Diez lecciones para aruinar a un lord (Lores en apuros 2) CAPÍTULO 1Lección uno acércate a tu enemigo
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CAPÍTULO 1Lección uno acércate a tu enemigo

Lección uno: acércate a tu enemigo

Imogen

A las nueve y cincuenta y siete de la mañana estoy frente a Pembroke House.

A las nueve y cincuenta y ocho considero la posibilidad de dar media vuelta.

A las nueve y cincuenta y nueve recuerdo la expresión de mi padre la última vez que un antiguo conocido cruzó de acera para no saludarlo.

A las diez llamo. Mi acompañante, la señora Hartley, suspira a mi lado.

—Si vas a declararle la guerra a un vizconde, querida, agradecería saberlo antes de cruzar su puerta.

—No voy a declararle la guerra.

—Eso me tranquiliza muchísimo. Sobre todo porque has tardado veinte minutos en elegir unos guantes que, según tú, transmiten autoridad.

Miro mis guantes color crema.

—La transmiten.

—Transmiten que tienes manos.

La señora Hartley es prima segunda de mi madre y posee dos virtudes que la convierten en acompañante perfecta: no se escandaliza con facilidad y necesita el pequeño sueldo que mi padre puede pagarle tanto como nosotros necesitamos que lo acepte.

El mayordomo nos hace pasar.

Pembroke House no es ostentosa. Eso me sorprende.

Esperaba mármol suficiente para pavimentar media calle y retratos de antepasados contemplando a los visitantes como si sospecharan de sus cubiertos.

Hay cuadros, sí, y una escalera amplia, y muebles que cuestan más de lo que mi padre podría permitirse en un año, pero todo resulta… vivido.

No preparado para impresionar. Me molesta encontrar otra cosa que no encaja con mis prejuicios.

Oliver nos espera en una biblioteca de paredes verdes, rodeado por tres cajas de documentos y con la levita abandonada sobre el respaldo de una silla.

Sin ella parece menos lord y más hombre. Decido que tampoco me gusta ese detalle.

—Señorita Everleigh. —Se pone en pie—. Tres minutos de margen. Empiezo a sentirme decepcionado.

—¿Esperaba que llegara tarde?

—Esperaba poder acusarla de falta de puntualidad y ganar nuestra primera discusión.

—Tendrá que buscar otro defecto.

Su mirada baja un instante hacia mis guantes.

—Estoy seguro de que encontraremos alguno.

La señora Hartley carraspea. Oliver se vuelve hacia ella con una inclinación impecable.

—Señora Hartley. Mi ama de llaves ha dispuesto té en la sala contigua. La puerta permanecerá abierta, por supuesto.

—Yo permaneceré donde pueda oír si alguno de ustedes intenta asesinar al otro —responde ella.

—Excelente. Agradezco que haya establecido un estándar tan modesto para la mañana.

Me siento ante la mesa.

Encima hay libros de cuentas, carpetas, cartas atadas con cintas desteñidas y varios documentos que parecen haber pasado los últimos años esperando que alguien los considerase interesantes.

—¿Todo esto tiene que ver con mi padre?

—No. —Oliver ocupa la silla frente a mí—. Todo esto pertenece a un periodo de unos cuatro años en el que aparece el nombre Everleigh en el índice de correspondencia de mi padre. He pensado que preferiría revisar demasiado antes que demasiado poco.

No esperaba preparación. Anoto mentalmente otra ofensa.

—¿Ha leído algo ya?

—Lo suficiente para saber que mi padre tenía una letra diseñada para castigar a sus descendientes.

Me pasa una carta. Reconozco el nombre de Elias Everleigh en la segunda línea. El resto parece escrito durante un terremoto.

—También castigaba a sus socios.

—¿Su padre escribía mejor?

—Mi padre escribía como un caballero.

—Entonces ya tenemos una diferencia entre ellos.

Lo miro. Oliver sonríe. El problema de los hombres que sonríen demasiado es que una nunca sabe cuándo dejar de tomarlos en serio. Empiezo por los documentos más antiguos.

Durante la primera hora no encuentro nada útil.

Facturas, notas sobre mercancías, referencias a almacenes, pólizas de seguro, pagos a transportistas.

Mi padre hablaba de su negocio cuando yo era niña, pero lo hacía como se habla a una hija: «ha ido bien», «ha ido mal», «este mes tendremos que apretarnos un poco».

Nunca me enseñó a interpretar una cuenta.

Oliver, para mi desgracia, sí sabe hacerlo.

—Esto no es una deuda —dice cuando le muestro una cifra que me ha hecho contener la respiración—. Es una línea de crédito.

—Sé lo que es una línea de crédito.

—Acaba de preguntarme por qué aparece en la columna contraria.

—Quería comprobar si usted lo sabía.

—Naturalmente.

Sigo leyendo. No me gusta depender de él. Menos aún que no parezca disfrutar de mi ignorancia. Cuando llegamos a una serie de hojas dobladas, reconozco algo.

—Espere.

Oliver se inclina.

—¿Qué?

Señalo unas iniciales en el margen: E.B. / R.M. / B.

—Mi padre usaba marcas así.

—¿Para qué?

—Para señalar quién había revisado una operación. Lo vi cientos de veces en casa. E.B. sería él. La B…

Nos miramos.

—Bale —dice Oliver.

La palabra queda suspendida sobre la mesa.

—¿Y R.M.?

Niego con la cabeza.

—No lo sé.

Oliver toma otra hoja y busca marcas parecidas. Encuentra tres.

—Aquí vuelve a aparecer B.

—Y aquí.

De repente ya no estamos hojeando papeles viejos. Estamos siguiendo un patrón.

Me acerco más a la mesa. Oliver hace lo mismo. Nuestras cabezas quedan a poca distancia y percibo el olor limpio de su colonia, algo cítrico y discreto.

Me aparto un poco. No he venido a notar cómo huele mi enemigo.

—¿Quién era Bale entonces? —pregunto.

—Un agente comercial. Mi padre lo utilizó durante años para varias operaciones. Por lo que hemos descubierto con Whitmore, no siempre se limitaba a transmitir información.

—Eso ya lo sé.

—Lo que no sé es cuánto tocó de los asuntos de mi padre.

—¿Y si tocó este?

Oliver no responde enseguida.

—Por eso estamos aquí.

Hay algo irritante en el «estamos». Como si fuéramos aliados. No lo somos.

—Quiero dejar clara una cosa —digo.

—Adelante.

—No estoy aquí para ayudarlo a proteger el nombre de su familia.

—Perfecto. Yo tampoco.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—Estoy aquí para saber la verdad. Si mi padre hizo algo injustificable, prefiero saberlo a seguir brindando por un fantasma impecable que nunca existió.

—Es fácil decirlo antes de encontrarlo.

—Y es fácil acusar antes de hacerlo.

La réplica me alcanza donde debe. Nos miramos en silencio. Entonces la señora Hartley asoma la cabeza desde la sala contigua.

—¿Ya hay cadáveres?

—Todavía no —responde Oliver.

—Decepcionante.

La cabeza desaparece. No puedo evitarlo: se me escapa una risa. Oliver la oye. Por supuesto que la oye.

—Ah —dice, satisfecho—. Así que sabe hacerlo.

—¿Hacer qué?

—Reírse en mi presencia.

—No se acostumbre.

—Me encantan los retos imposibles.

Vuelvo a los documentos para ocultar que, por un instante ridículo, la habitación se ha vuelto demasiado pequeña.

A media mañana encuentro otra cosa. Una serie de anotaciones está escrita con una abreviatura que conozco desde niña: una B atravesada por una raya corta.

—Esto significa «Everleigh pendiente».

—¿Está segura?

—Mi padre la utilizaba en sus libros domésticos incluso después de perder el negocio. Cuando alguien le debía dinero, marcaba el nombre así.

Oliver busca la misma señal. Aparece cinco veces.

—Entonces la documentación de mi padre no basta —dice—. Necesitamos saber qué significaban estas referencias para el suyo.

—Mi padre conserva algunos papeles.

—¿Podríamos verlos?

La pregunta parece simple. No lo es.

Mi padre ha pasado doce años intentando olvidar que una vez tuvo despachos, empleados y hombres que esperaban su opinión antes de firmar una operación. Pedirle sus libros sería abrir una puerta que lleva demasiado tiempo cerrada.

—No.

Oliver no insiste. Eso me sorprende más que si lo hiciera.

—Entonces tendremos que arreglarnos con lo que tenemos.

—¿Tendremos?

—Usted reconoce las marcas de su padre. Yo entiendo las cuentas del mío. Me parece una asociación poco conveniente y, por eso mismo, inevitable.

—No estamos asociados.

—¿Cómo lo llamaría?

—Vigilancia mutua.

—Mucho más romántico.

—No hay nada romántico en esto.

—Gracias por la advertencia. Habría traído flores.

Cierro el libro con más fuerza de la necesaria. Él ríe.

Antes de marcharme, Oliver me lleva a una habitación más pequeña al fondo de la biblioteca. No es exactamente un archivo, aunque pretende serlo: estanterías demasiado llenas, legajos atados con cintas que han perdido el color y una mesa estrecha sepultada bajo inventarios.

—Aquí está lo que todavía no he ordenado —dice.

—¿Todavía?

—Llevo cuatro años evitando hacerlo. Mi padre tenía la costumbre de conservar cada papel que alguna vez tocó su escritorio.

—Un rasgo admirable para un hombre muerto y muy incómodo para su heredero.

—Por fin empieza a comprenderme.

Me acerco a un anaquel. Algunas etiquetas llevan fechas; otras, nombres. Reconozco uno.

EVERLEIGH.

Mi mano se detiene antes de tocar la caja. Oliver también lo ve.

—No la había encontrado —dice.

—Está delante de usted.

—Gracias. Sin su ayuda habría muerto ignorante.

Intento sacar la caja. Pesa más de lo esperado y se inclina. Oliver la sujeta por el otro lado. Durante un segundo quedamos demasiado cerca, las manos sobre el mismo cartón, mi respiración detenida por un motivo que no tiene nada que ver con mi padre.

—Puedo sola.

—Eso dicen siempre las personas justo antes de dejarme una caja sobre el pie.

—No tendría tanta suerte.

La deposita en la mesa.

Dentro hay recibos, copias de cartas y una libreta fina que no podemos revisar antes de que la señora Hartley anuncie que ya hemos excedido con generosidad el tiempo que una joven respetable puede pasar rodeada de papeles con un soltero.

Oliver ata de nuevo la cinta.

—El viernes. Empezamos por esto.

No necesito preguntar si piensa esconderla. La deja sobre la mesa, a la vista, como si quisiera que yo viera dónde queda. Ese gesto me acompaña hasta el vestíbulo.

Al marcharme, una hora después, tengo tres cosas que no tenía al entrar: la confirmación de que Bale participó en negocios entre nuestros padres, acceso continuado a los archivos de Pembroke y una cita para regresar dos días después.

La lección número uno ha funcionado. He entrado por la puerta principal. Lo preocupante es que lord Oliver Pembroke me la ha abierto él mismo.