Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 5Lección tres hazte imprescindible
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CAPÍTULO 5Lección tres hazte imprescindible

Lección tres: hazte imprescindible

Imogen

Hay una diferencia entre entrar en la vida de un hombre y empezar a formar parte de su rutina. La primera es estrategia. La segunda es un error. Descubro que he cruzado la línea el martes por la mañana, cuando el mayordomo de Pembroke House me abre la puerta y no pregunta mi nombre.

—Buenos días, señorita Everleigh.

Buenos días. Como si fuera normal que aparezca tres veces por semana. Como si no hubiera pasado los últimos días intentando sembrar preguntas sobre el dueño de la casa. Como si no llevara un cuaderno escondido en el bolso cuyo propósito declarado es arruinarlo.

—Lord Pembroke está en la biblioteca —añade.

Por supuesto. La señora Hartley me sigue sin comentar nada. Últimamente, su silencio resulta más acusador que sus palabras. Cuando entramos, Oliver está arrodillado en el suelo entre dos cajas. Me detengo.

—¿Ha perdido algo?

Levanta la cabeza.

—Mi dignidad. Hace años.

—Eso explica muchas cosas.

—También busco un libro de cuentas.

Me quito los guantes.

—¿Cuál?

—Mil ochocientos ocho. Cubierta marrón. Mi padre escribió «muelles» en el lomo.

—Está en la caja junto al escritorio.

Oliver mira hacia allí.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo dejamos el viernes.

—Yo lo dejé en la mesa.

—Yo lo guardé porque usted derramó brandy al lado.

—Fue una medida de seguridad.

—Fue torpeza.

Se pone en pie.

—Señora Hartley, temo que su protegida empieza a comportarse como si esta biblioteca fuera suya.

—Me parece justo —dice ella, acomodándose junto a la ventana—. Usted se comporta como si ella fuera parte del mobiliario.

Oliver me mira.

—Un jarrón muy hostil.

—Pruebe a acercarse y verá.

Su sonrisa aparece. La odio un poco menos de lo que debería. Sacamos el libro. Llevamos días siguiendo la operación que terminó con el almacén de Wapping en manos de los Pembroke. Hoy aparece por fin la deuda. No una referencia. Ni una nota marginal. La cifra completa. Me quedo quieta.

—Ahí está.

Oliver no dice nada. Inclinado a mi lado, lee la misma entrada.

«E. Everleigh yo señalo una discrepancia, él busca el documento que puede explicarla. Nos interrumpimos menos. Terminamos frases que ninguno debería conocer del otro.

En algún momento descubro que sé dónde guarda sus lápices.

En otro, él sabe que necesito una hoja nueva antes de que la pida.

Es una intimidad ridícula. De escritorio.

De tinta y cuentas. Y precisamente por eso me asusta.

Antes de marcharme encontramos una última entrada.

La cifra principal de la deuda aparece junto al nombre de mi padre y una anotación de la mano de lord Pembroke.

No es difícil de leer esta vez.

«Si no cubre antes del día 15, ejecutar garantía».

Debajo hay una fecha. Mi padre no cubrió. El almacén pasó a Pembroke. La prueba que buscaba está ahí. No demuestra crueldad.

No demuestra conspiración. Pero demuestra una cosa: el padre de Oliver dio la orden que terminó de hundirnos. Cuando salgo de Pembroke House, llevo una copia de la entrada en el bolso. Debería sentirme victoriosa.

En cambio, pienso en la lista de proveedores que hice sin que me la pidieran, en cómo Oliver ha empezado a pasarme documentos como si supiera exactamente qué voy a buscar y en el instante absurdo en que ambos entendimos la misma anotación al mismo tiempo.

Cuando llego a casa, mi padre está en el comedor revisando el precio del carbón en un periódico. No parece un hombre arruinado. Nunca lo ha parecido a primera vista. Lleva el cuello de la camisa impecable, el cabello gris bien peinado y las gafas apoyadas en la punta de la nariz.

Solo alguien que lo conociera antes notaría que ahora compara cada cifra antes de pedir que enciendan otro fuego.

—Has vuelto tarde —dice.

—Había muchos documentos.

—¿Pembroke te está ayudando?

La pregunta me obliga a quitarme los guantes para ganar tiempo.

—Sí.

Mi padre deja el periódico.

—No tienes que hacer esto por mí, Imogen.

—No lo hago solo por ti.

—Eso me preocupa más.

Sonríe, pero no hay humor en sus ojos.

—¿Encontraste algo?

La copia de la orden pesa dentro de mi bolso. Podría enseñársela. Podría decirle que tenía razón, que el padre de Oliver dio la orden, que el almacén fue la garantía.

No lo hago. Todavía no.

—Solo preguntas.

—Las preguntas son peligrosas cuando una ya ha decidido las respuestas.

Me quedo inmóvil.

—¿Eso es un consejo?

—Es una confesión.

Antes de que pueda pedirle que se explique, vuelve al periódico. Subo a mi habitación con el cuaderno apretado contra el costado. Lo abro sobre el escritorio. Lección número tres: hazte imprescindible.

Debajo escribo:

«Conseguido».

Me quedo mirando la palabra.

Después añado, con menos satisfacción:

«El problema es que él también empieza a serlo».