familia, que conoce mis archivos y que reconoce haber intentado avergonzarme no es una complicación menor.

Pero mientras la oigo alejarse por el vestíbulo, descubro algo mucho menos razonable. Si Imogen Everleigh quisiera hacerme daño de verdad, ya no necesitaría un plan demasiado elaborado. Solo tendría que conseguir que me importara lo que piensa de mí. Y sospecho que ese trabajo está casi terminado.