Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 6La deuda
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CAPÍTULO 6La deuda

La deuda

Oliver

Hay dos maneras de decirle a una mujer que uno ha encontrado una segunda prueba de que su padre pudo contribuir a arruinar al de ella.

La primera consiste en esperar al momento adecuado, elegir las palabras con cuidado y procurar que haya té.

La segunda consiste en quedarse mirando el documento durante veinte minutos y descubrir que el momento adecuado no existe. Estoy practicando la segunda.

El pliego descansa sobre mi escritorio, junto al libro de cuentas que revisamos ayer. No es una anotación de un empleado ni una suma copiada en una columna. Es una instrucción firmada por mi padre y dirigida al hombre que llevaba entonces los asuntos de la familia en los muelles.

La tinta se ha vuelto parda. La letra sigue siendo la misma que recuerdo en las notas que dejaba sobre mi mesa cuando yo tenía quince años y él consideraba que dormir hasta las nueve era una señal inequívoca de decadencia moral.

«Si el señor Everleigh no satisface la cantidad vencida antes del día acordado, procédase conforme a las garantías pactadas. El almacén de Wapping deberá pasar a manos de la casa Pembroke».

Debajo está su firma. No hay margen para fingir que otra persona tomó la decisión. Apoyo los codos en el escritorio y me froto la cara.

—Tienes el aspecto de un hombre al que acaban de comunicarle que el brandy será ilegal.

Lucian entra en la biblioteca sin llamar.

—Peor.

Se acerca, mira el documento y deja de sonreír.

Desde que descubrimos la participación de Bale en sus propios asuntos, Lucian se ha convertido en una especie de cruzada con levita. Si un comerciante pronuncia la palabra «factura» demasiado cerca de él, estoy convencido de que pide tres copias y un testigo.

Lee la instrucción una vez.

—¿Se lo vas a enseñar?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué llevas media hora contemplándolo?

—Porque esperaba que, si lo miraba el tiempo suficiente, apareciera al pie una frase que dijera: «Todo esto es un malentendido y Edmund Bale es un canalla».

—Sería cómodo.

—También poco elegante por parte de mi padre no haberla añadido.

Lucian toma el pliego con cuidado.

—Esto demuestra que dio la orden. No demuestra qué información tenía cuando lo hizo.

—Imogen no va a distinguir entre ambas cosas.

—¿Y tú?

Levanto la vista. Esa es la clase de pregunta que explica por qué Lucian tiene tan pocos amigos.

—Estoy intentando hacerlo.

Me devuelve el documento.

—Entonces empieza por ahí.

Se marcha antes de que pueda recordarle que las visitas amistosas deberían incluir palabras amables, una bebida o, al menos, una mentira reconfortante.

A las once en punto anuncian a la señorita Everleigh y a la señora Hartley. He pedido té.

No porque crea que vaya a servir de algo, sino porque hay costumbres que sostienen la civilización y una tetera entre dos enemigos parece una de ellas.

Imogen entra con un vestido color lavanda, el cabello oscuro recogido bajo un sombrero que se quita nada más cruzar la puerta. Trae el bolso de siempre.

El cuaderno debe de estar dentro. Últimamente pienso demasiado en ese cuaderno. No sé qué escribe. Sospecho que no son poemas.

—Buenos días —dice.

—Eso está por decidir.

La señora Hartley me dedica una mirada seca.

—Lord Pembroke.

—Señora Hartley. Les ruego que se sienten.

Imogen no se sienta. Mira el escritorio.

—Ha encontrado algo.

No es una pregunta.

—Sí.

La ligereza desaparece de su rostro. Saco el pliego de la carpeta y se lo ofrezco.

—Es una instrucción de mi padre. La encontramos esta mañana entre la correspondencia de mil ochocientos ocho.

Sus dedos rozan el borde, no mi mano. Lee. No cambia de color. No levanta la voz. Solo aprieta un poco la mandíbula. Preferiría que gritara.

—Así que ya no hay duda —dice.

—Hay menos.

Sus ojos suben hacia mí.

—¿Menos?

—Ayer vimos una anotación contable. Esto confirma que mi padre ordenó ejecutar la garantía.

—Eso es exactamente lo que llevo diciéndole desde que llegué a esta casa.

—No. Usted lleva diciéndome que mi padre decidió destruir al suyo. No es lo mismo.

—Para el hombre que pierde su negocio, la diferencia debe de resultar muy consoladora.

La señora Hartley deja el bordado sobre el regazo.

—Imogen.

—No.

La palabra sale rápida. Ella vuelve a mirar el documento.

—No voy a disculparme por enfadarme. Mi padre perdió el almacén. Perdió los contratos que dependían de él. Después llegó la casa. Después casi todo lo demás. Y aquí tengo la firma del hombre que dio la orden.

—Tiene derecho a enfadarse.

Eso la desconcierta más que si me defendiera.

—¿No va a decirme que su padre cumplía la ley?

—Podría. También podría señalar que existía una deuda, que había una garantía y que el impago consta en los libros. Todo eso sigue siendo verdad.

—Entonces dígalo.

—No responde a la única pregunta que importa.

—¿Cuál?

—Por qué mi padre creyó que debía hacerlo.

Imogen dobla el documento con una precisión que me alarma.

—Porque podía.

—No me basta.

—A mí me bastó durante doce años.

—Lo sé.

Esta vez sí cambia su expresión.

—No, no lo sabe.

Tiene razón. Me levanto y abro la carpeta siguiente.

—He encontrado esto con la orden.

Es un informe de tres páginas, dirigido a mi padre y fechado una semana antes de la ejecución. La firma al final pertenece a Edmund Bale. Imogen se acerca al escritorio.

—¿Qué dice?

—Que Everleigh y Compañía atravesaba dificultades graves, que había incumplido dos compromisos anteriores y que cualquier demora adicional supondría un riesgo para los Pembroke.

—Mi padre siempre dijo que pidió una prórroga.

—Aquí Bale afirma que se le concedieron dos.

—Mi padre dijo una.

—Por eso seguimos buscando.

Le señalo una línea.

—También dice que su padre había dejado de responder a ciertos requerimientos.

—Eso es mentira.

La seguridad con la que lo pronuncia hace que la señora Hartley levante la cabeza.

—¿Cómo lo sabe? —pregunto.

—Porque mi padre guardaba todas las cartas. Todas. Incluso las desagradables. Tenía una caja entera con correspondencia de aquella época.

—¿La conserva?

Imogen duda. Ahí está. Una vacilación mínima, pero real.

—No lo sé.

—Pregúntele.

—No necesito que me dé instrucciones.

—Créame, eso ha quedado claro desde la primera tarde.

Se vuelve hacia mí.

—¿Está intentando bromear?

—Estoy intentando que no me golpee con la tetera.

La señora Hartley carraspea para ocultar una risa. Imogen no parece encontrarme divertido. Aunque el borde de su boca la traiciona un instante.

—Si Bale controlaba las comunicaciones —digo—, necesitamos comparar lo que mi padre recibió con lo que el suyo envió.

—¿Y si no cambia nada?

—Entonces no cambiará nada.

—¿Y si demuestra que su padre sabía exactamente lo que hacía?

La pregunta queda entre nosotros.

Pienso en el hombre que me enseñó a montar, que odiaba que yo hiciera trampas a las cartas y que era capaz de recorrer media finca bajo la lluvia porque un arrendatario había enviado noticia de que su hijo estaba enfermo.

También pienso en su firma al pie de la orden.

—Entonces tendré que aceptarlo.

Imogen me observa en silencio.

—¿Así de sencillo?

—No he dicho que sea sencillo.

—Pero va a seguir buscando aunque pueda gustarle menos lo que encuentre.

—Precisamente por eso.

Ella baja la vista al informe de Bale.

—Mi padre no habla de aquello.

—El suyo está vivo. Puede preguntarle.

La frase sale antes de que piense si debería. Su expresión se suaviza apenas.

—Y el suyo no.

—No.

Por primera vez desde que entra no hay ironía entre nosotros. Es incómodo. También extraño. Imogen deja el informe sobre la mesa.

—Lo siento.

—No hace falta.

—No lo diga como si aceptar una condolencia fuera una debilidad.

—No lo digo así.

—Lo parece.

—Eso es porque tengo una cara especialmente defectuosa para recibir sentimientos.

La señora Hartley vuelve a su bordado.

—Al menos conoce sus limitaciones.

Imogen suelta una risa. Pequeña. Involuntaria. Y, contra todo criterio, me alegra más de lo que debería. Sirvo el té porque necesito hacer algo con las manos.

—Voy a revisar la correspondencia del agente de los muelles —digo—. Usted pregunte a su padre por esa caja.

—Averiguaré qué ocurrió.

—Averiguaremos.

—No recuerdo haberle pedido que me acompañara.

—Tampoco me pidió acceso a mis archivos la primera vez que vino y, sin embargo, mire dónde estamos.

Toma la taza que le ofrezco.

—Usted tiene una opinión demasiado elevada de su utilidad.

—Es una enfermedad hereditaria.

—Espero que no sea lo único que ha heredado.

La frase le sale antes de que pueda detenerla. El silencio llega tan rápido que casi puedo verlo. Imogen cierra los ojos un instante.

—Eso ha sido cruel.

No esperaba que lo admitiera.

—Sí.

—Lo siento.

Tampoco esperaba eso. Podría facilitarle las cosas. Hacer una broma. Fingir que no me ha dolido. Por una vez, no lo hago.

—Gracias.

Ella asiente. Luego abre el bolso y saca un lápiz. No el cuaderno. Una hoja doblada.

—Estas son las abreviaturas que utilizaba mi padre en sus cartas comerciales. Si aparecen en alguna copia, podríamos saber si el original salió de su oficina.

La tomo.

—¿Ve? Imprescindible.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

Cuando se marcha, el documento de mi padre sigue sobre la mesa. No parece menos grave. Pero al lado está la lista de Imogen, escrita con letra firme, y el informe de Bale. Tres versiones de una misma historia. Por primera vez creo de verdad que quizá podamos separar una de otra.

Y eso debería importarme únicamente por nuestros padres. El problema es que, cuando recuerdo cómo ha dicho «lo siento», ya no estoy seguro de que sea así.