Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 3Lección dos descubre qué desea
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CAPÍTULO 3Lección dos descubre qué desea

Lección dos: descubre qué desea

Imogen

La segunda lección parece sencilla sobre el papel.

Descubre qué desea tu enemigo. Los hombres desean cosas muy previsibles: dinero, influencia, reconocimiento, una esposa bonita que no les haga demasiadas preguntas.

Lord Oliver Pembroke, como casi siempre, decide ser irritante. No logro averiguar qué demonios desea.

Durante la semana siguiente lo observo en tres lugares distintos. En su biblioteca, donde trabaja de verdad aunque se esfuerce en parecer aburrido.

En una cena en casa de lady Marsden, donde consigue que una duquesa de setenta años se ría con la boca abierta y después le cede su asiento junto al fuego sin que nadie note que lo ha hecho.

Y en Hyde Park, donde un muchacho que vende periódicos se acerca a su caballo y Oliver le compra tres ejemplares aunque solo necesita uno. Ninguna de esas cosas sirve para arruinarlo. Empiezo a sospechar que debería haber elegido un enemigo con vicios más útiles.

—Lo mira demasiado —dice la señora Hartley.

Estamos en el salón de lady Marsden y Oliver conversa con Whitmore junto a una ventana.

—Lo estoy estudiando.

—Así llaman ahora a eso.

—No sé a qué se refiere.

—Yo sí. Tengo cincuenta y ocho años y tres maridos enterrados. Poseo experiencia suficiente para reconocer cuando una mujer mira a un hombre como si quisiera empujarlo por una escalera o besarlo.

—Yo solo quiero empujarlo.

—Eso te dices.

Ajusto el abanico entre mis dedos.

—Necesito saber qué le importa.

—Podrías preguntarle.

La miro.

—¿Y para qué serviría entonces la investigación?

—Ah, perdona. Olvidaba que eres una conspiradora.

La palabra me hace sonreír.

—No soy una conspiradora.

—¿Cómo llamas a ese cuaderno que escondes bajo el colchón?

Dejo de sonreír.

—¿Ha estado en mi dormitorio?

—Vivo contigo. A veces busco cosas.

—No vuelva a tocarlo.

—No lo he leído.

—¿Por qué?

—Porque en la portada pone «Diez lecciones para arruinar a un lord» y temo que el contenido sea menos entretenido que el título.

—Señora Hartley.

—Imogen.

Nos miramos. Después suspira.

—Tu padre no sabe nada, ¿verdad?

—No.

—Bien.

—¿Bien?

—Si Elias supiera que estás husmeando en los archivos de los Pembroke, tendría un ataque de orgullo, otro de furia y después probablemente intentaría acompañarte. Ninguna de las tres cosas nos conviene.

Eso es exactamente por lo que no se lo he contado.

Mi padre sabe que he pedido acceso a ciertos documentos antiguos.

Cree que se trata de aclarar la historia.

No sabe que he decidido que, si encuentro pruebas suficientes de que lord Pembroke actuó contra él por interés o crueldad, su hijo pagará por haber heredado el prestigio construido sobre nuestra ruina.

Quizá es injusto. La justicia perdió bastante encanto para mí cuando vi a mi madre vender sus joyas para pagar deudas que no entendía.

—Se acerca —murmura la señora Hartley.

Oliver cruza el salón hacia nosotras.

—Señora Hartley. Señorita Everleigh.

—Lord Pembroke —respondo.

—Empiezo a pensar que me sigue.

—Qué curioso. Yo iba a decir lo mismo.

—Es la tercera vez esta semana que coincidimos.

—Londres no es tan grande.

—Medio millón de habitantes discreparían.

La señora Hartley nos mira a uno y otro.

—Voy a buscar limonada.

—No tengo sed —digo.

—Yo sí. Muchísima.

Nos abandona. Traición doméstica. Oliver ofrece su brazo.

—¿Baila?

—No con hombres a los que investigo.

—Qué norma tan específica.

—Me ha evitado problemas hasta ahora.

—¿Y si prometo no revelar secretos durante el vals?

—No es un vals.

—Entonces tendré que revelar muy pocos.

Lo rechazo. Cinco minutos después estoy bailando con él. No estoy segura de cómo ha ocurrido. Sospecho que esa es una de sus habilidades peligrosas.

—He encontrado algo más —dice mientras avanzamos en la figura—. Una lista de propiedades vinculadas a las garantías de Everleigh.

—¿Por qué no me lo ha dicho antes?

—Pensaba hacerlo mañana.

—¿Qué propiedades?

—Un almacén en Wapping y dos terrenos. El almacén terminó en manos de mi familia.

El paso siguiente casi lo piso. Oliver me sujeta por el codo.

—Cuidado.

—Estoy bien.

—Lo imagino. Mis botas quizá no.

—¿Su familia todavía posee ese almacén?

—Sí.

Ahí está. La primera pieza concreta que puedo tocar. Los Pembroke no solo reclamaron una deuda. Se quedaron con algo de mi padre.

—¿Produce beneficios?

Oliver me observa.

—Esa es una pregunta interesante.

—No especialmente.

—Lo es si la formula antes de preguntar cuánto valía entonces.

No respondo.

—Produce beneficios —dice—. No enormes. Pero sí.

Un calor desagradable me sube por el pecho.

Durante doce años, mi padre ha vivido calculando gastos antes de comprar una botella de vino. Durante doce años, los Pembroke han ganado dinero con una propiedad que fue nuestra.

—Ya entiendo.

—No, todavía no.

—¿Qué queda por entender?

—Por qué mi padre la aceptó como garantía. Qué información recibió antes. Si Everleigh tuvo opción real de renegociar.

—Usted siempre encuentra una pregunta que retrasa la respuesta.

—Y usted siempre encuentra una respuesta antes de terminar las preguntas.

La música termina. Retiro la mano de su brazo.

—Mañana quiero ver los documentos del almacén.

—Por supuesto.

No intento disimular mi enfado.

—¿No le molesta?

—¿Qué cosa?

—Que quizá descubra que su familia se enriqueció a costa de la mía.

Oliver tarda un instante en contestar.

—Me molestaría más no descubrirlo.

Otra vez. Otra respuesta correcta. Me alejo antes de que pueda odiarlo por eso.

***

Al día siguiente llego a Pembroke House con la determinación de no permitir que su buen comportamiento me distraiga.

Fracaso en menos de una hora. No porque sea encantador. Eso ya lo conozco. Porque encuentro lo que desea.

Está en una caja de correspondencia privada. No una carta concreta, sino la forma en que Oliver toca las cosas de su padre. Con cuidado. Sin ironía.

Saca una pequeña libreta de notas y la hojea.

—Mi padre llevaba esto encima durante sus últimos años.

—¿Qué contiene?

—Cuentas domésticas, recordatorios, nombres de caballos… y una lista de asuntos que quería revisar.

—¿Everleigh aparece?

—No.

Su decepción es real. No por mí. Por él.

—Quiere demostrar que su padre no hizo nada malo —digo.

Oliver levanta la vista.

—Quiero saber qué hizo.

—No es lo mismo.

—No.

—Pero preferiría que fuera inocente.

Su boca se curva sin alegría.

—¿Usted no preferiría que el suyo lo fuera?

La pregunta me ofende porque acierta.

—Mi padre perdió todo.

—Eso no responde la pregunta.

—Mi padre no falsificó cuentas.

—No he dicho que lo hiciera.

—Entonces, ¿qué insinúa?

—Nada. —Cierra la libreta—. Solo que quizá los dos hemos venido a esta mesa con una historia que queremos confirmar.

—Hay una diferencia.

—¿Cuál?

—La mía terminó con mi familia arruinada.

Por primera vez desde que lo conozco, Oliver no bromea.

—Sí —dice—. Esa es una diferencia enorme.

El aire se queda quieto. Miro la libreta en sus manos. Y entonces entiendo la segunda lección. No desea dinero. No desea una esposa.

Ni siquiera parece necesitar que Londres lo admire.

Oliver Pembroke desea creer que el hombre que le enseñó a montar, que le escribió desde el colegio, que murió dejándole un título y una casa, fue honorable.

Eso es lo que valora. Eso es lo que puede perder.

No vuelvo a verlo hasta después de la cena.

Oliver baila con una joven rubia, conversa con un caballero de edad avanzada y, al despedirse de la anfitriona, se detiene para escuchar a un hombre que parece pedirle algo.

No oigo la conversación, pero sí veo cómo Oliver se saca una tarjeta del bolsillo y se la entrega.

—¿Quién es? —pregunto a la señora Hartley.

—El señor Keating. Su hermano fue administrador de una finca de los Pembroke. Murió el invierno pasado.

—¿Y qué quiere?

—¿De verdad esperas que además de acompañante sea espía?

—Sería útil.

—Mi sueldo tendría que aumentar.

Oliver estrecha la mano del hombre antes de despedirse. No hay público pendiente de ellos. Nadie a quien impresionar. Otro dato inútil. Empiezo a reunir demasiados. En el carruaje, saco el cuaderno antes incluso de llegar a casa. La señora Hartley me observa hacerlo.

—¿Ya has descubierto qué desea?

—Sí.

—¿Y eso te alegra?

Miro la página en blanco.

—Debería.

—No es lo que he preguntado.

No respondo. Al volver a casa, abro el cuaderno.

Debajo de la segunda lección escribo:

«Su padre».

Debería sentir satisfacción. En cambio, mientras cierro la tapa, solo puedo pensar en cómo Oliver sostuvo la vieja libreta entre las manos. Y en que por primera vez desde que empecé este plan sé exactamente dónde golpear. La verdad…, no me gusta tanto como esperaba.