Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 4Una trampa bastante evidente
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CAPÍTULO 4Una trampa bastante evidente

Una trampa bastante evidente

Oliver

La ventaja de que una mujer intente arruinarme es que, una vez asumida la posibilidad, las veladas sociales mejoran mucho.

Antes, una recepción en casa de lady Delamere consistía en beber champán, escuchar rumores y evitar que alguna madre con hijas solteras me acorralara junto a una palmera ornamental.

Ahora tengo un entretenimiento adicional: descubrir qué ha preparado Imogen Everleigh. No me decepciona. La encuentro junto a lady Haversham. Eso ya es sospechoso. Lady Haversham no conversa. Interroga. Si Su Majestad la contratara para asuntos de Estado, Francia se rendiría antes del té.

Imogen me ve entrar. La expresión que cruza por su rostro dura menos de un segundo. Satisfacción. Ah. Esta noche me toca a mí.

—Lord Pembroke —me llama lady Haversham antes de que pueda fingir una lesión grave—. Venga aquí.

Imogen sonríe con la dulzura de una mujer que acaba de dejar una trampa para osos bajo una alfombra. Me acerco.

—Lady Haversham. Señorita Everleigh.

—Estábamos hablando de usted —dice la primera.

—Entonces lamento haber interrumpido. Seguramente estaba quedando mucho mejor sin mi participación.

—La señorita Everleigh me cuenta que está revisando los negocios de su padre.

Miro a Imogen.

—¿De veras?

—Solo he comentado que está muy ocupado.

—Admirable discreción.

Lady Haversham agita el abanico.

—¿Ha encontrado algo interesante?

Ahí está la trampa.

Si niego, parecerá que oculto algo. Si cuento la verdad, alimento rumores sobre negocios antiguos y Bale. Si me irrito, lady Haversham tendrá entretenimiento para una semana.

Imogen me observa por encima de su copa. Demasiado satisfecha. Decido que merece una lección.

—Muchísimo —respondo—. He descubierto que mi padre pagaba demasiado por el vino francés y que en mil ochocientos nueve compró un caballo que debió de ser una abominación.

Lady Haversham frunce el ceño.

—No me refiero a eso.

—Ah. ¿A qué se refiere?

—A Edmund Bale.

Varias cabezas cercanas se giran con una discreción tan pobre que casi resulta conmovedora.

—Bale aparece en algunas operaciones antiguas —digo—. Como en las de media docena de caballeros de Londres. Después de lo sucedido con Whitmore, sería irresponsable no revisarlas.

—¿Teme haber sido víctima también?

—Temo haber sido joven durante demasiado tiempo y haber dejado que los hombres mayores se ocuparan de cosas aburridas. Por suerte, estoy corrigiendo ambos defectos.

Una risa recorre el pequeño grupo. Lady Haversham no se rinde.

—La señorita Everleigh parece ayudarlo mucho.

Imogen se atraganta. Perfecto.

—Es indispensable —respondo.

Ahora sí me mira.

—Lord Pembroke exagera.

—Jamás en asuntos serios.

—Pensaba que no tenía asuntos serios —replica, molesta.

—He adquirido uno. Tiene el cabello oscuro y una preocupante afición a mis archivos.

Lady Haversham sonríe de golpe. No es buena señal.

—¿Debemos entender algo?

La pregunta golpea exactamente donde Imogen esperaba que golpeara, solo que en dirección contraria. Veo el instante en que comprende que ha creado una situación que puede dañarla más a ella que a mí. No voy a permitírselo.

—Debe entender que la señorita Everleigh posee conocimientos relacionados con una operación de nuestras familias y ha tenido la generosidad de compartirlos —digo—. Nada más emocionante. Me temo que Londres tendrá que sobrevivir a la decepción.

Lady Haversham parece ofendida por la falta de escándalo.

—Qué aburrido.

—Lo sé. Estoy pensando en adoptar una amante francesa para compensarlo.

—Oliver —dice Whitmore a mi espalda.

No lo había oído acercarse. Me vuelvo.

—Lucian. Qué alegría. Lady Haversham, ¿conoce ya al hombre que ha destruido mi juventud obligándome a revisar cuentas?

—Todo Londres conoce a Lord Whitmore.

Lucian me dedica esa expresión suya que significa «algún día dejaré de salvarte de ti mismo». Lady Haversham cambia de objetivo y empieza a interrogarlo sobre su esposa. Imogen aprovecha para alejarse. Voy tras ella.

—Eso ha sido muy feo.

No se vuelve.

—No sé de qué habla.

—Lady Haversham.

—Es una mujer encantadora.

—También lo es un tiburón si uno no sangra cerca.

Llegamos a una galería lateral casi vacía. Desde el salón sigue oyéndose la música. Imogen se detiene.

—No la obligué a preguntarle nada.

—No. Solo le dio suficiente información para que hiciera el resto.

—Parece haber sobrevivido.

—Con grandes heridas internas.

—No se notan.

—Soy valiente.

Ella cruza los brazos.

—Si supiera que intentaba perjudicarlo, ¿por qué no lo ha dicho allí?

—¿Qué cosa?

—Que fui yo quien mencionó a Bale.

La pregunta es seria. La miro.

—Porque su reputación no tiene nada que ver con lo que haya entre nuestras familias.

—Podría haberme dejado en ridículo.

—Podría haber hecho muchas cosas. La mayoría me habría aburrido.

—Siempre bromea cuando no quiere contestar.

—Y usted acusa cuando no quiere agradecer.

Su mandíbula se tensa.

—No le debo agradecimiento.

—Magnífico. Entonces estamos de acuerdo.

Doy un paso para marcharme.

—Lord Pembroke.

Me vuelvo.

—¿Sí?

—¿Por qué sigue permitiéndome entrar en su casa?

La pregunta me sorprende. Podría responder que necesito su ayuda con las anotaciones de Everleigh. Sería verdad. No sería toda la verdad.

—Porque quiero saber qué ocurrió —digo—. Y porque usted también.

—Eso no explica por qué tolera lo demás.

—¿Qué demás?

—Mis preguntas. Mi… carácter.

—Ah. —Sonrío—. Eso es porque empieza a divertirme.

Sus ojos se abren un poco.

—¿Le divierte que intente incomodarlo?

—Muchísimo.

—Es usted insoportable.

—También me lo han dicho.

—Algún día no le hará gracia.

La frase tiene más peso del que debería.

—¿Es una amenaza?

—Una observación.

—Entonces haré lo posible por disfrutar mientras dure.

Regresamos al salón.

Imogen no tarda en desaparecer entre un grupo de damas. Yo intento concentrarme en una conversación sobre caballos y fracaso de forma estrepitosa. Cada pocos minutos la busco sin querer. Una vez la encuentro mirándome. Esta vez ninguno aparta los ojos enseguida.

No hay desafío en ese instante. Tampoco hostilidad. Solo una pausa absurda en mitad de un salón lleno de gente. Entonces lady Haversham se interpone entre ambos y el hechizo se rompe. Me sirvo champán. Mala idea. Empiezo a pensar.

La señorita Everleigh quiere algo de mí. Quizá que admita la culpa de mi padre. Quizá que me avergüence de un beneficio que todavía no comprendo. Quizá algo más concreto. Lo sensato sería averiguarlo antes de seguir permitiéndole revisar mis papeles.

Lo sensato también sería dejar de encontrar divertido que frunza la nariz cuando está enfadada. No parece una noche favorable para la sensatez. Whitmore me intercepta antes de que pueda pedir otra copa.

—¿Qué demonios estás haciendo?

—Sobreviviendo a una recepción.

—Con Everleigh.

—También ella sobrevive.

Lucian mira hacia donde Imogen conversa con la señora Hartley.

—Arabella dice que esa mujer ha venido con un propósito.

—Arabella cree que todo el mundo ha venido con un propósito. Es una secuela de haber robado relojes.

—Y suele tener razón.

—También eso es una secuela irritante.

Lucian baja la voz.

—Ten cuidado.

—¿De qué?

—No lo sé. Ese es el problema.

Miro a Imogen. Ella nota mi atención y aparta los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no me apetece hacer una broma.

—Sí —digo—. Eso empiezo a pensarlo yo también.