Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 7Lección cuatro déjalo en ridículo
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CAPÍTULO 7Lección cuatro déjalo en ridículo

Lección cuatro: déjalo en ridículo

Imogen

Hay hombres a los que resulta difícil arruinar porque tienen dinero, título y amigos poderosos. Lord Oliver Pembroke presenta un inconveniente adicional: no le preocupa hacer el ridículo. Es una característica irritante. También complica mucho la lección número cuatro.

La oportunidad aparece un jueves en Richmond, durante una jornada campestre organizada por lady Delamere. Hay mesas bajo los árboles, cestas de comida, criados corriendo detrás de copas que nunca parecen estar donde deben y una extensión de césped reservada para tiro con arco.

La mitad de las damas ha venido por el deporte. La otra mitad ha venido porque los caballeros se quitan la levita para tensar el arco. La señora Hartley pertenece a un tercer grupo: ha venido porque lady Delamere sirve un pastel de limón excelente.

—No me mire así —dice mientras acepta una segunda porción—. Yo no tengo que casarme con ninguno.

Oliver está a unos treinta pasos, hablando con Whitmore.

Lleva una chaqueta clara, botas de montar y esa expresión suya de hombre al que ningún problema ha conseguido todavía estropearle el día.

Desde la conversación de la biblioteca he decidido que debo recuperar terreno.

No porque me afectara verlo elegir la verdad por encima de la memoria de su padre.

Ni porque me haya pasado dos noches pensando en que no intentó disculpar lo que desconocía. Ni porque su «averiguaremos» siga apareciendo en mi cabeza cuando cierro los ojos. Por estrategia. Solo por estrategia. Abro mi bolso bajo la mesa y compruebo que el cuaderno sigue allí.

Lección cuatro: déjalo en ridículo. Nada complicado.

Lady Delamere ha organizado una pequeña competición por parejas. Cada caballero disparará con una dama y se sumarán los puntos. Los emparejamientos aún no están cerrados.

Y lady Prudence Calder está buscando compañero.

Lady Prudence tiene sesenta y muchos años, cuatro nietos, una lengua capaz de hacer retroceder a un regimiento y la reputación de ganar cualquier competición de arco en la que le permitan participar.

Oliver no lo sabe. Me acerco a la sobrina de lady Delamere, que sostiene la lista.

—¿Tiene ya compañero lord Pembroke?

La joven consulta el papel.

—Todavía no. Pensaba ponerlo con lady Amelia.

Lady Amelia tiene dieciocho años, pestañas extraordinarias y una puntería que, por lo que he visto, representa un peligro para los árboles, los espectadores y quizá Escocia.

—Qué pena —digo—. Lady Prudence acaba de comentar que no encuentra caballero.

La sobrina palidece.

—Nadie quiere competir con ella.

—Precisamente. Lord Pembroke es muy generoso.

—¿Cree que aceptará?

Miro hacia él. Oliver me ve. Sonríe.

—Estoy segura.

Diez minutos después, lady Prudence se planta frente a Oliver con un arco en una mano.

—¿Es usted bueno?

Él mira el blanco.

—Depende de lo que considere bueno.

—Dar en el centro.

—Entonces no.

—Perfecto. No tendrá excusas cuando perdamos.

Yo me coloco junto a la señora Hartley.

—Esto promete.

—Imogen.

—¿Sí?

—Tiene usted la misma cara que ponía de niña cuando escondía ranas en las botas de su primo.

—No recuerdo haber hecho eso.

—Yo sí.

Oliver recibe el arco. Antes de colocarse, gira la cabeza hacia mí. No puede saberlo. Es imposible. Levanta una ceja.

Oh, sí puede. Dispara. La flecha cae cerca del centro. Demasiado cerca. Lady Prudence resopla.

—Si va a fingir que es mediocre, hágalo con convicción.

Oliver se lleva una mano al pecho.

—Milady, jamás fingiría mediocridad. Es un don natural.

Varias personas ríen. Yo no. No todavía. Lady Prudence dispara. Centro.

Los aplausos estallan. Oliver la mira como si acabara de descubrir una obra de arte.

—Retiro todo lo que no he dicho.

—Debería.

Segunda ronda. Oliver vuelve a obtener una puntuación respetable, pero inferior a la de su compañera. Tercera. Entonces lo veo. No está fallando.

Está eligiendo dónde acertar.

Es lo bastante bueno para hacerlo mejor y lo bastante listo para comprender que derrotar a lady Prudence no le proporcionaría nada excepto el privilegio de ser el hombre joven que humilló a una viuda ante cincuenta personas.

En cambio, cada vez que ella acierta, Oliver celebra como si hubiera invertido dinero en su brazo. Cuando llega el último disparo, lady Prudence necesita un buen resultado para colocar a la pareja entre las primeras. Tensa. Suelta. La flecha queda casi en el centro.

Oliver arroja el sombrero al aire.

—¡Sabía que mi contribución consistía en no estorbar!

Las risas se oyen hasta las mesas. Lady Prudence, que no ha sonreído en toda la tarde, le da un golpe con el extremo del arco en el brazo.

—Muchacho insolente.

—Pero útil.

—Eso está por demostrar.

Ganan el segundo puesto. El premio es una cinta verde y una cesta de conservas. Lady Prudence se queda con la cinta. Le entrega a Oliver la cesta.

—Para que coma y coja fuerza.

Él hace una reverencia.

—Guardaré este momento junto a mis grandes triunfos militares.

Para cuando termina la competición, tres señoras lo han felicitado por su deportividad, lady Delamere le ha pedido que vuelva al mes siguiente y lady Prudence ha anunciado que piensa enseñarle a disparar «como un ser humano».

Mi plan ha convertido a Oliver Pembroke en el hombre más popular de la tarde. Otra vez.

—No ponga esa cara —dice la señora Hartley.

—¿Qué cara?

—La de quien acaba de descubrir que el incendio que provocó ha calentado la casa.

—Yo no he provocado nada.

—Claro.

Oliver aparece a mi lado con la cesta bajo el brazo.

—Señora Hartley.

—Lord Pembroke.

—Lady Prudence insiste en que me lleve esto. ¿Aceptaría un tarro de mermelada de naranja?

La señora Hartley mira la cesta.

—Dos.

—Trato hecho.

Traición. Oliver me ofrece otro.

—¿Señorita Everleigh?

—No quiero su mermelada.

—Eso ha sonado personal.

—No me gusta la naranja.

—Qué alivio. Durante un momento creí que se había decepcionado con mi actuación.

—¿Actuación?

—No sé de qué habla.

Utiliza exactamente mi tono. Lo odio. La señora Hartley recoge sus dos tarros y se aleja con la dignidad de una mujer que sabe cuándo dejar solos a dos idiotas.

—Sabía lo de lady Prudence —digo.

—Después del primer disparo.

—Entonces no lo sabía cuando aceptó.

—No. Creí que estaba usted haciendo algo amable.

—Podría estar haciéndolo.

—Podría. También podría alistarme mañana en la Marina.

Empieza a caminar hacia la parte más tranquila del césped. No tengo intención de seguirlo. Lo sigo.

—¿Por qué perdió a propósito?

—No perdí.

—Quedó segundo.

—Eso es una manera muy agresiva de definir un premio y una cesta de comida.

—Podía haber disparado mejor.

Oliver me mira de lado.

—También podía haber humillado a una mujer que lleva treinta años practicando y que esperaba disfrutar de la tarde. Me pareció un uso poco imaginativo de mis talentos.

—Así que fingió ser peor de lo que es.

—Una habilidad que cultivo desde joven.

—¿Por qué?

—Porque cuando la gente cree que uno no se toma nada en serio, deja de vigilarlo.

La respuesta me sorprende. Él también parece notar que ha dicho más de lo previsto. Se detiene junto a una hilera de robles. A unos metros, dos niños persiguen una pelota mientras sus madres conversan.

—¿Y usted? —pregunta.

—¿Yo qué?

—¿Finge alguna vez ser peor de lo que es?

—No necesito fingir.

—Eso es falso.

—¿Perdón?

—Usted sabe perfectamente cómo funciona una habitación. Sabe quién habla con quién, quién desea qué y qué pregunta puede incomodar a una persona. Lo ha demostrado varias veces conmigo.

—Quizá sea observadora.

—Quizá.

El aire huele a hierba húmeda y a comida. Hay un mechón rubio sobre su frente que el viento se empeña en desordenar. No debería fijarme.

—De todos modos —añade—, gracias.

—¿Por qué?

Levanta la cesta.

—Por mi prestigio recién adquirido.

—No he tenido nada que ver.

—Por supuesto.

—No vuelva a decirlo con ese tono.

—¿Qué tono?

Ahora sí sonrío. Solo un poco. Entonces lady Prudence nos llama desde el campo.

—¡Pembroke! ¡Venga aquí! Voy a enseñarle a colocar los pies.

Oliver cierra los ojos.

—He creado un monstruo.

—Se lo merece.

—¿Viene?

—¿Para qué?

—Para disfrutar de mi humillación auténtica. Imagino que será más satisfactoria que la planeada.

Debería negarme. En vez de eso, regreso con él. Lady Prudence me entrega un segundo arco.

—Usted también.

—No, yo…

—Nada de excusas. Los jóvenes de hoy creen que pueden arreglarlo todo hablando.

Oliver se inclina hacia mí.

—Tengo la impresión de que nos conoce.

Le doy un codazo. Disparamos durante media hora. Descubro que soy bastante buena. Descubro que Oliver es mejor de lo que ha fingido.

Y descubro algo peor: cuando una flecha mía queda muy cerca del centro, la sonrisa de orgullo que me dedica produce en mi estómago un efecto que no tiene nada que ver con la venganza.

Esa noche abro el cuaderno. Lección número cuatro: déjalo en ridículo. La tacho.

Debajo escribo:

«Resultado: ahora lady Prudence Calder lo adora».

Pienso un instante.

Añado:

«Nota para futuras operaciones: no intentar arruinar a un hombre que sabe perder».

Cierro el cuaderno. Lo vuelvo a abrir. En el margen, con letra pequeña, escribo una última frase.

«Y dejar de sonreír cuando él lo hace».

Esa no la tacho. Todavía.