CAPÍTULO 2Una mujer con demasiadas preguntas
Una mujer con demasiadas preguntas
Oliver
La señorita Imogen Everleigh tiene cuatro formas distintas de mirarme. La primera significa que acaba de descubrir que he dicho algo estúpido. La segunda, que sospecha que voy a decirlo. La tercera, que le gustaría golpearme con el objeto más cercano. La cuarta todavía no la entiendo.
Es la que utiliza cuando cree que no la estoy observando.
Dos días después de nuestra primera mañana de trabajo, esa cuarta mirada aparece cuando le entrego una carpeta que he encontrado en el archivo privado de mi padre.
—¿Qué es esto?
—Una relación de operaciones de mil ochocientos ocho.
—Ya veo la fecha.
—Me tranquiliza. Temía que también tuviéramos que trabajar los números.
Sus ojos oscuros se estrechan. La señora Hartley, instalada junto a la ventana con un bordado que no ha avanzado un solo punto desde que llegó, resopla.
—Lord Pembroke, un día va a provocar que esa muchacha lo apuñale con una pluma.
—Espero que no sea con la mía. Es francesa.
Imogen abre la carpeta. Sí, Imogen. Pienso en ella por su nombre desde la segunda visita, aunque poseo suficiente instinto de conservación para no utilizarlo en voz alta.
No sé qué esperaba cuando apareció en casa de Whitmore. Quizá una joven temblorosa, quizá una acusadora furiosa. Encontré algo peor: una mujer que ha tenido doce años para ordenar su resentimiento hasta dejarlo afilado.
Y que no se intimida conmigo. Eso último resulta poco práctico. También bastante entretenido. Me siento frente a ella.
—He preguntado al administrador por Everleigh & Co.
Sus dedos se detienen sobre la cinta de la carpeta.
—¿Y?
—Recuerda el nombre, pero no trabajaba para mi padre entonces. El administrador anterior murió hace siete años. Sin embargo, conservamos un registro de las operaciones que pasaron por manos de Edmund Bale.
—¿Muchas?
—Demasiadas para mi gusto.
Le paso una hoja. La lista ocupa dos páginas. Imogen la lee en silencio. Su expresión cambia cuando encuentra el apellido Everleigh.
—Tres operaciones.
—Al menos tres.
—¿Su padre confiaba tanto en Bale?
—Mi padre confiaba en cualquiera que hiciera el trabajo a tiempo y no le obligara a escuchar explicaciones largas. Era una virtud útil y un defecto peligroso.
—Qué manera tan amable de decir que no comprobaba demasiado.
—No he dicho eso.
—Lo ha pensado.
—Empiezo a sospechar que además de leer cuentas sabe leer mentes.
—La suya no parece complicada.
Sonrío. Ella no. A veces tengo la sensación de que mi sonrisa la ofende por motivos personales.
—Hay otra cosa —digo.
Saco una nota de mi bolsillo.
La escribí la noche anterior después de cenar con Whitmore.
Desde que descubrimos lo que Bale había hecho a Thomas Hart, he empezado a revisar cualquier negocio antiguo en el que aparezca su firma.
No por heroísmo. Porque detesto que un hombre muerto pueda seguir riéndose de nosotros desde un libro de cuentas.
—Mi padre recibió un informe de Bale seis semanas antes de reclamar la deuda de Everleigh. No conservo el informe, solo la referencia.
—¿Qué decía?
—No lo sé.
—¿Y no le parece importante?
—Me parece tan importante que llevo dos días buscándolo.
La respuesta la hace callar. Miro sus manos. Hoy lleva guantes grises. Muy serios. La señorita Everleigh elige sus guantes como otros hombres eligen armas.
—¿Por qué no le pregunta a su padre? —pregunto.
El cambio en ella es inmediato.
—Ya le dije que no.
—Me dijo que conserva papeles.
—Y que no quiero involucrarlo.
—Señorita Everleigh, si buscamos una operación en la que él participó, tarde o temprano necesitaremos su versión.
—No.
No levanta la voz. No le hace falta. Apoyo los antebrazos en la mesa.
—¿Porque está enfermo?
—No.
—¿Porque no recuerda?
—Recuerda demasiado.
Eso sí lo comprendo.
Mi padre murió cuatro años atrás. Hay días en que daría cualquier cosa por preguntarle qué pensaba cuando firmó ciertos documentos. Otros, me alegro de no tener que hacerlo.
—No volveré a insistir hoy —digo.
—Qué generoso.
—Mañana ya veremos.
Una chispa aparece en sus ojos. Ahí está otra vez la tercera mirada. Paso a la carpeta siguiente antes de que descubra si mi pluma francesa atraviesa una mano.
Durante dos horas trabajamos con sorprendente eficacia.
Imogen reconoce abreviaturas, nombres de proveedores y hasta la forma en que su padre marcaba pagos pendientes.
Yo traduzco para ella las columnas y el lenguaje contable de mi padre.
La señora Hartley alterna su bordado inmóvil con pequeñas siestas que finge no dormir.
El problema surge cuando encontramos una carta dirigida a mi padre por un tal señor Mercer.
«En relación con las pérdidas informadas por el señor Bale en la operación Everleigh...»
Imogen se inclina sobre el papel.
—Siga.
—Estoy leyendo.
—En voz alta.
—¿No sabe hacerlo usted?
—Su padre escribe como si hubiera caído del caballo a mitad de cada palabra.
No puedo discutirlo. Leo. La carta menciona pérdidas, retrasos y «falta de cobertura suficiente por parte de Everleigh». Nada concluyente. Nada amable. Imogen palidece un poco.
—Eso fue antes de la reclamación.
—Sí.
—Entonces su padre sabía que el negocio de mi padre estaba en problemas.
—Según lo que Bale le contó.
—O según lo que era verdad.
Su voz se endurece.
—No sabemos cuál de las dos cosas.
—Yo sí sé que después nos quedamos sin nada.
—Y yo sé que usted ha venido aquí esperando demostrar que mi padre quiso conseguirlo.
La señora Hartley deja de fingir que borda. Imogen me mira.
—¿Y si lo demuestro?
La pregunta merece una respuesta seria. Por desgracia, suelo ser serio con la misma frecuencia con la que un gato acepta órdenes. Esta vez hago el esfuerzo.
—Entonces será verdad.
—¿Eso es todo?
—¿Qué espera que haga? ¿Que queme la casa? ¿Cambie de apellido? ¿Desentierre a mi padre para discutir con él?
—Podría dejar de bromear cinco minutos.
—Podría. —Me reclino en la silla—. También podría decirle que mi padre fue un santo porque me enseñó a montar y jamás olvidó mi cumpleaños. Ninguna de esas cosas impediría que hubiera cometido una injusticia comercial. Si la cometió, quiero saberlo.
La cuarta mirada aparece. Ahora creo entenderla. Es desconcierto. Imogen no sabe qué hacer conmigo cuando no interpreto el papel que me ha asignado. Curiosamente, yo tampoco sé qué hacer con ella cuando deja de atacarme.
—Tiene demasiadas preguntas —digo.
—Usted demasiadas respuestas que no sirven.
—Eso es casi un cumplido.
—No lo es.
—Tendré que conformarme.
Seguimos. A media tarde encontramos una anotación breve en el margen de un libro: «B. — revisar garantía tras informe B.» Imogen se queda inmóvil.
—La garantía.
—Sí.
—Fue lo que su padre terminó ejecutando.
—Probablemente.
—Entonces Bale recomendó revisar nuestra garantía antes de que lord Pembroke actuara.
—Eso parece.
—Y usted sigue pensando que no es importante.
—¿Cuándo he dicho eso?
—Tiene esa cara.
—¿Qué cara?
—La de hombre que preferiría estar en cualquier otro sitio.
No puedo evitar reír.
—Señorita Everleigh, llevo cinco horas en esta mesa y he cancelado una visita a Tattersall’s para estar aquí. Le aseguro que mi caballo está mucho más ofendido que usted.
—Pobrecillo.
—Tiene un carácter delicado.
Ella baja la mirada al libro, pero veo cómo la comisura de su boca tiembla. Eso me satisface más de lo razonable. Al terminar, la acompaño al vestíbulo. La señora Hartley camina unos pasos por delante.
—Volveré el viernes —dice Imogen.
—¿Eso era una pregunta?
—No.
—Empiezo a admirar su respeto por mi agenda.
—No tiene nada mejor que hacer.
—Eso me ha dolido.
—Me recuperaré de la culpa.
La puerta se abre. Antes de que salga, la llamo.
—Señorita Everleigh.
Se vuelve.
—¿Sí?
—No sé qué pretende hacer con lo que encontremos.
Su expresión se vuelve neutra. Demasiado neutra.
—Pretendo conocer la verdad.
—Eso ya me lo ha dicho.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—No la he hecho todavía.
Espero. Ella también.
—¿Qué hará si la verdad no le gusta porque no se parece a la historia que ha contado durante doce años?
La cuarta mirada desaparece. Por primera vez solo queda la tercera.
—Tendrá que encontrarla primero, lord Pembroke.
Se marcha. La observo subir al carruaje. No vuelvo a la biblioteca.
Pido el caballo y, cuarenta minutos después, estoy en casa de Whitmore, donde encuentro a Lucian en su despacho y a Arabella sentada sobre el brazo de una butaca.
—Necesito preguntaros algo sobre Bale —digo.
Arabella deja de masticar. Eso basta para eliminar cualquier ligereza de la habitación.
Les explico las referencias a Everleigh, el informe perdido y las marcas de revisión. Lucian abre uno de los cajones de su escritorio y saca una copia de parte de la documentación que utilizó para reconstruir el fraude contra Thomas Hart.
—Bale repetía procedimientos —dice—. No siempre el mismo fraude, pero sí la misma costumbre: controlar la información que llegaba a cada parte. Si aparece entre tu padre y Everleigh, no des por hecho que transmitió lo mismo a ambos.
—Eso no demuestra que lo hiciera.
—No.
Arabella me mira.
—¿La muchacha lo cree culpable?
—A Bale, todavía no. A mi padre, sí.
—¿Y a ti?
—No estaba allí.
—No he preguntado si estabas allí.
Lucian oculta una sonrisa tras la mano.
—¿Podemos concentrarnos?
Arabella muerde otra vez la manzana.
—Yo estoy concentradísima. Oliver es quien lleva tres días hablando de una mujer que lo detesta y sigue invitándola a su casa.
—Necesito que reconozca las anotaciones de Everleigh.
—Claro.
—Y quiero saber qué pasó.
—También.
—Arabella.
—Oliver.
Lucian interviene antes de que se nos vaya de las manos.
—Revisa las fechas. Si Bale participó, busca documentos anteriores y posteriores a cada informe suyo. La mentira suele dejar huecos.
Asiento. Es útil. Concreto. Mucho más cómodo que la sonrisa de su esposa.
Cuando por fin cierro la puerta de Pembroke House, una certeza incómoda se instala conmigo en el vestíbulo.
Imogen Everleigh no ha venido solo a investigar a mi padre.
Ha venido por mí. Y no tengo la menor idea de qué pretende hacer cuando me encuentre.